Literatura

Nacido del mal

Nacido del mal - Literatura

 Arqueó la espalda para permitir que las violentas embestidas entrasen más profundamente en ella. La temperatura de aquella noche de octubre no debía de superar los ocho grados, pero sabía que su piel ardía. Por un instante, temió que aquel humano se percatase del innatural calor que desprendía su cuerpo, pero tenía que arriesgarse. Resultaba imprescindible para su ansiada concepción.

Se apoyó contra la fría piedra, intuyendo que él estaba a punto de eyacular en su interior, y nada más sentirlo dentro, supo que no era el adecuado. Se volvió furiosa hacia aquella cara desencajada que jadeaba mirándola con devoción y le apartó con brusquedad hasta hacerle caer al suelo.

—Me has mentido —le dijo mientras le observaba incorporarse con dificultad y subirse torpemente los pantalones, totalmente desconcertado—. ¿Cómo te atreves? ¿Es que todos los humanos varones mentís sistemáticamente ante la perspectiva de fornicar con una hembra?

Vio cómo el rostro de aquel fantoche adquiría una expresión aterrorizada, buscando con desesperación un modo de alejarse de ella y se dio cuenta de que lo había vuelto a hacer; se había transformado sin darse cuenta, abandonando su forma de mujer para mostrarse como era en realidad. Le vio gatear torpemente, bordeando la escultura del Ángel Caído, el cual parecía tener una trémula sonrisa en sus labios de piedra, seguramente complacido ante tan dramática escena.

A sus pies, el acongojado hombre trataba de huir parapetándose tras la estatua, sin darse cuenta de que su esfuerzo era inútil. Aburrida de su patético intento, le levantó del suelo con una de sus garras e introdujo la otra en su pecho, rasgando su carne y bajando con rapidez hasta la ingle, derramando sus tripas por el suelo.

Recuperó sus curvas femeninas mientras le veía agonizar, sintiéndose mucho más tranquila. Él se lo había buscado. Tras siglos y siglos de contacto con aquellos humanos, no dejaba de sorprenderse de lo oscura que era el alma de la mayoría de ellos, desbordada siempre de engaño, ira, celos y soberbia. Salió del Parque del Retiro desesperanzada, sin ánimo de repetir su búsqueda aquella noche. Se encaminó hacia su BMW negro y respiró profundamente mientras asía con fuerza el volante, conduciendo de regreso a casa.

A la mañana siguiente comprobó que aún tenía restos de sangre bajo sus uñas y se dirigió a la ducha disgustada. Aquel rastro le recordaba lo infructuosa que estaba resultando su búsqueda. Pasó largo rato en el hidromasaje tratando de elaborar un nuevo plan. No podía confiar en que ninguno de aquellos bastardos dijese la verdad y comenzaba a estar cansada de tanta cópula sin sentido. Necesitaba unos requisitos muy concretos para lograr su ansiada maternidad, pero empezaba a pensar que era imposible que existiese un hombre virgen, puro, jamás corrompido por ningún otro ser. En el mundo ya no quedaban de esos y mucho menos en aquella ciudad.

Si su querido superior en el Averno, con su consabida cruel ironía, le había puesto precisamente esta condición era porque sabía que no lo encontraría. Y tan solo le quedaba una semana de plazo para conseguirlo, antes de la próxima luna nueva.

Se miró abatida en el espejo pensando que estaba harta de que las cosas ahí abajo siempre se enfocasen en ese tono de burla y desprecio. Cuando alguien como ella osaba tener un anhelo jamás se negaban abiertamente porque ellos lo permitían todo, pero se ocupaban de encontrar unas condiciones absolutamente imposibles para poder disfrutar de aquellos jocosos momentos mientras observaban cómo era incapaz de llevarlo a cabo. Siempre era así, excepto cuando se trataba de un interés relacionado con la maldita y eterna guerra entre el Bien y el Mal. Entonces, los muy bastardos, lo facilitaban todo, llegando incluso a viles pactos con los de arriba para lograr su propósito. Pero un deseo personal jamás lo complacían fácilmente y eso es lo que su  embarazo suponía para ellos; un capricho inútil y absurdo de una diabla desfasada que estaba aburrida de su eternidad.

