Literatura

Pesadillas Nocturnas



Pesadillas Nocturnas - Literatura

 

En algún momento, y de alguna forma, creo poder tener pequeños letargos somnolientos, e intento hacerme creer que todo se trató de un mal sueño. Porque no me cabe en la cabeza que todo se haya acabado de ese modo. Aún no reconozco lo que es verdad y lo que es una ilusión, a veces pienso que se trata de una fuerte locura que me lleva al pasado y me trae devuelta en cuestión de segundos.

Si pudiera divisar cómo caí en ese juego sentimental, tal vez descubriría la razón de tanta locura… Aunque es posible que esa locura hubiera procedido de mis entrañas, y que genéticamente se haya concretado en mis herederos, una teoría bastante lógica.

Tenía un hermoso matrimonio, con la mujer que había adorado durante tanto tiempo en mi juventud, y dio como resultado a mis dos hijos: Frank y Paulina. Los amé con todo mi corazón, una atención que se enfocó en mi hija, más que en el primogénito, por ser tan parecida a su madre, y por ser la menor. Ella se llevó casi todo mi tiempo, porque amaba pasar las horas conmigo, y viceversa.

Ambos crecieron sin ninguna necesidad, tanto material, como emocional, porque siempre estuvimos dispuestos a escucharlos, y atenderlos a cualquier costo. No se pasó de las típicas discusiones y las más estúpidas peleas entre niños, nada difícil de controlar. Fue increíblemente tranquilo ese lapso de tiempo.

Hasta que mi mujer cayó en cama, por una extraña enfermedad que terminó con su vida. Lo que acabó con la alegría de mi pequeña familia y mi autoestima, porque me culpaba a mí de no poder haber hecho más, y dejarla morir. Me dolía sobretodo la soledad de Paulina, que no tenía sino trece años, y la ira de Frank, que cumplía los quince.

Durante ese año, mi atención sobre Paulina se duplicó, y eso la convirtió en una mujer dependiente de mi opinión sobre todo, lo que iba a usar, lo que quería estudiar, las amigas que tenía, lo que debía comer, las actividades extracurriculares que quería realizar, prácticamente todo. Mientras que el mayor, debido al descuido emocional de mi parte, se forjó en un ser totalmente independiente, con decisiones propias y acertadas, serio y calculador… Aún así, viviendo en polos opuestos, los tres logramos convivir sanamente en esos doce meses de dolor.

Pero, unas semanas después de que la muerte de mi esposa cumpliera el año exacto, llegó a nuestro hogar la presencia de un nuevo integrante: Lía… La hija bastarda de una prima de mi difunta mujer, que venía a la ciudad para estudiar en el mismo colegio que Paulina, y la dejaron a mi cuidado, porque provenía de otra parte del país, por eso me suplicaron para que la acogiera en mi grupo familiar. Pensé que ella y Paulina podrían llevarse bien, por tener la misma edad y porque estudiarían juntas en la misma institución, pero mi hija la rechazó casi de inmediato. La trataba como si fuese una criada, o una servienta, la rechazaba a tal punto que la humillaba.

Lía, a causa de ese rechazo, decidió apartarse de ella y de sus amigas en el colegio, y para sosegar tanto desprecio, se acercó a mí, porque prefería pasar su tiempo libre en casa a mi lado, para prevenir más dolor psicológico de parte de Paulina. Entonces, Lía y yo, creamos un vínculo muy apegado, tan cercano que compartía conmigo todas sus experiencias y conocimientos en el colegio, me contaba sobre sus sueños en el futuro y se ganó mi confianza con fidelidad, porque incluso, yo comencé a compartir mis ideas con ella libremente.

Lía siempre estuvo ahí para escucharme, para consolarme y contagiarme su alegría. Porque a pesar de que llegó en un mal momento, siempre estuvo dispuesta a entrar en mi vida y en querer conocerme. A diferencia de Paulina, que me buscaba para solucionar sus problemas y para tomar decisiones por ella, para cumplir sus caprichos y para aceptar sus palabras con afecto incluido, si yo quería contarle sobre mí o corregir un poco su egocentrismo, hacía lo posible por quitar su atención o para cambiar el tema. Por eso preferí compartir mi tiempo con Lía.

De esa forma se pasaron los años en su adolescencia, y, lentamente, Lía ocupó el lugar de mi esposa emocionalmente, tanto que discutía con ella sobre las decisiones que debía tomar o cualquier problema en el trabajo que me agobiara, ella estaba ahí para entenderme y aconsejarme, porque había adquirido una madurez increíble a través de nuestras conversaciones cotidianas.

