Literatura

Olokun La Profundida Del Mar



Olokun La Profundida Del Mar - Literatura

Aquel hombre era humilde, de sencillez tremenda y muy trabajador con ansias de materialismo pues como todos sentía que debía saciar sus necesidades con el brillo cegador de maravillas banales. Fue entonces conocido Orisáokó, el labrador que lo perdió todo y todo lo ganó.

Una tarde luego de laborar arduo el arado, Orisáokó, decidió pasear por las orillas del mar que se encontraba cerca de sus tierras. Con cada paso sus huellas se marcaban en la arena y un sentimiento de placer le relajaba al sonar de las olas tranquilas. Al largar la vista entre el titilante resplandor del sol rojizo, distinguió la silueta de una mujer que con curvas espectaculares y un cabello de increíble hermosura salía goteando el agua fresca del mar azul que transparentaba sus ropas dejando ver los sensuales frutos redondos de su desnudez humana.

Asombrado de lo que veía y creyendo que solo era un espejismo producto en parte por el cansancio y en parte por el estasis del paisaje, se acercó para preguntarle quién era ella y de donde venia, pues jamas le habia visto. Para quedar más prendado al verla al rostro sus ojos de color ámbar reflejaron a un hombre rendido ante la belleza de tal prodigio.

– Me llamo Olokun y soy hija de Obatalá- contestó desde las orillas donde arrodillada trataba de escurrir su cabellera larga.

Sus miradas cruzadas entre sí fueron testigos de un gusto inminente tanto del hombre por la mujer como de la mujer por el hombre. Así que esa noche Orisáokó no pudo dormir, solo pensaba en la soledad de su cama en lo escultural de su cuerpo y la belleza de su rostro.

Al día siguiente, el labrador no fue a su arado, fue a la casa de la loma donde habitaba Obatalá el padre de la hermosa mujer, al llegar allí luego de saludar y rendir los honores correspondientes como era la costumbre, le solicitó en matrimonio a su hija la que habitaba en el mar. Obata pensativo y taciturno hizo silencio por un rato y luego le contestó:

– Entiendo que estés cautivo de la hermosura de mi hija pero debes saber que mi hija esconde grandes secretos que aun ni yo que soy su padre puedo saber. Para nosotros los hombre no es cosa fácil saber que nuestra mujer esconda algo por mas intimo que sea. ¿ Estas tú dispuesto a soportar sus secretos y a respetar todo lo que desconoces de mi hija? – Preguntó el anciano con una mirada de angustia.

– Jamás he visto belleza humana tan perfecta, y estoy dispuesto a tomar en cuenta todas tus consideraciones, aceptar sus más secretos afectos y errores, si es que ella pueda tener alguno – respondió con voz firme y enamorada el agricultor.

– Solo te dare mi autorización para que te cases con ella con la condición que te comprometas a no despreciarla jamás por ningún defecto – pues el anciano sabía de una anormalidad en su fisonomía humana que solo él y su hija sabían. Ella tenía la dualidad del sexo.

Orisáokó aceptó sin más y muy contento la hizo su mujer. En la noche de bodas mientras comenzaba el tributo nupcial, se percató de su defecto físico el cual lo dejó perplejo y sorprendido totalmente pero ya todo estaba jurado y prometido y el labrador tenía que cumplir con lo acordado entre él y su suegro.

Con el tiempo aquel juramento se fue consolidando y con gran pesar y amargura Orisáokó seguía cultivando sus tierras mientras que la mujer de hermosos rasgos vendía en el mercado los frutos del trabajo de su comprometido esposo. Sucedió que un dia, la mujer no pudo vender la cosecha, al llegar a casa, sin las ganancias esperadas, el agricultor estalló en cólera y cegado por la ira reclamo con fuertes palabras la ineptitud de su compañera, tal fue la magnitud de su ira que olvidó el compromiso pactado con el anciano padre de la mujer y terminó por recriminarle su defecto fisco.

– ¡Mujer tu no has sabido cumplir con tus deberes y ahora vienes a mi con grandes pérdidas en nuestro patrimonio, no solo debo aceptar tus secretos y tu ineptitud sino que también debo convivir con la aberración de tu dualidad sexual… como lamento haberte conocido Olokun!

Mientras el hombre enardecido por la rabia gritaba improperios en su contra, la mujer solo tenía en su mente aquel momento en que ese mismo hombre que hoy le recriminaba, la enamoraba en las orillas del mar. Al escuchar las palabras hirientes de Orisáokó, Olokun se marchó envuelta en llanto y muy triste al mar donde sus lágrimas y lamentos fueron colmando los bordes del océano a tal magnitud que comenzó a crecer sus aguas e inundando todo a su paso.