Pero no tenía intención de rendirse. Les había servido durante siglos y ahora que pretendía tomarse unos años de descanso mientras criaba a su futuro retoño, no se les ocurría otra cosa que atormentarla con dificultades y requisitos imposibles.

Se dejó caer en la enorme cama mientras observaba el cielo gris que cubría Madrid a través de los grandes ventanales situados frente a ella. Masas de dañina polución iban acumulándose a ras de los edificios, marcando el comienzo de la era que muy pronto acontecería a la humanidad. No entendía cómo aquellos estúpidos no se daban cuenta de la trampa que se ceñía sobre ellos y que arrasaría con la mayoría de la población mundial en menos de cincuenta años. Pero en la Tierra siempre había reinado la inconsciencia. Detestaba a esos seres débiles e ignorantes.

Las trampas se preparaban, bien fuese en forma de cólera, lepra, SIDA o desastres naturales, y ellos caían en ellas, una y otra vez, ignorando las señales que tanto los de abajo como los de arriba les enviaban, y aquel juego estúpido llevaba miles de años repitiéndose, solapándose con pactos, concilios y treguas, de los que la mayoría de aquellos mortales no tenía conciencia jamás a pesar de ser sus vidas las que ponían sobre el tapete, como simples marionetas que utilizaban para ver cuál de los dos bandos se salía con suya. Cuando algún humano era consciente de la manipulación a la que era sometido y tenía la capacidad de comunicarse o ver más allá, sus propios semejantes lo encerraban y condenaban para que no perturbase su oscurantismo. Increíble. Jamás comprendería ese grado de estupidez y negación de la verdad.

Se levantó molesta, dispuesta a no perder más el tiempo observando aquella mugrienta ciudad, cuando algo llamó poderosamente su atención. Apenas perceptible entre los edificios, alzándose tímidamente, encontró la respuesta que estaba buscando. Tenía que llegar hasta allí. Por fin había encontrado el lugar donde estaba segura de que estaría el hombre adecuado. ¿Cómo había sido tan estúpida para no darse cuenta antes?

 

Decidió ir caminando. Las callejuelas del centro de la ciudad eran enrevesadas y llegaría antes si iba a pie. Se sentía tan eufórica que casi ni rozaba el suelo, prácticamente levitando entre los viandantes, viéndose forzada a frenar la marcha para no llamar demasiado la atención con aquella peculiar forma de moverse. Por fin se encontró frente al edificio que había divisado desde su ático. Levantó la vista hacia la enorme puerta de madera y respiró profundamente antes de decidirse a entrar; hacía más de trescientos años que no pisaba una iglesia.

Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la penumbra que la rodeaba. Era increíble que precisamente la denominada casa de Dios permaneciese en la mayoría de las ocasiones sumida en la oscuridad que con tanta determinación perseguía. A pesar de los tres siglos desde su última incursión en una de ellas, apenas notó cambios. Él siempre había sido demasiado clásico. De hecho, llevaba milenios con la misma propaganda electoral; la Biblia. Sonrió al ver al mártir clavado en la cruz. Incluso en sus inicios, cuando le seleccionaron como imagen corporativa de los de arriba, le había parecido que era contraproducente para sus intereses mantener aquel icono al dolor y aquella fatua representación del calvario de su hijo como si eso fuese un ejemplo a seguir, pero Él se obstinaba en ofrecer aquel derroche de sufrimiento y sacrificio utilizando la culpa como arma, negándose a la necesaria renovación que cada día hacía que más y más feligreses se inclinasen hacia el otro bando.

Avanzó hacia el altar e hizo una grotesca inclinación, burlándose de todo lo que representaba. La Virgen María, hecha de burda escayola, le hizo un guiño extraño. Pudo ver sus hasta entonces hieráticos ojos, estremecerse al tiempo que sus finos labios se torcían en un ademán incómodo.

—Sabes por qué estoy aquí, ¿verdad? No te enfurruñes. Tú deberías entenderme, has sido madre… —susurró, rozando levemente uno de sus pies descalzos.

