Literatura

Microrrelatos: Historias Para La Hora Del Café Vol.01

Microrrelatos: Historias Para La Hora Del Café Vol.01 - Literatura

AMORES PARALELOS

A pesar de verse todos los días, Miguel y Ariadna nunca habían cruzado ni una sola palabra. Cada mañana, sus vidas se cruzaban en la estación de tren, donde cada uno iniciaba su rutina diaria. Él, la observaba fascinado, con disimulo, admirando su belleza y su porte segura. Seguía la delicadeza de su cuerpo con la mirada, parando en sus profundos ojos negros como la noche, y en su brillante pelo dorado como el trigo. Todo en ella parecía esculpido en proporciones perfectas, tal cual las antiguas figuras de los escultores griegos. Ella, por su parte, lo contemplaba sintiéndose extrañamente segura. Era como si lo conociera, como si su sola presencia pudiera salvarla de cualquier peligro. No era un chico extremadamente llamativo, a pesar de ser alto y de cuerpo atlético y firme, aunque en su mirada aceitunada había una fuerza cautivadora que la atraía misteriosamente hacia su persona. Después, cada uno iniciaba su camino, esperando volver a encontrarse al día siguiente para conseguir reunir el valor suficiente de entablar una conversación. Mientras tanto, cada noche, ellos bailaban con la misma canción.

 

SELIT: LA BRUJA BLANCA

La anciana Selit, vivía a las afueras de la Villa recibiendo a hombres y mujeres que requerían sus servicios. Había muchos rumores sobre ella; Bruja para unos, maga, hechicera o curandera para otros, pero para la mayoría de sus vecinos era únicamente la solución a sus problemas. Entre sus clientes se encontraban los aquejados del mal de amores, los que buscaban un remedio para su fatiga, los que deseaban conocer su suerte, mujeres jóvenes embarazadas que deseaban abortar, madres solteras que buscaban ayuda para sus hijos…, y en general, los más pobres del lugar, que buscaban una solución a sus problemas o enfermedades. Todos salían contentos tras ser atendidos por la anciana, ya que procuraba remedio real y consuelo para todos.
Un aciago día de Octubre, se denunciaría injustamente a Selit bajo el delito de brujería. El Tribunal de la Santa Inquisición sería el organismo que ejecutaría la pena. El fallo: Culpable de brujería. Todos los aldeanos se opusieron a la pena, pero no podían hacer nada frente al poder de la Iglesia. La Villa estaba triste. Selit fue apresada y llevada al calabozo del puesto de guardia para ser interrogada, aunque su destino ya estaba fijado. Al amanecer, sería condenada a arder en la hoguera. Esa misma noche, su casa y todos sus recuerdos fueron consumidos por las llamas. De madrugada, una melodía resonó por toda la Villa: era la voz de Selit, que pese a los golpes del interrogador de la Inquisición, sonaba dulce y serena. Era la misma canción que cantaba a sus clientes mientras atendía sus males. De esa forma quería hacerles llegar que no se preocuparan.
El amanecer llegó, y en la plaza de la Villa ya estaba preparada la pira donde sería quemada la anciana. Algunos gritaban:” ¡Bruja! ¡Bruja! ¡Arderás en el infierno!”, otros pedían clemencia, y la mayoría simplemente callaban y rezaban en silencio por la suerte de su vecina y amiga. El Inquisidor, emitió la sentencia en voz alta, e hizo la señal a un guardia para que prendiera fuego a la hoguera. Algunos aldeanos lloraban, ella reía. Selit, atada al poste central comenzó a cantar. En unos segundos el fuego había envuelto el cuerpo de la condenada, y las llamas más altas parecían llegar al cielo. Selit no mostró ningún síntoma de dolor ni quejido alguno. Antes de ser consumida por las llamas su rostro era sereno y sonriente.
Muchos testigos dicen, que mientras la pira se convertía en una gran bola de fuego, un rayo de luz se proyectó en el cielo; otros, que han visto a la anciana rondar por el bosque tiempo después. Pero la gran mayoría afirma que las noches de luna llena, una figura luminosa canta la canción de Selit, inundando la Villa de los dulces recuerdos que dejó en vida esta “Bruja blanca”.

 

COMO INDIOS Y VAQUEROS

Desde que éramos pequeños, Eliot y yo hemos sido inseparables, y a pesar de las muchas diferencias que pudiéramos tener, siempre las acabábamos resolviendo de alguna manera. Nuestro juego favorito siempre fue el de indios y vaqueros, y de críos, pasábamos las horas en el descampado emulando al General Custer y a Toro Sentado. Los días de infancia pasaban plácida y alegremente sin sobresaltos. Del colegio, pasamos al instituto, y luego a la universidad. Allí fue cuando empezaron nuestras verdaderas desavenencias. Hace más de quince años que no nos hablamos, ni siquiera nos hemos vuelto a ver. Durante el último año de universidad nos evitábamos por los pasillos como la peste. Durante todo este tiempo me he preguntado una y mil veces por qué tuvo que cruzarse ese obstáculo en nuestra amistad, un obstáculo fascinador y único. Se llamaba Irene. Eliot acabó ganando la batalla que durante más de tres años llevamos a cabo; Irene finalmente se quedó con el que era mi amigo. No supe más de ellos, y no sé si aún siguen juntos. Lo que sí que se, es que ese día, los indios y los vaqueros dejaron de jugar para siempre.

 

LA SUERTE ESTÁ ECHADA

Valerio, un soldado romano de la Legio X Gemina corría por el campamento al son de las trompetas dispuesto a formar. El sol despertaba lanzando sus haces de luz hacia la tierra fértil de la Galia, y los pajarillos de los alrededores cantaban alegremente dando los buenos días al reluciente Apolo. Los legionarios formaban esperando la aparición de su general, el victorioso Cayo Julio César. A los pocos minutos apareció ante sus ojos. Parecía un dios, y daba la impresión de haberse reencarnado en el mismísimo Júpiter.
– ¡Soldados de la República!-gritó César.- ¡Hoy es el gran día! Hoy partiremos hacía la mismísima Roma para hacer justicia. Los dioses así lo han querido. Los políticos han convertido nuestra capital en un vertedero de mentiras y crímenes que alguien ha de parar. El espíritu de la República ha de ser reinstaurado. Yo no quiero combatir contra nuestros hermanos, así como vosotros tampoco, pero si es necesario lo haré. Solo hay dos cosas que debemos respetar y amar por encima de nuestras propias vidas: A los dioses y a la República romana. ¡Soldados, Alea iacta est!

 

EL JUEGO DEL AJEDREZ

El cielo comenzaba a vestirse de noche cerrada, y en tierra los hombres empezaban a inquietarse. Solo el titilar de las estrellas iluminaba la bóveda celestial. Allí, desde lo más alto, el dios de cada uno de esos hombres vigilaba atentamente cada movimiento. Al amanecer, los peones volverían a ponerse en juego. 

 

UNA GUERRA IGUAL A TODAS

Verdún, Francia. Agosto de 1916.

La noche daba inicio a una tregua, obsequiando a los exhaustos soldados con un descanso insuficiente que no repararía sus afligidas almas. Llevaban meses siendo testigos del más cruel horror, enmascarado por la más radical de las doctrinas y las luchas de pérfidos políticos que codiciaban su porción del pastel en el que se había convertido la vieja Europa. Todos esperaban la oportunidad de dar el golpe mortal, mientras padres, hijos, maridos, amantes, amigos de la infancia, o simplemente un desconocido, caen en el barro del campo de batalla dejando allí su cuerpo inerte, carente de vida, vacío de toda esperanza.

 

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miquelangelo

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