Literatura

Numen Vital



Numen Vital - Literatura

Aurora andaba preocupada, dándole vueltas a la cabeza por algo que, en realidad, no tenía demasiada importancia para el resto de cuantos estuvieran cerca, pero para ella sí era importante: debía escribir una historia, no porque fuera para algo especial, sino porque sentía en su interior esa extraña mariposa que plegaba sus sentidos, haciéndole experimentar en su corazón la sensación de tener algo que decir ante los extraños acontecimientos que parecían ignorar los demás.

A veces, con la mirada absorta en sus mundos interiores, alguna compañera de clase la sorprendía, intentando descubrir cuál o qué partes de los chicos que se encontraban en el pasillo de acceso a las aulas estaba observando, pero en otras ocasiones no había nadie a quien mirar: simplemente, estaba desconectada del universo, con sus opalinos ojos fijos en el tímido pero deslumbrante rayo de luz que se filtraba por la claraboya del tejado, iluminando dos tablones de calificaciones que interceptaban su camino hacia la pared.

Tras un agotador día de toma de apuntes, llegó a su casa y se sentó frente al ordenador, ese viejo y decrépito PC que necesitaba a todas luces cambiar, pero que con su sueldo de estudiante, además de las penurias de toda aquella que no es una empollona y suspende el dichoso treinta y siete por ciento de las asignaturas matriculadas en un año, no se podía permitir esos lujos.

– Nada, pequeño, que no te podré jubilar – le decía cada vez que lo encendía, porque en algunas ocasiones, éste parecía no aguantar el paso del tiempo y se negaba a que la energía eléctrica fluyese a través de sus circuitos, sin querer despertar del tranquilo y apacible sueño en el que lo había sumido su dueña días atrás.

Una vez más, entre ella y su gran pequeño confidente, con el que había visitado innumerables mundos imaginarios, luchado contra seres de galaxias situadas más allá del espacio conocido, a quien le confesó sus más tiernas esperanzas, anhelos y deseos, estando en brazos de los hombres con los que había soñado minutos antes, en el lecho situado a su espalda, se había establecido ese vínculo tan especial que existía entre los dos, sintiendo sus dedos acariciar velozmente el teclado pero sin conseguir que nada de lo que circulaba por su mente fuera factible de ser inmortalizado.

– ¿Por qué no escribes sobre él?

Había hablado esa voz que, en ocasiones, la impulsaba a escribir, sacando de su interior esos sentimientos tan ocultos, tan personales, tan íntimos… Pero que plasmados en el papel se convertían en los de aquellos que, una vez traspasados los primeros instantes de vergüenza, porque se trataban de una parte de su propio ser, se identificaban con los personajes de sus historias. A veces, los chicos no se querían creer que aquellas palabras hubieran sido escritas por una mujer, y ¿cuántas veces creyeron sus amigas que el corazón de un hombre latía bajo aquellas verdades a medias, sacadas de lo más profundo de las personas?

Sí. Lo estaba consiguiendo: una escritora debía poder simular cualquier género, experimentar en sus propias carnes la pasión y el miedo, el amor y el odio, y todos los sentimientos que pudieran darse en los humanos, independientemente del momento y el lugar en el que se encontrara. Pero además debía mantener su propia personalidad y no equipararse a ninguno de sus personajes. Era el saber desconectar a tiempo de la vida ficticia, aunque ésta se pareciera tanto a la realidad que aquellos que no estuvieran preparados para comprender su oculto mensaje no supieran distinguir el significado de su obra.

¿Escribir sobre él?

Cada vez que lo veía, sentía su corazón palpitar más fuerte que nunca. No sólo le gustaba, sino que además se había convertido en un “muso”, porque incoherentemente siempre se habían designado a las inspiradoras de los hombres como “musas”, cuando viceversa no había ocurrido así. Pero para ella, Mateo era su gran inspiración.