Se acercó a una pequeña puerta que había a la izquierda y la abrió imaginando que conduciría a la sacristía. Entró y supo, desde el primer momento en que le vio, que era el indicado. No es que pertenecer a la Iglesia fuese ninguna garantía, ella lo sabía bien, pero si ni siquiera allí encontraba castidad, aunque solo estuviese motivada por aquellos absurdos temores ancestrales, no podría encontrarla en ningún otro lugar. Se detuvo en sus anchas espaldas que apenas podían disimularse bajo la oscura sotana, coronada por un perfil duro y masculino, sin duda desaprovechado de un modo infame. Era uno de esos valiosos especímenes de la raza humana que la Iglesia había apartado del placer y del gozo con falsas promesas acerca de una vida mucho mejor cuando terminase la presente. Eran tan ilusos. La existencia posterior era tan monacal y aburrida como aquella, carente de aliciente alguno excepto escuchar las pamplinas de un viejo demente que continuaba anclado en el pasado.

El cura se percató de su presencia y se volvió, sobresaltado.

—Creí que había cerrado la puerta —murmuró dubitativo, paralizado por la mirada violácea de la mujer que tenía frente a él. Trató de recuperar con dificultad la compostura y no demostrar la intranquilidad que había sentido nada más fijar sus ojos en aquella belleza extraña y salvaje—. ¿Puedo ayudarla en algo?

—De hecho… sí —respondió con una voz tan sibilina que pareció enroscarse por todas las esquinas de la estancia—. Necesito que me ayudes, Pablo.

—¿Cómo sabe mi nombre? ¿Nos conocemos?

—Yo sé todos los nombres…

—¿Quién es usted?

—Puedes llamarme Jahi… por ejemplo.

—¿Por ejemplo? ¿Qué significa «por ejemplo»? Tendrá usted un nombre.

Observó cómo se movía intranquilo, con aquel sudor frío cayendo por su frente y supo que aunque él no, su alma sí la había reconocido.

—Elige el nombre que más te guste… ¿Qué te parece Sara? Así se llamaba tu primer y único amor, platónico por supuesto.

Notó cómo su rostro se transformaba en una mueca de asombro y sonrió satisfecha. Le encantaba ese golpe de efecto en el que le revelaba al humano datos que jamás habían salido de sus labios, aquellos que pensaban que eran un sepulcral secreto que nadie conocía.

—Puedes llamarme como quieras, puesto que he tenido todos los nombres y todas las figuras que puedas imaginar. Y no, no te confundas, no soy tu Dios, yo vivo bastante más abajo que el viejo…

Le vio retroceder asustado y supo que se había pasado de la raya. Los humanos eran lentos y necesitaban un tiempo de asimilación, no debería haberle revelado quién era tan rápidamente. Decidió suavizar un poco la situación antes de que le diese un ataque. A pesar de separarles un par de metros de distancia, oía su desbocado corazón pugnando por salirse del pecho y la entrecortada respiración que luchaba en vano por estabilizarse.

—Tranquilo, no voy a hacerte daño, pero te necesito.

—Debe marcharse de aquí, no hay nada que yo pueda hacer por usted. Si desea confesarse, todos los días a las…

—¡Basta! —le interrumpió, molesta—. Sois increíbles, qué manía tenéis con la negación. Siempre pasáis por las mismas fases. Miedo, reconocimiento de quién tenéis frente a vosotros y luego os empeñáis en actuar como si vuestra imaginación os estuviese jugando una mala pasada. De verdad, sería sumamente desagradable para ti que te mostrase mi verdadero aspecto, así que, por favor, no me obligues a hacerlo.

—Pero… tú… tú… yo… —trató de replicar, angustiado.

—¡Fantástico! Y ahora empiezas a tartamudear. A ver, seré clara y concisa porque no tengo demasiado tiempo —comenzó. Aquella mañana no se sentía paciente y no iba a andarse con rodeos—. Sí, soy todo lo malo que estás pensando. No, a pesar de ser quien soy, no voy a hacerte daño, pero necesito que vengas a mi apartamento y me fecundes.

El cura pasó de la lividez a un rojo extremo en cuestión de segundos y de balbucear a quedarse completamente mudo, sin ser capaz de pronunciar palabra. Se alejó tanto como pudo de ella, pegándose a la pared con insistencia, hasta el punto de que Jahi pensó que iba a atravesarla.

—No te pongas así, tampoco es para tanto. Soy muy considerada y, como puedes observar, he tratado de que mi aspecto humano fuese lo más agradable posible para facilitarte las cosas.

