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Niños de la calle: “Los hijos del asfalto”

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Niños de la calle: “Los hijos del asfalto” - Política

 

Heme aquí, recordando aquella grandiosa frase que dijo una vez el Físico Albert Einstein, que, además, debería retumbar en los oídos de los gobernantes del mundo entero:

 “La palabra progreso no tiene ningún sentido mientras haya niños infelices”.

Sin mencionar las leyes universales que deben proteger los niños del planeta Tierra, que, para un nutrido número de naciones, son consideradas “letra muerta”, cuando se hace mención de los “niños de la calle”, quizás a muchos les asalta el pensamiento, con una interrogante: ¿De quién estamos hablando?

Desde nuestra experiencia trabajando por muchos años, con niños en condición de vulnerabilidad, en una Casa Hogar en Caracas-Venezuela, y conversando con los niños de las calles de Caracas, podemos ahondar en el estereotipo del niño que proviene de un hogar roto, con una familia disfuncional, y por qué ese tránsito del hogar a la calle, al ser un evento que no ocurre de una vez y para siempre, sino que se va dando en etapas sucesivas.

El niño de la calle debe ser conceptualizado como un sujeto activo, con posibilidades de convertir el espacio citadino en un lugar de reconocimiento, y que, pese a su característica nómada, le provee de algún sentido de pertenencia al habitar y apropiarse de diferentes parcelas.

La mayoría de las veces, se califica a los “niños de la calle” como “bandas”, sin serlo en el contexto de la palabra. Como denominador común, los niños de la calle se agregan y aglutinan de manera espontánea y natural, siendo ésta, una forma de agrupación solidaria entre pares, que resulta muy eficaz y efectiva para ayudarse, protegerse, conseguir algo de comida, rechazar agresiones, gestionar un poco de droga, e incluso obtener algún tipo de vínculo afectivo frente a la orfandad a la cual han sido condenados.

Pudiéramos enumerar muchos de los factores que inciden, pero dentro de los detonantes para que se dé esta lastimosa situación, se incluye la condición de pobreza, por un lado, y por el otro, familias donde hay problemas de alcoholismo, drogadicción, uniones conyugales disueltas, maltrato, agresiones físicas, violencia intradoméstica, y cuyas adversidades creadas, conllevan a la desatención de los niños.

En pleno sigo XXI, todavía existen naciones, donde lejos de disminuir el número de niños en las calles, es exponencial su aumento. En el caso de Venezuela, podríamos decir, que es ya, un asunto que rebasa la explicación macrosocial del fenómeno.

Si analizamos la condición de vulnerabilidad, nos encontramos con distintos escenarios familiares. Unos niños viven en hogares nucleares, padre, madre e hijos, otros viven con la madre, un padrastro y hermanos de diferentes padres que han desfilado por la misma cama, o cuyos padres, nunca ejercieron esa figura o la ejercen esporádicamente. Asimismo, existen unidades nucleares extensos y monoparentales, la madre, los hijos y otros parientes integran la familia, y en la mayoría de los casos, en condiciones de hacinamiento.

Por otra parte, el hecho de que estos niños formen parte del ecosistema urbano, interrumpe de facto el proceso educativo, o nunca llegaron a estudiar, y en muchos casos, pasan a ser los “hijos de nadie”, por cuanto que tampoco poseen ningún tipo de documento de identidad. Cuando un niño decide vivir en la calle, es porque no le es ajena, es decir, que ya vienen acumulando experiencias callejeras previas.

Muchos niños son utilizados en sus hogares, como “mandaderos”, o son enviados a las calles por sus padres a trabajar para completar el ingreso familiar. Estas actividades forman parte de la dinámica familiar, y cuando no las cumplen a cabalidad, según el que ejerce la autoridad en el hogar, los menores son regañados, maltratados o golpeados. En este sentido, la comunicación familiar, sólo está supeditada a las “tareas” que los menores están obligados a cumplir, donde no existe la mediación del afecto.

Otra variable que incide en el abandono del hogar por parte del niño, es la ausencia de la madre, vivida como abandono, es otra de las razones por las cuales el niño justifica su estadía en la calle. Cuando ella es la jefa del hogar, sale a trabajar todo el día y no puede hacerse cargo del cuidado y atención de los hijos.

