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Marea



Marea - Literatura

Di unos míseros traspiés cuando la solapa de mi camisa se enlazó con tus nudillos mientras cruzabas el umbral.
La miseria de los días rebotaba en las baldosas con esmalte carcomido por el peso de los años que me juraron porvenir y solo me destiñeron las pestañas.
Tus pezones parecían pertenecer al aire.
El agua ya no me generaba calma.
Me supuraban las entrañas de no comprender como tus dientes pulían semejante sonrisa, tan áspera y tronante.
La chabola se me caía encima y empecé a recitar los diez mandamientos con el anhelo de un poeta marginado por la sociedad que no logra comprender su letra.
Mirarte se me asemejaba a una cenefa repetida y cambiante.
Puse empeño y me volví de hierro para dejarte entrar otra vez. Me contaste que ese día tenías la veleta mullida y que te pesaban los parpados de no dormir.
Fue entonces cuando termine de comprender que nos unía la ruina, y que acudías a mí cuando tu frontera no dejaba pasar más carruajes.
Me hostigaba más que nunca el desvelo, y las polillas me enervaban el corazón.
El alba parecía no tener apuro y me contabas de conquistas mientras se te quebraba la voz como un zarcillo en medio de un huracán.
No quise hincar, pero me amarre como cemento seco y te pregunté.
-Marea, ¿Por qué tardas tanto en volver?-
Se te desarmo el nido y me miraste con descuido sin responder. Atrincheraste un suspiro y te acomodaste en la butaca y yo sentí como mi alma trajinaba dentro de un ataúd donde no había más lugar.
Sabes que lo mío nunca fue juzgar pero ya no me puedo contentar con imaginar cada día que estas acá.
Musitando me pediste que te escriba frases sobre un trozo de papel, y mi sien comenzó a punzar tanto que por un momento creí que mi cabeza se hallaba sobre un almohada de ortigas.
¿Crees que puedes llegar cualquier día del calendario y pedir que escriba mí doler?
Te observé. Estabas más guapa que la última vez. De pronto las ortigas se convirtieron en un campo de laurel y sumiso otra vez con el corazón en la mano, lo lancé al suelo y comencé a pisotearlo, hasta que con palabras escritas para ti me desangré.

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Acerca del autor

Candela Niechwiadowicz

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