Todavía podía percibir su raro y preciado perfume, que le hacía experimentar unas sensaciones tan indescriptibles que se bloqueaba a la hora de intentar relatarlas, porque si hubiera podido hacerlo su alma hubiese descansado, y no quedarse preñada de ese sahumerio que, incluso en muchas ocasiones creyó sentir en la inmensidad de la noche, estando únicamente ella a solas en su habitación. Sabía que era la reacción de las sustancias químicas que componían la colonia con el aroma de su propio cuerpo la que potenciaban al máximo tal fragancia, porque le había regalado a su hermano mayor un frasquito de la esencia y con él no experimentaba ese estremecimiento que la convulsionaba.

– ¿A qué estás esperando? – dijo aquella voz, tan certera y aguda como siempre.

Con sólo pensar en él sus largos dedos corrían ya ávidos de sentimientos hacia el teclado, pensando en realzar la última vez que estuvieron juntos, pero… ¿Iba a servir para algo? Él parecía estar ajeno a sus sentimientos, pendiente de otras cosas que parecían menos trascendentales, más mundanas. Pero, aún así, no dejaba verlas con facilidad. Se trataba de una especie de partida de ajedrez en la que ella movía una pieza y él, pensándolo tranquilamente y tomándose todo el tiempo del mundo, respondía con un sutil movimiento apenas perceptible, pero dejando ver que le estaba revelando una posible esperanza a sus sentimientos.

¿Cuántas veces lo había hecho ya?

Intentaba recordar todas las ocasiones en las que, disfrazando sus sentimientos, lo había confundido con la luz del amanecer, con el brillo de una luna menguante, con el hijo que una madre ha perdido… En todas esas veces, había tenido una clara correspondencia con la realidad, pues podía recordar aquella incidencia – marcada con un desgarrador arañazo en su alma – en que, desde la lejanía, lo descubrió abrazado a otra mujer. Rememoraba sus historias de aquel tiempo, todas tristes y cargadas de amargura, en las que los finales eran inconclusos, porque no podía soportar la pena que embargaba su corazón.

Ahora las cosas habían cambiado: lo veía con regularidad, tranquilizando a ese amoroso corazón que poseía en su interior con las suaves dosis que Mateo aceptaba regalar, pero su mayor miedo era que la viera simplemente como una amiga, y no como la mujer que lo amaba sin condiciones. Se trataba de la sensación de contentarse únicamente con su compañía, pero no querer mirar lo que ella podía ofrecerle.

Sí. Se dejaría llevar de nuevo por la pasión, y escribiría sobre él, aunque se estaba poniendo “demasiado vista”: ya sus compañeras de clase le pedían que fuera capaz de salir de su monotema, que aspirase a otros campos, porque aún escribiendo esas pequeñas novelas de ciencia-ficción con las que disfrazaba sus sentimientos, no dejaban de ser románticas, claramente descifrables por las que mejor la conocían.

Justo en el instante en que el brillo cegador de una idea cruzaba su mente, el teléfono de su habitación comenzó a zumbar, apartando la argéntea fantasía de su cabeza y, tomando el auricular, contestó.

– ¿Sí? ¿Quién es?

– Hola, Aurora. ¿Cómo estás? – era su voz, tan dulce y viril como la recordaba, la que le provocó un sobresalto de su corazón, además de una fuerte subida de su ritmo cardíaco.

Si pudiera contestarle de verdad a esa pregunta, no podría pagar la factura del teléfono – pensó.

– Bien, bien. ¿Qué te trae por aquí?

– Verás… – dejó un largo y espacioso segundo en el que Aurora pudo incluso captar su agitada respiración, sin duda nerviosa por lo que tenía que preguntarle – ¿Te apetecería venir conmigo a cenar?

Algo ha cambiado. Está exacerbado y su voz tiembla… Eso es lo que siempre he estado anhelando pero, ¿es lo que estoy esperando de él o hay otra razón?

