Literatura

Pánico en el parque

Pánico en el parque - Literatura

El viento hacía que los árboles se fueran desnudando a cámara rápida; como si estuvieran exhibiéndose a la luz de la luna o, mejor dicho, como si lo estuvieran haciendo para ella. Entre el sonido del aire, la noche, y la soledad, María tenía la impresión de ser la protagonista de una película de terror de esas que tanto le gustaban. Solo que, esto era la vida real y no le hacía ni puñetera gracia.

 

“Quién me mandaba a mí quedar a estas horas y, encima, con alguien que no conozco” -pensó-. Desde que había roto su noviazgo no había vuelto a tener pareja seria, de eso hacía ya dos años, y cuando sus amigas la animaron a apuntarse a una agencia online no estaba muy convencida. Pero oye, por probar no perdía nada. Eso era lo que pensaba cada vez que se acordaba de lo que hoy estaba a punto de suceder. Conocería a alguien del que solo tenía referencias por medio de un chat. Ni siquiera sabía cómo era físicamente, aunque él tampoco sabía cómo era ella. Así lo habían decidido, que el físico estuviera en silencio y que fueran sus interiores los que hablaran.

Pero ahora, tenía miedo. ¿Y si resultaba ser un hombre peligroso? ¿Y si era un asesino en serie, un violador, o vete a saber qué? Desde luego; por sus palabras, por su tono de voz en el chat no lo parecía. Aunque, pensó, esos son los más peligrosos. ¿Y si se marchaba? ¿Y si se levantaba de ese viejo banco, lo olvidaba todo y, ya puestos, se daba de baja de la agencia? Su curiosidad le dio respuesta: no se marcharía, como una estúpida se quedaría ahí sentada, esperando a que el peligro la acechara. Aunque, eso, solo estaba en sus pensamientos: Sergio, en los encuentros virtuales, no demostraba ser un hermanito de la caridad; pero el primo de Satán, tampoco.

“¿Por qué se me ocurrió quedar a semejante hora, cuando podría haber quedado a plena luz del día? -se preguntó, mirando su reloj que ya marcaba las once menos cuarto de la noche. La cita era en punto. Había llegado demasiado pronto. Tal vez ese era el fallo: demasiado tiempo para pensar.

Cuando quiso darse cuenta, eran las once. Sacó el pañuelo blanco con estampado de flores; el cual se colocó de forma elegante, y un libro de Charlotte Link. Esa había sido la consigna para que él pudiera reconocerla. Miró a su alrededor y lo vio una estupidez, puesto que no había confusión posible. Él llevaría tejanos, jersey de cuello alto negro y una novela de ciencia ficción.

Estaba tan absorta en sus tenebrosos pensamientos, que no le oyó llegar hasta que le puso una mano en el hombro. El grito que pegó, igual lo oyeron hasta los muertos que se encontraban en el cementerio cercano al parque.

-¡Carlos, por dios, qué susto me has dado! -Miró a su anterior pareja asombrada-. ¿Se puede saber qué haces aquí y a estas horas?

-¿Y te lo preguntas, María? -dijo Carlos-. Fíjate en mí, anda.

María observó, y lo que pudo ver fue un hombre con tejanos, jersey de cuello alto negro y, entre sus manos, una novela de ciencia ficción: de esas que sabía ella que tanto le gustaban.

-Vaya. Veo que te has quedado sin palabras. ¿Qué te parece ir a nuestro rincón favorito? -Él se acercaba a medida que ella iba dando pasos de cangrejo, con el rostro desencajado por la sorpresa-. Solamente a ti se te ocurre quedar en este lugar. ¿Y si en lugar de ser yo hubiera sido alguien temerario?

-Dime que esto es una broma. -María, a estas alturas, optó ya por guardar la novela en su mochila-. Que, por cierto, no tiene ninguna gracia.

-¿Qué tal si vamos, como te he dicho, al bar de Sergio y te lo cuento todo? Aunque, a estas horas, será sin bravas. No creo que tenga ya la cocina abierta. Qué le vamos a hacer, será otro día.

-Está bien. Total, ya que estamos aquí. -María cogió la mochila y se la puso sobre los hombros.

-Venga, pues, vamos. -Carlos hizo un amago de agarrarle la mano, que ella rechazó.

Mientras iban andando, pensó que ya tendría tiempo de volver a conquistarla. El apuntarse en la agencia había sido el inicio. Lo había hecho con la única intención, como ella, de pasar página. Pero, cuando vio ese perfil, lo supo enseguida: era ella. Y, supo también, que solo con ella podía gritar al mundo el significado de esa palabra, a veces, tan temida: futuro.

FIN

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