Literatura

Mi versión sobre el mito de Eco y Narciso



Mi versión sobre el mito de Eco y Narciso - Literatura

Había una vez, en un lugar alejado del mundo que nadie conoce ni ha conocido jamás un bosque lleno de árboles con flores raras, de formas sinuosas y colores brillantes, de aromas afrutados que el viento esparcía para perfumar a las bellas ninfas que exhibían su cuerpo en el lago para enamorar a Narciso, soberbio y sumamente atractivo. Pero Narciso vivía embelesado de su propia imagen que le devolvían las cristalinas aguas del estanque, enamorado de su propio rostro. Solo y triste, mostrando su desinterés hacia las ninfas que suspiraban por él.

La ninfa Eco soñaba con parar las horas y en ese instante no vivido recoger la cara de Narciso entre sus manos, volverla hacia ella y preguntarle «Qué ves?, Soy solo tú espejo o me ves a mi?» Eco podía hacer reír y llorar casi a un mismo tiempo, tenía el poder de templar el tiempo si acechaba un huracán y parar el llanto de las nubes para que esa niña buena pudiera salir del apuro ilesa.

Narciso, por su parte, vivía embelesado en su propio reflejo y Eco estaba profundamente enamorada de él.

Solo Narciso notó su presencia cuando Eco lanzó una piedra al río y éste vio su rostro deformado en el agua. Cuando miró a ambos lados vio a Eco y la odió por haber perturbado su placer, su amarga locura, su dulce consuelo. La odió tanto y ella, a su vez, sintió tanto amor por él que toda la triste e inservible vida de Narciso fue a parar a las espaldas de Eco.

«Cómo osas a perturbar mi paz?» Le dijo Narciso «No ves qué triste es mi vida. Ahora tú cargarás con mi pena.» Y lloraba, lloraba de verdad. «No creo que pese tanto tu pena. Lo único que te hace feliz es observarte en el río. Deberías agradecerme que te saque por momentos de tu hechizo y veas más allá de tu nariz» respondió Eco, con su dulce voz y provocó un baile de mariposas y un claro del bosque se abrió para los dos.

«Quién eres?, No pensarás que te quiero?, No querrás jugar conmigo?» Preguntó Narciso. «No» contestó Eco «solo quiero no ahogarme en mi propio llanto y que tú no te agobies en el río. Sé que no sabes nadar.»

Narciso, una vez más, mostró su indeferenciación y su frialdad y volvió a su imagen. Las ninfas suspiraban y Eco fue a llorar a su rincón porque ya no arrastraba solo su pena sino que llevaba a sus frágiles espaldas la pena de Narciso. Su rabia hizo despertas violentos vientos que dedpeinaron a los árboles y desprendieron tejas de alguna casita cercana. La noche era silenciosa. «No pensarás que te quiero» rondaba Narciso en la mente de Eco. La Luna llena parecía más melancólica que nunca. En otras ocasiones la había llamado niña loca, sin ningún atisbo de curiosidad o querer conocerla. Todo su amor por él, de repente, se convirtió en odio y Eco no pudo contener su ira. Fue ligera, corriendo hacia el lugar donde se hayaban el soberbio Narciso, con su vaporoso vestido y cantando una nana con su linda voz. Pretendía castigarle por su crueldad. Eco empujó a Narciso y éste cayó al río y se ahogó. A partir de ese momento, un silencio sepulcral envolvió todo el bosque solo interrumpido por la bella voz de Eco que, en su guarida, no paraba de cantar sollozando. El tiempo se detuvo en el momento en que Eco se volvió loca. Sus pies no llegaban a tocar el suelo y los gorriones acudían a saludarla.

Eco, finalmente, se consumió de pena y locura y por el bosque de flores raras solo quedó flotando su bella y dulce voz.

Allá, en el otro mundo, Eco y Narciso volvieron a encontrarse. Ahora ella era una linda colegiala adolescente y él su profesor de Literatura. Lo que ocurrió después no lo sé.

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Acerca del autor

Lorena Caballero Ortega

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