Perseveró con la esperanza que siguiera hablando, como en otras situaciones había hecho, pero esta vez no quiso dar ninguna explicación. ¿Había aprendido de sus errores? Más de una vez se había equivocado al seguir expresando lo que le llevaba a haber tomado tal determinación y quizás, guardando el motivo por el que había decidido llevar a la práctica esa idea, se aseguraba su éxito.

– ¿Qué me dices, Aurora?

– Sí, claro. ¿Dónde quedamos?

– Te recojo esta noche, a las nueve. ¿Te parece?

Le venía algo justo de tiempo, porque tendría que desprenderse de toda la tensión estudiantil que un día como ese podía generar con una buena ducha, y acicalarse adecuadamente para intentar que, en vez de ser ella la que percibiera su fragancia corporal, esa noche fuera él quien sufriera un poco.

– Perfecto.

Aurora colgó el teléfono, apareciendo en sus ojos cerúleos un brillo que se propagó por sus acastañados cabellos, refulgiendo éstos como los destellos del mar bajo los vacilantes rayos del purpúreo sol al amanecer.

Bajo una rápida mirada a su cómoda, contabilizó las horas que faltaban para la llegada de su amado, rememorando mentalmente el límite que necesitaba para estar en perfectas condiciones.

Bien, me sobran tres horas. ¿Qué puedo hacer mientras?

– El relato. Crea el relato.

Esa voz… Era como un golondrino en el coxis, tan improbable físicamente pero del que nadie podría probar su inexistencia; a veces tenía razón, porque podría pasar todo ese tiempo imaginando sus masculinas y varoniles manos acariciando sus muslos, ya que era precisamente lo que sentía en esos instantes lo que provocaría un cúmulo de sensaciones que desaparecerían al llegar la noche, y que sabe Dios cuándo volverían a manifestarse.

Se sentó de nuevo frente a la opiácea pantalla y comenzó a vaciarse de la idea que le había cruzado el cerebro antes que su sueño se hubiera hecho realidad:
“Un pensamiento le rondaba por su conciencia, y por más que intentaba quitárselo de la cabeza, se producía el efecto contrario. No podía dejar de pensar en ello y, en cada intento, le apartaba más de sus ideas iniciales.

¿Cómo se había podido producir aquello? – se preguntaba. De haber transcurrido aquel día como uno cualquiera, a las once de la mañana se hubiera filtrado desde el exterior los exquisitos efluvios que las tortillas de patatas desprendían al ser creadas dos plan­tas más abajo; pero, a esa hora, estaba tomando el sol en el jardín, cual gaviota planeando sobre las rizadas aguas azules de la Ba­hía, cuando se debió producir tal acontecimiento.

No obstante, no podía dejar de ser consciente que tal advenimiento era real, sin que fuera una creación de su propia mente. Había sido al volver del cálido abrazo que el omnipresente Lorenzo tan gentilmente ofrecía a todos los habitantes de su ciudad en las ardientes mañanas del mes de Marzo, cuando al tomar su carpeta de apuntes, en el apartado correspondiente a la siguiente asigna­tura que esa mañana le impartirían, una carta a mano le sustraería el aliento y, con éste, gran parte de su propia alma.

– ¿Qué es esto? – le preguntó a Olga, su mejor amiga, mientras los ojos de Julia recorrían ávidos el contenido de aquellas lí­neas manuscritas.

Una delicada prosa, palabras escogidas con el tacto y la sensibilidad de alguien que sentía la necesidad de comunicarle lo que sentía por ella, expresiones que sólo una alma atormentada por los sentimientos podía expresar, le pusieron al día de todos esos pe­queños detalles de los que jamás se había dado cuenta. Su pulso se aceleró mientras y fuertes palpitaciones inundaban su corazón, produciéndole un repentino vacío estomacal que plegó su garganta ante la súbita ausencia de secreciones salivales. Olga se asomó al papel, descubriendo personalmente lo que de aquella estupefacta garganta no conseguía convertir en sonidos.

