Literatura

Niño de la noche, fruto de la desesperanza



Niño de la noche, fruto de la desesperanza - Literatura

Nancy Kilpatrick es, a mi parecer, una de las más tétricas y sádicas escritoras que he leído. No le basta con obligar a sus personajes a enfrentarse a desgarradoras e incluso humillantes circunstancias, sino que su pluma es tan afilada que hace que el lector construya una unión casi simbiótica donde los pesares de los protagonistas pasan a ser propios. Su narrativa es la perfecta metáfora de la telaraña donde el lector es la mosca que espera ser tragado por su depredador, pues, consigue que el mismo se enganche tanto en la historia que sea difícil el soltar el libro.

Debido a novelas como Twilight o Vampire Diaries, donde el vampiro es representado como un estereotipo más al servicio de las fantasías de un público fácilmente excitable, puede que esta novela se vea envuelta en un aro de prejuicios, sin embargo, una vez que te adentras a sus páginas lo que se experimenta es un bienvenido soplo de aire fresco. Los vampiros vuelven a tener ese halo de horror que los caracteriza en los mitos que consigue que uno se piense dos veces si en verdad le gustaría cruzarse en el camino de estas criaturas.

Niño de la noche marca el inicio de la tetralogía “el poder del mundo de la sangre”. Dividida en tres partes, se narra las desventuras de Carol, una joven mujer que a un año de su ruptura matrimonial viaja al otro lado del mundo para buscar alivio y salir de su depresión. Por circunstancias del destino se cruza en su camino André, un hombre atractivo que se encapricha con ella al grado de secuestrarla y hacerle vivir un vaivén de emociones que ponen a prueba la cordura de nuestra protagonista. Después del término de un trato y una obligada convivencia de dos semanas con ese hombre, Carol vuelve a tener su libertad sólo para darse cuenta que la vida puede llegar a imponer un cruel juego donde la muerte es el menor de los problemas.

Como ya mencioné, esta historia tiene una carga emocional pesada, imponente e incluso tétrica que evoca a las leyendas donde el vampiro era una de las representaciones del mal en la tierra. Kilpatrick utiliza dicha representación en un cruel e injusto juego que toma el nombre del amor como estandarte. Esta novela brilla por el desarrollo de sus personajes y un final interpretativo que me dejó con un vacío en el estómago. La autora juega muy bien con el tópico del amor trágico al cimentar los sentimientos de nuestros protagonistas en el odio para luego transmutarlo en algo mucho más complejo: amor. Como se debe de intuir, el final feliz se alcanza, pero el costo es lo fascinante y horrible que caracteriza a esta pareja: Carol y André son personajes muy complejos que comparten la depresión, la soledad y la desconfianza. La primera no quiere saber nada de una relación amorosa a causa de su trágico y desgraciado pasado; y el segundo es un hombre de costumbres arcaicas, que pueden rayar en la misoginia y el machismo, tratando de adecuarse a las nuevas normas de conquista en un mundo de valores cambiantes. El encuentro e interacción de esta pareja es un choque constante de ideales donde la cordura pasa de ser algo ejemplar a una esencia cuestionada. Ambos representan el pasado contra el presente, lo racional contra lo animal y la fascinación que se causan mutuamente. El problema con todo esto es la base de su unión, el odio que irradian ambas partes llega a ser tan fuerte que consigue materializarse en un fruto imposible, lo que provoca que las emociones, lejos de aminorarse, sólo empeoren hasta llegar al punto máximo donde la pérdida puede llegar a sentirse incluso peor de lo conseguido.

Niño de la noche es una novela que me provoca un duelo interno, es para mí un ejemplo posible y coherente de lo que conlleva forjar una relación con bases equivocadas, pues, los juegos emocionales no hacen más que agraviar la depresión de Carol, llegando incluso a materializarse, como ya mencione, en un bebé que encarna la última esperanza de un amor condenado. Es en este punto donde cuestiono el argumento moral de la novela y el mensaje que quiso transmitir la autora.

A primera impresión me atrevería a decir que esta novela es una siniestra burla hacia todas aquellas historias donde glorifican el romance sobrenatural colocando al vampiro, una criatura que llega a vivir milenios y con características sobrehumanas, como un niño caprichoso enamorado de una simple humana de manera incongruente; sin embargo, esto va mucho más allá. El centro de todo es lo que consigue hacer el amor entre dos criaturas que se odian, colocando al hijo como un trofeo, o un bien preciado a manera de mediador que asegura la estabilidad de algo inexistente. Y es aquí donde yace el punto crítico y la posible tergiversación del mensaje.

