Literatura

Melodías Rotas

Melodías Rotas - Literatura

Melodías Rotas

Autor: A. Perdomo

 

Caminaba sin rumbo por una calle adoquinada de la antigua ciudad, el humo y el hollín marcado en el rostro de cada transeúnte, en los niños que corrían descalzos a pesar del frio, en los vendedores que, detrás de largos mesones de madera gastada, ofrecían sus productos con la simpatía de un ebrio. Encendió un cigarrillo y exhalo, el vaho de su aliento y el humo se mezclaron formando una bruma a su alrededor, el sol comenzaba a declinar, no sabía dónde estaba, pues llevaba caminando tanto tiempo perdido en sus pensamientos que había disipado todo sentido de la ubicación, no conocía aquel lugar, de hecho, en los ocho meses que llevaba en Francia, de los cuales llevaba dos y medio en Paris, jamás había tenido la oportunidad de recorrer sus calles.

Si tomaba en cuenta el motivo que lo había traído aquí y los sucesos de las últimas semanas, el simple hecho de sostenerse sobre dos pies era un logro considerable.

Se palpo la pierna derecha, como hacia cada tanto, comprobando que estaba allí, aun no se decidía entre dar gracias a Dios o maldecir su suerte, pero era un tema que evitaba tanto como fuera posible, lo guardaba para las noches, cuando acostado en la cama, a la cual aún no se acostumbraba del todo después de meses durmiendo en trincheras apestosas y duros catres, no tenía más opción que ver la realidad cara a cara.

El sonido de un acordeón melancólico llego a sus oídos como transportado por la brisa nocturna, miro a su alrededor, las tiendas apenas mostraban los embates del ultimo bombardeo, muchas tenían farolas encendidas en las puertas elegantes, aquel debía de haber sido un lugar de clase alta, reanudo el paso guiado por los acordes de una canción que le parecía demasiado triste, como todo en aquel lugar, como todo en aquel tiempo, como él mismo, paso de largo frente a una panadería cuya vitrina en algún tiempo debía de haber exhibido una gran variedad de panes, pasteles y dulces, una librería que habría visto mejores momentos, una sastrería, una mercería, un par de puestos de frutas que solo tenían patatas rancias y avena para vender, como si sus dueños hubieran cambiado de rubro sin modificar los letreros, finalmente alcanzó una callejuela, declinaba a un costado, hacia una estructura mucho menos pomposa que la de la calle principal, estaba oscura y el olor a curtiduría casi sofocaba el dulce aroma de la cerveza y el vino especiado.

Un par de hombres salieron a la calle a unos cincuenta metros de donde él estaba de pie, escucho el alcohol en sus risas, lo observo en su andar tambaleante y finalmente lo escucho en una nueva canción lastimera, desechó los restos de su cigarrillo y se adentró en la callejuela. Una puerta roja y antigua sostenía un cartel pintado a mano con finas y elegantes letras… “Le Leon d’or”, el león de oro. Entró casi sin pensarlo, el delicioso calor lo envolvió casi tan rápido como el estruendo de las voces y el humo que se arremolinaba sobre las cabezas, era una taberna modesta, con mesas de madera simples y sin manteles, vigas de grueso roble sostenían un techo abovedado, alumbrado por lámparas de hierro que debían de haber sido adaptadas a la luz eléctrica hacia unos cuarenta años y las paredes eran de adobe y barro, era como retroceder un siglo, había una barra de madera pulida a un costado y un pequeño escenario donde un viejo órgano empolvado hacía de fondo. Un hombre calvo y regordete estaba sentado en un banco, sus manos se movían ágilmente mientras su pie llevaba el compás de su acordeón, debían haber al menos cincuenta personas en el lugar y no había ni un solo par de ojos que no estuvieran fijos en aquel hombre, incluso el servicio de licor parecía detenerse mientras un compás especialmente intenso comenzaba a desplegarse, por un momento nadie se movió, nadie parecía siquiera respirar mientras nota tras nota la triste melodía dejaba fluir acordes en un ir y venir de emociones. Sintió como su piel se erizaba, su corazón latía más y más rápido, como hipnotizado, hacía mucho tiempo que aquella sublime sensación no calaba en sus venas, el deseo crepitando en forma de espasmos en sus dedos, se sintió mareado, tomo aliento y se dejó caer en un banco, en una mesa vacía y apartada, su pierna le dolió por la poca precaución al doblarla, aun no se acostumbraba a la maldita cosa más debajo de su rodilla, era mejor que una muleta, eso era seguro, pero el metal se clavaba en su piel a pesar de las vendas que se veía obligado a llevar.

