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Neuralgia de trigémino y otros demonios



Neuralgia de trigémino y otros demonios - Salud

Neuralgia de trigémino y otros demonios

Un día veraniego me desperté de la reparadora siesta de la tarde y «chácate», sentí un calambrazo a la altura del cordal izquierdo. Horas después, empezó a complicarme la vida, las comidas y otros menesteres que tanto me gustan. Ahí empezó mi odisea, nada que envidiar a la de Homero.

En primer lugar fui a una dentista privada que me recomendaron, ella me miró con muchísimo esmero, pero al tratarse de un cordal y más de la mandíbula, me recomendó que me la quitasen en la seguridad social, que además era gratis y bla bla bla. Total que le hice caso y fui. Jamás se me hubiese ocurrido pensar lo que estaba por venir.

El dentista de la seguridad social me dijo que podía ser el roce del cordal con la encía porque estaba muy pegado a la misma y me dijo que tenía dos opciones: quitarme la pieza (muerto el perro se acabó la rabia) o que cuando me volviese a doler me tomase una semana de antibióticos y me lo aguantase. Yo opté por la solución super woman, aguantarme porque ese cordal era mi “tesoro”, ya que tengo toda la dentadura completo, bueno, la tenía. Era como mi milagro. Pero un par de meses después tuve que regresar porque el dolor se agudizó bastante y ya nada pude hacer para contenerlo con nada de lo que tenía en casa, ni antibióticos ni analgésicos. Así que después de regresar a consulta para que supiese que me quería quitar esa muela infernal, me citó para el día nueve de abril.

El 9 de abril de 2018, casi nueve meses después del primer calambrazo, me quitaron la muela de juicio por la seguridad social. Yo confieso que al principio pensaba que sería una picadita inoportuna, pero con el paso de los días, sobretodo después de quitármela me di cuenta de que no. Aguante un poco porque pensé que las molestias eran post- quirúrgicas, pero debo confesar que me dolía como si me estuviesen taladrando los dientes.

Mi familia por supuesto me puso de vuelta y media que por qué esperaba tanto para ir al dentista, que el dentista de la seguridad era un atrevido, que esa intervención era de maxilofacial, que era una masoquista, que no me dolía tanto si era capaz de aguantar, etc. Pero todos nos equivocamos, incluido los dos dentistas que me vieron al principio. No era el cordal lo que estaba provocándome aquellas molestias. Ojalá hubiese sido el cordal porque hasta el día de hoy, casi dos años después del primer calambrazo, estaría dando saltos de alegría. Pero el destino me hizo conocer algo muy distinto, un diagnóstico que se tardó en descubrir y que me hizo perder una muela innecesariamente. Con el tiempo supe, que perder algunas piezas dentales antes de ser diagnosticado también era típico.

A aquellas alturas todavía pensaba, inocente de mí, que quizás se le había quedado al dentista algún trozo de cordal o de la raíz dentro. Así que acudí de nuevo a consulta cuatro meses después de la operación. Fui muy masoquista, me aguanté como pude hasta que no pude más con el dolor. Durante ese tiempo me di cuenta de los “patrones” de aquel infernal dolor; su área de maniobras era la zona del cordal extraído así como toda la encía inferior, a veces también me cogía parte de la lengua y rara vez se me reflejaba en el cordal superior de ese mismo lado, el izquierdo. Era punzante, repentino, intenso, de corta duración y un enemigo de las comidas, pero que paradójicamente respetaba mis horas de sueño o la actividad física de cada día. Algo verdaderamente extraño. Ahí me empecé a acojonar de verdad.

Cuando me vio por fin el dentista, el buen hombre caminaba de un lado para otro de la consulta, algo nervioso porque todo apuntaba a que los resultados de la cirugía estaban correctos. Me preguntó por qué había tardado tanto. Yo le contesté que había tenido diferentes inconvenientes que me habían llevado a cancelar las consultas. Yo estaba perdida porque el dolor era real y aumentaba de grado sin que yo pudiese hacer nada. El último ataque había sido aquel mismo fin de semana durante un asadero por el cumpleaños de una amiga. Todo había ido bien hasta que traté de masticar una chuleta, ahí se activo el “dolor de muela” aunque para ese entonces ya no había cordal al que echarle la culpa. Mis amistades y mi novio me miraban impotentes, sin saber qué decir o hacer, salvo que cambiase de dentista. Al llegar a casa sobrevino lo peor, un dolor tan fuerte que me dieron ganas de golpearme con el marco de la puerta del salón para combatirlo. No podía más. Me rendía. Cuando mencioné aquella “anécdota” todavía en la consulta a la enfermera antes de marcharme ese asadero y el dolor infernal que me había hecho sucumbir. Entonces se hizo la luz para el especialista, que ya estaba sentado redactando el informe para finalizar aquella consulta.

El doctor me pidió que me sentara de nuevo en el sillón de dentista, ya que estaba a punto de irme como había venido, sin tener puñetera idea de lo que me pasaba. Pero gracias a aquella última queja que estaba dándole a la enfermera acerca del asadero y la mordida dolorosa a la chuleta, logré que aquel hombre me pusiera las manos a ambos lados de la mandíbula y apretase. Me dieron ganas de jurar en arameo, pero por suerte el intuyó dos cosas: o tenía un problema en la mandíbula o un problema de neuralgia del nervio trigémino. Vamos, o se solucionaba con aparatos, o la cosa se complicaría bastante más. Salí de allí pensando en los aparatos. A mis 36 años sumarme a la oleada de gente brackets, bueno, si me dejaba de doler como si tenía que bailar una sardana. De lo segundo me olvidé porque el nombrecito se las traía… Por suerte tengo una suegra que es un ángel del señor y durante una comida familiar en la que el dolorcito seguía picando dijo la palabra clave “neuralgia”, ahí se me hizo la luz y recordé entonces las palabras del dentista. Nunca olvidaré ese momento tan revelador porque me ahorró un montón de vueltas con médicos y diagnósticos erróneos, y quién sabe, igual hubiese perdido algunas piezas dentales más.

