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Literatura

Microcuentos Y Algo Más

Microcuentos Y Algo Más - Literatura

EL ÁRBOL DE LA VIDA

Cuenta una leyenda, que el árbol de la vida fue plantado en la Tierra por los dioses antiguos, y que de él nacieron todos los seres vivos del planeta. La humanidad apareció más tarde venerando a estos dioses en todo el globo. Cada civilización les puso un nombre, pero su naturaleza era la misma. Ahora, en nuestro tiempo, la salvia del divino árbol circula por las venas que recorren el cuerpo del hijo, herencia de sus padres, de sus abuelos y de sus antepasados, los cuales una vez regaron el árbol sagrado con su propia sangre.

 

ALLÍ DONDE ESTÉS

Si me dijeran que no existes me resignaría a creerlo, pues, aunque nunca nos hayamos visto, sentido, amado, se que estás ahí, esperando como yo el ansiado encuentro. Así que no llores bella dama, pues necesito encontrar la luz de tus ojos para guiarme en la oscura noche. Se fuerte, pues pronto nos encontraremos, por primera vez y para siempre.

 

LOS OJOS DE LA GUERRA

El sonido de la batalla tronaba en el cielo con la furia de los rayos del mismísimo Júpiter. Las armas chocaban entre sí, contra los escudos de los guerreros y contra la carne del adversario, tiñendo de rojo ese idílico paraje, antes, hermoso campo reluciente de fresca hierba. Aecio, combatía con el coraje que le permitía el presente temor de la guerra, pues él, era un tranquilo y sencillo campesino, incansable en sus tareas, rudo en sus formas, a veces, pero de noble y pacífico corazón. El Estado le había obligado a alistarse ante la inminente guerra contra los bárbaros del limes, así que, no tenía otra opción si no quería que a su familia le ocurriera alguna desgracia. Ahora se enfrentaba a unos hombres de los que ni tan siquiera había escuchado hablar. Riquezas, tierras, poder, o tal vez todo. Aecio no sabía el porqué, tan solo luchaba y luchaba, acabando con la vida de todo hombre que le presentaba batalla. Él o yo, pensaba, mientras que de su espada brotaba un reguero de sangre que le llegaba hasta los tobillos. Al mismo tiempo que apagaba las esperanzas de sus adversarios, en sus ojos se dibujaba el anhelo de regresar junto a su familia, mientras escuchaba el sonido fúnebre de una guerra que no entendía.

 

NO FUE LA ÚLTIMA VEZ

El reloj marcaba las 10 en punto, y Joseph corría escaleras abajo mientras escuchaba el inequívoco sonido del tren acercarse a la estación. Justo a tiempo, pensó, mientras se secaba el sudor de la frente con la palma de la mano. Entró al vagón, se sentó en uno de los asientos libres y sacó de su mochila el último libro de su escritor favorito, titulado, “El ángel que nació del fuego”. Abrió el libro por donde marcaba el punto y se dispuso a continuar donde lo había dejado. Treinta minutos lo separaban de su trabajo, así que comenzó a adentrarse en la aventura que le mostraban las palabras escritas en el papel. Tras dos paradas, una presencia sacó a Joseph de su concentrada lectura. Un dulce olor a vainilla hizo que el joven levantara la cabeza, para de pronto, toparse con los grandes e hipnóticos ojos verdes de una risueña muchacha. Joseph disimulaba, aunque no pudo ya dejar de mirarla. Tenía los cabellos largos y rojizos, recogidos en una larga trenza que le bajaba por el hombro izquierdo. Era bastante alta, y a pesar de vestir con unos tejanos y una camiseta bastante holgada, desprendía una gran feminidad a la vez que una extraña fiereza. Joseph continuaba mirándola con disimulo, imaginando que podría decirle, y si ella pensaría lo mismo de él. De vez en cuando sus miradas coincidían para volver a perderse de nuevo entre la gente. Tres paradas después, la chica se bajó del tren, no sin antes devolverle una última mirada a Joseph. Él chico la miró, y ese instante, donde esos grandes ojos verdes se cruzaron con los suyos, se hizo eterno en su memoria. Joseph siguió con la mirada a la joven mientras el tren se alejaba y ella se perdía por las escaleras de la estación. Ninguno conocía el nombre de la otra persona, ni él, ni ella; y a pesar de ser la última vez que se vieron, no fue la última vez que se amaron.

