Literatura

Presencia Siniestra

Presencia Siniestra - Literatura

Corrían los años 90 y allí me encontraba yo, una dulce niña de tan solo 4 años que iniciaba el recorrido de su vida en una estancia alejada en la localidad de Calvo.

Los recuerdos más nítidos de mi infancia remontan a estos años, en donde la vida en el campo nutria mi pequeña e inocente alma de incalculable diversión y felicidad.

Pero ahondando profundo en mi mente, puedo notar que esa genuina felicidad que abundaba en mis días se veía opacada por las extrañas experiencias que tenían lugar por las noches.

Vivía con mi pequeña familia compuesta por mis padres Mónica y Oscar y mi hermana menor Laura de apenas 2 años, en una estancia de 200 hectáreas de superficie con un casco compuesto por una casa de tamaño respetable y una pequeña piscina.

La casa era antigua, fue construida por mi abuelo varios años atrás. Pocas personas participaron de su construcción, puesto que mi abuelo auspició de arquitecto, albañil y pintor de la propiedad en cuestión, con excelentes resultados para su nula experiencia previa.

Analizando esto cuesta en primer momento entender la procedencia y el porqué de la incidencia de estos fenómenos que en breve pasaré a narrarles, pero que con el avance en la lectura podremos llegar a desglosar fácilmente.

Mi primera experiencia traumática en la propiedad ocurrió en estos años, la recuerdo muy claramente lo que estimo tiene que ver con el gran impacto y terror que causó en mí.

Todo comenzó una noche en la que me encontraba cenando con mi familia bajo la luz de un par de velas, muy de vez en cuando podíamos acceder a la luz eléctrica y solo utilizando las baterías de los autos o tractores de mi padre.

Después de la cena mis padres nos acompañaron a nuestra habitación y luego de un par de historias fantasiosas y rezos nos arroparon para que nos adentráramos en el mundo de los sueños.

Recuerdo sentir en ese momento una extraña sensación de soledad, digo extraña porque en realidad todo el tiempo estuve acompañada por mi hermanita Laura, que solía conciliar el sueño asombrosamente rápido.

Fue en estos momentos previos a conciliar el sueño que comencé a percibir que estábamos acompañadas. En principio recuerdo que para evitar asustarme trataba de redireccionar mi mente hacia momentos felices, animales del campo e incluso historias animadas, aquellas que con tanto amor nuestros padres nos narraban.  Pero esta noche puntualmente nada de esto surtía efecto. Intenté cubrirme con mis cobijas, pero lo único que conseguí fue una sensación de alivio pasajero seguida por un calor extenuante. Estaba muy asustada, me sentía completamente sola y desamparada a merced de ese «algo» que había irrumpido en mi habitación casi de manera imperceptible.

Luego de algunos minutos, que se sintieron eternos, decidí que debía afrontar mi miedo y corroborar que esto que me sucedía solo era una mala pasada que me estaba jugando mi imaginación. Respiré profundamente, recordé que mi hermana se encontraba conmigo allí, que debía protegerla de alguna manera y me asomé lentamente a través de mi “fuerte” de cobijas.

Creo que jamás olvidaré lo que vi esa noche allí, algo que achinó mi piel y heló mi sangre por varios segundos. Frente a nuestras camas, exactamente en el medio de la puerta de nuestra habitación estaba él. Un hombre extremadamente alto, sin cuerpo ni rostro, similar a una gran sombra que ocupaba la totalidad del sector de ingreso a la habitación. Algo muy particular y que llamo desde un primer momento mi atención fue que este hombre llevaba sobre su cabeza una gran galera negra.

Realmente me fue imposible gritar, no podía avisarles a mis padres, tampoco moverme para salir corriendo de allí. Por lo que ni bien pude recobrar un poco el aliento me cubrí nuevamente con mis cobijas y comencé a rezar que esta criatura no se acercara a mí o a Laura.

Pasados unos minutos, cuando el llanto ya había empapado cada rincón de mi almohada, decidí correr hacia la habitación de mis padres. Corrí rápidamente, casi a los tropiezos con los ojos entreabiertos para evitar ver si esa cosa permanecía ahí, en algún lugar.

Me precipité a la cama matrimonial de mis padres, comencé a llorar y a contarles con lujo de detalles todo lo acontecido minutos antes. Ambos intentaron tranquilizarme y convencerme de que seguramente todo había formado parte de un sueño y que debía volver a dormir a mi habitación. Me negué rotundamente a hacerlo y por el resto de esa noche dormí tranquilamente en la habitación de mis padres.

A la mañana siguiente mi abuela Paulina estaba de visita en casa, como todos los fines de semana. Le conté aún un poco asustada lo ocurrido la noche anterior, y sentí en ese momento que estaba frente a la primer y única persona que creía lo que estaba diciendo.

Esta fue mi primera experiencia sobrenatural, aquella que marcó para siempre mi vida y que antecedió a otras cuantas que les iré narrando a lo largo de mis artículos.

Culminaré la historia contándoles que no hace muchos años en medio de una plática en una fiesta familiar, esta historia vino a colación.

Para mi sorpresa, tanto mis padres como mi abuela recordaban lo acontecido casi con los mismos detalles que yo. En medio de la narración de la historia, mi abuela decidió contar porque creyó cada una de mis palabras el día posterior al hecho.

Según ella, luego de investigar y consultar al respecto, la historia de las tierras en la que estaba construida la casa no había sido fácil ni pacífica.

Las tierras en las que se encontraba la estancia pertenecieron hace muchos años atrás a una tribu de aborígenes llamada Los Pampas, parte de los pueblos originarios de mi país Argentina. Estas tierras les fueron expropiadas a la fuerza, resultado de sangrientas batallas, que mancharon con sangre las tierras en las que posteriormente se alzaron los cimientos de nuestra estancia.

Mi abuela creía y cree hasta el momento, que tanto la aparición que se me presentó esa noche, como otras tantas de las que ella fue testigo, se debieron a la violencia y sufrimiento del que fueron testigos esas tierras.

Jamás debemos restar importancia a la voz de los niños, ni a aquellas experiencias que dicen vivir. Realmente es doloroso no encontrar una palabra de aliento, comprensión o apoyo proveniente de aquellas personas que más amamos. Para algunos es un don tener la capacidad o sensibilidad de poder ver y escuchar estos fenómenos, para mí fue y será siempre una maldición. –

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Flopineiro91

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