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Matriarcado: la explicación de mi rebeldía



Matriarcado: la explicación de mi rebeldía - Sociedad

Mi relación con el matriarcado data de principios del siglo XIX. De hecho, puedo asegurar que hasta hace muy poco era algo que me parecía completamente normal.
 
¡Ojo! Debo aclarar que no soy parte de la corriente “feminista” ni nada por el estilo. Tampoco tengo raíces italianas, cultura en el que el tema es más común. Investigando sobre esto conseguí en el ABC de España una nota en la que un periodista comenta acerca de una entrevista que le hizo al escritor Andrea Camilleri en la que dio la siguiente declaración: «Recuerdo que mi abuelo Vincenzo, que era un empresario, le contaba a mi abuela por la noche lo que debía hacer al día siguiente. Y siempre hacía lo que le había aconsejado mi abuela».
 
Pero insisto, mi caso no tiene nada que ver con eso, es algo más común de una familia promedio venezolana: padres separados, madre al mando, una hermana mayor y yo. Por eso para mí siempre fue normal que la mujer debía tener el poder o lo que es lo mismo “resolverse la vida”: la mujer trabaja, la mujer piensa, la mujer provee, la mujer decide, es decir: “la mujer manda”.
 
Algunos pensarán que es un tema fácil pero no es así, porque antes de “mandar”, tienes que aprender a decidir qué es bueno, qué es malo, volverte fuerte, pensar distinto a los demás y un montón de cosas más. La libertad asusta, aunque es algo que todos anhelamos y es que, cuando te crías bajo ese formato (en el que mamá está trabajando para proveer el hogar) debes aprender a tomar tus propias decisiones desde muy pequeña porque ella no está ahí para controlar cada paso que das.
 
Esa función la cumplía mi hermana, pero también lo hizo hasta que su adolescencia ya le exigía atender sus asuntos y no los míos.
 
Pero como la idea aquí es adentrarnos en las raíces del matriarcado familiar veamos la historia de dos mujeres que dejaron en mis genes este “don” o “castigo” de ser “mandona” y “voluntariosa”.
 
A la primera no la pude conocer, sin embargo, por suerte uno de sus bisnietos dejó plasmado en un libro sus hazañas. A la otra, la acompañé los primeros 23 años de mi vida.
 
Sin más nada de aclarar veamos sus historias:
 
En 1805 llegó a Maracaibo procedente de Sevilla España una niña llamada Iginia Romero, quien para ese momento tenía 5 años de edad. Años más tarde, cuando ya estuvo en edad para casarse a ella no se le ocurrió una mejor idea que enamorarse del Párroco de la Iglesia de Los Puertos de Altagracia (estado Zulia, Venezuela), un sacerdote portugués llamado José Joaquín Veira quien en 1818 había sido Teniente-Cura de la Iglesia San Juan de Dios en Maracaibo.
 
¡Vaya rebeldía la de Iginia! que se atrevió a ser la amante de un cura y engendrar 2 hijos que por supuesto no pudieron llevar el apellido portugués. Fue así como de esa unión nacieron: Delfín Romero y José Joaquín Romero (años más tarde el primero se hizo general y el segundo doctor).
 
Ahí comenzó el matriarcado, en el mero hecho de que el apellido que trascendió de esa unión fue el materno.
 
Otra anécdota interesante de esa parte del libro, vale acotar que su título es “Los inicios del espiritismo en Venezuela” y eso da para otro cuento, Manuel Matos Romero, el escritor del libro y bisnieto de Iginia lo que quiso fue plasmar la historia de su familia.
 
Pero no nos desviemos, vamos con la anécdota de Iginia en el pueblo. Como es de imaginarse y como ya lo mencionamos con anterioridad la rebeldía de Iginia es de armas tomar y no es de loco imaginar todas las críticas de las “señoras de bien” por aquello de haber tenido 2 hijos con el párroco de la iglesia y no ocultarlo.
 
Cansada de tantos murmullos a su alrededor, pidió a una de sus esclavas que encebara el “fuete”, “rejo” o como le quieran llamar, acto seguido, se dirigió a la plaza con fuete en mano y le dio una golpiza a esas “niñas” de bien que se la pasaban hablando a sus espaldas.
 
Poca inteligencia emocional la de Iginia, porque el acto de las “niñas o señoras bien” no tiene que ver con la época sino con la “bendita manía” que tienen algunos de meterse en la vida ajena y juzgar a otros. Y cuando me refiero a la poca inteligencia emocional de Iginia (la cual también heredé) imaginen que le diéramos con un “fuete” o un “rejo” a todos los que se atreven a evaluar nuestra vida, estaríamos en eso a cada rato.
 
