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Praga De Mis Fantasmas.



Praga De Mis Fantasmas. - Viajes y ocio

Viajé por primera vez a Praga, la capital de los checos, en 1991. Yo nunca había salido de mi país, Cuba, y aquello fue un verdadero premio. Encerrado desde siempre en la isla, rodeado de mar y utopías irrealizables sobre el hombre y sus causas y sus luchas y sus sacrificios, mi primer viaje a la Europa de mis lecturas y pesadillas fue un verdadero premio, algo que asumí casi como un milagro, y que de milagros y hallazgos estuvo lleno. Desde el vuelo en aquel avión enorme sacudido  por las turbulencias y los tortazos de niebla deshaciéndose contra el cristal de la ventana, hasta el amanecer visto desde el aire con su sol rojo sangre apareciendo al final de una llanura, que más que de nubes parecía de piedras;  desde la escala en el aeropuerto de Madrid, convertido en un basurero a consecuencia de una huelga de trabajadores de la limpieza, hasta mi llegada a la Praga azulada del atardecer, me sentí  dueño de los aires y las tempestades. Todo era mío y yo podía disponer del mundo a mi antojo. «A eso se le llama síndrome del viajero», me dijo un alemán taciturno que viajaba a mi lado  y que regresaba a Europa desde La Habana, «Te auguro muchos viajes», concluyó, con su español de perro hablador, «Este es mi último, me voy a Munich a morir». Ya en Praga, mi sentimiento fue de extraña cercanía, como si hubiese recorrido una y otra vez sus callejones góticos en una racha de invierno. Amante como soy del claroscuro y la sombra, cosa rara pues nací en una isla quemada por la luz, el país de los checos se me hizo asombrosamente cercano. Hasta el idioma, impronunciable, no me sonaba raro sino familiar, desempolvado de algún cajón de mi conciencia, como un impulso secuestrado que de súbito estallase. A mi paso, como si fuesen tapices, aquella tierra milenaria y doliente desenrollaba sus misterios de estatuas doradas, pórticos, pináculos de iglesias y ventanas cerradas para que yo admirase la calidad del tejido primorosamente bordado a lo largo de los siglos. Toda la ciudad era un teatro magnífico de marionetas y negrura, de músicos, miniaturistas y autómatas, de estucados, porcelanas translúcidas y arabescos florales… pero algo extraño latía detrás de la belleza, algo innombrable y sucio, como la sangre derramada. Yo no me asustaba. No era un turista, sino uno más, uno de ellos. Ah, magnífica sensación de pertenencia. Praga, con su castillo y sus fantasmas, Praga, con su reloj y sus apóstoles, sus esqueletos asesinos y su gallo cantor terminó de dibujar lo que las lecturas ya habían abocetado con fuerza en mí razón: la convicción de que «Otro yo» había desandado esas callejuelas con los alquimistas o había suspirado en el cementerio judío de Josefov mientras en las plazas ardían las brujas y los magos condenados por la inquisición . Ese «Otro yo» habitaba la urbe en cualquiera de sus épocas, vivía allí como pañero, tendero o fabricante de relojes. Tal vez estuviese a mi lado, en su dimensión eterna, colocando los diamantes  a un reloj. Ese «Otro yo» tenía mi rostro, mis manos y mi cojera… Allí, en medio de tanta gente, me diluí en una soledad espesa de notas musicales y aromas de panes horneados, de tictacs y candelabros de ocho brazos. Es lo que tiene transitar por las edades, nada nos resulta ajeno. Todas las  sensaciones que  compartí con Praga, y soy consciente de esto último, no las compartí en la ciudad sino con la ciudad, algunas de ellas por primera vez, como la sensación de pertenencia, tuvieron su confirmación años después cuando mi abuela materna me contó, en una tarde de aguacero, que sus abuelos, llegados a Cuba provenientes de España en un vapor lleno de hambre y piojos, no eran de origen ibérico sino judío, de la Europa central, de la zona de Bohemia, de los judíos llamados azquenazí. Una parte de estos azquenazís peregrinaron a la península  y  un par de siglos más tarde se convirtieron al cristianismo, «Sin dejar de ser judíos en su alma», para evitar que los católicos los expulsasen de su amada Toledo…¡Ah, entonces…! «Total, me dijo mi abuela, cuatrocientos años después vinieron para Cuba y ninguno quiso volver a España». El otro brazo familiar, el que no emigró nunca, se quedó en Bohemia. Es casi seguro que esta rama haya desaparecido del todo. Los últimos de  mis judíos de Bohemia, si vivieron hasta el siglo XX, seguramente fueron víctimas del Holocausto, como tantos. Los nazis asestaron al tronco el estacazo final.Lloré por ese «Otro yo» perdido y etéreo. Hoy yo también vivo en el exilio.  He vuelto a Praga varias veces a encontrarme con mi judío errante, que me recuerda la fragilidad de nuestra condición humana pero también su vocación de habitante de todas partes y de ninguna, su  afán de resistencia. Ya no lloro. Al fin y al cabo nunca fenecemos. Olvidamos que hemos sido, eso sí. Y es mejor, nos volveríamos locos. La eternidad devasta el raciocinio. Todas las épocas conviven a la vez, repitiendo sus errores y sus triunfos, todos huimos  para regresar y luego para volver a huir, y de nuevo regresamos y otra vez volvemos a huir… así hasta el infinito.

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ralfonsofer

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