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Naturalmente que sí, el fútbol es un estado de ánimo



Naturalmente que sí, el fútbol es un estado de ánimo - Deporte

Villarreal y Barça nos regalaron un partido épico, maravilloso y memorable. Una montaña rusa de sensaciones encontradas, sobresaltos y remontadas al filo de lo imposible. Amarillos y azulgranas jugaron como nunca y acabaron como siempre. El Villarreal, que jugó para ganar, acabó como siempre, con menos de lo merecido. El Barcelona, que por momentos hizo lo imposible por perder, acabó como siempre, negándole la emoción a la Liga. Ambos intercambiaron mano por mano, en el centro del ring, de manera descarnada, sin tregua, como dos boxeadores de una pieza que llevan tanto tiempo pegándose, que pierden la noción del espacio y del tiempo. Una maldición para los entrenadores, una bendición para los espectadores. Cuando el partido tuvo cierto orden, pegó de lleno el Villarreal. Cuando reinó el caos, apareció en escena la pegada brutal del Barcelona.

La ley no escrita, pero universal, de Jorge Valdano, volvió a cumplirse: el fútbol es, sobre todas las cosas, un estado de ánimo. El “Submarino Amarillo”, que en dos partidos pudo haber abierto brecha con los de abajo, vio cómo le remontaban dos partidos increíbles y sigue anclado en el furgón de cola. Y el Barcelona, que compró todos los boletos para haberse caído con todo el equipo, pasó de rozar el ridículo por sus groseros errores defensivos a enterrar en cal viva al equipo amarillo gracias al de siempre, Messi, y a su mejor socio, Suárez. La película del partido fue de ciencia-ficción. Primero, comienzo salvaje del Barcelona, con pinta de paseo por el campo. Después, tormenta perfecta local con un parcial de 4-0 para los amarillos, con Samu Chuckwueze y Cazorla desatados, en trance. Y como epitafio final de un partido de camisa de fuerza, expulsión absurda de Álvaro, turno para Messi – que rotó pero no se toma días libres-, y la traca final, con un golpeo de Suárez a la altura de los elegidos. Fue una noche donde épica y fútbol van de la mano, donde algunos hombres se agrandan hasta parecer dioses. En mitad del descontrol, de un cambio mano por mano, Villarreal y Barcelona nos devolvieron al patio del colegio.

El Barça, que tiene la Liga en su mano, llegará al Camp Nou con un colchón de ocho puntos – toda una vida- para recibir al Atlético. Nadie mejor que Simeone, incluso en su versión más optimista, para saber que este campeonato, en clave rojiblanca, pasa por escalar el Everest. Entre otras cosas, porque gane o pierda en la Ciudad Condal, su rival directo es un equipo que gana cuando juega bien, que gana cuando juega regular y que cuando hace lo imposible por perder, tampoco cae. Es lo que tiene tener a Messi. Hay quien dice que jugar con él es trampa. En la cabeza de los atléticos retumba una reflexión: si el Barcelona tampoco cayó esta noche, cuando todos los astros parecían haberse alineado para que así fuera, el título parece tener dueño. En la cabeza de los culés, la reflexión es diferente: torres más altas han caído y la noche sirve para poner el despertador en hora, porque aún queda tela que cortar y el campeonato no se ganará sin bajar del autobús. Claro que el fútbol es un estado de ánimo. Se pasa de la depresión a la euforia en un instante y de la nada, al todo.

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