Pablo continuaba sin contestar, apretujándose aún más hacia el muro que le contenía. Ella continuó.

—Será mejor que vengas conmigo. No quiero ni imaginar cómo se pondría el de ahí arriba si nos pusiésemos a fornicar en su casa —bromeó al tiempo que soltaba una rotunda carcajada, pero su interlocutor no pareció entender la ironía—. Te lo explicaré por el camino. ¿De acuerdo?

—No… no… —musitó aterrado, apretando con fuerza un rosario entre sus manos.

—Por favor, no me hagas insistir. He sido muy amable contigo y me gustaría poder continuar siéndolo —explicó, tomándole del brazo y obligándole a abandonar la sacristía.

A pesar del terror que reflejaban sus ojos, no dejaba de resistirse y tuvo que emplear la fuerza para sacarle de allí. Le dio pequeños empujones hasta que se encontraron en la calle y la potente luz solar les deslumbró mientras subían a un taxi.

—¡Qué manía tenéis de que vuestras iglesias parezcan cuevas! —se quejó y acto seguido se volvió hacia su acongojado acompañante, el cual estaba rezando mientras permanecía con los ojos cerrados, como si esperase despertar en cualquier momento de alguna extraña pesadilla—. Tranquilo, Pablo. Llegaremos enseguida a mi casa y ya verás cómo no es para tanto.

Él no respondió. Continuó con su padrenuestro sin poder dejar de temblar y Jahí se entretuvo mirando por la ventana, pensando que en apenas unas horas su mayor deseo estaría satisfecho.

Le ofreció asiento en uno de los sofás de cuero negro frente a la chimenea, poniendo frente a él un vaso con hielo y una botella de whisky.

—Malta, dieciocho años —informó Jahí, sirviéndose una copa—. No dirás que no tengo atenciones contigo. —El sacerdote hizo caso omiso y continuó sin responder mientras la observaba con los ojos muy abiertos—. De hecho, esta misma mañana era rubia y, ya ves, he tratado de adecuarme a tus gustos… —continuó observando su imagen en el descomunal espejo que tenía frente a ella, complacida por su buen gusto. Había elegido unas facciones equilibradas y hermosas, pocas veces se había sentido tan satisfecha del resultado—. ¿No vas a decir nada? Si continúas rezando por lo bajo vas a conseguir que me vuelva loca. Como comprenderás, escuchar el padrenuestro una y otra vez no es algo que me agrade especialmente…

—Puedes salvarte, si te arrepientes y…

—No, por favor —le cortó bruscamente mientras dejaba escapar un suspiro de exasperación—. Insúltame, llámame perra del infierno o incluso intenta, como llevas ya un rato pensando, tirarme algo a la cabeza y salir huyendo, pero no me sermonees. No podría soportarlo. Me aburre soberanamente. —Se dejó caer en el sofá junto a él y le miró divertida—. ¿No prefieres que hablemos de algo más interesante? Seguro que hay mil cosas que te encantaría saber sobre tu jefe…

—Buscas confundirme… —argumentó, volviendo nuevamente a sus monótonos rezos.

—¡La misma historia de siempre! —exclamó molesta—. Solo intentaba romper un poco el hielo. ¿De veras crees que no tengo nada mejor que hacer que tratar de confundir a un ser insignificante como tú? De eso ya os encargáis vosotros solos, créeme. —Se levantó nuevamente y se dirigió a la habitación—. Voy a ponerme cómoda. Quiero decir que voy a quedarme en ropa interior sexy, a ver si así te animas…

—Nada de lo que hagas podrá tentarme…

—Lo que tú digas —respondió, riéndose. Le resultaba casi enternecedor que aquellos pobres humanos soñasen con comportarse como dioses, cuando en realidad no eran más que vil carnaza sin la más mínima voluntad—. Ahora vuelvo.

Cuando regresó al salón, vio a Pablo enfrascado en una ridícula lucha por abrir uno de los grandes ventanales, pensando, seguramente, que tirarse al vacío sería menos deshonroso que traicionar a su Señor en manos de aquella perra de Satanás. Se acercó sigilosamente hasta posicionarse tras su espalda, a escasos centímetros de él. Posó una de sus manos en su hombro y notó cómo todo su cuerpo se tensaba de inmediato.