En las noches, cuando ella tenía un mal sueño, o cuando yo era víctima de las pesadillas nocturnas, nos acostumbramos a llegar a la habitación del otro en busca de un poco de seguridad, un poco de afecto, la necesidad de comprensión y calor humano. Yo fui para ella ese hombre que nunca estuvo en su vida, y ella para mí, fue el respaldo, la compañía que necesitaba y fue por eso que nunca me sentí sólo o desprotegido.

Encontraba seguridad en los brazos de la niña-mujer que había adoptado, sueño en su largo cabello liso y oscuro, en dónde me a cobijaba para inundarme en su aroma. Hallaba paz en sus grandes ojos verdes que reflejaban el profundo sentimiento que me tenia, disfrutaba de la dulce satisfacción en su delicada y sensible piel de porcelana, y, sobretodo, me estabilizaba en ese misterioso mar de sensaciones que encontraba entre sus largas y poderosas piernas.

Fue un secreto absoluto el amor que surgió entre la joven Lía, y yo. Pasaron los años y ninguno de los dos tuvo la necesidad de confesarlo, porque bastaba con que lo supiéramos ella y yo. Cuando Paulina notó el desapego que tuve con ella, y que toda mi atención fue dirigida hacia la adoptada, tuvo un gran celo que la enfrasco en la idea más obvia. Así que se dirigió a mi hijo Frank para acusarme sin evidencias, y este sólo la tranquilizó con palabras adecuadas.

Los días pasaron sin detenerse, y yo no le presté la más mínima atención, porque estaba junto a Lía, y mis hijos. No tenía nada más que pedir. De modo que, más tarde que temprano, y cuando sufrí un fuerte ataque de asma que los alarmó a todos, Lía se mudó a mi habitación para dormir a mi lado y hacerme compañía, para cuidar que no sucediera alguna tragedia. Obviamente Paulina se ofreció como voluntaria, pero ganó el amor que tenía por Lía, lo que lentamente la llenó de cólera.

Y así mismo se produjo su crecimiento y mi vejez, yo defendiendo a capa y espada a la hermosa Lía, Paulina refutando todo lo que tuviera que ver con ella motivado por los celos, y Frank enfocándose en sus estudios y manteniéndose indiferente a lo que ya era casi obvio. Porque yo me dedicaba mucho en consentir y conservar a Lía justo a mi lado, y en mantener los caprichos de Paulina que cada vez eran más exigente y recelosos.

La adoptada que dormía todas las noches a mi lado renunció a despegarse de mí para viajar al extranjero para ver a su familia, sólo porque no quería hacerme sufrir. Y creció con esa idea hasta los veintidós años de edad, cuando Paulina estaba comprometida con mi sucesor, y Frank ya era todo un abogado que ya había despegado sus alas del nido un largo tiempo atrás.

Aún así, Paulina mantenía el rencor por Lía, y me pedía que la sacara de mi casa, por eso le compré a mi amada un departamento en el centro, que ocupó sólo cuando queríamos despistar a mi hija. Sin embargo no fue suficiente, la celosa quería que yo me alejara totalmente de Lía, que ni siquiera la llamara, pero no podía hacerlo de ningún modo…

Entonces decidí preparar, esa misma noche, una cena familiar, para celebrar que cumplía un año más de vida, e invité a Frank y su esposa, a Paulina y su prometido, y a Lía, que estuvo estudiando en la universidad todo el día. Estaba dispuesto a disfrutar al máximo cada momento desde que empezara la cena hasta que se marchara el último.

Pero llegaron todos los invitados menos Lía, y ya habíamos comenzado sin ella por petición de mi hija. Por eso estaba agobiado, por la ausencia de la que tanto había esperado. Frank intentó animarme con uno de sus chistes, pero sólo consigo hacerme sonreír. Mi sucesor trató de distraerme con un caso del día en la oficina pero sólo me distraje. Paulina intentó convencerme de que la dejara quedarse esa noche pero yo necesitaba a Lía, con desesperación. Al final, despedí a mi hijo y a su mujer que se marcharon satisfechos, después estreché la mano del prometido de Paulina que se fue a esperarla en el coche, y me quedé con mi hija unos minutos.

-Padre…- me llamó con intolerancia -¿Por qué la prefieres a ella?- me preguntó indignada -siempre fuiste muy justo con Frank y conmigo, ¿Por qué a ella la miras diferente? ¿Por qué no me miras a mí de la misma manera?- hablaba con tanta vanidad, como si me necesitara, con ansiedad porque la mirara como a Lía.

