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Manos amigas



Manos amigas - Sociedad

 

El 12 de enero de 1998, Ramón Sampedro con su anhelada partida, abrió la puerta de nuestras conciencias para que hiciésemos una profunda reflexión respecto al valor de nuestra vida y lo apropiado de adelantar la muerte cuando la existencia ya no tiene nada que ofrecernos. Ese momento cumbre, en el que los días son una eterna condena… una sucesión de horas perpetuas a las que ninguna plegaria pone fin. 

Yo seguí a Sampedro a través de la televisión, apenas era una adolescente cuando su nombre se mencionaba con frecuencia en los telediarios y su lucha se empezó a fortalecer. Yo sentía en mi corazón que lo tenían que dejar marchar sin dilación, que su tiempo en este mundo había terminado hacía rato, pero le quedaba desde la quietud de su cuerpo algo por hacer, cual mártir a las puertas del siglo XXI. Yo aún no tenía ni idea de lo complicado que era en nuestro país disponer del propio cuerpo. Pues menos mal que el cuerpo era suyo…

Este señor para mí fue un héroe, un valiente que se atrevió a disponer de su vida al final, aunque no fuese como el realmente hubiese querido, ni se cumpliese toda su voluntad. La realidad es que él quería morir, pero no lo dejaban y por eso tuvo que pedir ayuda a sus amigos, esa familia que te regalan los años.

Ramón era el dueño de una carga, una vida de la que se quería liberar “vivía pegado a su cadáver”, como llegó a manifestar. Y al final lo logró hace más de veinte años. Al mismo tiempo también liberó a otros de la responsabilidad y de paso del egoísmo y sus prejuicios. Era su dignidad la que estaba en juego, la muerte digna que se merecía tras treinta años de agonía eterna. Porque Ramón, le pese a quién le pese, vivió un infierno en vida. Nadie más que la muerte lo podía salvar. Y la muerte se lo llevó con amor.

Unas manos amigas le concedieron su deseo. Fueron “teóricamente” las suyas propias de haber podido hacerlo. Fue un envenenamiento la forma digna y menos implicatoria. Lo consiguió, se fue… y dejó la puerta abierta para los que irán detrás porque ya nada los ata aquí.

Gracias Ramón por abrir los corazones endurecidos de las personas y meterte dentro, porque tenemos que sentir compasión y ayudar a morir a las personas a las que no les queda esperanza ni aliciente para seguir viviendo.

Señores y señoras del entorno de la política, magistrados, familiares de enfermos incurables, tenemos que volver sobre la eutanasia en pleno siglo XXI, es un derecho. No es asesinato, es dignidad. El derecho a la vida debería ponerse en el entredicho cuando la propia existencia pierde su sentido. 

Dejémonos de hacer el indio ignorando esta importante realidad social. La situación de estas personas es inhumana, están en un limbo que quieren traspasar y tenemos que ayudarlos. Ya es hora.

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Eridana

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