—Me lo estás poniendo muy difícil… —susurró en su oído, disfrutando al ver cómo la piel de su cuello se erizaba tan solo con el contacto de su aliento—. ¿No te das cuenta de que ocurrirá de todos modos? No voy a dejarte ir sin que me des lo que necesito. Puedes complacerme y estar en tu sacristía antes de una hora, arrepintiéndote del sucio pecado cometido o… te quedarás aquí conmigo hasta que claudiques… y créeme que lo harás. ¿Aún no te has dado cuenta de que soy irresistible?

—Puedes mantenerme aquí el tiempo que quieras, que nada conseguirás… —desafió.

—¿De veras lo crees? —murmuró aproximándose aún más, hasta que sus cuerpos se rozaron. Después le obligó a volverse hacia ella, mirándole intensamente a los ojos—. Te propongo un trato. Si me das una razón convincente de por qué no deberías acceder a mis propósitos, te dejaré marchar.

—Eso es muy sencillo —auguró él, sintiéndose de pronto esperanzado mientras trataba de ocultar el nerviosismo que sentía por la proximidad de ella.

—Ya veremos —respondió Jahí, sentándose en uno de los sofás—. Pero te advierto que no me valen los razonamientos del tipo «porque no quiero» o «porque no está bien»…

Le vio recapacitar durante unos instantes hasta que finalmente pareció encontrar la respuesta.

—Simplemente, porque lo que tú propones está mal…, es pecado y totalmente contrario a mis creencias…

Ella suspiró aliviada pensando que iba a ser aún más sencillo de lo que había imaginado.

—Dime, ¿por qué copular conmigo está mal? Pero no me des las explicaciones que piensas que daría el viejo, dame las tuyas propias, por qué piensas tú que es pecado.

—Porque elegí un camino de castidad en el que…

—Repito; razona por ti mismo lo que me estás diciendo —le cortó—. No me repitas lo que se supone que tienes que decir. El hecho de que Él es un manipulador y que os ha dejado creer que el celibato era necesario únicamente en su propia conveniencia lo sé ya hace mucho tiempo. Por eso quiero que me expliques el motivo que te hace pensar a ti, en particular, que es un pecado…

—La lujuria es un pecado… —replicó como si aquella fuese la mayor evidencia del mundo.

—¿Por qué?

—Porque llevados por ella hacemos cosas terribles…

—¿Como qué?

—Como caer en la tentación de la carne sin pensar en nada más…

—¿Y qué tiene de malo caer en la tentación de la carne?

—Pues que es un pecado…

—¿Y por qué es un pecado?

—¡Pues porque lo es! —exclamó indignado.

—¡No! —gruñó ella cansada—. Es pecado porque lo dice Él. Mira, podríamos pasarnos así días enteros… ¿No te das cuenta de que realmente no sabes explicarme los motivos que te llevan a pensar así? ¿Y sabes por qué? Porque, simplemente, no existen. Has acatado unas normas desde siempre sin pararte a cuestionar el motivo de las mismas. Has aceptado lo que el viejo, en teoría, claro, propuso sobre cómo deberían ser las cosas, y lo aceptáis siglo tras siglo, sin rechistar, dando por hecho que todo aquello que os haga disfrutar no puede ser bueno. ¿Y sabes lo más gracioso de todo eso? Que ni siquiera fue Él el primero en imponer esas normas, sino vosotros mismos, los hombres. Vio que así era más fácil manteneros a raya y simplemente no os sacó de vuestro error, pero te garantizo que ninguna norma de celibato ha salido jamás de sus… labios celestiales… Al igual que ninguna de las otras leyes que os habéis impuesto en su nombre…, pero los humanos sois así. El mensaje era sencillo, pero vosotros os montasteis una película alucinante y todo por no querer aceptar que las cosas fuesen tan fáciles…

—Nada de lo que dices es cierto…

—¿Tú crees? ¿Has hablado alguna vez con tu presunto dios a la cara para discutirle todas estas cuestiones? Porque yo sí lo he hecho…

—Él nunca hablaría con alguien como tú…

—¿Por qué no? ¿No hablan en tu mundo los líderes de partidos políticos opuestos? Nosotros también nos reunimos con frecuencia…

—¡Mientes!