– ¡Uau! ¡Qué suerte! ¿Quién es ese Perseo que firma abajo? ¿Reconoces la letra?

– No lo sé. A pesar de estar a mano, no la conozco.

Los intensos ojos negros de Olga miraron fijamente a los de Julia, transmitiéndole con la mirada la respuesta que ni ella misma quería recordar.

Habían sido amigas desde pequeñas y Olga conocía a la perfección lo que Julia había sentido a los quince años, cuando el chico del que se había enamorado decidió dejar voluntariamente su existencia, pues éste no creyó que le importara a nadie lo sufi­ciente como para que su vida continuara.

Y lo peor de todo es que días antes le había insinuado su afecto por ella, pero se lo tomó como un juego, del que al sentirse co­rrespondida por sentimientos similares a los que latían en su corazón, prefirió no serle sincera, de manera que el lastre que se depo­sitó sobre su conciencia fue de tal magnitud que la llevó a tomar una resolución tan drástica como trágica. Aún se podía ver en su propio cuerpo, en sus muñecas, el resultado de aquella resolución.

– Ni una palabra de esto, Olga.

– Soy una tumba. ¿Qué vas a hacer?

– No lo sé. Ayúdame. ¿Por qué no curioseas grácil y disimuladamente las letras de los chicos que están en clase?

Su amiga asintió, mientras Clara se aislaba del exterior al recordar a Perseo: se trata del hijo de Júpiter y Dánae,  que salva a Andrómeda de las garras del dragón y, de paso, elimina a Fineo, el ex- de ella. ¿Tenía alguna relación con su propia vida? En esos momentos, el profesor de la siguiente asignatura irrumpió en clase, entrando tras él todos los que se encontraban en el exterior de ella, ocupando sus respectivos lugares en el aula.

Sintió sobre su cuerpo la cálida mirada de unos ojos que la observaban, desconcentrándola tanto que no podía atender al pro­blema que uno de sus compañeros de clase estaba realizando en la pizarra; no podía dejar de pensar en la carta, en la caligrafía re­dondita y estilizada de ese desconocido que le informaba de lo que su corazón albergaba en su interior. Sin utilizar expresiones mal­sonantes le comunicaba la preñez de su alma por su persona, comparándola con el imprescindible viento que toda central eólica ne­cesita para funcionar. Esa pista era el vestigio que le descubría su pertenencia a su especialidad.

No podía soportarlo, al tiempo que descubría a Olga por el rabillo del ojo sonriendo. ¿Sabía ella quién se trataba? Se estaba volviendo loca por momentos.

Transcurrió la hora de clase y, como si una tormenta hubiera amainado, la sensación de ser observada desapareció como lle­vada por el viento, ese céfiro de los aerogeneradores que su misterioso amante usaba como metáfora. Incluso le insinuaba el sufri­miento que embargaba su espíritu al comprobar las ausencias que, en ocasiones, experimentaba cuando ella prefería imitar a las salamandras, en el jardincillo soleado del exterior.

– ¿Qué manos podrían escribir expresiones como aquellas?, pensó. Decían que por la letra se podía conocer a una persona; dependiendo de su caligrafía, de las formas de los caracteres, de la limpieza de sus expresiones… Nunca había visto una letra tan cuidada en un chico, tan misteriosa y embriagadora que anhelaba descubrir entre líneas alguna otra señal que hubiera podido esca­pársele al leerla.

Transcurrieron los días y, con ellos, las esperanzas que su misterioso admirador diera señales de vida. Seguía pensando en él, intentando descubrir quién era el que le hacía sentirse observada, pero se había vuelto tan expectante que ya no dejaba a solas su carpeta; permanecía al acecho, cual ave rapaz sobre su presa, eliminando así la remota posibilidad de ver saciada su curiosidad.