Volviendo a la descendencia de Iginia con el Padre José Joaquín Veira (no Vieira, como es más común el apellido), el General Delfín Romero engendró a Débora Romero y ella a su vez tuvo a Arcelia Matos Romero, quien tuvo a Rafael Zambrano Matos y que finalmente fue el que me engendró a mí. Así es mi relación con Iginia: ella y el cura portugués son mis tátaras, tátaras abuelos.
 
La historia que me queda por contar en esto del matriarcado es la de Arcelia Matos Romero, mi abuelita consentida, madre de mi padre. Nació en Quisiro en 1918, otro pueblo zuliano al que migró el general Delfín Romero (es decir su abuelo) cuando se retiró de la vida militar y decidió dedicarse a la agricultura y a la cría de ganado. La llegada a este pequeño pueblo zuliano también le sirvió para profundizar sobre la doctrina del Espiritismo, “la cual había impulsado en Francia el ilustre pedagogo francés León Hipólito Denizard Ravail, mejor conocido con el nombre de Allan Kardec, autor de varios libros sobre Espiritismo, principalmente “El Libro de los Espíritus”, “El Libro de los Mediums”, “La Justicia Divina o El Cielo y El Infierno”, “Obras Póstumas, etc.”.  Vale destacar que todo lo entrecomillado es copia exacta de lo que escribió mi tío Manuel Matos en el libro en el que cuenta toda esta historia. Sí, Manuel Matos es hermano de Arcelia Matos Romero, de la que quedé pendiente terminar de contar su historia.
 
Arcelia se casó a los 18 años con un hombre de 45, algo muy común en la época, un señor muy elegante y distinguido (o por lo menos así se veía en las fotos) con el que tuvo 9 hijos. Como era de esperarse, sobre todo en ese tiempo en el que la esperanza de vida del sexo masculino era de 57,69 (de acuerdo con el sitio web datosmacro.com) mi abuela enviudó.
 
Muchos pensarán que ese fue en el estado civil en el que quedó para siempre ¿Quién puede pensar que llegaría un “valiente” a pretender una viuda con 9 hijos?
 
Tiempo después, no sé cuánto exactamente, un joven comenzó a merodear su casa y ella -mi abuela- pensó que estaba pretendiendo a su hija mayor. Sin embargo, el tiempo le demostró lo contrario, ese joven (14 años menor) en quien estaba interesado era en ella. De ese cuento hay una anécdota que siempre contaba mi abuela la cual colocaré en comillas y les pido leer imaginando su acento maracucho: “mirá Humberto, que yo no soy una viuda millonaria y tengo 9 muchachos”. Y a Humberto Zambrano, no le importaron ninguna de las dos condiciones aún así se casó con Arcelia y fue de esa unión que nació Rafael Zambrano, mi padre.
 
De una manera u otra Arcelia también tuvo parte de la rebeldía de Iginia, volviéndose a casar teniendo 9 hijos. Imagínense si en este momento aún es motivo de crítica el tema: “es que fulanito se consiguió una mujer con hijo/s”, a los que el pobre tendrá que criar, mantener, etc., etc., etc. ¿Qué dirían de Arcelia? O mejor dicho ¿Qué dirían del pobre Humberto? Un muchachito manipulado por una matriarca 14 años mayor que él.
 
La historia no tuvo un final de cuentos de hadas y finalmente haya sido por diferencia de edad, los 11 hijos (porque de su unión nacieron 2) o incompatibilidad de carácter Arcelia y Humberto se divorciaron al tiempo. Dejando en ella nuevamente la posición de la que “manda en la casa”.
 
De ella tengo otros cuentos interesantísimos de sus demostraciones de mujer evolucionada para la época que nada tienen que ver son sus relaciones sentimentales, pero ya las iré contando.
 
Luego de este relato acabo de caer en cuenta que en este tiempo “Constelaciones familiares” no sé qué tanto estén conectadas estas historias y la mía. Ahora, de los que sí estoy clara es que he sido tan rebelde y osada como ellas.
 
Por ¡cierto! Hasta los momentos el matriarcado no me había afectado para nada… bueno por lo menos hasta que conseguí un “Patriarca”.
 
Vanessa Zambrano M.

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Acerca del autor

Vanessa Elena Zambrano Moreno

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