Literatura

Nunca Bromees Con El Diablo (Terror)

Nunca Bromees Con El Diablo (Terror) - Literatura

Nunca bromees con el diablo.

Lo bueno de las bromas es que por lo general, suelen ser muy divertidas. Lo malo de las bromas, es que a veces se salen de control y pasan de ser algo gracioso, a convertirse en una terrible pesadilla.

Claudia era una chica dulce, inteligente y de buenas costumbres. Tenía el clásico prototipo de princesa de cuento. Su cabello era largo y liso, color negro azabache, sus mejillas eran rosadas y su piel era hermosa. Sus ojos negros estaban llenos de vida y estaba tan solo a cinco días de cumplir sus quince años. Supongo que nunca sabremos si llegó a alcanzar esa edad.

A pesar de sus atributos, Claudia no era feliz. Su madre había muerto tres años atrás, y desde entonces su padre no había sido el mismo. Se había vuelto sobreprotector, al punto que controlaba de cerca todas sus actividades y amistades. La chica estaba asfixiada.

Claudia perdió la paciencia cuando llegó a casa más temprano de lo usual y encontró a su padre intentando abrir su tan preciado diario, el cual estaba resguardado únicamente por un diminuto candado que impedía que algún curioso pudiese leer su contenido. La chica se enfureció, pues el diario había sido un regalo de su madre, y era la única herramienta con la cual podía desahogarse. Esa tarde, decidió que su padre necesitaba una lección.

La jovencita se dispuso a comprar un diario idéntico al que tenía y comenzó a escribir en él toda clase de obscenidades que realmente no había cometido.  Escribió sobre un supuesto novio mayor de edad, con el cual tenía relaciones sexuales a escondidas. También habló sobre las drogas que consumía, sobre cómo se metía a las tiendas a robar ropa interior sexy, y sobre las supuestas fiestas a las que acudía cuando su padre se quedaba dormido, pero faltaba algo. Decidió añadir la cereza del pastel. Claudia escribió que adoraba al diablo desde muchos años atrás. Decoró las páginas del diario con pentagramas y cruces invertidas, incluso plasmó algunas frases diabólicas en latín, que buscó en el internet.

Su obra maestra estaba lista. Ahora solo debía hacer que su padre mordiera la carnada. Dejó el falso diario en el mismo lugar del anterior y colocó la pequeña llave en un lugar sutil, en el cual parecía que había sido olvidada.

Al día siguiente partió a la escuela con toda normalidad. Efectivamente, su padre cayó en la trampa y cuando la traviesa chica volvió a casa, las cosas estaban realmente complicadas.

Claudia entró a la casa bastante nerviosa, pues no sabía cómo reaccionaría su padre a la travesura. Portaba su verdadero diario con ella para usarlo como evidencia en caso de que su padre no le creyera, el problema era que su padre no estaba allí. En su lugar, había una monja vieja y arrugada, que esperaba con rostro consternado, sosteniendo un rosario mientras rezaba en el sofá…

-¿Quién es usted? – Preguntó la jovencita con rostro de confusión. – Soy la madre Eva María, directora del convento de San Carlos. Me temo que tengo malas noticias para ti, Claudia…

-¿Dónde está mi padre? – Preguntó la chica, con ojos llorosos…

-Por fortuna tu padre está bien. Tuvo algunos problemas con su presión arterial y estuvo a punto de sufrir un infarto, pero ahora se encuentra estable.  Me contó sobre tu diario, me suplicó que te admitiera en mi programa para jovencitas problemáticas y con gusto accedí a ayudarte. Tengo autorización para internarte por unos meses, hasta que podamos mejorar tu conducta…

Claudia no lo podía creer. No solo había estado cerca de matar a su padre, sino que además se había ganado un boleto directo a un internado. Su vida no podía ser peor, o al menos eso pensaba.

Luego de llantos y pataleos, Claudia no pudo más que obedecer a la madre Eva María. Partió rumbo al extraño y antiguo convento ubicado a las afueras del pequeño pueblo y finalmente arribó al lugar.

Se trataba de una estructura vieja, que alguna vez había sido un monasterio. Estaba construido con piedra y su forma era similar a la de un pequeño castillo, custodiado por grandes muros de roca sólida. Pocas ventanas, aire puro y mucho silencio. Era bastante tenebroso en realidad.

La madre Eva María se mostró cariñosa y comprensiva durante todo el proceso. Llevó a Claudia a su habitación y se puso a la orden para cualquier necesidad. Al día siguiente comenzarían su tratamiento.

La jovencita se sentía sola y triste. Su cuarto no tenía ventanas, solo un viejo candelabro alumbraba el lugar. La cama era bastante incómoda, no tenía acceso a su celular, internet o a ningún contacto con el mundo exterior. Estaba preocupada por su padre, se sentía culpable.

Se hacía tarde y era hora de dormir. Cerró los ojos intentando descansar, cuando escuchó una voz grave que venía de afuera. Hizo una pausa para escuchar mejor, era la voz de su padre. Salió corriendo fuera de la habitación, pero no vio a nadie.

Caminó a través del oscuro pasillo y observó a una de las monjas que se encontraba dando una ronda nocturna. Se acercó a la mujer para preguntar por su padre, pero la reacción de la religiosa fue más que sorprendente.

