Sociedad

Manifiesto Contra-Revolucionario

Manifiesto Contra-Revolucionario - Sociedad

La pregunta que cabe hacerse en este siglo ya no es “¿qué es el hombre?”, sino “¿quién es el hombre?”. Esto es, el ser humano ya no puede ser conocido universalmente en la filosofía desarraigándolo del ethos al que pertenece, situado en un contexto específico; pero sí puede seguir siendo interpretado como fenómeno a entender desde las ciencias naturales. Y por el lado del pensamiento metafísico sólo queda la cuestión identitaria, hoy en boga por causa de la sofística que lleva a cuestas la sociedad, en una democratización extrema de cuestionamientos a la identidad que exacerban las masas de pensamiento uniformizante. Corrientes cuya búsqueda política socava hasta horadar lo más privado del individuo, justo lo que lo hace ser un individuo. Corrompiendo la propiedad privada en un auténtico atentado contra la libertad individual, bajo el velo de la apertura y la diversidad cultural. “Multiculturalismo”, que pretende diversificar algo que ya es diversidad per se, multiplicar lo que ya es multiplicidad por definición. A saber, una tautología sinuosa que esconde pretensiones de disolución y generación de conflictos en la sociedad. Toda una ingeniería social con finalidad de confundir y descentrar al hombre para poder explicarlo únicamente por medio del monopolio de la cultura. Poniendo en el centro ahora a la sociedad y haciendo del hombre un sujeto, que sujetado a la sociedad, nada sería sin lo que la sociedad hace de él. La cual, está administrada por una política contaminada de sutil insurgencia progresista.

Los líderes de la filosofía nihilista del siglo XX son Derrida y Foucault. Quienes promueven este vacío de significado que va a ser llenado axiomáticamente con lo primero que le inspire algo que lo estimule, cargando su pathos al brindarle un significado que vaya en contra de todo significado, a saber, voluntad despótica y destructiva que arrasa con todo lo que tenga algún valor por fuera de lo mercantil. El creador de esta destrucción de nihilismo retórico que niega toda posibilidad de verdad y consecuentemente todo <<voluntad de posibilidad>>, es el eufemismo de Jacques Derrida, tan desconocido como promulgado actualmente: deconstrucción. Y, por otro lado, el “asesino del hombre”, Michel Foucault, quien decreta que el hombre ha muerto junto con su naturaleza y que no queda más de él que discurso, no es sino la falsía más antropocéntrica jamás proferida. Entonces el hombre al no ser más que lo que dice ser, queda confinado en un solipsismo de atomismo ontológico, que lo eleva a la categoría de divinidad, al ser él quien le da existencia a todo con su hermenéutica. Atrapados en la imposibilidad de conocer por fuera de la retórica del lenguaje, que niega una realidad previa al ser humano que es la innegable existencia de lo natural, o de lo que precede al hombre. En suma, reducir lo real a una mera construcción lingüística, o bien reducirlo todo a una contracción social o cultural, incurre en un simplismo que aniquila toda posibilidad de construir saliéndose de esta muerte del progreso.

La insistente búsqueda de homogeneizar la cultura radica en que las ciencias duras pasan a estar manipuladas por el arbitrio y la superstición de pseudociencias específicas, a partir de las cuales, se ejerce el poder que no está a la vista del vulgo; porque transfiere el carácter objetivo que detentan las ciencias naturales hacia las ciencias blandas experimentales. E inclusive, de avezados e ideólogos cuya artería se refleja en su negación de la realidad. En donde la nueva ética consiste en una constante e indiscriminada improvisación de procedimientos favorables a sectores minoritarios, bajo el supuesto de que históricamente se los destrató. Y tal reparación histórica resulta anacrónica a un contexto en donde ser diferente es un privilegio. Con lo cual, no hay honestidad en donde rebeldes acuden a exigir derechos que ya poseen, dada su naturaleza de libre albedrío garantizada por un sistema que nos contiene y aleja del salvajismo connatural a la estirpe humana en su manifestación más primitiva. Reduciendo toda eticidad a la defensa de la parcialidad que busca ser privilegiada por encima del ciudadano común y decente. Dogmatizando a sus militantes con ideales utópicos y teledirigiéndolos hacia la guerra cultural, encorsetándolos a través de la estigmatización de identidades prefabricadas. Así como el pensamiento que se les inculca en serie, para asegurar la sumisión y funcionalidad a la causa de la lucha.

Ahora bien, ¿quién está detrás de todo esto? ¿Quién es el mentor de la agenda de la lucha eterna? Magnates de los más poderosos del mundo, que emplean su capital en la tan redituable y sobrevalorada lucha progresista, financiándola para torcer el mundo a lo que su voluntad le place. Estas ideologías como la del “género”: reciclar la lucha de clases a la lucha de géneros, transferir el odio al burgués ahora hacia el varón como nuevo objetivo; pretenden subvertir la democracia “patriarcal” modificando e invirtiendo su concepto. A saber, ahora son las mayorías las que deben adecuarse a las minorías y no al revés. Ya no importa el “retroceso” de no avanzar cambiando las identidades sin introspección o meditación previa. No cambiar es retroceded, según la premisa evidente de esta complejísima y silenciosa sublevación. Y la sedición al pensamiento propio, refugiada en una secularización subalterna, anula la identidad autónoma y verdaderamente propia al tiempo que promete una liberación que no es sino vaciamiento. En donde las masas refugian en la afluencia, el anonimato y la clasificación que inhibe cualquier singularidad racional de sus religiosos adeptos.

