Literatura

Nunca es tarde



Nunca es tarde - Literatura

 

Nunca es tarde

Y miré la luz del nuevo día, aquel que cálido acaricia la mirada de los niños, aquel que ilumina las pupilas de las personas ansiosas de esperanza; ansiosas de vivir.

Cada día doy gracias a la vida misma que me permite hacer lo que tanto quiero y me gusta.

Tengo un trabajo lindo que me gusta desempeñar, tengo unos hijos maravillosos que son la luz de mi vida, la chispa misma que se aviva en mis ojos.

Sé que no todo es perfecto en esta vida; hasta el punto en que entendemos que somos merecedores de las mejores cosas que nos ofrece el Universo, porque están aquí, al alcance de todos; pero estamos tan cegados a veces por lo que nos han enseñado, que no miramos las hermosa señales que están ahí para nosotros.

Es donde, pues, he aprendido; el valor que en realidad tengo como persona, como mujer.

He soportado muchas cosas; digamos no tanto como otras y mucho más que otras; no es cuestión de juzgar ni de hacer competencias fuera de lugar.

Si he derramado más lágrimas o menos que otras personas, he vivido mis duelos, he vivido mi dolor.

Primero con una madre que nunca me aceptó y por el hecho tan simple de estar pasada de peso desde niña, me ofendía tanto, que me escondía a llorar debajo de unas desvencijadas escaleras de madera; ese era mi lugar secreto, mi lugar favorito para desahogarme de mis tristezas y para aminorar el dolor por el rechazo de mi madre.

-¡Niña gorda! ¡Mantecosa! ¡Sofocada! ¡Panzona!- me repetía una y otra vez, burlándose de mí; haciéndome llorar casi a diario y ni que decir se le entregaba malas calificaciones -¡Estúpida! ¿Cuándo vas a hacer algo bien? ¿Crees que vas a lograr algo en tu vida? Si eres una mediocre-

Palabras que nadie se imagina que salgan de los labios de una madre, una madre siempre tiene que ser amorosa, comprensiva, dulce; algo así como una hada madrina, con una mirada tan tierna que te reconforte de las penas; pero mi vida no fue así.

Crecí tan insegura y desvalorada; que siempre me creí poco inteligente, poco agraciada o nada bonita.

Me llené de noviazgos tóxicos, donde los celos y los gritos eran el plato fuerte de cada relación y decía para mis adentros que si un chico estaba celoso, en cierta forma era porque me quería y eso era para mí fabuloso ¿Quién te puede demostrar el amor así? A base de gritoneos, jalones en los brazos, llantos desmesurados que me desgarraban el alma, haciendo recordar de nuevo aquellas humillaciones que sufrí cuando niña.

Tuve la fortuna de estudiar una carrera técnica la cual me gustó mucho y de conseguir un excelente trabajo, contrario a mi personalidad claro, pues siempre he sido minimizada en mi inteligencia y el trabajo que desempeño está relacionado con el área forense.

Crímenes, delitos muy fuertes, cruentos que se salen de todo límite sanamente humano y aquí estoy, haciéndome la fuerte, en este tipo de trabajos hay que suprimir un poco las emociones; no dejando del todo, a un lado el calor humano.

Bueno… y aquí viene una continuación más de mi historia.

Me casé con un hombre que desde novios me dio muchas señales de ser una persona tóxica, no entiendo si yo estaba enamorada o erróneamente lo que buscaba, era de salirme del yugo de mi madre tan dominante; en sí, creo que fue lo segundo.

El padre de mis hijos, desde nuestro noviazgo, era extremadamente celoso, no soportaba mirar si yo hablaba con algún compañero de trabajo; llegaba con un gesto de tal desagrado y comenzaba a jalonearme ahí, delante de todos.

¿Qué podían hacer o qué podían impedir si yo misma aceptaba ese tipo de violencia?

Tampoco en las fiestas podía yo bailar si algún amigo de la familia o algún conocido me invitaban a bailar.

Él desde lo lejos y con una mirada amenazante me miraba advirtiéndome las consecuencias  si le desobedecía y caramba si le tenía miedo.

Más de cinco veces me golpeó, si… lo admito y sé que no está bien, ahora que mi mente está en un cambio muy grande, me pregunto ¿Por qué soporté tanto? ¿Por qué lo permitía? Yo no merecía eso y mucho menos mi pequeñita, que en ese tiempo tendría unos cuatro o cinco años.