Al día siguiente tuve otro asalto de dolor. Mi hermana insistió en que me viese su dentista, otro ángel del señor que se ganó todo mi cariño y confianza porque me trató como si fuese un familiar suyo, poniendo a mi disposición su tiempo y las tecnologías de su clínica. Él y su equipo son para mí mis ángeles. Así que mis dientes y mi mandíbula están bien revisados. Él fue quien me recomendó que me viese un neurólogo lo antes posible por la posibilidad de que fuese una neuralgia de trigémino. Incluso me recomendó uno.

Una gran amiga mía y gran angelito de la guarda, al verme sufrir de dolor me dio una caja de tramadol con paracetamol y otra de tramadol a secas. La pobre tiene una enfermedad dolorosa crónica y entendió que igual me podía aliviar, así que no se lo pensó dos veces y en aquella visita probé. Efectivamente el dolor desapareció con tramadol con paracetamol pero nunca se puede cantar victoria con un dolor neuropático.

Al final me vieron dos neurólogos porque tengo seguro privado y para eso está. Cada uno me recetó algo distinto (uno Lyrica y otro tegretol). En realidad yo no me quería empastillar ni de broma. Mi dentista al ver los dos informes, las analíticas, la radiografía de la boca, la resonancia magnética, etc. Me recomendó que si el dolor aún era soportable que no empezase a medicarme y eso hice porque ante todo quiero ser madre y no me fio de los daños que estos fármacos podrían causarle al feto. Ahora tengo 37 años y hay que hilar fino algunas cosas. Así que cuando me atacaba el dolor, lo combatía con tramadol, teniendo siempre en cuenta que no estuviese en estado de buena esperanza.

Desde ese momento llevaba seis meses sin dolor. Estaba un poco confiada debo decir, de vez en cuando la mandíbula me mandaba señales molestas, pero el dolor no se manifestaba, así que seguí con mis planes de ser mamá. Entonces empecé a sentir la lengua como si me hubiese quemado probando la comida, esas quemaduras que te dejan bailando sola, pues eso. Me miré la lengua por todos los lados y no se me iba la molestia. Así que empecé a sospechar de la neuralgia otra vez. Aunque en este entonces decidí no tomar nada.

El día 4 de junio de 2019 tuve mi segunda consulta con la neuróloga. La tenía para un poco antes, pero por fuerza mayor la tuve que pedir para más tarde. Suerte que no me dolía o me hubiese vuelto loca del todo. Total que ella, la neuróloga que me está llevando, es otro angelito más. Le fui sincera cuando le dije que aún no había empezado el tratamiento con tegretol. Al mismo tiempo que se lo dije, me di cuenta de que me miraba resignada, quizás hasta triste. Cuando terminé mi alegato, defendiéndome con que quería quedarme embarazada ella me dijo que era una pena y que no podía mandarme más nada si me quería quedar en estado. Le pregunté si el adormecimiento o quemazón de la lengua que ver con el trigémino, me dijo que sí. Imagino que con lo que le dije de la lengua se vio venir la llegada de un ataque aún mayor.

Hoy la entiendo perfectamente. El día 15 de junio por la tarde, vi las estrellas del dolor. Me dio un ataque que me dejó sentada en una silla con las manos a ambos lados de la cara. Tan solo estaba hablando con alguien en la fiesta de cumpleaños de mi sobrino mayor. Fue el dolor más horrible que he tenido jamás. Estuve tres días metida en casa. Aunque hice actividad física (carrera y entrenamiento paleo) porque en esos momentos desaparece el dolor como por arte de magia. Supongo que debe ser por la circulación sanguínea y porque puede que en esos instantes el nervio funcione correctamente.

Para colmo, el tramadol con o sin paracetamol no me hace nada y los pinchazos en urgencias de enantyum con urbasón tampoco. De todos modos me siento con suerte, porque cuando te pasa algo como esto te haces investigadora profesional de todos tus males y te pones a mirar por internet y te das cuenta con humildad que hay personas que lo han tenido ésto peor que tú, teniendo que recurrir incluso a la cirugía y otras con menor suerte se han rendido y se han suicidado antes de proseguir con la batalla. Yo animo a todo el mundo a que no se rinda porque la vida es hermosa y aunque a veces no sea justa, hay que pelear para mantener el puesto aquí.

Aún así, aunque el dolor ha llegado para quedarse un tiempo, o eso cree. No pienso dejarle ganar la batalla. Me gusta comer, hablar, reír, escribir, soñar, viajar… Tengo una familia maravillosa que me adora, una pareja que me quiere y me apoya, unas pocas amistades auténticas que me soportan y vivo en un sitio privilegiado del mundo donde abundan los días de sol y el mar.

Haré lo que tenga que hacer para superar los brotes de dolor y las crisis existenciales que hay detrás de cada uno. Dicen que es una enfermedad rara que afecta a unos 4 de cada 100.000 habitantes, toda una lotería. A mí me tocó sin jugarla. Es algo muy delicado porque a veces el propio aire hace que me duela un mogollón y hasta tragar saliva.

En fin… para más información, solamente hay que poner neuralgia de trigémino y el buscador te llevará a montones de entradas. Yo solamente te pongo mi experiencia personal, sin ser médico ni sanitaria, solo una paciente más que se alborota cuando la neuralgia llama a su puerta y no puedes negarle la entrada de momento.

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Acerca del autor

Eridana

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