Sociedad

Polarización, El Pan Nuestro De Cada Día

Polarización, El Pan Nuestro De Cada Día - Sociedad

En la Argentina actual, todo es susceptible de discusión. La histeria de un país que parece condenado a nunca reconciliarse consigo mismo.

Es martes y promedia la tarde de una jornada fría y soleada en el invierno de Buenos Aires. Un chofer de la línea 64 de colectivos interurbanos anuncia a viva voz a sus pasajeros el inesperado cambio en su recorrido habitual por cortes de calles en la zona del Congreso Nacional. ¿Inesperado? ¿Recorrido habitual? Ambas afirmaciones podrían ser discutidas dada la conflictividad que periódicamente afecta las arterias de esa zona de la ciudad. No hay recorrido que pueda ser considerado habitual ni cambio brusco que resulte inesperado.

El comunicado genera rabia en gran parte de los habitantes de la máquina, algunos de los cuales exigen bajarse ya mismo entre insultos e improperios. Los pasajeros que se quedan rondan entre la aceptación y la indignación. ¿Se puede acusar al colectivero por no haber avisado previamente? ¿Es culpable o víctima de este trastrocamiento del orden predecible de las cosas? Los pasajeros todos no tardan en tomar partido y la encrucijada parte súbitamente al colectivo en dos, justo por el medio de esa columna vertebral imaginaria que representa el pasillo que discurre entre los asientos. El hierro se quiebra, desafiando toda ley de la física y la resistencia de los materiales. Las dos mitades quedan suspendidas en dos ruedas, haciendo equilibrio, burlando la fuerza gravedad con el vil truco del impulso, tal como lo hace una moto o un avión. Entre las partes aflora y ve la luz del sol el asfalto gastado de la calle Sarandí del centro porteño. “¡Es ella, ahí está!”, grita una señora entrada en shock. Si señora, es ella, la grieta.

Esta escena propia de un Macondo porteño imaginario es moneda corriente en la Argentina de estos años. Todo, absolutamente todo es susceptible de polarización, de grieta. De lo cotidiano a lo histórico, de lo micro a lo macro. ¡De lo fáctico a lo ideológico! Dos argentinos son capaces de discutir la redondez de la tierra con hipótesis absolutamente opuestas y con el mismo grado de falsedad en ambas. Imposible. Casi, menos en Argentina.

El panorama político económico crítico actual se puede ver entonces a través de dos cristales. Uno nos muestra que la culpa de lo que nos pasa es la política económica del gobierno actual, insensible y neoliberal, obsesionado en gobernar para los ricos y para sus aliados en el exterior, incapaz de dar respuestas a una sociedad con necesidades básicas insatisfechas. El otro cristal, en cambio, deja entrever que todo lo que nos pasa es responsabilidad de las gestiones pasadas y sus corruptelas, de las cuales cada día se descubre algo nuevo que viene a explicar cómo los derrapes y la insensatez del pasado condenaron nuestro presente.

Dos explicaciones simplistas para una realidad extremadamente compleja que conjuga errores políticos, ausencia de acuerdos básicos, cambios en el contexto internacional, falta de confianza, ajustes espontáneos del mercado, destapes de casos de corrupción, avance de procesos judiciales y vendavales políticos regionales, entre otras cosas. Siempre es más fácil, sin embargo, posicionarse en una visión obtusa y sesgada que aligere el entramado de la realidad, que la haga más soportable y aprehensible. El ciudadano político argentino no está para racionalidades cuando vive su vida como un partido de fútbol en el que perder no parece un resultado aceptable. La herencia del fervor italiano y gallego que forjaron esta patria se ve allí de forma palpable. Está en la calle, en los arrebatos, en los insultos, en el mal genio del ciudadano de a pie que discurre sus pasos esperando que el mundo venga cabizbajo a darle la razón.

Los acontecimientos que ponen en jaque nuestra percepción de la realidad, lejos de llamarnos a la reflexión, solidifican aún más las posturas irreconciliables y llevan la polarización a extremos que rayan el borde del abismo. Para aquel defensor acérrimo del kirchnerismo, todo avance judicial en casos de corrupción acontecidos en sus doce años de gobierno, en vez de sucintarle alguna duda, lo convence de la existencia de una clara operación judicial orquestada por el macrismo y convertida en show por los medios de comunicación, los cuales están acometidos en una cruzada mediática de desinformación y manipulación al mejor estilo de George Orwell en su dictatorial 1984. En la contracara, los detractores del kirchnerismo (se caracterizan más por ello que por ser defensores del macrismo) ante cada descalabro económico y social de hoy, ven claro el hilo conductor que se viene tensando desde el 2003 y que explica nuestra decadente realidad sin necesidad de recurrir a la admisión de la falta de pericia, tacto y predicción de los equipos de gobierno actuales.

En el medio de estas distantes posturas hay una desierta llanura, únicamente habitada por la verdad, que toma en restringidas dosis elementos de ambos polos para constituirse como tal. La perspectiva y la distancia de los extremos, sumadas a la transfiguración de los cristales, hace que cualquier persona que se pare en el medio sea vista por los polos como situada en la vereda de enfrente. Si faltan incentivos para habitar un desierto, basta sumarle la condena social de todos los vecinos para que sea una alternativa suicida.

La polarización, devenida en deporte nacional, se traslada así a todos los ámbitos. Prueba de ello es la última votación legislativa tras el debate por la despenalización del aborto. La puesta en agenda del tema, lejos de suscitar concilios, radicalizó las posturas tornándolas cada vez más antagónicas. Ninguno de los argumentos genuinos, que los hay en los dos arcos, serán jamás escuchados desde la otra vereda.  Con este y con cualquier tema sensible el arribo a entendimientos básicos es más que una utopía.

Es esta incapacidad de ver los hechos con objetividad y distancia la gran piedra en el zapato de un país absorbido por el fanatismo corrosivo de una y mil grietas insalvables. Una ceguera blanca y profunda, digna de la de los ciegos de Saramago, que impide e impedirá en el corto plazo la tan imperiosa e imprescindible reconciliación de la Argentina consigo misma. No hay peor ciego que aquel que no quiere ver.

 

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Julián Lambert

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