Había identificado todas y cada una de las letras de sus compañeros de clase, no correspondiéndose ninguna de ellas a la de la carta. Por su cabeza ya comenzaban a pasarse otras ideas: ¿Y si se trataba de una chica? Podía ser posible, pero el género de la carta no albergaba lugar a dudas: era masculino, a menos que ésta tuviera tan asimilada su condición que olvidara su propia naturaleza…

Decidida a no dejar que su cabeza se convirtiese en un hervidero de preguntas sin respuesta, desistió en su intento. Fue entonces,  debido esas argucias incomprensibles del destino, cuando le pasaron unos apuntes de un antiguo estudiante de Ingeniería, ahora profesor, para facilitarle la resolución de los dificilísimos problemas que solían preguntar.

Al principio no cayó en la cuenta de la similitud entre las letras, pues éstas se encontraban ligeramente inclinadas, mientras que las de su amorosa revelación estaban derechas, pero fue en el preciso instante en el que recogía sus apuntes, una vez aprobada la asignatura, cuando se percató de quién se trataba su secreto admirador. Ahora encajaba todo, comprendiendo que la peculiar simpatía que sentía hacia él como persona no se debía a la forma en la que impartía su asignatura, sino que había algo más, nacido y corroborado por esos sentimientos enaltecidos materialmente en su carta.”
 

Admiró su relato, imprimiéndolo y corrigiendo los posibles fallos que éste pudiera tener. Como siempre, tuvo la sensación de no superar el aprobado, pero no era ella quien debería juzgarlo, porque con sus creaciones no podía ser ecuánime. Para Aurora, cada relato era un mundo, en los que ponía todo su saber y su experiencia como si le fuera la vida en ello, aunque era consciente de sus limitaciones.

– Al menos – le susurró esa golondrina voz – ahora tienes una excusa para ver a tu amado. Le puedes llevar el relato y, mientras él recorre con esos ojos negros las líneas de éste, tú puedes admirar todos sus movimientos, su forma de vestir, las formas de su cuerpo, memorizándolos para, quién sabe, qué relato o novela que puedas llegar a crear.

Te odio. ¿Por qué no me dices algo bonito, para animarme, en vez de echarme en cara mi desgraciado amor no correspondido?

Volvió a mirar al enorme despertador de Mickey Mouse, descubriendo desconsoladamente que habían transcurrido ya el periodo que se había marcado para su creación literaria, acercándose peligrosamente al tiempo en el que se debería haber duchado. Grabó el archivo y salió corriendo en dirección al baño. Parecía mentira, pero siempre le ocurría lo mismo. “Una hora de creación equivale a tres horas de tiempo real”, se decía, y era cierto.

¿Cómo lo podría llamar?

Curiosamente, y como le había ocurrido en innumerables ocasiones, era precisamente en la ducha cuando, surgido de algún rincón de sus dentritas, una lucidez embargaba a sus neuronas y la inducía a crear el título de su obra. Unas veces, eran rocambolescos y estrafalarios encabezamientos que, rubricados con la letra de su procesador de textos, hacían al relato único e inconfundible, distinguiéndolo de cualquier otro que la hubiera querido imitar; pero en otras ocasiones, la denominación que lo encabezaba bastaba para capturar la atención de todos aquellos que posaran sobre él sus miradas, porque era un nombre tan misterioso como embriagador.

En esta ocasión, y en el mismo momento en el que se estaba enjabonando sus cabellos con ese champú de finas hierbas que le conferiría una sensación de frescor al ser mecidos por la brisa nocturna que soplaba esa noche, se le ocurrió el título: “Perseo”, por la magia de los mitos griegos que capturaron la atención de todos aquellos que se sintieron atraídos por su lectura en los tiempos pasados.

– Eres tonta. ¿Para qué vas a perder el tiempo con él si no te hace ni caso? Verás como tengo razón, y luego vienes suplicando un perdón y una reconciliación para que te vuelva a aconsejar sobre tu vida.

¡Olvídame!

