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Películas Para Leer. Tal. Tercer Capítulo.

Películas Para Leer. Tal. Tercer Capítulo. - Literatura

 

“Bajo la luz débil de un cansado silencio desde el cual evita recuerdos y el flujo del tiempo que los trae  de vuelta, como si tratara de escapar de en un río desbordado, que arrastra muebles y escombros, un tipo estaba recostado de un poste. Un tipo que justo en medio de la noche arroja un cigarrillo al suelo. Qué más puede estar esperando si no es la muerte. La luna, las estrellas, la calle, el campo. El hombre realmente no va a morir solo.

“Un auto grande y con vidrios oscuros aparece rodando desde el comienzo de la calle, poco a poco, hasta detenerse frente a él. El tipo alza la mirada hacia la ventana. El vidrio de la ventana comienza a bajar y al final sale una mano de mujer empuñando un arma pesada. Suena un disparo, el auto arranca, se detiene pocos metros después. La mujer sale, corre hasta el hombre y lo abraza, lo besa, lo acaricia, se llena de sangre como si algo en ella hubiera muerto también.

Me parece que tarda mucho tiempo ahí lamentándose, así que decido acercarme hasta la mujer y el cadáver.

  • Ya está muerto -le digo-, no podrás revivirlo. ¿Por qué lo mataste?
  • Porque lo amaba.
  • ¿Cómo? Eso suena muy intrincado para mí.
  • Su vida dependía de mí y no quería tener más ese poder. Es difícil de explicar.
  • No, lo mataste porque yo estoy escribiendo esta historia y nadie más lo sabe.
  • Yo a usted no lo conozco.
  • Claro que sí, suelta eso, ven conmigo.
  • No puedo.
  • Sí puedes.

La mujer se resiste un poco, pero se lenvanta. Cuando llegamos al cuarto la desnudo. Ella forcejea débilmente como quien trata de retardar algo que desea. El comportamiento de rutina. Mientras le quito la ropa y la beso, ella, al mismo tiempo que no muestra interés, se entrega por completo. Hacemos el amor largo rato con la puerta abierta, a través de la cual veo el cadáver ensangrentado mientras estoy acostado con la mujer que lo amaba. La beso de nuevo, meto un dedo en su vagina, la sigo besando, sudamos, nos enredamos, le halo el cabello, apoyo un codo en la cama para ponerme sobre ella. La acaricio, la toco por aquí y por allá hasta que poco a poco voy descubriendo más o menos lo mismo de siempre, pero que en realidad se siente tan diferente cada vez.

  • Ya, ¿eso es todo?
  • No, sigue.

“En eso el atropellado en la calle abre un ojo y comienza a levantarse. La bala lo ha herido fuertemente, pero no ha podido matarlo. Se estruja los ojos, limpia un poco de sangre su rostro. Nos mira desde allá pero no entiende nada. Se limpia un poco más la cara para ver mejor dentro de la habitación. Hasta que por fin se da cuenta que la mujer a mi lado era la suya. Entonces comienza a caminar. Mientras se acerca, la mujer duerme plácidamente y yo me siento orgulloso por un par de cosas que hice bien. El hombre se tambalea. Ni los perros ladran al oírlo, quizá por eso siento yo ese silencio tan extraño. Pero un auto pasa muy rápido y atropella al pobre hombre.

Escucho al auto detenerse unos metros más allá, justo antes del auto de la mujer, y luego oigo a alguien bajarse de él. Escucho al fulano caminar hasta la entrada de la puerta, por ser la única con luz a esas horas de la noche.

  • ¿Por casualidad conoce al tipo que estaba cruzando la calle? -pregunta asomado al cuarto.
  • Es que lo acabo de atropellar.
  • Ya sé, yo lo vi. Ya es problema suyo. Ahora váyase, por favor, y tranque la puerta, que estoy descansando con mi mujer. Váyase bruja antes de que salga.

 

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Acerca del autor

Argimiro Serna

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