Una amargura repentina lo invadió, agriando su boca y sus gestos por lo general sutiles, sus sentimientos se emulsificaron con las notas del acordeón que se hacían cada vez más intensas, era como escuchar una historia, una triste y desafortunada, una historia como la suya propia, nunca había sentido pena por sí mismo, se había prometido no caer tan bajo, pero era tan difícil no mirarse al espejo y desear haber muerto.

Una nota amarga concluyo la canción y los aplausos resonaron con el eco de las paredes, el no aplaudió, estaba absorto, aquella música continuaba resonando en su cabeza como si su interprete jamás se hubiera detenido, era como si pudiera hablarle, había habido un tiempo en el que él habría podido hacer hablar a un piano, a una guitarra, a un violín, sí, en especial a un violín, con sus manos había interpretado y hecho sentir orgullosos a los grandes maestros, o lo hubiera hecho si alguno de ellos hubiera estado para escucharlo tocar, había habido una época en la que él mundo le parecía pequeño para sus expectativas, en la que él era el dueño y señor de todo lo que deseara su corazón, tenía los medios, la educación, el nombre y, según había comprobado, la fachada perfecta, tenía un futuro iluminado por las farolas del éxito, aquellas que se hacían de estrellas y escarcha, pero entonces una nube gris llegó y con su oscuridad se llevó hasta el último resquicio de luz, la guerra.

Él, con la actitud propia de la juventud y el deseo ferviente de ser fuente de orgullo, recién titulado en leyes y con el ahínco de los que desconocen, se había enlistado sin pensarlo dos veces, había cambiado su música y un trabajo respetable en una firma importante por un fusil y un uniforme, había escalado rápidamente gracias a su apellido, quizás si hubiera tenido dos dedos de frente hubiera mantenido su puesto de oficial de oficina, pero eso de ver y no actuar no era propio de su temperamento, contra los deseos de su familia, de su comandante y de su propio sentido común, se ofreció voluntario para una misión suicida que le había costado mucho menos que a la mayoría de los que habían luchado a su lado.

-¿Pedirás algo muchacho?- una voz gruesa lo atrajo a la realidad, el acento parisino estaba impreso en el inglés burdo que había empleado y se sorprendió al ver a aquel hombre calvo y regordete frente a él.

Una chica de largas pestañas con un mandil amarrado a la cintura esperaba junto al hombre, sus ojos negros como la noche eran pícaros, sostenía una bandeja con copas y vasos sucios en la curva de la cadera y golpeaba el piso al ritmo de una canción mucho más alegre tocada por un joven en el escenario.

-Tráeme un whisky Joanne querida- dijo el hombre en francés, sus mejillas estaban enrojecidas y sus ojos cafés brillaron al mirar al joven sentado frente a él.- Oye chico ¿Estas con nosotros?- Inquirió dándole una palmada en el hombro.

-Perdone usted- dijo él finalmente, su mente entumecida se estremeció, su voz sonó ronca, atisbó a ver a la mujer a los ojos, sin prestar atención a la clara insinuación que esta le ofrecía con solo la mirada- Tomare lo mismo que él- su francés no sería perfecto, pero podía defenderse.

-Enseguida- Musito la mujer y se giró regodeándose con cada movimiento hacia la barra.

-Auguste Fiquet – Dijo el hombre extendiendo una mano de gruesos dedos.

-Capitán Michael Fletcher- respondió él, fijo su vista en el acordeón apoyado sobre la mesa y cayó en cuenta de que era aquel músico el que se hallaba frente a él, sonriendo despreocupadamente mientras examinaba su uniforme.

-¡Ah, Ingles!- Exclamó Auguste dando una palmada en la mesa.

-Ingles- repitió Michael, recordó que llevaba la gorra puesta y elevó una mano para quitársela, su cabello rubio y sus ojos azules parecían apoyar la afirmación, aún más que su uniforme caqui lleno de medallas y símbolos.

La mujer llamada Joanne se acercó trayendo dos vasos de cristal que depositó frente a ellos con elegancia estudiada, su cadera dio tumbos haciendo que el vestido de algodón, tan oscuro como sus ojos y cabellos, se elevara mostrando más de sus piernas largas y morenas.

