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Milagro en París

Milagro en París - Deporte

2 seguidores y 72 visitas. Esto va mejor de lo que supuse. Y ya que hablo de sorpresas, este partido para mí fue uno especial, de esas pocas veces que realmente me emociono viendo como corren tras la redonda por 90 y unos pocos más minutos.

Soy hincha del Manchester United desde que tengo memoria, los conocí en la gloria. 2008. Moscú. Final de la Champions contra el que yo creía era nuestro máximo rival, el Chelsea. El Chelsea y esos morenos gigantes, que me recordaban a los chicos de cursos superiores en la escuela, cuando jugamos en el patio y tratabas de pasarte a uno. Te encuentras con una rodilla mortífera. Caes al cemento, pero este no es tan duro como aquella rodilla. Las mías siempre fueron débiles, ni idea por qué. Aún así a veces ganamos. El «último  gol gana todo» nos daba la chance a pesar de ir perdiendo todo el partido. Y luego ya podíamos ir a la sala, sucios, embarrados, transpirados. Con una pelota a cuestas, que tenía ya el doble del peso inicial puesto que estaba llena de agua y barro. Fui de los pocos que iban al cabezazo en esas condiciones. Jugaba al arco, primero por «gordo y malo» y después porque ya no me marcaban. La práctica ayudó mucho. Bajo esa idea prendí el televisor y conectando un Hdmi entre aquel aparato y el notebook puede sintonizar el partido. Llevaban instantes de juego. Hoy no se trata de fútbol, pensé.

Primeros instantes, aún no están todos en el partido. Yo comía de un pote de miel. Aún no me acomodaba del todo cuando Lukaku gana una pelota, tras el fallo portero-defensa y gol. 1-0. París en silencio. Me quedé sorprendido, «para adentro», siempre me pasa cuando todos celebran algo con saltos y gritos. Repuso desde el centro el local, el asedio empezó y fuerte. Desde Juan Bernat hasta el joven Mbappé. Mierda, ese niño solo tiene un año más que yo y rompe redes como yo rompo hojas de papel cuando no me gusta lo que escribo. Así iba la cosa, el Manchester no podía hacer nada, ni tocar el balón. Aquella tarde-noche vestían un rosa claro, o algo así. Pasados los 10 minutos, Bernat, jugador español al que nunca había mirado más que de reojo, marcaba el gol del empate de París. Era el mejor de la cancha. Entre estrellas mundiales él era el mejor. Y nos lo hizo saber. No me sentí mal en ese instante, o sea sí, claro, se ponía difícil pero no era algo que nadie se esperaba. Nadie se explicaba por que el París llevaba solo 1 y no 4 o 5 goles. Pero la sorpresa no paraba, puesto que, con el empate parecía que ya estaba. Nada que hacer. Pero, mierda, vamos, estos son los momentos en que ocurren lo que llamamos milagros.

30 minutos. Gol, nuevamente de Lukaku en un error defensivo. Inexplicable. Ilógico. Un sin sentido total. Lo grité con euforia, habían pasado unos años desde la última gran emoción. El estadio enmudeció. Ya nadie coreaba el «Ici c’est Paris» y mi pote de miel se iba acabando ante cada cucharada. A los 36, algo inusual. Afuera Bailly, dentra el joven Diogo Dalot. Me gustó, fue con lo que llamamos «huevos» el técnico del United. Salvo que estés demasiado seguro o demasiado desesperado, nunca se ven cambios antes de los 45. Fin de la primera parte. Tuve que ir a comprar verduras para la comida de mañana. No me importó el frío ni la gente que atestaba el pequeño local. Lo están ganando. No sé como, pero lo están ganando.

Parten los segundos 45. Si ahora te pones a ver las estadísticas es para reírse. 12 tiros a puerta de París ante 5 de la visita. 73% de posesión ante solo 27%, 761 pases de Mbappé y compañía contra apenas 292 toques combinados, la mayoría despejes de la defensa, por parte del Manchester United. Lo sorprendente es que, de las doce veces que los de París chutaron a puerta, solo 4 fueron hacia el gran David De Gea. Mientras, de los 5 tiros de rosado claro, 4 llegaron contra Buffón.

