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Películas Para Leer. Tal. Séptimo Capítulo: Ecuentro Cercano De Cierto Tipo

Películas Para Leer. Tal. Séptimo Capítulo: Ecuentro Cercano De Cierto Tipo - Literatura

Yo

Decidí subir a un cementerio antiguo con la cámara. El sol era tremendo, le daba a uno en la cara y parecía que el mundo se estuviera quemando, pero como el frío de la montaña refrescaba y la caminata era tolerable a pesar del intenso sol.

  • ¿Qué pueblo era ese?
  • San Rafael de Mucuchíes
  • Algo suena diferente en esa parte de la historia.
  • Puede ser que yo había comenzado a narrarme en presente. Viéndolo bien la narración en presente suena como una película.
  • Dale en presente a ver.
  • Fumo un cigarro antes de comenzar a subir. Termino de subir y todavía falta un gran trecho en camino recto. Ya no puedo regresar. Exactamente no sé qué voy a hacer. El tremendo sol me obliga a cerrar los párpados como si fueran dos persianas, hasta que queda una rayita de visión casi imperceptible. Veo unas siembras antes de entrar al cementerio y a un tipo que está desherbándolas. Olvidé los fósforos, así que le pido al tipo el favor de que me encienda un cigarro para saber si tiene fósforos, y el tipo dice que sí, entonces le pido que me regale unos palitos y él me los regala. Siempre cargo una raspadura en el forro de la cámara, eso completa el kit para fumar.

Mientas camino veo acercarse la entrada del cementerio hasta que llego a un portal amplio y herrumbroso carcomido por el tiempo.

  • Buenos días – digo antes de entrar. Hay que ser educado con los muertos también. Después de todo, son mayores que uno. Entro y observo todo el espacio, lápidas caídas. Dos árboles que parecen hermanos por allá, unas hierbas que parecen familias por aquí. De vez en cuando, algún solitario arbusto se ha hecho su lugar entre dos tumbas. En algunas partes el monte me da por la cintura. Es un silencio agradable el que se vive por aquí. Me gusta y me siento a disfrutarlo un rato antes de empezar a tomar fotos. Veo que algunas tumbas sólo tienen cruces de palo puestas sobre el suelo. Duda uno de que haya un cuerpo debajo. Se ve más bien como un juego de niños, algo extraño que se le ocurrió a alguien. También veo las tapias que demarcan el cementerio. Es un sitio completamente aislado que hicieron para enterrar moribundos de la fiebre española que también llaman amarilla. Supongo que por eso lo pusieron ahí, lejos, alto, en el extremo de una colina, completamente cercado por tapias tan duras que aún siguen ahí. Las personas en estos lugares son como las tapias, duras, estólidas, rechonchas y bellas, hasta que los conoces mejor, como sucede con toda la gente en todo el mundo, que se parece a este cementerio.

“Dos tumbas están importunadas por las raíces de un árbol que horadan el suelo. Me asomo para ver si descubro un hueso. Nada. Abro el trípode y lo apoyo para comenzar.

  • Permiso, señor muerto.

“Siempre pido permiso por si acaso. Hablo con ellos porque como dice… Fulanito de Tal, cuando no hay gente es mejor hablar con los animales y las cosas, pongamos que también con los muertos. De repente la luz del sol se siente como un bálsamo divino sobre las heridas que uno trae de recuerdo.

“Escucho un crujido de tierra, como de algo moviéndose pero no le doy importancia. Tomo tranquilamente una foto de varias tumbas en perspectiva una detrás de otra entre las que se pueden identificar, haciendo profundidad con el foco en la primera. Giro la cámara en varias direcciones pero ninguna toma me termina de gustar. La fotografía es como la música, uno la ve mientras ejecuta, aunque se revela después. Levanto el trípode y camino para cambiar de posición, y vuelvo a escuchar el mismo ruido crujiente y extraño. Miro al piso y descubro que soy yo mismo haciendo sonar ramitas secas tiradas en el piso.

“Me canso de buscar un sitio y decido apoyar el trípode,  miro por el visor de la cámara la tapia que se ve como una franja poderosa que separa las tumbas, el monte y todo lo que está lejos, con el sol por arriba distante, la bruma del espesor del aire y tantas cosas más. Le tomo varias fotos y en eso, buscando intuitivamente una mejor posición volteo la cámara y veo un brazo moviéndose, tratando de salir de la tierra, quizá hasta por la pantalla de la cámara hacia mis ojos, buscando un asidero para sacar el resto del cuerpo. Lo veo esforzarse sin poder reaccionar. Después veo la cabeza y al rato siguiente lo demás, menos el pie izquierdo que al parecer se le ha quedado enganchado bajo la tierra.

“De momento me quedo mirándolo a través de la cámara esperando que alguno de los dos desaparezca. Después de todo, a través del visor parece una película.

  • Ey – dice el muerto -. ¿Cómo estás? Sabías que los que ven a un muerto están condenados a ayudarlo a salir. ¿Sabías?

Yo no logro contestar nada. No me salen las palabras.

  • Dale pues, ayúdame. ¿Le tienes miedo a una cosa débil y sin vida como yo? No te voy a hacer nada.

Me acerco con cuidado.

  • Tranquilo, soy un muerto pacífico.

Empiezo a acercarme con cuidado cuando el muerto grita repentinamente y se queda mirándome con ojos pelaos. No me gusta eso, así que me detengo a mirarlo.

  • Jajajaja -el muerto se estaba riendo a carcajadas de mi cara de susto.
  • No tengas miedo, soy más débil que tú. No puedo matar una mosca sin que se me caiga un pedazo del cuerpo.