La señora la miró con rostro de incredulidad y comenzó a gritar y a llorar desaforadamente. Quedó paralizada frente a Claudia, quien la miraba con rostro de asombro. Varias monjas acudieron al lugar, incluyendo a la madre Eva María. Súbitamente, la descontrolada monja comenzó a levitar aproximadamente un metro sobre el suelo ante la mirada atónita de todos los presentes. Su mano se extendió señalando a la pobre Claudia, mientras la acusaba de ser el demonio en persona. Gritaba impetuosamente que Claudia estaba poseída y que ella era quien la estaba levantando del suelo, pedía a sus colegas religiosas que hicieran algo para detenerla, mientras Claudia estaba paralizada, confusa y muerta de miedo.

Un minuto después, la monja bajó misteriosamente de vuelta al suelo. Comenzó a llorar aterrada mientras le contaba a sus compañeras como había visto la silueta del maligno claramente fusionada con el cuerpo de Claudia y que había que hacer algo para detenerla.

Claudia intentó defenderse, alegó que no tenía idea de qué había pasado y que ella no era responsable de lo ocurrido. Las monjas la miraban con rostro de incredulidad e inquisición. La madre Eva María decidió que debían llevar a Claudia al cuarto de aislamiento, en dónde esperaría por un sacerdote para exorcizarla. La joven estaba aterrorizada y no tenía idea de lo que estaba pasando.

La llevaron a una mazmorra oscura y tenebrosa. Se notaba que nadie la había habitado en mucho tiempo, estaba en el sótano del lugar. Había un camastro viejo en el medio de la habitación, la acostaron boca arriba y le ataron las muñecas y los tobillos para que no pudiera escapar. Las monjas seguían hablándole con suavidad y cariño, a pesar de que la estaban inmovilizando quien sabe con qué intenciones. Finalmente, la dejaron sola para esperar al sacerdote.

Claudia no paraba de llorar y de gritar intentando explicar que todo era un malentendido, cuando se abrió nuevamente la puerta. Era la madre Eva María, venía con una enorme sonrisa en el rostro…

-No llores más, mi niña. Todo va a estar bien… – Indicó la anciana con tono condescendiente… – Debiste saber que jugar conmigo nunca deja nada bueno. Ahora no hay nadie que pueda ayudarte, y así como tú te divertiste con una broma pesada, es tiempo de que yo también me divierta…

-No entiendo a qué se refiere… – Afirmó Claudia mientras intentaba levantar la cabeza para poder observar bien a la monja. El cuarto estaba oscuro, pero había una pequeña luz que emanaba de los ojos rojizos de la madre Eva María. El corazón de Claudia comenzó a latir a toda velocidad mientras experimentaba el más intenso terror que había vivido durante su corta vida…

– La verdad, no termino de entender a los humanos. – Exclamó la madre mientras caminaba con lentitud. – Tu padre y tú, solo se tienen el uno al otro, y sin embargo, tu padre prefiere violar tu confidencialidad y tu prefieres jugarle una broma pesada, en lugar de simplemente, ¿conversar? ¿No podían solo conversar? ¿No hubiese sido más fácil?

Así que, ahora lo sabes, ¿verdad? ¿Sabes quién soy? En tu diario mencionaste que me adoras… Me queda muy claro que el mal se ha apoderado de ti, además tengo testigos. Estás poseída y debemos exorcizarte, así que yo me encargaré personalmente. Te haré sufrir hasta que tus demonios abandonen tu cuerpo…

Claudia comenzó a gritar a todo pulmón y a moverse sobre el camastro como lo haría una lombriz de tierra ante la lupa de un niño ocioso, mientras la monja se acercaba lentamente para torturarla. La malvada mujer levantó su brazo derecho y éste se convirtió en una brasa ardiente, con la cual tomó con firmeza la muñeca derecha de Claudia. La chica agonizaba mientras veía indefensa como la piel de su brazo se cocinaba sin ningún remedio, ante las carcajadas tenebrosas de la infame madre superiora. Luego comenzó a acariciar todo el cuerpo de la adolescente, calcinando lentamente la mayor parte de su cuerpo. Este proceso duró varios minutos, pues Claudia se desmayaba con frecuencia por el extremo dolor. La madre Eva María esperaba a que volviese en sí para continuar con su tortura.

Claudia sabía que estaba condenada. Sin embargo, ocurrió algo inesperado. Desde afuera de la mazmorra, se escuchó una voz muy conocida y alarmada. Era su padre, quien golpeaba desesperadamente la puerta exigiendo ver a su hija.

La brasa ardiente del brazo de la monja se extinguió. La anciana se acercó hacia el rostro de Claudia  y le dijo: “Nos veremos pronto…” Luego, emitió una profunda carcajada y súbitamente, desapareció.

Su padre entró al pequeño cuarto y al observar a su pequeña sufriendo, la liberó rápidamente y procedió a sacarla del lugar, aunque no podía explicarse lo que había pasado. Claudia fue llevada a toda prisa al hospital para atender sus quemaduras. El médico indicó que estaría bien, aunque era obvio que llevaría para siempre unas feas cicatrices producto de las heridas que había sufrido.

Había estado en observación durante toda la noche. A la mañana siguiente, su padre entró a la habitación para visitarla, pero Claudia había desaparecido sin dejar rastro. Nunca se pudo explicar cómo logró salir del hospital sin que nadie la viera, tampoco se sabe de dónde salió el pequeño diario que estaba sobre su cama, el cual contaba la historia de lo que había hecho y vivido desde que decidió jugar su pequeña broma. Lo cierto, es que nunca volvimos a saber de ella. Ésta es la historia que Claudia dejó escrita en su diario, terminaba con una nota al final que decía:

“Nunca bromees con el diablo”

 

 

 

 

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psmontillax

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