Por fin, escuchó el sonido del timbre de su hogar: eran las nueve en punto. Le había dado tiempo acicalarse convenientemente, con su pantalón de pitillo y el chaleco labrado que hábilmente le había sustraído a su hermana gemela, formando un anaranjado conjunto que resplandecía bajo la araña del salón; su madre, puesta al tanto de lo que esa noche significaba para ella, le había prestado el exfoliante labial que con texturas ligeras eliminaría suavemente las pielecitas secas de los labios, dejándolos con un tacto suave y aterciopelado, con un aspecto sano, fresco y rejuvenecido. Siguiendo su costumbre, no le haría demasiada falta pintárselos, pues la belleza natural que éstos tenían fue más que suficiente para dejar de una piedra a un sorprendido Mateo, que en esa ocasión no le consiguió hacer sombra alguna, pero que bajo el exquisito trazado del lápiz perfilador conseguía el objetivo anhelado.

Mateo no pudo evitar contemplar esa maravilla de la naturaleza que se le había materializado al otro lado del salón, deteniéndose bajo la sombra de ojos que tan sutilmente realzaba más aún su rostro, careciendo de la voluntad necesaria para apartarlos de allí. Hubiera querido examinar sus curvas, pero en ningún lugar de su ser halló la fuerza suficiente para hacerlo.

– Qué guapa estás, Aurora.

– Gracias, Mateo.

En ese mismo instante, percibió su fragancia. Aunque no se había acicalado como era su costumbre, podía advertir su colonia impregnada en sus ropas, pero las palabras de su madre resonaron en el interior de sus pabellones auditivos: “Recuerda, hija mía, que al igual que lo hueles tú, él te huele a ti. No podrás captar el aroma al que tus nervios vomeronasales se han acostumbrado, pero el reconocimiento de ambos será mutuo”.

– ¡Humm! ¡Qué bien hueles! – exclamó Mateo.

Aquello le hizo sentir una excitación desmesurada en su cuerpo, tanto que apenas pudo controlar el leve nerviosismo que se apoderó de todo su ser, y que durante toda la noche la mantuvo en una espera constante.

Tras la cena, anduvieron por el Paseo Marítimo de la ciudad, contemplando las bioluminiscentes boyas que marcaban la línea del fondeadero, junto con las luces de los dos petroleros que se divisaban en el horizonte, el eterno girar del faro y el regenerador de playas que se encontraba en el muelle, preparado para restaurar la arena perdida de las costas durante las turbulentas mareas que durante el invierno asolaron esa franja del litoral mediterráneo.

Como si de un sueño se tratase, bajo la atenta mirada de los potentes focos halógenos que iluminaban la costa y rodeados del débil pero incesante murmullo de las olas al acariciar las orillas, Aurora jugó su último movimiento, tomando las manos de él y dejando que la calidez de su cuerpo le hiciera sentir el latir de su corazón.

Mateo, sin saber cómo ni por qué, se vio abrazado a ella por la cintura, besándola en los labios durante un breve pero estimulante segundo, ante lo cual ella se arrellanó en sus brazos, mientras una despistada gaviota graznaba en la oscuridad de la noche, como si estuviera promulgando tal acontecimiento a los cuatro vientos.

 

Sonó el despertador: las nueve de la mañana. Y una sensación de placidez inundaba su alma. Se incorporó en su cama y, con la inquietud de haber creído que se trataba de un sueño, buscó incansablemente alguna prueba que le indicase que no se había tratado de una mala pasada, provocada por esa trashumante voz que la solía asaltar cuando menos se lo esperaba. Creyó oírla en el interior de su cerebro, diciéndole:

– ¿Qué? ¿Has disfrutado del sueño?

Pero allí no había nada. Lo único que quedaba era el relato de “Perseo” sobre su escritorio, sus ropas impregnadas de la fragancia de Mateo y la certeza de haberse extirpado la hidropesía con la que su conciencia la atormentaba a la más mínima oportunidad

 

 

 
(R) 1998. Alejandro Cortés López

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Ale Cortés

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