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Me Gusta Tanto Tu Trato En La Cama



Me Gusta Tanto Tu Trato En La Cama - Literatura

Con premura lleva sus manos hasta el botón trasero de mi falda y noto que chocamos contra la pared. Sin tacones soy muy pequeña a su lado. Eso siempre me ha gustado, igual que a él le gusta sentir su superioridad. Con su pierna separa las mías, mientras una de sus manos se mete por debajo de mi camisa y se desliza por mi vientre. Cierro los ojos y me dejo llevar. Le permito seguir. Sin quitarme la falda, su mano continúa su camino hasta que consigue meterla por dentro de mis bragas y me hurga hasta llegar al clítoris. Me estimula. Me excita.

 

Con sus dedos, su experiencia y mi humedad latente, me masajea y lo aviva. Mi clítoris se hincha y yo gimo. Jadeo. Enloquezco y me restriego contra él ante lo que siento por aquella invasión cuando, con su mano libre, me da un azotito. Me excita todavía más. Me vuelve loca e instantes después se desabrocha el pantalón, saca la mano de mi vagina y tira de mí hasta llevarme al centro del salón. Clava sus ojos en los míos y murmura mientras acerca su boca a la mía.

 

—Pequeña, no tienes ni idea de cuánto te deseo.

 

Me baja la cremallera de la falda y ésta cae al suelo. Se agacha, acerca su nariz hasta mis bragas y las aspira. Da un pequeño mordisquito sobre mi monte de Venus y yo jadeo. Sus posesivas manos me tocan y me acarician. Suben por mis piernas y agarra el borde de mis braguitas. Me las quita. Estoy de nuevo desnuda de cintura para abajo ante él y no digo nada. No rechisto. Me dejo hacer mientras él me activa, me posee y me enloquece.

 

Se levanta del suelo. Me empuja hacia el respaldo del sofá, me da la vuelta y me recuesta sobre él. Mis brazos y mi cabeza caen, mientras mi trasero queda expuesto enteramente para él. Durante unos segundos disfruto de los mordisquitos que me da en las nalgas y noto sus manos invasoras sobre mí. De nuevo un azote. Esta vez más fuerte. Pica. Pero el picor lo suaviza cuando siento que se aprieta contra mí y su duro y castigador pene me avisa de que me va a hacer suya.

 

Me abre las piernas, mientras con una de sus manos aprisiona mis riñones sobre el respaldo del sofá para que no me mueva. Con la otra mano coge su duro pene y lo pasea desde mi caliente vagina hasta mi orificio anal y viceversa. Juguetea entre mis hendiduras, empapándome más.

 

—Te voy a follar, Jud. Hoy me has vuelto loco y te voy a follar tal y como llevo todo el día pensando hacerlo.

 

Oírlo decir aquello me sofoca.

 

Me azuza todos los sentidos y me gusta.

 

Noto que arqueo mi trasero dispuesta a recibirlo. Me siento como una perra en celo en busca de mi alivio. Eric deja caer su cuerpo sobre mí. Muerde mi hombro, después mis costillas y yo me retuerzo. Estoy empapada, lista y húmeda para recibirlo. Mi cuerpo le implora. Me penetra de una estocada y exige:

 

—Necesito escuchar tus gemidos. ¡Ya!

 

Sin poder evitarlo, un jadeo ruidoso sale de mi boca. Su orden me aguijonea.

Sus manos exigentes me agarran por la cintura y me aprieta contra él hasta que me tiene totalmente empalada. Grito. Me retuerzo. Voy a explotar. Sale de mí unos centímetros pero vuelve a entrar una y otra vez, colmándome de una serie de movimientos duros y potentes que vuelven a hacerme chillar. Siento sus testículos chocar contra mi vagina a cada movimiento y, cuando su dedo toca mi hinchado clítoris y tira de él, chillo. Chillo de placer.

 

A cada acometida siento que me rompe. Me incita y yo me abro más para que me siga desgarrando y me haga totalmente suya. Lo hacemos sin preservativo y sentir el tacto suave y rugoso de su piel fomenta mi perversión. La dureza de sus palabras y su ímpetu por follarme me enloquecen de una manera bárbara.

 

Mi vagina se contrae a cada embestida y noto cómo lo succiona. Lo atrapa. Lo alborota.  Oigo  su  respiración  agitada  en  mi  oreja  y  los  calientes  sonidos  de nuestros cuerpos al chocar, una y otra vez… una y otra vez… Son adictivos.

 

Calor.

 

Tengo mucho calor.

 

Un ardor me sube por los pies asolando mi cuerpo. Cuando llega a mi cabeza explota y con él exploto yo. Grito. Me retuerzo y convulsiono mientras noto que por mi pierna chorrean mis fluidos. Intento que me suelte. Pero Eric no lo permite. Continúa penetrándome mientras mi devastador orgasmo me enloquece y lo hace enloquecer.

 

Mi cuerpo,  roto  de  placer,  se  arquea  y,  tras una potente  embestida  que  me empotra más en el respaldo del sillón, Eric sale de mi interior, noto que apoya su cabeza sobre mi espalda y después de un gruñido fuerte y varonil noto que algo riega mi trasero. Se corre sobre mí.

 

Durante unos segundos, los dos permanecemos en aquella posición. Él sobre mí. Sobre mi espalda. Nuestros corazones acelerados necesitan regresar a su ritmo normal antes de hablar,

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Acerca del autor

Juan Carlos LG

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