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El pato de la fiesta

El pato de la fiesta - Literatura

El pato de la fiesta

Continuación del capítulo 1

 

-Sería un ingrato si te abandonara en las condiciones actuales. Pero te diré que me has dado la gran sorpresa.

Yo te hacia el gran sabio. Para serte sincero, me tenías impresionado con tanto estudio, con tanta investigación…

-Bueno ¿Y no lo soy? ¿No echo fuera a los demonios que te molestan? ¿No te hago beber mis brebajes?

¿No has comido patas de arañas molidas mezcladas con cuitas de gallina por mí y como si fuera poco no me has dado reverentemente las gracias? Y no solo tú. Viéndolo bien hago que cualquiera haga lo que yo les mande…

-Bah. Bonita gracia. Eso lo hacen todos tus colegas desde antes de que tú nacieras. Lo que yo estoy tratando de decir es que yo no tengo la idea de que el sabio es libre no porque los obedezcan los que no saben si no porque no obedece estrechez de criterios.

-¿Qué es lo que tratas de decir? ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

-No te irrites, oh calmoso domador de tortugas.

Espera y veras. Si te vas a servir a los poderosos enfatuados harás lo que ellos quieran o perderás el empleo. ¿No es así?

Pues bien, no siempre lo que ellos quieran será lo que vas a querer tú. Por lo tanto ya no serás libre. Al no serlo haciendo lo que sus macilentas cabezas te mandan, dejaras de ser sabio.

-A ver, a ver, sabihondo –replico Ixtan amoscado.

-¡Cítame uno solo de mis colegas famosos y prósperos que no haya hecho lo que pienso hacer!

Piensa, piensa todo lo que tu quieras. Te digo que no hallaras uno solo.

-Bah –Dijo Polemec despectivo. -¿Quién se ocupa de la basura de los aduladores sirve para nada? Yo hablaba de las buenas gentes que pueblan el mundo y son como los árboles frutales, cuyos beneficios aprovechan a muchos.

En fin, gente como tú, que se devela por el prójimo. Hasta soñé ingenuamente en poder ponerte de ejemplo ante los jóvenes tontos y ambiciosos. –Hizo una pausa y suspiro. –Bueno. Ahí va otra ilusión rota –comento chasqueando los labios. –Pero ¿No es eso para lo que se vive? ¿Para perderlas y ganarlas? ¿Para hacerlas y romperlas?

Dijo fijando sus ojillos risueños en el medico ebrio. –Te veo preocupado, habla que te habla con los dioses, oh potente cazador de nubes. ¿Es acaso por el examen? ¿Tan difícil es? Deja de preocuparte solo. Comparte tu carga –dijo jovialmente. -¿No soy tu amigo? Acaso pueda ayudarte –su voz era una invitación implícita a la confidencia.

-Te diré, Polemec –dijo Ixtan en el colmo del agradecimiento porque alguien le hablara así. –Te diré en confianza. Tienes razón: algo me preocupa. –Hizo una profunda aspiración y prosiguió-Tengo un gran problema.

Todos los candidatos sabemos lo mismo. Así que mi única oportunidad consiste en hacer algo que mis rivales no puedan hacer. En otras palabras, en causar una impresión imborrable. Es lo único que lograría atraer la atención del Gran Sacerdote y fijarla sobre mi indigna persona…Lo malo del caso es que no sé cómo lograr eso.

-Dale dinero…-propuso Polemec mostrando su gusto por las soluciones rápidas y directas.

-¡Blasfemas, Polemec! –cacareo Ixtan ofendido por la clase de ayuda recibida. –el Gran Sacerdote está por encima de nuestras mezquinas necesidades.

Su voz rezumaba desprecio hacia Polemec y sus ideas mercantiles.

-No –repuso el otro echando leña al fuego con sencillez.

–No si necesita de tanta faramalla para brillar.

Ixtan se detuvo para ahogar su frustración co otra larga charla con los benevolentes dioses.

Coo pasaban por la calle de los Sacrificios, a dos cuadras del Palenque del Cacique, Polemec llamo la atención de Ixtan, que ajeno a todo se ocupaba de vaciar definitivamente su tinaja con la medicina de los dioses.

-Mira –dijo señalando la carroña desperdigada, restos de animales que se descomponían al sol y donde los zopilotes hacían sus banquetes.

-Sí, si. Ya sé. Es uno de los puntos débiles del sistema: no aprovechamos la carne de los animales sacrificados a los dioses ni la enterramos esperando a que ellos se la coman.

-No me refería a eso- dijo Polemec con irritación por el tono petulante del otro. –Pensaba que podía solucionar tu problema. Acabo de tener una idea que remediara tus males. ¡En realidad los dioses me han hablado, Ixtan!

Ixtan, apenas sosteniéndose sobre las temblequeantes piernas lo apremio a que diese aquella solución sacudiéndole los hombros, incapaz ya  de pensar por si mismo como caminar.