Pero las estadísticas son, a veces, simples números. El segundo tiempo fue un asedio peor que en el primero. Prácticamente solo defendían los visitantes y nada hacía dar una esperanza. Salvo que faltaba un gol, solo uno y era el milagro. Si esto fuera lucha libre solo nos salvaba un «paquetito» y un arbitro a nuestro favor que cuente rápido. Lo peor desde mis ojos fue cuando ya estábamos entrando en la recta final. No estaba ni Ander Herrera, ni Juan Mata. Tampoco el lesionado Alexis Sanchez que, aunque venía jugando mal era un tipo que aún debe causar cierta impresión en la cancha, sobre todo entrando fresco a aguantar los minutos finales contra un París agotado. Desde la banca, el noruego Ole Gunnar lo sabía, la única forma de ganar era correr, era una única corrida contra toda la zaga parisina para buscar al tanque de Lukaku o al habilidoso Rashford, que ni sospechaba lo que haría esa noche. Tahith Chong y Mason Greenwood a la cancha. Tuve que buscar las alineaciones para recordar sus nombres. Dos jóvenes desconocidos eran la apuesta final. Mientras Thomas Tuchel mandaba al campo a Leandro Paredes y a Thomas Meunier,  Sacó una banda completa por una fresca. Ambos habían jugado sus cartas y ya entrando en los últimos diez minutos el Manchester United comenzó a golpear. Ya estaba la mesa a punto para la comida de la tarde, mi papá y mi abuela ya estaban en casa pero no les podía dar bola. No en ese momento. Y Luke Shaw merece un monumento. Me agrada, por que no es un tipo habilidoso, no puede aún hacer una gran jugada esperando que siempre le salga bien. Pero mete el cuerpo, empuja, lucha, mueve su corpulenta anatomía para el beneficio de una afición sufrida. Eramos lo más grande del mundo y una década más tarde es sorpresa si se gana una F.A. Cup.

Penal. Mierda. Penal. Revisión del VAR. Revisión del maldito VAR. Me encomendé a Odín y a los dioses del Aesir, que pasara lo que ellos ya sabían. El ambiente estaba tenso. El arbitro corrió a revisar la pequeña pantalla tras resistirse a hacerlo. Tuve la corazonada de que cobraría. Un hombre noruego luchando en París, comandando a su ejército. París sorprendida por el coraje de los foráneos. Esto ya se había vivido y, aunque estoy seguro que en el Aesir a los ingleses no les darían una bienvenida con un banquete, también se de buena fuente que había una cuenta pendiente en París. Miraba atento. Los minutos ya eran más de 90. El tiempo avanzaba y el arbitro seguía miranda. Media vuelta. Comienza el trote. Empieza a levantar los brazos. Todo o nada. Indica. Penal.

PENAL

PENAL

PARÍS SE DERRUMBA

MANCHESTER SE ALZA

Oh, no. Mierda. Aún se debe patear aquella cosa. Delante no está nadie menos que Buffón. Campeón del mundo. El mejor arquero del mundo por más de una década. Y ante él Marcus Rashford. Un chiquillo aún, que a veces le pifiaba, que lo hace muy bien, pero a veces se queda corto. Posición. Pita el árbitro. Carrera. Disparo. Gol. GOL. GOL. ¡Vamos carajo! !Bien, mierda, bien! De pié, extasiado, milagro. Los de casa se apuran al saque de media cancha, pero están devastados, otra vez ocurre lo que siempre ocurre. Más minutos. Tantos minutos de agregado. Entra Edison Cavani. El asedio parece ser peor que en cualquier minuto del partido. Sin fuerzas, los del Manchester despejan y salen a lo que pueden. Todos los de azul entregados al ataque. Luke Shaw se lleva la última amarilla en el minuto 99. Ultima pelota y se acaba. Brazos al cielo. Brazos al suelo. Decepción por un lado y felicidad pura en el otro. París Saint-Germain nuevamente fuera de la Uefa Champions League. Neymar a la orilla del campo, espectador, vio como todo se derrumbó en cuestión de minutos. Ha pasado. El milagro. Después de 1000 años otro noruego a venido a por el milagro, y lo ha logrado. La revancha de París. El Aesir contento. El 1-3 inmortal en el marcador. Una noche mágica de Champions que, aunque el destino que depare a los «Diablos rojos» no sea ganar la copa, nadie olvidará lo hecho en el Parque de los Príncipes.

Eso es todo, me marcho.

 

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niveko

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