Literatura

Películas Para Leer. Tal Quinto Capítulo: Un Mensaje En La Servilleta

Películas Para Leer. Tal Quinto Capítulo: Un Mensaje En La Servilleta - Literatura

En la barra

  • ¿Eso es todo?
  • Claro que no. Viene mucho más, pero ya hemos comenzado, que es lo importante ahora.
  • Te confieso que yo siempre llego cuando las historias ya han comenzado, de hecho casi siempre me toca terminarlas, se oye bien una desde el comienzo.
  • Para mí lo más importante es que esas historias también se mezclan con la realidad.

Una mirada entre los dos dejó claro, al fin, más de lo que se podían decir. Ante aquella sensación el narrador continuó.

  • Esa era la idea, ahora vamos conmigo.

 

Yo

“Cuando me despierto, la mujer se ha ido, pero yo ya lo sé porque la he visto levantarse en la madrugada sin atreverme a decirle nada. Nunca tengo valor para detener a una mujer cuando se va. A veces insisto un poco, pero no demasiado ni con ganas, y siempre se van.

“Recuerdo que la vi coger del suelo unos escritos míos arrugados sin interés. La vi ponerse sus pantaletas, sus pantalones, sus sostenes y mi chaqueta sobre sus sostenes. La vi cortarse un mechón de pelo con la mellada tijera que utilizo para cortarme de vez en cuando la barba, y la vi dejar caer la pelusa en el suelo como rastro de su caótico paso por el mundo. Me pareció que había notado que la observaba, pero no le importó nada. Abrió la puerta y pude ver que el cadáver seguía en medio de la carretera, sangrando.  La mujer lo recogió y lo metió en la maleta del auto grande con vidrios ahumados, la cerró, se montó, lo encendió y se fue.

  • Vaya que disfruto al recordar esa noche. Y como lo que viene es más improvisado, debo escribirlo en presente, porque es como si estuviera sucediendo.

“Me levanto, me limpio la cara, me visto y salgo. Veo a una señora que apunta con una manguera la mancha de sangre que desaparece por el  impacto del agua. Es mucha pero el agua siempre puede más. El semblante de la señora no se moverá hasta que la sangre desaparezca.

El día es claro y caliente, mi cuarto está frío y no tengo hambre, la cocinita eléctrica baja el tono de las luces de la casa cuando la enciendo y tarda mucho en freír un par de huevos. Es muy débil la electricidad en este pueblo. Ahí está mi cámara cuando la necesito, esperándome.

Levanto el aparato y me lo hecho al hombro de lado a lado, cruzando la correa por el pecho, también me llevo el trípode por si acaso. Salgo a caminar para olvidar a esa mujer extraña, pero no hago más que recordarla. Escuché alguna vez que recordando algo se olvida más rápido. Pretende que los recuerdos sean como un fósforo o un lápiz, el recuerdo se gasta hasta que desaparece. En realidad sólo cambian, pero la sensación inicial que los fecunda puede permanecer toda la vida y enloquecernos, a menos que se convierta en un cuento que tenga un final y que ahora vuelve a comenzar.

“La calle se lleva mi cuerpo, improvisa con tropiezos un baile de bajada.  Cuando vienen las subidas, la historia cambia pero nunca se detiene”.

 

En la barra

  • Estoy de acuerdo -dijo el acompañante, interrumpiendo la narración.

La mujer seguía esperando detrás de los hombres, mirándolos de vez en cuando. El narrador había notado desde hacía rato que la mujer no pedía nada. Decidió enviarle una cerveza con el mesonero. Entonces el hombre notó que se le estaba terminando el ron, y junto a la cerveza pidió un trago adelantado. El misterioso acompañante aprovechó para escribir algo sobre una servilleta y acercárselo concupiscentemente al narrador. El narrador lo tomó en sus manos todavía mirando al mesonero, que no atendía su llamado.

  • Será que es sordo y hay que llamarlo con algún tipo de señas -cuestionó al aire el narrador.
  • Sí, la claridad es lo importante -dijo como si recientemente hubieran estado hablando de eso -Uno tiene que estar claro en la vida. Saber lo que quiere. La gente con frecuencia desprecia la mejor parte por no haberla identificado a tiempo. Claro que yo puedo estar loco de remate. Pero discierno la realidad lo suficiente como para pedir un trago. Oye, pssst, ¿podrías traerme un trago y mandar un encargo a esa mujer, antes de que me quede dormido?

Mientras el trago llegaba el narrador aprovechó para leer lo que decía en la servilleta. No dijo nada al respecto, tomó un sorbo de ron con hielo y limón y continuó.

  • Hace un tiempo había una mujer que saludaba con dos besos. Era de algún país de esos en que no saben bailar en pareja pero sí saludan con dos besitos. Uno la mira durante el recorrido de un lado al otro. En ese corto instante los ojos miran a los labios. Nunca nos besamos, nunca tuvimos nada. Pero era muy agradable. Todavía recuerdo esos labios. Quién podría decir que no teníamos una relación de mirada. A mí me gustaba mucho sólo eso. Era suficiente para mí -volteó la mirada hacia su interlocutor-. ¿Nunca estuviste en una situación así?
  • Pues, la verdad que no. De todas las mujeres que he tenido a algunas hasta les he besado el culo, pero a ninguna la he saludado dándole dos besitos.
  • Te la voy a presentar, seguro le gustará también la idea del culo.

Tenía una oportunidad de sobrevivir si continuaba contando historias.

¿Te ha gustado el artículo? ¡Valóralo!

0.00 - 0 votos
Cuanto más alta sea la valoración más visible será el artículo en portada.
¡Compártelo en las redes sociales!

Acerca del autor

Argimiro Serna

Deja un comentario

Únete a la comunidad de NoCreasNada

¿Te gustaría compartir tus inquietudes y ganar seguidores por todo el mundo?

¿Eres una persona inquieta y quieres descubrir a más gente como tú? 

Únete a NoCreasNada.

Además, te pagaremos por las visitas que recibas.

Más Información