Viajes y ocio

¿por Qué Lisboa?

¿por Qué Lisboa? - Viajes y ocio
Muchas veces pensamos que el viaje de nuestra vida debe ser un destino exótico, donde podamos sumergirnos en paisajes insólitos y exuberantes, donde contactemos con culturas absolutamente diferentes a las nuestras y donde tomemos fotos que dejen boquiabiertos a nuestros amigos. Sin embargo, a veces vamos a un lugar cercano, sencillo, y sentimos que de alguna manera pertenecemos a ese nuevo destino, que parte de nosotros quiere quedarse ahí definitivamente y, cuando ha pasado un tiempo después de ese viaje, nos damos cuenta de que nuestros recuerdos se han quedado anclados a rincones y a olores, a los adoquines de una callejuela peatonal o al herrumbre que gotea de un puente metálico y nos hacemos conscientes de que nunca nos habíamos planteado que lugares así nos hicieran cambiar como lo hicieron.
Después de haber recorrido media Europa con la mochila a cuestas decidí un día irme a Lisboa. Había pospuesto siempre ese viaje porque al fin y al cabo Lisboa está ahí mismo, el portugués es similar al español y el estilo de vida de esa ciudad no era muy diferente de lo que vivía a diario aquí en España. Pero ese mes de septiembre tenía apenas unos pocos días para viajar y muchos menos para organizar el viaje, así que pensé: es el momento de ir a Lisboa.
Al bajarme del aerobús la primera impresión que tuve de la ciudad no fue especial, me pareció una ciudad más, con su tráfico, su huelga de taxistas y su bullicio. Tras sufrir la penitencia de subir unas cuestas terribles cargada con la maleta y con una ola de calor sofocante, llegué al apartamento con una impresión de Lisboa más mala que buena. ¿Cómo iba a suponer en ese momento que ese pequeño viaje improvisadísimo iba a ser una aventura inesperada en una de las ciudades más fascinantes que he podido conocer?
Contrastes es la palabra que mejor define la ciudad. Los edificios antiguos con sus azulejos blancos y azules reflejan el sol y le dan una luminosidad particular, ¡no he visto una luz igual en ninguna otra ciudad! Los miradores, abundantes y diáfanos, que se alongan sobre el estuario del Tajo evocan la partida de conquistadores hacia tierras nuevas y te regalan la perspectiva de tejados que bajo tus pies se aglomeran y superponen como en una acuarela de colores vivos. Las calles pendientes y los antiquísimos tranvías amarillos de madera que chirrían, quejumbrosos, al pasar por angostas calles por las que apenas caben, te transportan a la historia de una ciudad que es historia en sí misma. Alegría, luz y nostalgia se mezclan constantemente en cada pequeño recodo, donde el eco de los fados revolotea entre transeúntes y turistas que toman fotos. Al poner el pie dentro del elevador de Santa Justa, que pretende salvar al caminante de las empinadas cuestas lisboetas, te das cuenta de que Lisboa no es una ciudad al uso, dentro del elevador se para el tiempo y al salir, el Chiado te ofrece una amalgama de disparidad: la biblioteca más antigua del mundo cerca de un local moderno, un artista callejero y un vendedor de artesanía junto a boutiques de nuevos diseñadores, susurros de poetas y escritores junto a un centro comercial con wifi gratuita.
Y en plena ciudad, en unas antiguas fábricas abandonadas, Lx Factory supone un oasis de creatividad alternativa. Ahí dentro nada es como esperas que sea. Desde un restaurante con un ring en el centro hasta una escuela de actores, pasando por un área de co-working con estrafalarias cafeterías en su interior. Allí cada pared, cada puerta y hasta el espacio entre los edificios es una oportunidad creativa, una posibilidad de generar un mundo diferente, una realidad distinta. Entre sus paredes se desarrolla un mundo paralelo y la conciencia de que una nueva posibilidad, un nuevo concepto de trabajo y de vida bulle por todos lados, donde pueden derrumbarse con facilidad desfasados sistemas y donde cada persona tiene la capacidad de ser su propia creación.
Y aún fuera de Lisboa la magia continúa. En sus alrededores palpita también la autenticidad de esta ciudad extraordinaria. Jardines mágicos que albergan en su interior símbolos de alquimistas, de sociedades secretas y lugares iniciáticos. Castillos y palacios pintorescos, de caprichosa y colorida arquitectura ubicados entre colinas cubiertas de vegetación son el paraje idóneo para respirar y guardar en el interior todo aquello que el camino ha decidido depositar en tus zapatos.
Y qué sería de un viaje idílico sin una gastronomía para recordar. Mención especial requieren los dulces de Belém. Merece la pena hacer cola en la fábrica, tras haber visitado el Monasterio de los Jerónimos, que está muy cerca, para aspirar el aroma dulce de los deliciosos pasteles de hojaldre y yema de huevo. Saben a artesanía y a historia, a barrio costero y a receta guardada con celo y son, en sí mismos, un monumento portugués.
De los mil recuerdos maravillosos que me llevé de Lisboa, me quedo con uno en especial: un mediodía de cielo radiante en el que intentaba sofocar el calor a la sombra del monumento a los conquistadores. Observaba un inmenso barco que pasaba bajo el puente 25 de Abril mientras permanecía sentada casi en la orilla del Tajo escuchando a un artista callejero tocar un hang. En los momentos complicados del día a día vuelvo a ese lugar y a ese instante porque sé que de alguna manera aún permanezco allí viendo pasar el barco y escuchando hipnotizada el sonido del hang.
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Arimas

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