Literatura

Pablo entre nosotros



Pablo entre nosotros - Literatura

Aunque habíamos empezado a sospecharlo mucho antes, quizá desde el momento en que nació, o incluso cuando aún estaba en el vientre de Sandra, vigilándonos, arrastrándonos a inconfesables antojos, a deseos que no habíamos sentido nunca, ese día, el de su tercer cumpleaños, nos convencimos de que algo no andaba bien con Pablo: al momento de pedir sus tres deseos, lo había hecho articulando las palabras en voz baja; la algarabía de los invitados cantándole el feliz cumpleaños había impedido que esas palabras fueran escuchadas, pero Sandra, inclinada frente a él para encender la vela, le había leído los labios.

Al principio no le creí. Esa noche, recuerdo, discutimos hasta tarde con la oscura y creciente sospecha de que, en su cuarto, a varios metros de distancia y con la puerta cerrada, Pablo nos estaba escuchando. Al otro día, Sandra me llama al trabajo y me dice que mire uno de los videos que alguien había subido a internet. Se trataba, por supuesto, de la fiesta de Pablo, del preciso momento en el que Pablo pedía sus tres deseos: lo habré mirado unas doscientas veces tratando de convencerme de que no había dicho lo que dijo, pero era evidente que sí lo había dicho.

Por un tiempo tratamos de olvidar lo ocurrido considerando que existía la posibilidad de que estuviéramos equivocados, de que solo se tratara de nuestra imaginación quizá un poco perturbada: ¡tenía tres años! Pero fue inútil: una tarde, Sandra sale del baño y se lo encuentra parado en el pasillo, quieto, callado, mirándola. Casi se desmaya. Por suerte, alcanzó a meterse de nuevo en el baño y no salió hasta que yo volví del trabajo. A los pocos días, aprovechando un mínimo descuido, Pablo se metió en nuestro cuarto. Lo descubrí mirando uno de los cajones del ropero, el de la ropa íntima de Sandra.

No podíamos seguir así. Decidimos que, por un tiempo, lo mejor para todos era encerrarlo con llave en su cuarto.

Una noche, Sandra se despertó llorando: había soñado, ¡y era tan real!, que Pablo estaba entre nosotros, acostado entre nosotros. Desde esa noche, no quisimos tener ninguna clase de intimidad mientras Pablo estuviera en la casa. Los únicos momentos de tranquilidad, en los que intentábamos recuperar nuestra relación de pareja, nuestra vida, eran las horas en las que Pablo estaba en el jardín. Como esperábamos, el comunicado de la maestra no tardó en llegar. Yo no tuve ánimo para ir. Sandra tuvo que escuchar lo que ya sabíamos de sobra: que el chico estaba raro, que no se relacionaba con los demás, que casi no hablaba. No tuvimos más remedio que aceptar la intervención de la psicóloga del establecimiento.

Pero Pablo no mejoraba. Una madrugada, escuchamos unos pasos tenues, astutos, que se acercaban a nuestra habitación. En la penumbra, ¿un leve movimiento del picaporte?, ¿un ojo en la cerradura? Cuando pude sobreponerme al temblor, abrí la puerta de golpe: nada. Corrí hasta la habitación de Pablo: dormía, o fingía hacerlo.

Pensamos en cambiar las cerraduras de todos los cuartos, pensamos en que uno de nosotros debería estar siempre despierto, pensamos en escaparnos, pensamos… Finalmente, lo atamos a la cama con una cinta de embalar.

Una mañana, mientras desayunábamos, llegó la policía. Preguntaron por Pablo. Entraron, lo desataron y se lo llevaron. Ya en el asiento del patrullero, rodeados de vecinos y de desconocidos que gritaban cosas inentendibles, comprendimos que era mejor así, que al fin podríamos librarnos de él. Antes de que el auto arrancara, alcanzamos a verlo. Estaba abrazado con su maestra. Lloraban. Sandra se llevó las manos a la cara para no verlo más. Yo no pude sacarle los ojos de encima, y en su gesto, en su mirada, en su boca, supe que nunca pero nunca nos dejaría en paz.

 

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Palimpsestus

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