Moralmente el hijo es visto como la promesa de un mejor futuro y estabilidad socio-emocional porque obliga a los padres, mayormente a la madre, a madurar y tomar las riendas de su vida pasando los sentimientos e individualismo a segundo plano en pos de la prosperidad del primogénito. Sin embargo, ¿qué pasa cuando un fruto no es deseado por ninguna de las partes involucradas y su nacimiento es obligado por factores externos? En la historia, los factores externos toman una vital importancia para el fortalecimiento de la relación de los protagonistas obligándolos, en pos de la supervivencia, a transmutar ese odio compartido en amor mediante actos carnales, interacción constante y comunicación. Algo que rige a todas las relaciones sanas sin presión previa.

Mi problema con este mensaje: el amor puede superar cualquier cosa, dentro del universo de Niño de la noche, es el sacrificio de una de las dos partes. Carol, por ser humana se ve en desventaja casi absoluta tras ser introducida en mundo por mucho más poderoso que ella que, además, la obliga a someterse y agacharse porque de ambas partes es la que más razón tiene. Esto lo entiendo como la salida a las discusiones o problemas entre pares, el que quiere una solución y la ve claramente es siempre el que debe tomar la iniciativa para encaminarse a la misma, salvo que en el mundo de André, este último siempre es perdonado por sus fallas por ser “un niño confundido”, sometiendo a la protagonista a ser la que resuelva los problemas emocionales del tipo porque es la “única que lo entiende y que puede salvarlo”. A pesar de que se presentan riñas hacia este último personaje, son muy puntuales y contadas, dando a entender que la parte femenina de la relación es la que siempre está obligada a llegar a una solución, excluyendo a la parte masculina por considerarse “inmaduro” o “incapaz de controlarse”, exponiendo así el machismo arraigado en ese mundo.

Si bien Kilpatrick se puede basar en el refrán: la mujer inteligente es aquella que hace creer al hombre que siempre tiene la razón, muestra cierta injusticia al exponer que la manifestación de sentimiento por parte de la fémina es problemático mientras que el del hombre es festejado. Una recreación interesante de lo que encierra las relaciones nocivas donde el hombre es un maltratador, algo que podría hacerme creer que esta novela es una sátira a las glorificaciones ya mencionadas de no ser por un detalle particular: una vez que Carol renuncia a su humanidad es cuando André cambia su personalidad, pasando de ser un personaje iracundo e inseguro, a uno entregado y dócil después de haber conseguido lo que quería y ganar la guerra contra el objeto de su deseo. Esto expone al amor de esta pareja como un juego de poder donde sólo una de las partes termina ganando, pues, Carol, debido al peso y la presión de las circunstancias que la envuelven bajo la vestidura del “destino”, renuncia a su individualismo para someterse y adueñarse de los sueños e ideales de la parte más fuerte.

El amor es sacrificio, pero la manera que tiene la autora de exponer esto me resulta insana. Este sentimiento es el encuentro de dos soledades que desean compartirse. A pesar de que esto se ve en las interacciones de André y Carol cuando el primero no está enojado o compungido por algunas ideas que sólo él conoce, esto no cambia el final de la historia. Desde el principio se nos presenta a André como alguien narcisista que siempre obtiene lo que quiere, lo que hizo que el final de la misma me hiciese un agujero en el estomago: las consecuencias sólo pasaron facturas hacia Carol. Si bien André evoluciona de a poco el trato que le da a la primera a medida que se manifiesta la madera de su carácter, el pago de consecuencias se siente injustificado, inclinándose siempre la balanza a favor de él. Sólo cuando por fin obtiene lo que quiere, que es la renuncia de Carol hacia su humanidad, dignidad e individualismo, para adueñarse después de los ideales que a él lo conforman, es cuando el “amor aflora”.

Esto da a mi entender que el destino que envuelve a la historia posee cimientos insanos que unen a las personas en una balanza que siempre favorecerá al más fuerte. Si bien el final feliz es alcanzado, sólo se da cuando la parte más fuerte consigue absorber al más débil. El niño de la noche no es más que un peso añadido al capricho del destino, es el peón más fuerte de quien mueve los hilos, quien en este mundo no es más que la manifestación de un capricho que unió a dos personas por el mero morbo que generaba las acciones masoquistas de las partes involucradas; si niño de la noche no hubiese existido, André y Carol sólo hubiesen sido, al termino de la historia, un par de almas en pena que nunca debieron haberse conocido.

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Karenina_Anne

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