—¿Por qué habría de mentirte? Es evidente que los demonios existen, pues aquí delante me tienes…, por lo tanto, también los ángeles y ese Dios al que tanto veneras… Entonces, si yo he venido hasta aquí solo para confundirte con mentiras, ¿por qué no envía Él a uno de los suyos para rebatirme? —Vio cómo sus ojos aceitunados dudaban, e incluso miraban hacia arriba esperando una inexistente aparición divina. Ella rió—. No, no busques, que nadie va a venir a llevarme la contraria… ¿Sabes por qué? Porque ni los ángeles ni el mismo Dios pueden mentir. De hecho, en nuestro Concilio del 3003 a. C. llegamos al acuerdo de que ninguno, ni los de arriba ni los de abajo, podría hacerlo jamás. Los únicos que mentís sois vosotros, los hombres. A vuestros semejantes, a vosotros mismos… mentís como bellacos, de hecho, lo hacéis cada día y por el más insignificante de los motivos…

—No vas a convencerme para que acceda a tus pretensiones, simplemente es una aberración lo que me propones…

—Claro que no voy a convencerte. Ya te he dicho que deberás ser tú el que me convenza a mí para que te deje marchar. Dame una razón coherente que explique por qué lo que deseo de ti es pecado y podrás irte. De lo contrario, no tendré más paciencia contigo, te obligaré a que lo hagas de todos modos y fin de la historia. ¿Te das cuenta de que con una simple mirada podría hacerte olvidar hasta quién soy, que caerías sin remedio a mis pies, que te rendirías a mí para siempre en cuestión de segundos? Te estoy dando una oportunidad… Si tanto valoras tus creencias, no la desperdicies. Dime por qué hacer el amor conmigo es un pecado.

El silencio de Pablo fue suficiente para que Jahí supiese que se había rendido. Sabía que sería así porque siempre había sido así, pero eso no mermaba ni un ápice la satisfacción que le producía el doblegar a otro hombre más. Nadie podía resistirse a su sibilina voz deslizándose por las curvas de su conciencia, ningún humano lo había hecho jamás y ese proyecto de hombre santo no iba a ser diferente. Se acercó a él y, sin más preámbulos, le besó. Ya estaba perdido.

Dejó que sus manos se deslizasen por todo su cuerpo, deleitándose con el poder que ejercía sobre él. Le observó mientras perdía el control entre jadeos, arrancándose la ropa para que nada pudiese interponerse entre el calor que despedían sus cuerpos, le vio cerrar los ojos mientras su respiración se volvía entrecortada al tiempo que la apresaba contra su cuerpo, aferrándose a su cintura con brusquedad. Se sorprendió de la intensidad de la pasión de aquel hombre, de sus manos demasiado expertas para su condición de sacerdote que recorrían su cuerpo con avidez. Jahí se abandonó a sus caricias sorprendida de lo que un simple humano estaba logrando hacerle sentir, acurrucándose complacida sobre él mientras sentía que comenzaba a moverse en su interior. El tiempo pareció detenerse para ella mientras Pablo la sometía con su rítmico vaivén sobre la enorme mesa de roble del lujoso salón.

—Es una niña… —le murmuró, extasiada, mientras llegaba al clímax—. Me has dado una niña…

Él la miró desconcertado, como si bajase desde un limbo extraño y comenzase a darse cuenta de lo que acababa de hacer. Jahí leyó el doloroso arrepentimiento en sus ojos y por un instante pensó en acabar con el cura antes de que volviese a sermonearla otra vez, pero la nueva vida que ardía en su interior mantenía ocupados todos sus sentidos, doblegando su alma por primera vez en su existencia.

—Me queman los ojos… —murmuró cuando logró incorporarse y quitarse a Pablo de encima.

El cura la miró con compasión, viendo cómo dos perladas e inmaculadas lágrimas cruzaban sus mejillas.

