Sociedad

Mudando De Piel

Mudando De Piel - Sociedad

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Uso mis palabras para agradecer, ya que no tengo una forma mejor de hacerlo. Tengo dos días llorando por un recuerdo. Uno que sacude y estruja por completo mi ser, ese recuerdo es lindo y violento a la vez.
Recuerdo cuando tenía unos cuatro años, siendo la menor de 4 hermanos, aunque no tuve el privilegio de conocer a mi hermano mayor, pues falleció años antes de mi nacimiento. Y fue justo eso lo que propició que yo viniera a este mundo, mis padres solo querían tener 3 hijos y ya los tenían, incluso hubo algunos intentos por parte de mi madre para operarse y ya no tener más hijos, pero las circunstancias no la dejaron; yo no estaba en los planes de mis padres, pero sí en los de Dios, por una extraña razón que a veces no entiendo y se me olvida agradecer otras tantas.
Estaba ahí en medio de una mesa a la hora de la cena, rodeada de una bella familia, con la que me solían encargar algunas veces, y fue justo antes de comenzar a comer, que me di cuenta que mi familia, era una familia diferente al resto de las familias del mundo; ellos comenzaron a comer sin haber dado “gracias” yo aunque pequeña me turbé y me subí casi gateando a la mesa y dije- vamos a orar- toda la familia rió ante la ocurrencia de la niña y los dirigí en una oración de gratitud por los alimentos, como en mi familia se acostumbra, ahí con tan solo cuatro años me di cuenta, que mi vida sería muy diferente a las vidas de mis compañeros de clase o la de esa familia.
Los domingos por la mañana, no eran de televisión y pijamas, eran de alistarse para ir a la reunión, primero comenzó en mi casa, con ocho sillas de plástico blancas, los miembros de la iglesia mis hermanos, mi madre y yo. Y el que oficiaba el sermón era mi padre. Algún tiempo después, rentamos un local, y luego otro y otro, así hasta mis dieciocho años, cuando todo cambió.
Aún recuerdo las oraciones de mi padre a las cinco de la mañana, “clamando” por la ciudad y el país. Aquella insaciable búsqueda de Dios; libros y más libros inundaban mi casa y biblias por doquier con anotaciones que solo mi padre entendía. Teólogo y apasionado por Dios. Quería encontrarlo, realmente quería alcanzarlo.
Él me mostró el amor de Jesús, me enseño a perdonar y pedir perdón. Amar cuando “no se lo merecen”, a ser paciente, humilde, etc.
Siempre apasionado por las almas. Siempre apasionado por “uno más”. Cometió mil “errores” de cristiano principiante, recogía personas de la calle, familias, les daba de lo que no teníamos, siempre queriendo servir.
Me enseñó a amar a este país. Y a las personas.
Me enseñó de rectitud y de justicia.
Y tantas cosas más; también formamos una iglesia hermosa, en Rosarito, B.C., con discípulos y familias fieles, siempre leales y ahí, en las buenas y en las malas.
Pero un día, decidimos mudarnos de ciudad y fue ahí que todo comenzó.
Cambiamos lo importante por lo urgente e imitamos el estilo de la ciudad, siempre con prisas y poco a poco se fue apagando la pasión. Nos olvidamos del Amor.
Yo crecí, leyendo la Biblia, entendiendo los mandatos y leyes pero no al Amor. Sumamente religiosa para mi corta edad. Con una carga angustiosa sobre mis hombros, acerca de mis comportamientos, modales y actitudes y también acerca de mis sueños y pasiones.
Y como buena religiosa, juzgaba a más no poder, porque era infeliz, quería tercamente que el resto del mundo llevara esa tormentosa carga también.
Pero ni siquiera yo podía con ella. Y entonces sucedió, de una manera poco convencional, Dios uso lo malo para lo bueno y me libró de todos mis temores y mis cargas, a pesar de mi falsa piedad, Dios me tuvo misericordia. Siempre estuvo ahí, ya saben lo que dicen “Sus Tiempos son perfectos” y Él conoce los corazones, sabía que dentro de toda esa religiosidad existía un corazón dispuesto para amarlo y para Su Obra. Creo que Él esperó con aún más ansías que yo el momento para conocerlo de verdad y dejar atrás esa imagen rígida y distorsionada que yo tenía acerca de Él.
