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Primer Día De Clases Y Ansiedad Por Separación

Primer Día De Clases Y Ansiedad Por Separación - Sociedad

Hace algunos días que comenzaron las clases y para muchos pequeños fue la primera vez que se separaron de sus padres. Para mi pequeña no era el caso, prácticamente desde que nació se había criado en guardería.

Recuerdo el primer día que llegó a la estancia infantil que sería su hogar los siguientes tres años, era una bebé de poco menos de tres meses. Su papá y yo habíamos discutido fuertemente una par de semanas antes, se acercaba la fecha de término de mi permiso de maternidad y yo debía regresar a trabajar pronto; pero no quería, no podía separarme de ella, me dolía, así que pensé que ya que mi esposo tenía un trabajo estable quizá podría apoyarme mientras me quedaba en casa a criar a nuestra hija. No fue así, él se encolerizó y sólo atinaba a reclamar como pagaríamos nuestras deudas (que en realidad él había traído consigo desde antes de casarnos), así al día siguiente se fue en persona a buscar guardería.

El primer intento fue un fracaso, en la opción elegida había lugares y me quedé con ella el primer día de adaptación pero el lugar era una pesadilla: había más 15 niños entre bebés y no tanto, se supone que las salas debían estar separadas, pero aquí los tenían a todos juntos; sólo había dos maestras para tanto chiquillo y el estrés las hacía perder la paciencia, una de ellas estaba tratando de arrullar a un bebé que cargaba con una mano mientras zangoloteaba a otro en su silla mecedora con tanta fuerza que pensé se dañaría; además, varias veces al día llamaban a las maestras para hacer labor administrativa y dejaban solos a los pequeños; algunos niños se golpeaban la cabeza con los barrotes de su cuna que no tenían protección, y otros estaban en corral hacinados pateándose unos a otros. Era terrible y, por si fuera poco, no me dejaban cargar a mi bebé ni darle de comer cuando le daba hambre porque tenían “horarios estrictos” y no les daban a libre demanda. Demás está decir que ese día tomé en brazos a mi pequeña y me fui corriendo de ese lugar.

La segunda opción fue una guardería privada cerca del trabajo, la encontré justo una semana después del primer espanto. Aquí las cosas eran muy diferentes: las maestras nos inspiraron mucha confianza, el lugar parecía seguro, los pequeños estaban en las salas que les correspondían y nunca se quedaban solos. Así que decidí que este sería su hogar y el primer día dejé sin más a mi niña, muchas madres lloran a sus hijos cuando los dejan, yo no lo hice, no quería que mi hija pensara que la estaba dejando en un lugar inseguro, por el contrario, quería transmitirle que en ese sitio la amarían tanto como la amaba yo; por supuesto eso quizá era un engaño, pero de otra forma no la hubiera podido dejar, devastada por dentro como estaba mi único consuelo era que sería temporal, no lo fue, estuvo ahí tres años de su vida y durante mucho tiempo me decía “miss” en vez de mamá.

Al cumplir los tres años debíamos llevarla al preescolar, por lo que nuevamente mi pequeña tendría que enfrentarse a la separación por segunda vez en su vida. Tampoco fue agradable, en vacaciones hablamos con ella, tratamos de explicarle que ya era una niña grande y que iría a una nueva escuela en donde lo pasaría muy bien. Estuvo varios días con nosotros antes de entrar al jardín de niños, mi niña sufrió mucho: extrañaba a sus maestras, preguntaba todos los días por ellas, lloraba, los berrinches se volvieron insoportables y yo no sabía como controlar la situación, sabía que ella estaba sufriendo tanto porque había perdido a la única familia que había tenido durante años. Y no es que no nos quisiera; pero no era lo mismo estar con sus cuidadoras a las que había visto cada de su vida, que con nosotros a quienes sólo nos veía fines de semana, porque incluso entre semana al recogerla después de una larga jornada de trabajo, había veces en que se quedaba dormida y no la veía hasta la mañana siguiente.

Fueron las vacaciones más largas de mi vida, cuando por fin entró al preescolar parecía que todo mejoraría, el primer día la llevamos y entró entusiasmada. Cuando pasamos por ella en la tarde se veía contenta y su maestra había dicho que todo iba muy bien; pero a la mañana siguiente ella no quería entrar, en su vida había llorado al acudir a la escuela y ahora estaba hecha un mar de lágrimas pidiendo por su mamá y aferrándose a mis piernas de una forma que nunca había visto. La maestra la tuvo que cargar para llevarla adentro y no paraba de llorar. Ese día se comenzó a sentir mal, le dio temperatura y quizá yo esté exagerando, pero creo que enfermó de tristeza.

Dicen los que saben, que en el mundo natural no existe la ansiedad por separación, ésta sólo se da en circunstancias excepcionales; pero en nuestro mundo moderno pareciera ser la norma, tanto para las crías como para sus padres. El mundo no lo hace fácil: qué necesidad tendría una pequeña de estarse separando a cada momento de sus cuidadores para ir a dar parar con otras personas de las que también tendrá que separarse mucho antes de lo que su mente y cuerpo están preparados. Sufrimos hijos y padres porque no parece forma de conciliar trabajo y familia, aún en países en donde se reducen las jornadas laborales o se amplían los permisos de maternidad y paternidad.

Lo cierto, es que para que existiera una conciliación real que permitiera evitar la ansiedad por separación, los trabajos tendrían que dar permisos de hasta 4 años después de que nace el bebé ¿qué empresa puede darse el lujo de funcionar de esa forma? Yo creo que con voluntad política todo es posible, pero supongo que falta mucho para que evolucionamos tanto socialmente hablando, eso si algún día lo hacemos.

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blanestrod

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