—Estás llorando…

—Eso es imposible, nosotros estamos por encima de todo eso…

—Estás llorando… —repitió él, hipnotizado por aquellos ojos grises que parecían no poder parar de derramar lágrimas. Su rostro parecía haber perdido la altivez que desprendía minutos antes y finas líneas comenzaban a surcar su blanca piel—.  Estás cambiando…

Jahí se apresuró a ir hasta el enorme espejo en el que antes había comprobado su espléndida belleza, y no pudo contener un grito al ver la imagen que le devolvía; su perfección anterior daba paso a un rostro aún bello pero cansado, con dos sombras oscuras circundando sus ojos, con tenues arrugas que comenzaban a surcar su frente marcando una preocupación, y sus largos cabellos se arremolinaban, ahora sin brillo y foscos, reclamando mil cuidados.

En un ataque de furia, estampó su mano contra el cristal y miles de gotas carmín salpicaron el suelo procedentes de sus dedos.

—¿Qué me ocurre? —preguntó desesperada mientras se dejaba caer al suelo sosteniendo con fuerza su brazo—. ¡No puedo soportar esta sensación en mi mano! ¿Qué me está pasando?

—Se llama dolor… —le dijo acercándose hasta ella e inspeccionado la herida—. Tendrás que controlar tu genio o vas a experimentarlo con frecuencia, y en tu estado tienes que empezar a cuidarte…

Jahí le miró consternada, comprendiendo al fin lo que significaba sentirse débil e indefensa.

—Deberás aprender a vivir con ello —continuó Pablo, el cual parecía también haberse transformado. Ya no era ese hombrecillo asustado y sin voluntad, sino un ser fuerte y complacido con lo que acababa de hacer—. Y tendrás también que aprender a desenvolverte en tu nueva condición, pues ya nunca podrás volver a ser lo que eras. Sufrirás, llorarás y serás vulnerable.

—¿De qué me estás hablando?

—Vosotros no sois los únicos que sabéis utilizar una artimaña para conseguir lo que queréis… Tú creías que me habías encontrado a mí, pero he sido yo el que te he encontrado a ti. Hasta el mal más arraigado puede ceder algunas veces con el amor…

—¿El amor? ¿Qué atrocidades estás diciendo? Yo no te amo, solo te he utilizado…

—Ya sé que no me amas…, pero a ella sí… —murmuró él tocando su vientre, y entonces, Jahi, viendo la tenue luz que irradiaba aquella mirada, comprendió muy a su pesar lo que acababa de suceder—. Ahora tengo que marcharme. Aún queda mucho trabajo por hacer.

Y cerrando la puerta tras de sí la dejó sentada en el suelo, probando la sal de aquellas lágrimas que, hasta aquella misma mañana, habían sido desconocidas para ella.

 

 

El frío del otoño comenzaba ya a notarse a ciertas horas de la tarde. Jahí o Sara, como había decidido llamarse desde que supo que jamás podría regresar a su estado anterior, empujaba el cochecito con decisión, impaciente por ver a Pablo de nuevo. En un extraño e irónico arrebato, había quedado con él a los pies del Ángel Caído, quizás para rememorar aquella época en la que descuartizaba humanos sin la más mínima dificultad ni remordimiento, antes de convertirse en una amargada e insulsa ama de casa, que incluso tenía que mirar con lupa la economía tras haber tenido que vender la mayoría de sus pertenencias. Su BMW, su ático de lujo y sus bolsos de marca habían sido sustituidos por un pequeño apartamento a las afueras, un carrito de bebé y una cuenta bancaria aún saneada, pero que menguaba con una velocidad de vértigo.

Le vio a lo lejos y una oleada de furia la envolvió. Había colgado su falsa sotana y aparecía vestido de un modo casual, mucho más atractivo que la primera vez que le conoció, hacía ya un año, en la sacristía. Estaba contemplando la escultura con curiosidad, paseando tranquilamente, al tiempo que la rodeaba, cuando se detuvo para mirar hacia ella, pasando la vista del bebé a sus ojos y nuevamente a la niña, que en aquel momento dormitaba.

—Así que al final todo salió bien… —musitó cuando estuvo lo suficientemente cerca como para que le escuchase.