Un síntoma insoslayable de la contemporaneidad, es la progresiva degradación de los valores, que genera reacciones en los más atentos al peligro de la pérdida o desintegración desintegración total de todo sistema axiológico. Lo cual, imposibilitaría cualquier avance en las sociedades. Ya que, sin valores no hay posibilidad de transmutación o mejora alguna, porque no se puede cambiar lo que no existe. Y lógicamente, no se puede mejorar algo que está agotado y sepultado por dogmáticas interpretaciones humanísticas de lo que pretenden que el ser humano sea, desde su más brutal ignorancia. Las intenciones de los múltiples movimientos de lucha y activismos de todo tipo, pueden ser loables. No obstante, los resultados del intervencionismo de una política estulta y pueril, puede ocasionar daños irreversibles desde la más inocente malicia. La perfidia que sólo la inconsciencia de mentes que no sean lo suficientemente idóneas y provectas para semejantes problemáticas a encarar y dirimir. En donde eventualmente se termine asesinado al más inocente e indefenso, ejerciendo el mal absoluto de la muerte de innumerables víctimas de un potencial error sin reparo.

El posmodernismo, tendencia que brega por forzar una “posmodernidad” inviable por definición, ya que no puede superar a la modernidad con la que se vincula para ser la superación de algo; procura la negación de todos los relatos occidentales, a excepción del relato postmoderno que sustenta esta supuesta verdad. La cual, necesariamente adopta el carácter de verdad absoluta y unívoca. Una post-democracia en donde no hay disenso, ya que la discrepancia oprime a quienes están pendientes de no ser transgredidos, haciendo de su fuero íntimo una esfera que nos subordine a todos. Y un post-humano que ya no es un hombre porque ya no posee naturaleza, y ahora es sólo un sujeto de derecho. Sujeto al Estado que le da identidad gracias a los derechos conquistados, los cuales lo determinan en su ser de tal manera, que de perderlos no quedaría nada de ese sujeto vacío y burocratizado sin identidad propia y, por consiguiente, sin autenticidad ontológica. Un sujeto absoluto el cual, su subjetividad absoluta, lo despoja de su realidad natural dejando ligado su ser solipsista, exclusivamente a sus ficcionales representaciones hermenéuticas y acientíficas.

La libertad tiene que estar determinada, no el hombre. Una libertad sin límites es, necesariamente libertinaje. Determinar al hombre estableciendo límites arbitrarios a partir de seudociencias tan populares como oscurantistas, como las posmodernas, consiguen imponer de forma amoral y anticientífica un deber ser. Es decir, una moral específica que somete, y lejos de persuadir, responde a intereses particulares de humanismos que autoritariamente dictaminan lo que el hombre debiera ser según su ideología. Un acervo de intelectuales que en su enfoque parcial y en su derecho a equivocarse, se consideran idóneos de aseverar qué es y qué no puede ser el hombre. Abusando de causas nobles a partir de diferentes ismos, tales como los siguientes claros ejemplos: derecho humanismo, progresismo, feminismo, indigenismo, etc.; propagan su poder por mediación de diversos agentes de coerción.

En lo tocante a la libertad, es menester diferenciarla de la liberación, ya que esta última es sólo una parte del concepto que engloba la libertad. Hay que establecer que en lo concerniente a esto no puede admitirse debate, porque, al margen de que se pueda descreer de la libertad (determinismo), las creencias de particulares no pueden invadir o reemplazar las creencias ajenas y legislar con tal impunidad. Por contra, los indeterministas, es decir, los que creemos en el libre albedrío, sabemos que el jovial privilegio de la liberación no puede eximirnos de otras manifestaciones de la libertad. Por ejemplo, la privación voluntaria de determinado accionar y la libertad de ejercer en vez de evadir librándome de responsabilidades, que no son otra cosa que posibilidades que solamente eligiéndolas se goza de la libertad que las propicia.

Y, ¿por qué no creer en el progreso? Al menos en el de las ciencias que se dan el lujo de huir del geocentrismo que no es sino una sacralización de otro de los tantos reduccionismos que circundan en torno a esta decadencia justificada y solemnizada. El progresismo nace con Hegel, quien es sabido que falló en su intento de elevar al hombre a la perfección. Por tanto, el progresismo no es más que una parodia del progreso, porque esgrime la meritocracia al sólo efecto de incluir la mediocridad y decadencia inherentes al hombre, que ya está incluida pero no visibilizada, según sus preceptos errados. Un nulo aporte que más que incluir, fomenta la endeblez en sus expresiones más diversas. En concurso con el materialismo dialéctico, este “nuevo” fenómeno pretende materializar su <<espíritu absoluto>> o <<voluntad de poder absoluto>> en perpetua antítesis a lo establecido. Y la síntesis de nuestro tiempo es la búsqueda de generación de conflictos y no de soluciones. Forzando una posmodernidad que no es otra cosa que el resurgimiento todos los errores de la modernidad. Pero esta impronta de sacar a la luz los deslices pretéritos tiene su lado positivo, y es que genera un efecto contrario y la voluntad de revertir este contexto hará surgir a quienes superen el nihilismo imperante.

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KurtSchneider

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