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Personaje - Literatura

Un colectivo me dirige a mi destino frecuente de fín de semana. No es lejos de la ciudad, pero es distinto. Godoy Cruz, es mi lugar de nacimiento, de infancia y también de ésa etapa donde las cosas comienzan a cobrar y perder el sentido.
Al bajar del transporte, me esperan dos cuadras para caminar.
Me dirijo hacia un kiosco para comprar algunas infancias. Golosinas, galletas, chocolates. Y cigarrillos para exhalar la adultez.
El vendedor me observa, intentando reconocerme. Busca las galletas, recordando si yo era la «hermana de…» o «pareja de…».
En Godoy Cruz es necesario el parentesco, la historia, la unión, para ingresar a un almacén.
Godoy Cruz, como muchos lugares, se vuelve una novela larga, con variedad de personajes.
Los escritores y voceros son todos. Y ocultar tu identidad te concede inmediatamente el papel de «loco», «malo» y mi preferido, el de «recién llegado».
Y es necesario…

Mi destino me espera a una cuadra, aún con mi mala vista, puedo reconocer a ese personaje a la distancia. Remera roja, jeans azules y zapatillas blancas.
Clásico…necesariamente clásico.

Andrés, siempre me recibe con un beso, aunque quisiera darme dos, y tres también.
Conservamos la compostura, por respeto a sus clientes que aguardan allí sentados, al peluquero Andrés.

Mientras aguardo a que termine. Admiro como transforma aquellos bocetos de personajes, en protagonistas excéntricos, luminosos, radiantes.
Transformar… transformar es su arte.

Un cigarrillo me espera en la esquina de su calle.
La calle Cervantes es una Alameda no reconocida, posee los álamos, pero no el nombre.
Aquí comprendo la carencia de sentido en mi provincia. Y lo pintoresco que es.
La Alameda sin álamos y la Alameda sin nombre, me cuentan al fín, el final de su historia.
Y es que no todo puede tener sentido en relatos tan largos y libros antiquísimos.
Quizás alguien olvidó su nombre y alguien mas olvidó sus álamos. Y es una imperfección constante, ocurrente y preciosa.

Andrés había terminado por hoy. Cierra las cortinas, apaga las luces, va y viene con una enfocada rapidez.

Siempre es tarde para algo, aunque sea temprano. Y observar la hora, es sentir los pasos de la inmediatez… rozando tus talones.

Son las diez de la noche.

Él, pone el dedo índice sobre sus labios gruesos, intentando recordar lo que iba a hacer. Mira hacia su derecha y allí estoy yo, intentando averiguar qué es lo que él olvidó que iba a hacer.
Ninguno de los dos lo recordamos. Pero nos recordamos, y nos fundimos en un abrazo.

Rápidamente se hicieron las doce. Cenamos liberando nuestras anécdotas diarias.
En la semana lo extraño y al verlo, recuerdo haberlo extrañado… por un mínimo segundo, aunque esté frente a mis ojos, vuelvo a extrañarlo.

Puedo escribir y pronunciar su nombre.
Andrés rima con todo aquello que yo desee nombrar. Y si no rima, la libertad nos concede los honores, de inventar las palabras que puedan rimar.

Encajar perfectamente en su pecho… ni la inmediatez, ni las novelas, ni el miedo. Pudieron contra eso.

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Acerca del autor

Noel Fosster

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