 

ZAPATOS DE TACÓN Y LUCES DE NEÓN

El cielo se apaga, y Diana parte hacía ese frio lugar donde almas perdidas predican un poco de atención a precio estipulado. Allí no existen los sueños, y solo se presta atención a las agujas del reloj contando los minutos. Vestida tan solo con unos zapatos de tacón y sugerente ropa interior, guarda su corazón bajo llave en un oscuro cajón, pues no hay sitio para el amor. Carmín rojo y simulada sonrisa para aprobación del consumidor, mientras las actrices del placer, aprendices y maestras aguantan la jornada a base de evadirse de la realidad. Diana aprende rápidamente las culpas de la noche; a veces, consolando a náufragos del amor que tan solo buscan un poco de cariño, pero otras veces, aguantando improperios y frases como, “si a ella le gusta lo que hace”, salidas de la sucia boca de despojos que se creen hombres. Luego, al apagarse los neones que anuncian los carteles de la entrada, Diana recupera su corazón de ese oscuro cajón, y sueña con algún día, poder escapar de ese frio lugar para entregarle su corazón a alguien que no la vea como una simple mercancía.

 

UNA CANCIÓN LIBERTARIA

Se escuchan en la loma de la más suave brisa, notas de una canción libertaria. Rozan mi piel desnuda, cubierta de profundas cicatrices que provocaron una vez los oxidados grilletes, ahora tan solo un oscuro recuerdo tatuado en mi piel. Respiro esperanza. Siento de nuevo la brisa, envuelta de olores de libertad.
Aunque a veces me pregunto, si bajo nuestra apariencia de hombres libres, todavía se esconde el vestigio de una élite inmune, corrompida por oscuros intereses que acaban pagando los más desprotegidos de nuestra sociedad. Un pueblo en estado de coma permanente, abducido por los medios de consumo y otras inservibles necesidades. ¿Y a eso lo llaman libertad? Por eso clamo a la sensatez de todos los hombres y mujeres.
¡Pueblo despierta! Tomemos las riendas de nuestro legítimo derecho. Levantad el puño y aplastad al opresor. Formemos un Gobierno donde nuestro gobernante trabaje por y para el pueblo, pues solo nosotros, hombres y mujeres libres del mundo, debemos decidir nuestro destino. Se acabó la esclavitud, la opresión hacía los indefensos y la inmunidad de aquellos que se creen por encima de la justicia.
A todos los hombres y mujeres, haced que en la loma de la refrescante brisa del nuevo día, vuelvan a sentirse las hermosas notas de una canción libertaria.

 

DIARIO DE A BORDO

Después del colapso de su planeta natal, la llegada a un planeta hermano por fin se ha producido. ¿Serán bienvenidos estos navegantes de las estrellas? La supervivencia de su especie, depende de ello.

21 de octubre de 2151:

Después de más de tres años de camino, por fin, vemos en la distancia nuestro destino. Estamos cansados, pero muy ilusionados por lo que está por venir. Después del colapso de nuestro planeta, tan solo unos pocos conseguimos sobrevivir y escapar de la gran epidemia que siguió a la Gran Guerra, la cual, asoló nuestro mundo y prácticamente nos extinguió como raza. Por suerte, unos pocos conseguimos escapar a la extinción total a bordo de esta nave estelar, a la cual hemos bautizado con el nombre de “Esperanza”. Parece ser, que existe vida parecida a la nuestra en este lugar, ya que nuestros científicos, conocían desde hace miles de años este planeta, incluso, en los antiguos manuscritos de los “Primeros”, los fundadores de nuestra civilización, ya sale nombrado. Existen leyendas que cuentan que nuestros antiguos ya estuvieron aquí, y que intercambiaron tecnología y conocimientos con estos seres.
A medida que nos acercamos, las lágrimas nublan tan extraordinaria visión, pues es prácticamente un calco a nuestro viejo planeta. El azul es tan intenso que ya imagino las criaturas marinas que debe albergar, y la tierra, dulce tierra, donde cultivar y comenzar una nueva vida. Hemos lanzado una señal de socorro y nos han contestado. Hemos podido comunicarnos con ellos, ya que su idioma no nos es tan extraño como podríamos imaginar. Estos nos han dado permiso y unas coordenadas para aterrizar. Mañana llegaremos a nuestro destino. De momento, nos han dado la bienvenida y hemos intercambiado unas cuantas palabras cordiales. Después de tanto sufrimiento, por fin hemos llegado al planeta que sus habitantes denominan Tierra.

Almirante Adam Lubock.

 

AMANECER

Bailan las flores al ritmo de la suave brisa que anuncia la Aurora de rosados dedos. Helios, ya ilumina a todos sus súbditos mientras despide a su amada Selene hasta el próximo ocaso. La rueda continúa girando, y el ciclo vital da paso a un nuevo día. El cielo sonríe, observando todo a su alrededor, desde su privilegiada poltrona hecha de blancas nubes.