En otro momento, en otra época y con todas las partes de su cuerpo intactas, Michael no hubiera desperdiciado la oportunidad, pero este era un hombre diferente al joven entusiasta que había desembarcado meses atrás.

-¿Que lo trae por los barrios bajos de Paris capitán? – el aludido elevó sus ojos y escudriño el rostro del extraño, estaba sudando levemente, sus mejillas rubicundas, llevaba un simple pantalón de lana oscuro y una camisa blanca remangada hasta los codos.

-La música- contestó casi sin pensarlo.

Auguste lo miro complacido, elevó su vaso.

-Por la música entonces-

Michael lo siguió y tomo un largo trago, el líquido quemó su garganta y cayó en su estómago vacío, ¿Cuántas horas había estado vagando? ¿Cuándo había comido por última vez? Le daba igual, sus ojos volvieron al escenario, aquel viejo órgano parecía susurrar palabras que hacia demasiado tiempo no escuchaba, era un murmullo seductor, una invitación.

-¿Has estado en el frente?- Pregunto el hombre dejando su vaso casi vacío sobre la mesa.

– Temo que si- se limitó a contestar Michael, sus dedos se doblaron bajo la mesa, por un segundo considero levantarse, quizás ir hacia el escenario… No.

-Ya veo, estuve allí hace poco más de un mes, toda una carnicería, mi compañía se moverá la semana próxima, daría uno de mis órganos por no regresar- como un golpe en el estómago, eso había sido aquella frase para Michael, enfurecido, clavo sus ojos en el hombre.

-Yo he perdido parte de mí, créame señor Fiquet, vale más morir que ser un hombre roto-

Auguste dio un último trago, dejo el vaso frente al capitán y le miro intensamente, como si aquella mirada pudiera penetrarlo, como si estuviera leyéndolo, Michael reprimió un escalofrió.

-Roto- repitió el francés, sus mejillas enrojecieron aún más- ¿Ves a aquel hombre de allá?- con su dedo regordete señalo a un anciano, no tenía dientes y le faltaba un brazo, con la mano restante daba palmadas en su pierna al compás de la canción- Un veterano de la gran guerra, perdió su brazo de un arponazo y la vista por culpa del gas, y aquella chica de allá- señalo entonces a una camarera, no debía tener dieciocho años, vestía un simple vestido blanco de algodón, curtido por el trabajo, las ojeras bajo sus ojos denotaban un profundo cansancio.- Su padre falleció en un bombardeo, su madre está enferma y ella se ha hecho cargo de sus cuatro hermanos, trabaja día y noche para darles de comer- tras una seña Joanne se acercó y dejo otro vaso frente a Auguste.

-¿Algo para ti?- preguntó al capitán, este se limitó a negar con la cabeza, ella se retiró guiñándole un ojo.

Auguste dio un largo trago antes de proseguir.

-Yo perdí a mi hijo, lo fusiló un maldito Alemán cuando intentaba volver a casa, él vivía en Polonia, con mi nieta y su esposa, muertos todos ellos, probablemente yo muera en unos días, y por un tiempo eso no me importo, como dices chico, estamos rotos, todos nosotros, de una forma o de otra esta guerra nos ha robado una parte que considerábamos vital.- Michael trago grueso, presa del desconcierto.- Pero si Dios no nos hubiera hecho de partes separadas moriríamos al menor corte en un dedo.-

-Dios solo da para luego quitar.- masculló el capitán.

-Dios no te quita nada, ni te da nada más que tu vida, lo que hagas con ella y como enfrentes las situaciones que se presentan son cosa tuya.-

Michael Fletcher volvió a palparse la pierna, bajo el pantalón podía sentir el arnés y la funda de algodón que acunaban los restos maltrechos de su extremidad, la pantorrilla de madera que más abajo se continuaba con un bosquejo de pie compuesto por un armazón de metal, una prótesis sumamente cara, bien hecha y relativamente cómoda, un salvoconducto para la dignidad de un hombre joven, un hombre de quien no se esperaba menos que todo de lo que era capaz.

Miró de nuevo el órgano, podía tocarlo con solo dos manos y un pie, podría perderse por un tiempo, era tentador.

-En este lugar toca quien quiera- Dijo el hombre frente a él, como si hubiera estado siguiendo sus pensamientos.- sea bueno o no.- rio y dio otro trago a su vaso.