Llego hasta él y lo ayudo, pero nada más sale la pierna sin el pie. Mete la mano para buscarlo mientras yo lo halo por el otro hombro con fuerza, pero también se le queda el brazo adentro. Su carne es blanda, oblonga, negrácea, fría, muerta.

  • Vas a tener que sacarlos tú.
  • Que va, hasta aquí llego yo, si quieres me comes, pero no voy a hacer nada.
  • ¡Ay, vale! -dice él como si me pillara una mariquera.
  • No tengo hambre y no creo que pueda hacerte nada con brazos que se caen. Saca ese brazo y ese pie, llorón – me grita.

Observo bien la situación y me parece que no hay peligro. Saco el pie y el brazo. Huelen mal, pero es soportable. Se los doy y él me da las gracias. Mientras se los pone empieza a contarme su historia. Que se había muerto en una carretera del páramo, pero que no era de por esos lados. No recordaba de qué carajos se murió porque estaba drogado entonces. Por eso anda de errante por todos los cementerios. Tiene que conseguir su propio sitio. Se entierra para descansar unos días, y después sigue caminando. Ése es el mejor sitio que ha conocido.

“Mientras me cuenta todo eso yo no dejo de ver lo que hace con sus partes. Primero hace coincidir los huesos, los empuja hacia dentro produciendo un sonido sordo. Me da asco, pero lo controlo. Luego amasa la carne de uno y otro lado hasta que, como si fuera carne molida se mezcla en un sólo amasijo. De repente me doy cuenta de una ventaja desapercibida ¡Tengo la oportunidad de hablar con un muerto! Es un privilegio que pocos hombres han tenido, tienes que reconocerlo.

  • Quizá fue de una sobredosis -me dijo, respecto de su muerte, pero me exclamó que cómo era posible que no recordara absolutamente nada de su muerte. Los excesos son muy difíciles de comprender. A los dos nos parecía imposible aquello, pero si los vivos olvidamos nuestros orígenes también puede pasarle a ellos.
  • ¿Y si nunca consigues tu sitio? Le pregunté
  • Pues lo buscaré siempre -me contestó el muerto.
  • ¿No te fastidia el sólo pensarlo?
  • Sí, pero no puedo hacer otra cosa. Ya cuando uno ha muerto cambia su manera de pensar. Madura un poco, no tengo esos apuros de cuando estaba vivo. No voy a llegar tarde a ninguna parte. Además, para un muerto no hay fronteras.
  • ¿Qué se siente estar muerto?
  • No se siente nada.

Se hace un silencio incómodo un buen rato.

-Oye, me dijeron que podía regalar mi alma cuando consiga un sitio donde enterrarme ¿La quieres?

  • ¿De qué me puede servir?
  • Mmmm, tienes dos, una de repuesto.
  • Hasta el momento no sé ni para qué sirve la mía.

Entonces saco un poco de marihuana de un bolsillo.

  • ¿Fumas?

-¿Qué?

  • Esto – le muestro un poco de cannabis. Me la dieron unos vecinos jipies
  • Síiiiiiiiiiiii.
  • Aunque no sé si debas fumar, quizá sea un sacrilegio.
  • No hombre chico. Dios no tiene problema con la marihuana. Era el medicamento más usado antes de que apareciera la aspirina por todo el mundo, incluso los abades y los monjes la usaban para estarse tranquilos en los conventos. El primero que la ilegalizó fue Napoleón para joder la economía rusa antes de invadirlos.
  • No sé…
  • No va a pasar nada.
  • Queda por tu cuenta que se te caigan lo ojos o algo así.
  • De acuerdo.

Fumamos todo lo que tenía. Al muerto se le pusieron los ojos amarillos en lugar de rojos. Muy amarillos.

  • ¿Cómo se siente una nota después de muerto?
  • Ya te dije que nada. Cuando muerto uno nunca siente nada, sólo se siente muerto.
  • ¿Entonces por qué se te ponen los ojos amarillos?
  • No sé, debe ser alguna reacción química. Antes se me ponían rojos, como a ti.

Nos quedamos sin decir nada mirando el paisaje.

  • Bueno amigo, me tengo que ir. Gracias por la marihuana y por la ayuda.
  • No hay de qué. ¿A dónde vas?
  • No sé, a cualquier parte. Voy a ver a quién me encuentro. Disfrutaré la vida aunque esté muerto.
  • Que te vaya bien.

“Se pone a caminar dando tumbos como le pasa a cualquiera. Y le pregunto:

  • ¡Oye! ¿Conoces a Dios? ¿Has hablado con él?
  • Sí.
  • ¿Qué tal?
  • Está muy ocupado defendiéndose de los millonarios y de los revolucionarios. La última vez que lo vi me dijo que pensaba borrar la especie humana para volverla a hacer, pero estaba despechado en ese momento, no creo que sea cierto. JAJAJAJAJ

“Era muy simpático ese muerto. No se parecía en nada a las películas donde los muertos matan. Esas películas donde se teme mucho a la muerte son una forma de alejarnos de lo único que puede ayudarnos a valorar la vida, si se sabe hacer, es decir, si se enseña. Porque ese orden comienza con el temor a la muerte de quienes no quisieron iniciarse en ninguna cultura y por eso no son de ninguna parte sino que sólo tienen dinero… y tal y qué sé yo.

“Independiente y sin temor a nada el muerto se alejó.

Yo me quedo y observo a la hierba ondular, a ratos suavemente y a otros ratos con desesperación. Como la cabellera de una mujer enamorada. “Alegórico el viento”, creo que dijo el muerto mientras se alejaba.

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Acerca del autor

Argimiro Serna

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