Literatura

Partes de la vida



Partes de la vida - Literatura

Un tipo de prólogo:

Se me ocurrió escribir estas historias en el carro de un personaje que conocí por Uber que se llama David. Desde entonces, él ha transportado a varios miembros de la familia y es un buen conocido, casi un amigo ahora.

Antes de relatarlas voy a contextualizar un poco la realidad que vivo estos últimos días y la razón por la que ahora estoy en el Starbucks de 69 (en Bogotá) “robando” un rato internet y electricidad para poder escribir esto con buena música.

En lo que queda de este año nos encontramos mudándonos a la ciudad de Medellín y debido a varios percances, yo ahora he estado rodando varias noches durmiendo en diferentes casas (en donde unos vecinos, donde mi abuela y ahora donde mi hermano); y hoy vine desde la casa de mi abuela en Chía, a la de mi hermano en Bogotá por la calle 65.

Como es normal en estas ciudades, hubo tráfico y lo aproveché para poner el tema de “las rebeldías”; así que hablamos un rato sobre las situaciones en las que les hemos sacado canas a nuestros papás en diferentes edades. Y fue en un momento del recorrido que se me ocurrió escribir lo que han sido “mis noches locas” o de desinhibición. Esto es un gran avance de aceptación porque fue gracias a estas experiencias que identifiqué el gran efecto depresivo que el alcohol genera en mí; en donde experimentaba grandes sentimientos de minusvalía y de culpa por varios días posteriores (sé que en ocasiones duré semanas sintiéndome triste y mal). Me gusta saber que ahora puedo recordar estas noches sin sufrimiento ni remordimiento, pues hacen parte de mi historia y es bueno sentir que ya no quiero negarlo y que he podido aprender.

La primera

Recuerdo que la primera vez que me emborraché fue a los 16 años (en el 2010). Hace poco habíamos salido del colegio (estábamos a la espera de las notas finales que nos dirían si debíamos recuperar alguna materia o no) y Amanda, una gran amiga de esa época, me invitó a quedarme a dormir en su casa. Nos encontraríamos en la casa de Luisa, otra amiga (no tan cercana como Ana) a eso de las 2 de la tarde, estaríamos un tiempo compartiendo ahí y luego nos iríamos a la casa de Ana a dormir.

En la casa de Luisa el trago a menores era permitido y de fácil acceso; la historia de ella era una muy interesante y con bastantes desequilibrios y sufrimiento. Cuando éramos pequeñas, Luisa y yo fuimos bien cercanas, luego ella perdió un año escolar y a pesar de que volvimos a quedar en el mismo grado después, cuando yo perdí sexto grado, ella pronto se salió del colegio por razones personales. Ella llevaba varios años con conductas de trastornos alimenticios al igual que su mamá y su papá fumaba de tal manera que el olor del apartamento mareaba la primera vez que uno ingresaba.

Recuerdo que varias de las veces que entré al hogar de Luisa, su mamá nos recibía con una copa en una mano y con un cigarrillo en la otra, botando las cenizas en el tapete de la casa por donde caminara. Era la familia que desde el exterior recibía muchos juicios sociales y Luisa formaba parte de las amistades a la cual muchos padres le temían ya que se le reconocía como una mala influencia.

También me acuerdo que en esta época conocí las historias de los personajes de la serie de Skins, a la cual Amanda me introdujo. Y nos gustaba mucho: un mundo de amistades y aventuras donde la adolescencia y la rebeldía ocupaban el papel protagonista.

Mi mamá no se sentía completamente cómoda y tranquila con el plan sabiendo que pasaría un tiempo en la casa de Luisa, pero como no había tenido aún algún antecedente, ella cedió. Como siempre ha sido regla inquebrantable en mi casa, yo debía mantenerme comunicada. Llegué a las 2 de la tarde a la casa de Luisa y dejé la maleta con las cosas que usaría al día siguiente. Luego salimos de la casa a un bar cercano del colegio actual de Luisa y comenzamos a tomar alcohol desde temprano. Cuando volvimos a la casa de Luisa yo ya estaba “prendida”, y seguimos tomando.

Mi mamá comenzó a llamarme y mis amigas intentaron evitar que contestara en las condiciones en las que me encontraba. Amanda contestó en una ocasión y le dijo a mi mamá que yo estaba en el baño. De inmediato, mi mamá sintió que las cosas no estaban bien. Insistió hasta que por algún motivo yo le contesté y evidencié mi embriaguez. Ella, quien ya se encontraba a unos 10 minutos de la casa de Chía, se regresó de inmediato a Bogotá para recogerme. Cuando llegó, Amanda me bajó entre sus brazos y me montó al carro de mi mamá, quien con una rabia increíble le gritó: “¿Es esto lo que usted considera ser buena amiga?” Y sarcásticamente “¡Qué buena influencia y amiga es usted!”

Una vez llegué a mi casa recuerdo que yo seguía escribiéndole a mis amigos que quería regresar y que me saldría de mi casa para ir en bus de nuevo a donde ellos estaban. También me acuerdo muy bien de haber escrito algo como “mi mamá es una perra que no me deja ir”, y cuando me ganó la borrachera y el cansancio me quedé dormida. Pero alcancé a ver que mi mamá cogió mi celular del piso y se lo llevó. Al día siguiente fue horrible; tenía un guayabo de la muerte y mi mamá estaba muy triste, decepcionada e intranquila con mis amistades. En la mañana me llevó a la fuerza a hacerme exámenes de sangre (en ayunas) para ver si había consumido drogas y en la tarde me obligó a mostrarle que bloquearía a Luisa de Whatsapp y de Facebook una vez “apareció” mi celular, el cual había estado buscando con preocupación todo el día y el cual mi mamá decidió poner en el piso de mi cuarto después de varias horas.

Amanda quedó con la huella negativa de las palabras llenas de rabia que mi mamá le gritó y desde entonces se evitaban en todas las entregas de informes o reuniones familiares que tomaban lugar en el colegio, donde eventualmente había un momento en el que se cruzaban. Pero Amanda y yo hemos podido seguir construyendo nuestra amistad.

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Acerca del autor

Mariagranadilla

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