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¡PAPÁ, TÚ NO ENTIENDES EL AMOR!

¡PAPÁ, TÚ NO ENTIENDES EL AMOR! - Humor

Ser padre o madre no es tarea de flojo, es un rol arduo e importante que casi todos venimos a cumplir en esta vida terrenal y más allá aun, porque inclusive Dios tiene el don de ser el padre de todos nosotros, lo cual ya es un tareón sumamente complicado, sin embargo él no se cansa de hacerlo y sigue teniendo hijos cada segundo. Sin embargo, hablando en términos particulares, ser padre duele y duro, más cuando nuestros hijos e hijas van creciendo y empiezan a ver el mundo desde sus cánones y dejan de verlo desde el nuestro, cosa que no ocurría cuando eran nuestros bebés todavía.
Ellos y en particular ellas, nos van enamorando en cada etapa que van atravesando con las cosas que dicen y las que hacen, son motivos de admiración de la familia y amistades que se embelesan viendo cada show del niño o la niña. Todos son bellos hermosos, los amamos, hasta cuando hacen travesuras, decimos que forma parte del crecimiento y aprendizaje del infante, les pegamos cuando nos hartan con las tremenduras, sí, lo reconozco, que me lleve la LOPNA, todos lo hacemos, no se hagan los wilys. Creo sin discusión que son los mejores años como padres, pero no sé si como hijos, ojo con eso; sí, los juguetes, el parque, las cositas, todo eso les encanta, pero sucede algo en la vida que los cambia para siempre, la vida es cruel y perniciosa, convierte unos hermosos angelitos que adoran el puchero, la maraquita, el helado en la camisa (la de ellos y la de uno), en unos monstruos con pepas en la cara, con pelo en sitios que antes no tenían, con nuevos gustos, nuevas modas y con desórdenes hormonales que nos ponen a sudar y a comer uñas al gusto.
El problema con estos adolescentes se manifiesta cuando esas hormonas empiezan a tomar forma de flecha de cupido y son lanzadas  sin control a cuanto Hermes y Afrodita ven por ahí, y como más sabe uno por viejo que por uno, nos damos cuenta de esas extrañas conductas y nos activamos como padres para tratar de controlar la situación, para entrar en lo que se llama teoría del caos, orden, desorden y autoregulación. Recordando que ya no son aquellos hermosos Bebés Gerber, aquellos príncipes azules de papá y mamá, ahora son una especie sui generis, ellos ahora creen que el mundo les pertence y nosotros somos intrusos, estamos demás y de paso, dos escalones por debajo, es decir,  son de mejor familia que nosotros.
Es fácil reconocer cuando nuestros hijos están pasando por una etapa que mi abuela solía llamarle de encabronamiento, enamorados pues, o al menos ellos dicen que lo están, de hecho lo juran y lo escriben en el cuaderno. Y digo que es fácil porque siempre fue difícil lograr que el muchacho se bañara completo, que se mojara algo más que los brazos, las piernas y el pelo; ahora se baña, se preocupa por estar emperfumado hasta para ir al baño, y la ropa ni hablar, si hasta empiezan parecer mayordomo francés, metido en Facebook con la bandeja llena de mensajes del otro espécimen que le corteja, viven de mal humor si no se les deja salir y se ponen en youtube a escuchar videos de “somos tú y yo”.
Pero querido lector, la fase terminal de esta situación, la que nos estremece hasta los tuétanos, es cuando ya es tarde para hacer algo. Me explico, cuando le descubrimos a nuestros hijos una aventurilla chiquitilla, mínima, que  no tiene la mayor importancia, porque decimos con agrado “son cosas de muchachos” y hasta le echamos broma al otro o a la otra muchachos o muchacha acerca del noviazgo con el hijo o la hija de uno, pero cuando le decimos “ahora sí hija, hablando en serio, deberías tener más cuidado con ese muchacho porque una cosa es el juego y otra cosa es que se lo tomen en serio”. Allí suscita un hecho sin trascendencia alguna en nuestra vida, la muchacha se para de la silla como con estupor y con las manos heladas, los ojos rojos, cachetes hinchados y toda temblorosa te dice: “Papá Tú no entiendes el amor”…tú quedas así como estupefacto, petrificado en tu asiento, lo escuchas como con eco intermitente, ves pasar las cosas tipo Matrix, a partir de ese momento necesitarás empezar a tomar captopril intravenoso, de repente se abre un portal intergaláctico, todo es relámpagos y centellas, hasta que te paras, temblando, sudoroso, buscas el libro que compraste para cuando ese momento llegara, titulado “Para cuando tu hija crecza”, un libro tapa dura tamaño tabloide, modelo atlas, se lo muestras y le dices con ternura, hija esto lo compre para cuando estuvieras lista, se lo muestras, lo tomas con la mano derecha lo extiendes hacia tu cachete izquierdo y con fuerza se lo sacudes contra la cabeza y le dices “Qué amor ni qué carajo muchacha el coño, me haces el favor y te vas pa tu cuarto”. Y es así como se remedia a tiempo una posible desgracia familiar que involucra una carajita de 14 años con el colector del autobús que la lleva para el liceo todos los días.

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jrbarroso

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