-Dame tu título, Ixtan –propuso Polemec al ver el entusiasmo del médico ante sus palabras. –Cuando ganes el concurso, ya no lo necesitaras y el pueblo si necesitara un curador capaz.

-Vaya, Polemec.  ¿Capaz tú? Así eres. Anuncias un tigre y sales con un ratón. ¿Tu medico? ¡Vaya! –Se mofo Ixtan.

-¿Qué sabes de la ciencia divina de curar?

-Lo mismo que tú, pelmazo. Te visito desde que empezaste a ejercer y antes de eso visitaba a tu maestro, el mañoso de Utaxtan. Llevo 8 años observando vuestros secretos y lo conozco todo. Se cómo echar demonios. Se machacar yerbas. Se traer la lluvia. ¡Lo es todo!

-Vamos, Polemec, no te sulfures con el buen Ixtan.

Yo no hice las leyes. Ellas especifican que tienes que haber recibido instrucción directa… Es un requisito –declaró Ixtan benignamente.

-¡Claro que la he recibido! De tu maestro primero luego de ti. ¿O que hacías al recetarme y contestar mis preguntas? ¡Pues instruirme, hombre!

-Espera, espera. No tan aprisa –dijo el oscilante Ixtan. –Así hago con todos mis pacientes.

-Ah. Olvídate de tus pacientes. Nunca llegaran a nada. Yo lo fui anotando todo y busqué enfermos y practiqué.

-¡Como, Polemec! ¿Quieres decir que tú has abusado de mi buena fe y me has estado robando información valiosa?

-No bobo. Nada de eso ¡Solo sabes pensar en ti mismo! La he puesto en buenas manos: las mías. Eso es todo.

Tú eres muy descuidado. Podías morir en una de tus conversaciones con los dioses sin haber transmitido lo que Utaxtan te revelo, lo cual no sería nada justo con su memoria. Te digo en verdad que llegue a sentir  gran aprecio por ese pícaro y más por su gran conocimiento. Bien. Ahora lo tengo y lo único que necesito es el título…

-Carambas –dijo Ixtan apagando en su mente el último escrúpulo. –Estando así las cosas, dame el puesto en Bonampak y el título es tuyo – En esos momentos se sentía ya tan fanfarrón como para enfrentar  a 10 Sumos Sacerdotes juntos y hacer lo que le viniera en ganas con ellos.

-¡Hecho! –grito Polemec quitándole la tinaja.

-¡Así se habla, amigazo! De ahora en adelante solo una cosa te separa de Bonampak: el valor. -¿Qué?  Masculló el otro. -¿Si serás valiente, digo? ¿Si tendrás valor para lo que viene?

Ixtan parpadeo varias veces. Sus mejillas enrojecieron.

Agito la cabeza y lanzo un potente alarido.

-El tigre –exclamo triunfante. Luego quiquiriqueó, aulló y gruñó ante el imposible Polemec. -¿Estas satisfecho?. Nací valiente, no te quepa duda. El tigre, el gallo, el lobo y el oso corren por mi sangre. ¿Quieres más? –E imitó a la lechuza, al cuervo, al águila, -¿Qué tienes que objetar ahora?

-Nada hombre, nada. Lo haces muy bien. Yo preguntaba sin ánimo de ofender. Ten en cuenta que lo que vas a intentar exige un valor a toda prueba.

-Ah, ¿conque no estas impresionado todavía? A ver. Tráete un tigre. ¡Me lo como! A ver. Tráete un oso. ¡Lo sancocho! A ver. Tráete…. ¡Tráete lo que quieras, oh salvaje emplumado! ¡Lo deshilacho con mis dientes!

¡Lo exprimo con mis manos! Tú no me conoces cuando estoy enojado.

-No me asustes más. Ixtan! Me has convencido. Lo que pasa es que por nada del mundo me hubiera gustado que hubieses flaqueado en el momento crucial. Por eso te preguntaba. Pero tu demostración de valentía llena todos los requisitos. Creo que nadie, excepto tú, puede hacer lo que afirmas.

-Tenlo por seguro, Polemec –dijo el otro bajando el tono agresivo de su voz. –La sola idea de que yo flaquee es ridícula. Deséchala, pues.

-Así lo hare, oh corajudo correveidile de los dioses.

Bien. Ahora otro asuntillo. ¿Harás lo que yo diga, sin cuestionar?.

-el tiempo apremia, oh gandumbas, hijo de gandumbas. ¡Llévame a Bonampak y deja de hacerme preguntas tontas! Estoy en tus manos. ¡Mi título es tuyo si logras llevarme a Bonampak!

-¡Sea! –Gritó Polemec –De lo contrario que los dioses te lo demanden. Ahora, ¡ayúdame a coger zonchos!

-¿Cuántos quieres?