 

DE “PRÍNCIPES” Y PRINCESAS

Abre los ojos princesa, libera el corazón de las cadenas opresoras del amor esclavo. Olvídate de ese hombre que presume de serlo y que no es nada. ¡Nada! Podredumbre que infecta el honor de los hombres, que destruye a quien camina a su lado. No llores bella dama; nunca dejes que el odio borre esa hermosa sonrisa que dibujan tus labios.

 

NO LO PERMITAS

Sonríe la ira. Mientras, la esperanza llora amargas lágrimas que una vez fueron dulces. Calla la vida mientras habla el odio.

 

CONTIGO

Se abre el cielo en tu firme pecho, manos cálidas cubiertas de fina seda, resbalando por mi espalda. Sinuosas curvas de excitante locura. Déjame acariciar tus dulces cabellos, largos hilos de oro cubiertos de sol. Tú y yo tan solo, bella mujer, que en tus brazos me haces inmortal.

 

A PESAR DEL AMOR

Él se prometió no amarla, pero el corazón se sobrepuso a la razón. Ella prometió amarle, pero nunca consiguió hacerlo como él lo hacía. El amor los unió tanto que acabó separándolos. Él lloraba porque ella nunca lo amaría de la misma manera; ella lloraba porque a pesar de quererlo nunca conseguiría amarle como él deseaba. Y a pesar del amor que se profesaban, nunca más volvieron a encontrarse.

 

NUNCA DEJES DE CREER

Hubo un tiempo, en que los aedas cantaban las gestas heroicas de esos hombres que desafiaron lo imposible y regresaron victoriosos, donde el día a día de la humanidad se mezclaba con lo desconocido, y donde dioses, seres fantásticos y mortales convivían en un mismo universo. Ahora, en un mundo dominado por la oscuridad, donde la razón y la sabiduría han perdido su valor a favor de los placeres más artificiales, y donde las consignas de un sistema que protege a los señores del capital ha hecho que la cuerda de la desigualdad se tense hasta extremos insostenibles para la mayoría de los pueblos de la Tierra, debemos regresar a nuestros orígenes. Hagamos más caso a nuestras creencias espirituales, cada cual buscando su propio destino; hagamos de la fantasía algo cotidiano, creamos de nuevo en esos héroes que desafiaron al sistema para ser libres. ¡Seamos libres de nuevo!
Hagamos del amor nuestro escudo y de la verdad nuestra espada. Gritemos con fuerza al cielo para que nuestra voz llegue más allá de donde brillan las estrellas, y no dejemos de soñar, jamás; pues a pesar de todo, ningún hombre, ni tan siquiera el más poderoso de los dioses, podrá quitarnos nuestra capacidad de soñar y alcanzar la verdadera libertad.

 

LA LÓGICA DEL MIEDO

Pedro caminaba sin rumbo fijo por una calle que conocía a la perfección, cada uno de los comercios y sus olores, el tráfico y el ruido de los transeúntes, el paso de los que llegaban tarde y los que no tenían ninguna prisa; todo, se repetía con distintos protagonistas día tras día. El joven estaba perdido, no sabía qué camino tomar en su vida, y a pesar de estar siempre rodeado de familiares y amigos, en su interior, se sentía completamente solo. En uno de esos instantes en que retornaba a la lucidez de la realidad, dejando a un lado sus reflexiones, encontró el azul del mar en los ojos de una chica que esperaba al otro lado de la calle. El color de sus ojos era tan intenso, que Pedro sintió la necesidad de acercarse, como si una fuerza extraña lo atrajera hacía ella. El chico pensaba como poder entablar conversación con la bella joven, y el miedo, comenzó a apoderarse de su cuerpo. Las palabras quedaron enterradas bajo gruesas capas de temor, y las cadenas invisibles del desazón apretaban con fuerza sus temblorosas manos. Pedro pasó de largo, como si su camino continuara en esa dirección, no sin antes contemplar una vez más esos ojos que le habían seducido. A cierta distancia sus miradas coincidieron por unos segundos, y en los labios de la joven se dibujó una sonrisa. Luego, cada uno continuó su camino. La hermosa desconocida, caminaba hacía alguna parte, no importa, pensaba Pedro, pues su presencia es lo que hará especial el lugar donde se encuentre. Mientras, el joven se maldecía una y otra vez por su cobardía frente a las mujeres, frente al amor, frente a la vida. A pesar de todo, sonrió, siendo consciente de que, cuando supere sus miedos, no habrá nada ni nadie que pueda dominarlo.

 

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miquelangelo

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