Medio Ambiente

Millones de víctimas, cero responsables



Millones de víctimas, cero responsables - Medio Ambiente

Asistimos en estos días a diversas movilizaciones contra el cambio climático que, bajo este titular, reclaman una serie de medidas para superar el desastre ecológico al que estamos asistiendo.

Se organizan diversas actividades al respecto como la recogida de basuras en playas y en espacios forestales con el fin de reducir el impacto de la contaminación debida a los desechos de pueblos y ciudades, o manifestaciones que recorren calles y plazas denunciando las nefastas políticas medioambientales que se llevan a cabo desde las administraciones y que, por el contrario, están orientadas a seguir con el modelo actual de arrasar ecosistemas para  obtener beneficios económicos rápidos, sin medir las consecuencias siquiera a corto plazo.

Este es el claro exponente de lo que se ha dado en llamar la cultura del pelotazo, es decir, el enriquecimiento inmediato a cualquier precio, incluso el de la degradación de las condiciones de vida que muchas especies, incluida la nuestra, necesitamos para sobrevivir.

La principal reivindicación de estas movilizaciones es la de que quienes ostentan el poder tomen medidas para reducir las emisiones de gases que causan el cambio climático y que a su vez tienen su origen en la actividad humana. Sin embargo, no parece razonable esperar soluciones por parte de los responsables directos del problema. A lo largo de la historia, solo la movilización colectiva tenaz ha conseguido cambios sustanciales en cuanto a logros sociales. Esto implica una acción constante que se traduce en no dejar las calles una vez se han tomado hasta conseguir los objetivos propuestos, en lugar de llevar a cabo solo eventos puntuales.

Otro asunto igualmente importante es el de la contaminación, esto es, los vertidos tóxicos de diversa naturaleza que envenenan ríos, mares, aire y suelos porque resulta mucho más barato no invertir en  procesos descontaminantes  y lanzar alegremente todo tipo de productos tóxicos al medio sin depurar. Así se privatizan ganancias y se socializan pérdidas pues el deterioro medioambiental causado es un problema para todos los seres vivos que nos vemos afectados.

Se habla últimamente de la sustitución de energías fósiles por renovables (que, en realidad no son tan renovables pues requieren del uso de carbón, petróleo o gas para su obtención y procesado y distan mucho de ser inocuas para el medio), de consumir menos, de decrecer drásticamente incluso de derribar el sistema sociopolítico actual, basado en la competitividad y sustituirlo por otro fundamentado en el apoyo mutuo y en la solidaridad.
Más o menos se tienen claras las principales actividades responsables de todo este desaguisado ¿O no?

Minería, transporte, fabricación de ropa figuran como las top ten de empresas indecentes responsables de la mayor proporción de emisión de gases que afectan negativamente al clima así como de la polución. Incluso se sitúa en esa lista la ganadería intensiva por ser, además, cruel con los animales que se explotan allí.

Hablar de maltrato en explotaciones industriales  implica que puede haber un buen trato, una forma humanitaria de mantener cautivos a los animales de otras especies para ser usados como comida, que es el destino que suelen reservarles este tipo de instalaciones y a lo que se suelen referir las protestas, que, de hecho, defienden las explotaciones de tipo extensivo, por considerarlas un modo humanitario de utilizar a los demás.

Esto no es cierto, no hay modo bondadoso de matar a quien no quiere morir. Solo hay que ver cómo es la vida de los animales como vacas, ovejas, equinos, toros, cabras, patos o pollos  en reservas o santuarios donde se les permite desarrollar su verdadera naturaleza. Así, establecen relaciones sociales entre ellos, disfrutan del juego, cuidan de su prole, nos muestran su interés por vivir y por tener experiencias, lo que hace muy injusto que se les siga considerando como meros bienes, sin más valor que un cromo intercambiable.

Pero si hay un gran olvidado en estos días de presunta lucha por un mundo mejor, ese ha sido, sin la menor duda, el mar.  A pesar de que los ecosistemas marinos están sufriendo también los efectos del cambio climático y de que el aumento de temperaturas provoca la mortandad masiva de animales marinos, no hay una sola mención a esas muertes. De hecho, la contaminación de los mares solo parece importar cuando afectan a la cadena alimenticia, es decir, al ser humano.

¿A quién le importa la existencia de una humilde sardina? Solo a quienes pensamos que no tenemos derecho a disponer de los individuos de otras especies animales  sin la menor consideración por sus vidas. Cada individuo tiene su razón de ser, que no es de nuestra competencia, no son objetos al abur de nuestras extravagancias.

Lamentablemente, vivimos en una sociedad poco o nada dada a profundizar en los asuntos que nos afectan en lo cotidiano y que son los que deberían causarnos una mayor preocupación;  sobre todo, cabría revisar la falta de empatía, la arrogancia que supone anteponer  los caprichos propios al dolor ajeno.

Un vez más, se parte de una visión egoísta, de superioridad sobre las demás especies. Convendría recordar que esa mentalidad nos ha traído a esta situación y que haciendo lo mismo, el resultado no será diferente.

El hecho de considerar a los demás animales como recursos y al medio ambiente como  inagotable tienda gratis y basurero a la vez es lo que está causando la muerte de millones de individuos y destruyendo los ecosistemas.

Podemos desarrollar una sociedad realmente solidaria, considerando derechos básicos para todos los animales;  con ellos compartimos la capacidad de sentir, además del hogar. No hay ninguna razón para seguir usándolos y todas para dejar de hacerlo.
Ni oprimidas ni opresoras.

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Ro

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