Yo quise desviar el tema inmediatamente, porque noté en su actitud la intención más sucia que podía tener, vi claramente en su mirada una realidad que nunca había divisado. Paulina anhelaba una parte de mi que era inhumanamente posible para un padre.

-No lo niegues, por favor- me dijo acercándose con malas intenciones -cuando ella está a tu lado tus ojos brillan como cualquier piedra preciosa, cuando ella entra en la habitación y la ves, es como si vieras al mismísimo Dios, la miras distinto, es un rostro distinto al que pones cuando me ves ¿por qué lo haces? ¿No ves que me enfurece?- agregó con malicia y con la peor de las sonrisas. Yo rápidamente tuve que actuar, y calmar su incoherente actitud.

-Paulina, debes entender algo…- le tomé las manos, parados en la puerta -mi amor por ustedes siempre a sido eterno y entero, porque los vi nacer, crecer, pelear y amar. Lía, en cambió, no tuvo amor de ninguna forma, no tenía a la familia que necesitaba, estaba sola, al igual que yo… Cuando tu madre murió, apareció ella para ocupar su lugar. Por eso el trato es distinto, por eso la veo diferente, y es por eso que yo a ti jamás podré verte de esa forma. Nunca- ella rápidamente, sintiéndose rechazada, se soltó de mi agarre y escapó por la puerta llena de cólera.

En ese momento, quise de alguna forma haberme despertado, pero no me daba cuenta de que estaba viviendo la cruda realidad, y que las palabras sucias de Paulina eran pura verdad, palabras llenas de un cinismo único, perteneciente a un complejo estúpido por falta de atención. Me di cuenta de que mi hija haría lo que fuese posible por tener mi admiración y mi total dependencia, así como fue con Lía.

Con ese sabor amargo en la boca corrí a mi habitación, queriendo escapar de alguna forma de ese destino que me perseguía. Y fue un alivio haber encontrado a la mujer que deseaba en mi cama, esperándome, con la razón por la cual no estuvo presente en la cena. Había llegado tarde, y no quería estar en la boca pecadora de Paulina, que la acusaría de impuntual e irresponsable, por eso pasó directo a mi habitación, donde me esperó intacta de cualquier insulto o mala cara.

Esa noche fue mía como nunca lo fue, porque después de la amarga experiencia que había sufrido, me había dado cuenta de lo mucho que deseaba a Lía, y la tomé en mis brazos, sin remordimiento.

Estábamos en el acto más puro que mi alma podía ofrecer, cuando la puerta de mi habitación se abrió con toda la ira del mundo, como si una fuerte ráfaga viento la hubiera estrellado contra la pared, y pude divisar con la poca luz que tenía, el rostro complacido de la hija prejuiciosa, que sonrió al descubrir lo que había deducido hace tanto tiempo.

Lía gritó aterrorizada, y se cubrió el cuerpo bajo las sábanas, cuando la mujer apuntó con el arma de fuego a mi cuerpo desprotegido, manteniendo los ojos en mí, alarmada, susurrando palabras para ella misma que yo no podía escuchar, temblando por el dolor de la verdad, mientras que secaba con ira las lágrimas que corrían por sus mejillas, porque se sentía traicionada y engañada.

-Así los quería ver…- hablaba incrédula -Por fin pude darme cuenta de lo que ya no podían ocultarme- dijo con voz quebrada, mientras que el arma de fuego seguía apuntándome -era por esto que tanto me rechazabas, que me dejaste en el olvido, que me pusiste a un lado para ponerla a ella en el pedestal…- intenté hablarle, hacer que entrara en razón pero sólo pidió que cerrara la boca mientras gritaba desesperada, enloquecida por la verdad.

-nunca voy a poder ocupar el lugar de ella, nunca vas a aferrarte a mí como estas aferrado a ella, nunca vas a poder mirarme de la misma forma- agregó entre lágrimas, mientras que Lía lloraba desconsolada entre mis brazos, -no vas a mirarme de ese modo, jamás- dijo mientras que la calma inexpresiva se adueñaba de su rostro -y voy a asegurarme de que nunca la vuelvas a mirar a ella así, porque no volverás a hacerlo- entonces me miró con los ojos más fugaces que alguna vez vi, y me apuntó con toda la frialdad posible.

Lo ultimo que recuerdo fue el grito ensordecedor de Lía, cuando mi hija tiró del gatillo, y la imagen del cañón en su cien, antes de que se escuchara el estruendo que apagó la llama en mi interior, que acabó con su propia vida…

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