Pedir limosna, es la práctica que con mayor frecuencia realizan los niños de la calle. Incluso, para muchos de estos infantes, “mendigar” es sinónimo de trabajo. Otros roban y hurtan para conseguir dinero. Muchos de estos niños, cuando consiguen dinero, primero la droga, luego algo de comer y diversión a su manera.

Por otro lado, la droga ocupa un lugar importante en la cultura de la calle. Pero, además, el consumo de droga, parece estar relacionado a la adaptación a sus nuevas formas de vida (sobrevivencia en la calle). Según sus propios testimonios, lo primero que conocen, siendo formalmente “niños de la calle”, es la droga, considerada como un elemento que intermedia su relación con el resto del grupo, porque la droga los convoca, los desinhibe, los aglutina y les permite evadirse.

Los niños de la calle, al estar expuestos a la rudeza de una ciudad, las agresiones que sufren son múltiples y constantes. Van desde la actitud de desprecio o conservar la distancia física con respecto a ellos, por parte de la ciudadanía, hasta ser blanco por armas de fuego. A los agresores que identifican y más le temen, es a los cuerpos policiales, donde no solamente se trata de agresiones físicas. Los niños de la calle consideran una agresión, cuando se irrumpe abruptamente en los lugares donde ellos duermen, cuando se les destruyen sus espacios de resguardo, cuando se les queman sus objetos personales o se desmantelan los espacios para sus reuniones.

Los niños de la calle en Caracas, se unieron a los diferentes grupos de la “resistencia” que salíamos en cada marcha por Venezuela, a luchar, y con ellos tuve el honor de conversar. En la actualidad he compartido también, por largas horas, con los mismos niños de la calle, los cuales he abordado, hurgando la basura, buscando algo para comer. Es así como, puedo referir que, los sentimientos expresados por estos pequeños, de diferentes edades, sobre la vida en la calle, son ambivalentes.

Cuando deciden la salida a la calle, cumplen su primera etapa de conquista eufórica, se sienten libres, no tienen que soportar un hombre que llega borracho a diario a su casa, y que ellos no consideran como un padre, no tienen que ver que su madre lleva un novio diferente todas las semanas a dormir a la casa, nadie los manda, sienten un inmenso sentimiento de libertad, de alivio espiritual, búsqueda y encuentro de nuevas formas de relacionarse con los demás. Sienten que se les abren las puertas de las posibilidades que no encontraban en el hogar, inclusive se sienten diferenciados del resto de los niños de la calle, porque no consumen drogas, ni alcohol, ni tampoco roban.  Pero la segunda etapa, los obliga a buscar estrategias de supervivencia, para alimentarse, para tener un lugar donde dormir, protegerse y ser autosuficientes. Pero, el tránsito de esta etapa, se ve acompañado por el descubrimiento del mundo de las drogas y el alcohol, propio de las calles.

Los niños de las calles de Caracas, expresan un sentimiento ambivalente fuerte, cuando dicen que sus padres sintieron alivio porque ellos abandonaron el hogar, porque eso conllevó a “una boca menos que alimentar”. Es decir, que, para ellos, la pobreza justifica u oculta el “alivio” de la carga que ellos pudieran representar.

Pero, además, otro aspecto relevante, es que los niños de la calle descalifican la figura del padre en el hogar, pero la figura de la madre es reconocida por ellos e ideologizada, sienten admiración, a pesar de que dicen: “es que mi mamá también es culpable de todo”.

Esta experiencia sólo me deja una reflexión, nuestros niños de la calle, son los hijos del asfalto en Venezuela, son ángeles con las alas desgarradas, que provienen de zonas perdidas, de los llamados cinturones de miseria que rodean las ciudades. Vienen de dinámicas familiares desintegradas, de figuras paternas-maternas ausentes y como marco que rodea la vida de sus familias, vienen sobre todo de la pobreza extrema y el maltrato.

Y por cierto, los niños de las calles en Caracas, con su personalidad propia que los caracteriza, sienten un profundo desprecio por Nicolás Maduro, y así lo expresan en sus palabras.

¡Que Dios y la Virgen de Coromoto bendigan nuestros niños y los niños del mundo entero! 

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Euridelva

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