Al pasar de los días, y viendo que el desastre inminente no cesaba,  Orisáokó comenzó a reflexionar y sintiendo arrepentimiento por lo que había causado con su torpe ira, recurrió al diálogo con su anciano suegro para que intercediera y evitará más desastres, pues ya los sembradíos estaban anegados y era cuestión de pocos días para que el hambre se apoderara del reino.

Partió el hombre con mirada de pena al la montaña más alta donde vivía Obatala para solicitar su ayuda y perdón.

– Gran señor de la cima vengo hasta ti para implorar tu perdón pues con mi falta ofendi a la mujer que amo, a la mujer que vine a buscar sin sospechar que su malformidad haría de mi vida un infierno de desamor y pesadumbre… Gran señor de la loma perdoname si falte a mi palabra con mis mismas palabras, intercede ante Olokun para que sea perdonado y cese la tragedia en la tierra.

Ya el anciano sabía lo que pasaba y en el fondo sentía culpa pues pudo advertir al agricultor de manera más específica de lo que él sabia pero no podía revelar, una gran incertidumbre lo acongojaba.

– Orisáokó, hemos hecho un gran mal, yo por no haberte advertido de manera más específica y tu por la ira y la pena. Haré todo lo posible para resolver semejante daño pero tu debes hacer algo tambien, se que encontraras la manera de reparar todo esto.

El sentimiento de Olokun ya había pasado de tristeza al enojo por la dureza del juicio del hombre que tanto amaba la bella mujer.

– Olokun!.. hija mía, yo te he cuidado y aceptado con mi vida y mi corazón, te pido por lo que más quieras que pares esta locura de venganza. Si alguien debe pagar las consecuencias, ese debo ser yo por no advertir a Orisáokó de tu fisonomía varonil, esa que solo se expone en los momentos de mayor intimidad por la aceleración de tu ser femenino que invita a tu yo más interno a manifestarse sin control alguno.

– Baba! vete de mis previos tú no eres culpable de protegerme en la forma que lo hiciste, pues tu fidelidad era para conmigo y no con nadie más, es la ira la que me ciega a mi en esta oportunidad y ya no hay nada que puedas hacer. Que la tierra entera sepa de mi poder y mi ira para sentar un precedente ante los humanos que van por allí diciendo cosas sin pensar y pensando sin hablar. Que la faz de la tierra sepa quien es Olokun – esa fue la respuesta de la herida mujer que ya no lloraba sino que agitaba con fuerza sus aguas desde lo más profundo de su ser.

Este Pataki tomado de la literatura Afrocubana nos lleva a pensar en dos factores de gran importancia para la convivencia humana: el respeto y la comunicación. Cuando revisamos el comportamiento de los personajes de esta pequeña historia, veremos que un hombre es capaz de aceptar cosas con las que jamás ha pensado encontrarse dejándose llevar por el capricho de poseer lo que se le antoje, esto desde luego por la soledad o falta de formación temprana llevándonos a profundos traumas por los arrebatos sentimentales o materiales. Así vemos cómo la humanidad al pasar del tiempo no tiene herramientas suficientes para orientar la búsqueda de su felicidad desconociendo los peligros del camino y olvidando el respeto a sí mismo o al resto de su entorno.

Aceptar las condiciones, características, comportamientos y otros atributos de las personas, quedamos limitados, a que tanto conocemos de estas razgos en las personas, pero también al crear tabues debemos conocernos a nosotros mismos, para conocer los limites de aceptación y si realmente estas limitantes pueden socavar nuestra relaciones interpersonales y sociales.

La comunicación es esencial para compartir y relacionarnos con todo nuestro entorno, muchas veces cometemos el error de omitir detalles de suma importancia creyendo que con eso estamos cumpliendo con la fidelidad al prójimo y en otras tantas oportunidades comunicamos de más información de nuestros semejantes, creyéndonos tener mayor virtud que ellos. Vemos que el resultado puede ser de catastrófico para la sociedad, en si para la familia más directamente para el hombre que ante situaciones de este tipo pierden la razón y cometen atroces erros arrastrando no solo  ha una personas ni a una familia o comunidad, en ocasiones a naciones enteras.

Mis muy estimados lectores religiosos y no religiosos no se pierdan la segunda parte de esta interesante historia donde veremos que pasará, quien pondrá fin a esto y cómo lograrán calmar la ira de una mujer maltratada que dijo llamarse Olokun La profundida del Mar

 

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Acerca del autor

Carlos Colmenares

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