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Midsommar



Midsommar - Cine y Televisión

El otro día fui a ver Midsommar.

 

Segundo largo de Ari Aster tras su debut con Hereditary, para mí, la mejor película de terror del 2018.

Y qué conlleva, para mí, todo ello?, pues básicamente las expectativas generadas, altas expectativas y un nivel sobresaliente y difícil de superar,  consecuencia del otro largo ya mencionado. La verdad es que esperé Midsommar con ansia e incluso con claro recelo crítico («a ver qué me encuentro») ya que el listón dejada por la primera fue ciertamente alto.

La película nos cuenta la historia de una pareja cuya situación sentimental no pasa por el mejor momento (vida estancada, rutina, amor no totalmente correspondido, ¿quién sabe?) a lo cual se sumará una horrorosa tragedia familiar que castigará emocionalmente, y todavía más, al personaje de Dani, interpretado por Florence Pugh. Ambas dos circunstancias nos harán partícipes del tenso y crítico momento por el cual la pareja pasa previamente al nudo real de la trama, el viaje a Suecia.

El viaje:

Christian (el novio de Dani) y tres amigos suyos planean viajar a una recóndita localidad de Suecia con objeto de disfrutar del Midsommar, un festival practicado en la región y que sólo se celebra cada 90 años. Christian le propondrá a Dani viajar con él y sus amigos al país Nórdico, con el fin de apaciguar y salvar la tensa relación amorosa por la que ambos están pasando. Y aún con el recelo patente de los amigos de él (salvo uno, oriundo de la tierra del Midsommar y perteneciente a la comunidad que dirige y organiza tal festival), se embarcarán en una empresa que distará muy mucho de unas vacaciones idílicas.

Midsommar es, a día de hoy y para mí, la mejor película del género de terror del 2019, sin duda.

Es una película que tiene muchísimas cosas que ofrecer, para empezar, es una película de auténtico miedo, ¡de mucho miedo!, y que no recomiendo a personas que digan de antemano «mira que a mí las películas de miedo me asustan mucho, eh», por que sinceramente, lo van a pasar mal. El miedo de Midsommar es miedo «tradicional», de susto, espasmo y sobresalto, sí, pero en muy poca cantidad, y éso me agrada, ya que Ari Aster da a entender que el horror está madurando, cambiando, o evolucionando, como lo quieras ver. Aún a pesar de visionarse situaciones gore (porque las hay, y bastantes, y bastante chungas, la verdad), no es la tónica predominante del filme, no es a lo que estábamos habituados dentro del género slasher de finales de los 80-principios de los 90, con el asesino enmascarado persiguiendo a sus víctimas y matándolas siguiendo un patron macabro o un modus operandi determinado, vemos un miedo que juega con el desconocimiento, con la idea de saber que algo va a pasar, algo horroroso y bizarro, y que va a pasar muy pronto, pero que no nos va a pillar de sorpresa, si no que se acerca, se acerca, y poco a poco ya se ha generado delante de nosotros, no habiendo escapatoria posible y originándonos sufrimiento. Es pura psicología muy bien tratada.

Qué más nos regala Midsommar?, la imagen, sin duda. Es una película de terror diurno, las dos horas y pico suceden de día y en plena campiña (salvo algunas escenas contadas dentro de cabañas, claro), y eso no es muy frecuente que sepa yo. Aquellos planos, aquellas fotografías larguísimas, anchísimas que pareciera que alargaran la pantalla del cine a una anchura más larga de lo normal, combinando escenas en un mismo plano de caracter idílico, precioso, bucólico y pastoril, con lo más bizarro, grotesto y angustioso que una mente cuerda pueda llegar a imaginar. La manera de conjugar el sueño con la pesadilla en un mismo plano resulta enfermizamente sublime.

Las drogas. Como toda buena secta, la comunidad de Midsommar no va a escatimar en el uso y consumo de sustancias psicotrópicas, naturales, eso sí, ya que todo irá encaminado a satisfacer a la Madre Tierra, «aquí no queremos químicos y opiáceos de ejecutivo, aquí tiramos de hongos, setas, y psicodelia»… resultan muy, ¡pero que muy bonitos!, los efectos de cámara e imagen a la hora de trastocar la visión del personaje que esté colocado en ese momento, haciéndo partícipe al espectador y en formato de primera persona (como si fuera uno más de los turistas), del viaje iniciático experimentado. Esos rasgos faciales deformados, esas narices puntiagudas, esos ojos como platos de tamaño acrecentado. Juega incluso con el paisaje, como si éste oscilara en espirales, deformándose y reformándose a su libre albedrío y generando al mismo tiempo placer, y nerviosismo. Es una pasada.

Y la actriz, Florence Pugh. La viva imagen del llanto y el desespero, la ansiedad y el sufrimiento. Será con la llegada del personaje de Dani a la comunidad, cuando se nos regale el sádico presente del disfrute de la agonía ajena, y esta chica se encargará 11/10 de hacerte sentir molesto ante tanta barbarie, porque lo hace tan real, tan vívido, y tan natural, que casi llegas a empatizar con su triste realidad, siendo consciente de que no puedes hacer, por desgracia, nada para ayudarle.

 

Y qué es lo peor?, que sólo dure dos horas y media, aunque creo recordar que existe por ahí cierto material extra que saldrá a la luz en algún momento.

La mejor película de terror del 2019, así.

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Fausto

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