—¿Bien? ¿A qué le llamas tú salir bien? ¿A pasarme el día cambiando pañales como una humana más, con una monótona existencia, sin capacidad ninguna más que para lamentarme, condenada a terribles procesos hormonales que hacen que pase del llanto a la risa en cuestión de segundos, a vivir preocupada de cuánto gasto cada día para no enfrentarme a esa experiencia demoledora que sería trabajar? Ya no encandilo a los hombres, ya no puedo manipular sus mentes ni estoy respaldada por los de abajo…

—De eso se trataba, Jahi…

—No me llames así… —se quejó, haciendo un mohín con sus labios. Aún era hermosa, pero las preocupaciones y las noches en vela habían hecho mella en su rostro. Hasta su mirada había perdido la altivez que la caracterizaba—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Qué ganabas tú con todo eso?

—Un alma… Gané un alma… de las muchas que me esfuerzo en apartar del mal…

—¿Ellos lo sabían, verdad? ¿Los de abajo sabían que si me quedaba embarazada dejaría de ser quien era?

—Así es. Te intercambiaron por otro, siempre es así. Nos esforzamos mucho por mantener un equilibrio entre ambas fuerzas —explicó—. Me avisaron de lo que pretendías y yo…, bueno, simplemente dejé que me encontrases, tuve que pasar muchos días en aquella iglesia antes de que te decidieses a venir, no te creas, pero sabíamos que era cuestión de tiempo que acudieses allí. Con las condiciones que te habían puesto, era lógico…

—Y bien que te resististe… —le acusó, recordando cada detalle de cómo había hecho su papel; el temor, su negación a tomarla, sus argumentos para justificar sus ideales…, todo había sido una farsa—. Desde el principio sabías que lo harías.

—Era necesario, de otro modo habrías sospechado de mí.

—Pero entonces, ¿qué eres tú? ¿Un maldito ángel? —Le vio negar con la cabeza y suspiró aliviada—. No, claro que no podías ser un ángel, por mucho que hubieses tratado de ocultarlo, yo me habría dado cuenta… Simplemente eres un humano lameculos del de arriba…

—Soy un recuperador de almas —rectificó.

—¡Pues vaya ocupación más estúpida! ¿Crees que por haberme vuelto humana seguiré a tu jefe? ¡Jamás!

—Te quedan muchos años en la Tierra para cambiar de opinión, Jahi… Poco a poco irás olvidando lo que fuiste un día, tu corazón se irá conmoviendo al ver crecer a tu hija y acabarás redimiendo tus pecados, como muchos otros antes que tú…

—Me marcho, ya he escuchado bastantes sandeces por hoy… —se quejó volviendo a empujar el carrito con desdén.

—¡Volveré a llamarte dentro de un tiempo! —le gritó Pablo mientras ella se alejaba—. ¡Me gustaría ver de nuevo a nuestra hija!

Ella se detuvo en seco al oír aquellas palabras. Por algún motivo cualquier mención a su retoño le sacaba de sus casillas. No estaba segura de poder llamarlo amor, pero aquel bebé despertaba un fuerte instinto que jamás pensó que tendría. Giró su cabeza hacia él y le miró con odio. Su mirada grisácea se vistió de tonalidades rojizas, dejando que saliesen todos los resquicios de su pasada condición inmortal que había mantenido ocultos durante aquel último año.

—Yo no apostaría a que dentro de un año continuaré aquí… —respondió—. Sé muy bien lo que tengo que hacer para que los de abajo vuelvan a aceptarme.

Y pronunciando estas palabras se volvió y continuó su camino sin mirar atrás.

Pablo la vio alejarse con decisión y pensó que quizás aquella alma no había sido recuperada del todo. Sonrió, esperanzado, deseando que su trabajo con Jahi no hubiese terminado; eso significaba que tendría que volver a verla y no había nada en el mundo que desease más.

Si quieres leer más relatos míos, solo tienes que pinchar en los títulos: Un amanecer singular. o también, Una historia de terror… ¿o de amor?. Si te ha gustado, por favor comparte en tus redes sociales.

¿Te ha gustado el artículo? ¡Valóralo!

4.75 - 4 votos
Cuanto más alta sea la valoración más visible será el artículo en portada.
¡Compártelo en las redes sociales!

Acerca del autor

Cristinace2018

Deja un comentario

Únete a la comunidad de NoCreasNada

¿Te gustaría compartir tus inquietudes y ganar seguidores por todo el mundo?

¿Eres una persona inquieta y quieres descubrir a más gente como tú? 

Únete a NoCreasNada.

Además, te pagaremos por las visitas que recibas.

Más Información