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Óbito

El 18 de enero de 1997 falleció mi mujer. Estaba recostada en nuestra cama. Tenía la sangre medio fría, los poros de la mano con nicotina, sus labios abiertos y una mirada vacía. En ese momento supe enfocar mi dolor y desesperación a un punto convergente que me hizo levemente gemir.

Miedo. Si algo debí tener ese día seguro era mucho miedo, ya que había un muro que se había construido en frente de mí. Un muro figurativo donde estábamos separados los dos. Y todo a su vez parecía esfumarse. Yo no quería dejar lo más importante que había obtenido en mi vida. Sin embargo estaba viendo cómo se iba y al mismo tiempo era consciente que no podía producir alguna acción para ayudarla, porque simplemente no podía hacer nada. Corrí hacia ella, como quien por desesperación quiere respirar.

Fui la única persona que estaba a su lado y la única que ella quería tener cerca para conversar o compartir cosas importantes, como por ejemplo en mi cumpleaños; ella me había obsequiado una taza hecha artesanalmente con sus propias manos y se lograba notar que estaba mal envuelto en papel. Pero esa era la magia. No importaba realmente que estuviera o no, bien envuelto. Lo importante era que ella tenía una intención que pocos pueden tenerla en esta sociedad emponzoñada.

Vi cristales y jeringas esterilizadas ese día. Una gota de sangre se asomaba a verme. Es curioso. Siempre fuimos conscientes que aquel día iba a llegar, pero nunca estuvimos listos para afrontarlo. El miedo a la muerte. El beso de la parca en la mejilla. El apretón de manos cuando te despides. Todo era muy repentino y muy raro.

_Fallecer nos quita la libertad, nos hace de nuevo una pre-existencia. Simplemente nos vuelve a la nada_ Le dije, despidiéndome de ella con voz temblorosa y mirando sus ojos que mostraban a una niña indefensa.

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Geraldinsky

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