Mi padre y pastor “cayó en pecado” como coloquialmente se dice entre los cristianos. Sí, aquel mismo hombre apasionado del que les hablé. Evidentemente, dejó de ser pastor, y con esta situación, malas caras, burlas, críticas sin fin, consejos fuera de lugar y miles amigos de Job surgieron de la nada, opinando sobre lo que solo Dios sabía, incluso nos quedamos sin la amistad de algunas familias “cristianas” de años, eramos los “apestados”, se les podía “pegar” al resto de familias, así que mejor mantenernos en “cuarentena”. Claro, hubo muchas otras familias cristianas que nos brindaron su amor y apoyo. Y con aún más asombro para mi gusto, familias y personas no cristianas estuvieron aún más atentas de nuestros corazones.
Todo lo que critiqué, comenzó a cobrarme factura, la vara de Dios me estaba enseñando. No juzgues, y no se te juzgará.
Y fue entonces, que conocí a Jesús, al verdadero Jesús, del cual estoy profundamente enamorada.
Hace casi 3 años, fuimos de vacaciones a Rosarito B.C., para despejarnos, por todo lo ocurrido, y no sabíamos a dónde llegar, no sabíamos si nos iban a recibir. Recuerdo, llegar en taxi, a la casa de esa familia maravillosa, familia que es parte de la Iglesia que formamos en Rosarito, siempre leales y siempre ahí, pero esta familia, para los criterios ministeriales, no era una familia “ganadora de almas” y no recuerdo hayan asistido mucho o nada a las “convenciones y eventos” a los cuales van los “verdaderos discípulos radicales” aún así esta familia fue fiel a los diez años de cambios y locuras de un pastor como mi padre, lleno de energías e ideas para ganar la ciudad.
Fue entonces, que tocamos a la puerta de su hogar y salió la esposa feliz y emocionada por tenernos ahí a mi madre y a mí; a los segundos le habló a su hijo, él cual rápidamente nos ayudó con las maletas, nosotras no sabíamos si pasar, después de todo, ellos tenían todo el derecho de ya no recibirnos, su confianza de alguna manera fue traicionada también; entonces salió el esposo, padre de una familia tan linda que ha logrado mantener unida, lo cual es un logro excepcional y entonces me hizo entender en una sola frase más del amor de Cristo, de lo que había experimentado en mis veinte cortos y largos años de vida.
Él dijo- pasen, pasen, la amistad es incondicional-. Yo lo escuché y me detuve en seco por unos segundos con un par de maletas en las manos, se me arrugó la cara y se me estrujó el corazón. Después nos dieron su propio cuarto para hospedarnos y nos trataron con el mismo amor y respeto que nos habían tratado siempre e incluso más.
Una simple pero maravillosa familia, con imperfecciones claro, que según los criterios ministeriales puede que no sea la “más entregada” pero que según la Palabra dice “por sus frutos los conocerán” y he conocido a pocas familias tan llenas de Amor como esa.
Así desde ese día me propuse ser y conocer al verdadero Jesús, el que es para los enfermos, para los que necesitan médico. Ese Jesús que es para mí, porque yo lo necesito tanto y todos los días.
Todos los criterios humanos, religiosos y ministeriales se me borraron para siempre y me quedé con los del Amor. Solo quiero a Jesús. No a la religión.
Cada día esa vieja estructura va cayendo. Y el Amor gana y me enseña. Aún hay muchas cosas por cambiar y es por eso que me suele doler la cabeza y el corazón, pero eso es solo porque estoy mudando de piel.

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Acerca del autor

Yolaisi Dayamis

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