Michael sintió la sangre hervir, en cierto modo para él, tocar un instrumento era un complejo cortejo, se puso de pie lentamente y camino hacia el escenario, las miradas lo siguieron mientras se sentaba en el banco y posaba los dedos sobre el frio marfil, una nota simple resonó, estaba afinado, como si lo hubiera estado esperando. Envuelto en una especie de trance, uno del que no quería salir muy pronto, sus dedos se movieron, expertos, las notas comenzaron a salir, una a una, palabras al viento, contando una historia, su historia.

Las imágenes se agolparon en su memoria, como una película proyectada en cámara lenta, vio a su regimiento escabullirse hacia la ciudad, recordó los cañones resonando, el humo y el olor a pólvora, recordó el fuego surgiendo de todas partes, a un hombre de cabellos castaños y ojos grises que sabiéndose perdido, con un pie en el mas allá y el otro a punto de seguirle, le había confiado su mayor tesoro, se vio a si mismo herido, agonizando sobre una mesa de operaciones, recordó el dolor que lo había hecho gritar y maldecir a Dios y todo su troupe, el crudo despertar en una catre de hospital, desconcertado y sin media pierna.

Había sido duro, desgarrador, aun parecía sentirla, dolía como mil demonios, pero no estaba allí, presa de un arrebato febril se había abandonado a la muerte, pero esta no llego, lo paso por alto, como en acuerdo tácito con el cruel destino.

Los médicos le habían obligado a reponerse, su oficial al mando había informado a su familia, le habían proporcionado toda clase de atenciones y lo habían condecorado como a un héroe, pero Michael Fletcher se sentía todo menos un héroe, él había sobrevivido, solo él y dos oficiales más, de los veinte que habían aceptado aquel trabajo, sí, la misión se había logrado, sí, la ciudad había sido rescatada, sí, quizás ese pequeño hecho era un grano de arena más para cambiar el curso de la guerra y Dios sabía que necesitaban cambiarlo, pero él habría deseado morir antes que verse lisiado y regresando a casa como un inútil incapacitado.

No había lugar para gente como él en el frente y estaba seguro de que moriría si volvía a sentarse en una oficina, por más centro de operaciones que estas fueran, por más información vital y estrategias que pudiera manejar.

Estaba perdido, desubicado, sin un prospecto para el futuro, no quería volver a casa y reconocer que no podría ser el mismo, detestaba las constantes miradas de compasión, odiaba que sus compañeros le cedieran un asiento, le dieran palmadas en el hombro y le desearan buena salud, estaba muerto en vida, como si más que una pierna hubiera sido un trozo de su alma lo que se hubiera ido.

¿Qué harás ahora? Pareció decir la música, una secuencia plana de notas seguía a la interrogante, luego un crepitar de notas altas, como el tamborileo del corazón desbocándose en latidos de incertidumbre, ¿A dónde iras? Volvió a preguntarle.

Michael lo medito por un momento y como si la respuesta hubiera venido de la inspiración divina las notas se volvieron tristes y lentas, Todos estamos rotos…

Así era, recordó al acordeonista, a la camarera y al anciano sin dientes, recordó a los otros soldados con menos partes que él y por sobre todos ellos a su Coronel, a su amigo, a aquel hombre que en cuestión de meses se había vuelto para él una figura de paternal afecto, encontró en una promesa lejana su destino, su nueva misión.

El peso de aquel sobre oculto en un bolsillo interno del uniforme se hizo más grande a medida que las notas comenzaron a llenar el bar, como una marcha hacia una batalla, como una fanfarria que incita a los soldados a atravesar grandes distancias para enfrentar a muerte. El mismo Dios había roto al mundo, lo había inundado y rehecho, quizás ese fuera el fin de esta guerra, rehacer un mundo resquebrajado por la avaricia y la mezquindad. Las notas, resonaron una última vez, en un soliloquio de emociones intensas y perturbadoras, era una canción triste, sí, era una melodía rota, como él, como aquel mundo que intentaba cambiar.

Los acordes lo acompañaron de regreso por las calles vacías de una parís ofuscada por el fuego, le tomo un tiempo dar con su hotel, no durmió aquella noche, no se molestó en despedirse de sus compañeros tampoco cuando abandono el hostal por la mañana, abordó el primer barco de regreso a casa, con una sensación de renovado deber, con más sabiduría de la que debía tener a sus años y con su corazón aferrado a un rostro oculto en sus pensamientos desde hacía un tiempo.

 

Esto es un preludio de una historia más compleja, una précuela, si se quiere, de un proyecto más extenso, espero que lo disfruten.

Propiedad de A. Perdomo 18/07/2018

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