-Todos los que puedas coger, Ixtan y mételos por aquí –dijo Polemec señalando el lugar. –Tenemos que llenar esta vejiga. Saca tu cálculo ahora de la cantidad que vamos a necesitar.

-No veo a dónde vas a parar –canturreó haciendo eres al perseguir a los tranquilos zonchos que se dejaban coger sin  oponer resistencia porque en ningún otro momento con anterioridad habían sido perturbados por los transeúntes. –Pero me parece algo ingenioso, ¡ingeniosísimo en efecto! Aprobó riendo macabramente. –Un regalo estupendo para ese viejo momia del Gran Sacerdote.

-Y embutió don zonchos.

-Pero antes de seguir debes darme la receta del dolor de cabeza, querido colega. Es la única que me hace falta –pidió Polemec.

-Con gusto, compañero. El jugo de 6 limones cada 3 horas –dijo el médico con varios zopilotes bajo el brazo.

-¿Con acompañamiento de tambor? – el otro asintió. –Lo sospechaba. Y ahora ¡prepárate! –chilló Polemec ayudando a Ixtan a sentarse en la grupa y viéndole elevarse por los aires momentos después. Si este tuvo dudas o temores de última hora, ya era tarde para echarse atrás. La tierra se alejaba velozmente de sus pies.

Montando sobre una danta que pasaba por la etapa del rigor mortis, Ixtan tomo altura y por medio de vigorosos golpes que daba al aire con sus piernas, como si estas fueran remos, se fue acercando al recinto descubierto del Palenque del Cacique, donde el Gran Sacerdote acababa de abrir la solemne sesión pública.

-¡Oh dioses que me favorecéis! –hipó Ixtan riendo y llorando a la vez por la emoción tan grande de hacer algo inusitado. -¡Llevadme en triunfo sobre estos carajos!

Los de abajo, en abigarrada muchedumbre (casi todo el pueblo estaba presente, guerreros y dignatorios,  incluyendo a las curiosas mujeres) comenzaron a mirar atónitos hacia arriba.

Viéndose observado, corcoveó Ixtan en el colmo del poder y el yerto del animal, ante el vigoroso impulso, avanzo casi dos metros de una sola vez. Luego levanto la mano como sosegando a la bestia y la hizo dar un salto jalándola con todas sus fuerzas y fingiendo hablarle en ese momento a la oreja, la hizo dar dos vueltas en torno a la pasmada muchedumbre.

El viejo hechicero contemplaba con la boca abierta el prodigio.

Entonces cogiendo altura el intrépido jinete a base de tirones que daba con todo su cuerpo, lanzó su impresionante cabalgadura en picada.

Al ver descender al monstruo de los cielos directamente contra ella, la muchedumbre grito de terror y se fragmento erizada y jadeante. Solo el viejo hechicero, firme en su puesto, con su majestuoso penacho de plumas, su calavera de puma sobre la canosa cabeza y su piel de leopardo ceñida a los lomos, veía el espectáculo con la boca abierta. Para afirmarse mejor cayo sentado sobre el trono de piedra que el cacique había puesto a su disposición.

A medio camino entre la gloria y la tierra, Ixtan nalgueó con todas fuerzas  a la difunta danta y el elote que tenía por taco se zafó y comenzaron a salir en estampida, asustados y furiosos, dando aletazos y picotazos, los 100 zopilotes que entre Polemec e Ixtan habían logrado encerrar en el vientre del animal, que falto de estabilidad comenzó a girar y girar.

Lanzando gritos histéricos y aferrándose al cuello del cadáver, Ixtan se fue derecho contra el piso de piedra de la plaza desierta, apenas cubierta con mantos y plumas y brazaletes, collares y miles de chucherías, que la gente había perdido en la huida y vino a estrellarse con el estrepito de un globo que se desinfla, a pocos pasos del Gran Sacerdote que lo miraba con mirada de piedra.

¿Qué pensó de todo esto este gran sabio de Bonampak? No se sabe. En algún momento del acontecimiento le había fallado el corazón.

Al día siguiente Polemec abrió su consultorio y comenzó a curar con limón cualquier enfermedad. Receto desde una gota hasta el jugo de 50 limones. El éxito de sus curaciones se popularizó a tal extremo que la fruta que aun hoy día se emplea para curar los infinitos males que atormentan la raza humana.

Hasta aquí el texto de códice indígena en versión libre.

Ahora bien, uno de los profesores universitarios que llevaron a cabo la traducción erudita, escribió anónimamente, al final del texto, la siguiente nota:

Doscientos veinte años después, aproximadamente, de este suceso, en el Viejo Mundo un caballero florentino de nombre Leonardo Da Vinci ponía en ejecución un proyecto semejante de echar a volar por los aires un hombre con el consabido catastrófico resultado.

Debido a estos dos desalentadores ensayos ocurridos en dos civilizaciones diferentes, el escepticismo cundió entre la gente de inteligencia y el arte de la navegación aérea tuvo un atraso de siglos

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