Sé que nunca es tarde para alejarnos de quien nos causa tanto daño y una y otra vez pensaba en aquellos tiempos en separarme de él y así se lo hice saber; pero su respuesta siempre fue un rotundo “NO”

Su veneno, poco a poco comenzó a invadirme, siempre he sido muy alegre y dicharachera a pesar de las circunstancias; mi forma de pensar es, que los demás no tienen culpa alguna de los problemas que nosotros mismos atraemos y que siempre nos aquejan.

Así mismo, mi familia no sabe nada de tanta misoginia ni de tantos maltratos; pero aun así, no lo quieren ver ni en pintura.

Los golpes ya no se presentaron, pues entre llanto me juraba y perjuraba ya no volverlo a hacer y lo ha prometido… hasta ahora, sí.

Hubo un tiempo, en que él se fue a trabajar a provincia; cerca de seis meses estuvo fuera de casa, en ese entonces mi hija y yo fuimos muy felices, pues la toxicidad de su padre no se respiraba por aquella nuestra sencilla casa.

Una casa sencilla pero llena de tranquilidad, llena de cariños de mi hijita, mi princesita y yo.

Cuándo él regresa, llegó en cierta forma transformado, renovado.

Ya no era aquel troglodita gritón que hasta se enojaba porque el desayuno no quedaba como él lo requería.

En cierta forma era comprensivo y dulce, así que decidimos traer al mundo a otro bebé.

Mi princesa ya tenía once años cuando su hermanito llegó, en medio de un parto muy difícil y a punto de perder la vida, mi pequeñito nació, con baja reserva fetal y al pasar de los años lo diagnosticaron con autismo leve.

Han sido terapias, deportes para que vaya rompiendo barreras de lenguaje, psicomotricidad y aprendizaje y con él aprendía mirar el Mundo de diferente manera, a sentir el amor de modo distinto, a ser más paciente y empática, a dar gracias por todo lo que tengo y lo que hasta hoy he sido.

No me importa si la relación con mi esposo se esté yendo en declive, desde hace mucho que ese amor ya murió; le ayudé a tener una carrera, le ayudé en la enfermedad y la muerte de su padre, lo que menos quiero es que me agradezca; más le agradezco que bien sé que viene una separación inminente.

Sé que en un principio tal vez me duela su ausencia, pues a últimas fechas se ha comportado como el hombre del que hubiese sido excelente haberme enamorado.

Protector, atento, proveedor de la casa y asiduo padre de familia; sólo que hace aproximadamente cuatro años él dejó entrar a alguien más en su vida y al parecer entre ellos marcha todo bien; pues a pesar que yo lo enfrenté y le reclamé tremenda infidelidad; pues su novia es vecina de nosotros y le conozco bien; ellos siguen juntos y no, ya no me duele como antes; sólo pido mi libertad, quiero disfrutar a mis hijos, disfrutar de mi compañía, disfrutar de mi casa y de lo que me gusta hacer… tantos sueños que tengo por cumplir y sé que nunca es demasiado tarde, tarde cuando llega la muerte y mientras ella no me llame, cada día agradezco un amanecer, una luna radiante y llena, el rumor del viento tocando travieso las copas de los frondosos árboles, los besos y los abrazos de mis hijos ¿Qué más puedo agradecer?

Le dejo el camino libre, para que rehaga su vida de nuevo; aún es fuerte, pero dolor ya no siento y no me siento desplazada por ella, pues ella está queriendo algo que yo dejé de amar hace mucho tiempo.

Quiero volar, quiero viajar, ser libre y amar a quien me ame libremente; así… sin ataduras, sin complejos, sin celos de nada, que valore lo que hay en mí.

Ahora sé la importancia del amor propio y me vuelvo a preguntar ¿Por qué soporté tanto? ¿Por qué dejé que dañara también a mi niña? Quien recibió también insultos y golpes, desconozco totalmente a la mujer que fui apenas hace algunos años.

Sé bien que no es tarde para conocer otros cielos, para ver de diferente manera la noche, porque sé que mi libertad me está esperando y ¿Sabes? Para emprender el vuelo nunca es demasiado tarde.

 

 

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Acerca del autor

María Elena Fernánde Quezada

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