Literatura

Querida Suegra (Terror)



Querida Suegra (Terror) - Literatura

Era como tantas veces, como todos los días y la misma rutina; Bertha salía diariamente de su trabajo en una fábrica de costura, era de las mejores en la confección de ropa y por lo mismo se le exigía más trabajo, pero la paga de horas extras era lo más redituable que ella podía recibir; ahora que sus suegros se habían ido a vivir con ella, ya que a causa del pasado terremoto del 19 de septiembre en la Ciudad de México, la casa de los padres de su esposo resultó seriamente dañada.

A decir verdad, Bertha estaba ya cansada de llegar a su casa y escuchar sólo quejas y reclamos por parte de doña Lupe su suegra, que los niños no la dejaban descansar, que hacían mucho ruido, que los juguetes quedaban tirados por toda la sala y un sin fin de quejas más.

Bertha ya sufría de fuertes dolores de cabeza a causa de que los gastos aumentaron, de que en su hogar ya no había ni una pizca siquiera de privacidad, pues doña Lupe entraba a su recámara aunque Bertha estuviese recién levantada y sólo en ropa interior.

-¡Doña Lupe! ¿que carajos le pasa? ¿cuantas veces le he dicho que toque a mi puerta antes de entrar?- replicaba la cansada mujer ante la impertinente intromición de la anciana enferma.

-¡Hay muchacha! ¿por que eres tan delicada? somos mujeres y somos de la familia, yo no sé por que te pones en ese plan tan pesado y me reclamas de ese modo- dijo doña Lupe, mientras buscaba en el closet de la recámara, la ropa de Antonio su hijo para poder plancharla.

-Mire suegra, mientras esté usted aqui junto con su marido; tienen que atender a lo que su hijo y yo digamos en cuanto al respeto y la privacidad- le dijo en tono muy molesto Bertha a doña Lupe, la cual con su mirada llena de indiferencia, siguió escarbando en la ropa de su hijo para llevarla a planchar.

Bertha dió un ahogado suspiro y fué a ver si los niños ya se habían vestido para llevarlos a la escuela.

Toñito y Fanny eran sus inquietos y hermosos chiquillos, la luz de su vida, su motor para seguir adelante en medio de este mundo lleno de injusticia como siempre refutaba ella.

Les preguntó en voz alta si ya estaban listos para llevarlos a la escuela; los niños apresurados le dijeron que ya estaban terminando de desayunar, de inmediato Bertha se enfundó en un cómodo pantalón, un sweter y una cahamarra y se dispuso a llevarlos, para de ahí dirigirse a su trabajo en la fábrica maquiladora.

Se encontraba liberada al salir de esa casa, en sí su trabajo le servía para dispersarse un poco, ya todo le abrumaba, sus suegros no tenían para cuando irse de la casa y su esposo trataba siempre de persuadirla y convencerla que tanto como doña Lupe y don Rafael eran de gran ayuda en la casa y con los niños.

Cosa que para ella era una vil mentira…

Se despidió con mucho amor de sus hijos cuando éstos entraron a la escuela.

Apresuró su paso para llegar pronto a la fábrica; tenía muchos planes a futuro, muchos sueños que cumplir junto a sus hijos.

Perla, una vecina de Bertha, era quien se encargaba de pasar por los hijos de Bertha a la escuela cuando a ésta le tocaba cumplir tiempo extra; con un simple mensaje de whatsapp la vecina le avisaba que los chicos ya estaban en su casa.

Había mucho que agradecer a la vida decía para sus adentros Bertha, unos hijos hermosos, su casa, un empleo bien remunerado, una buena vecina, pero todo se descomponía cuando a su mente llegaban sus suegros y peor aún doña Lupe; don Rafael no era mayor problema, se la pasaba jugando ajedrez con los nuevos amigos que había hecho al llegar al hogar de su hijo y de su familia, sólo llegaba a comer y cada que podía a escondidas le daba dinero a Bertha para ir sufragando un poco los duros gastos, pues el anciano era pensionado de Correos de México y cada que recibía su pensión, le pasaba una pequeña parte a la muchacha.

En una ocasión que Bertha llegó del trabajo, escuchó en la cocina como su suegra regañaba al viejo Rafael -Donde yo me entere que le das a Bertha dinero, no sabes como te va ¡viejo imbécil! ¡Ellos tienen toda la obligación de manternernos y darnos techo! Es nuestro hijo- y se escuchó como la decrépita anciana le daba tremenda bofetada al pobre y debil anciano, al mismo tiempo que el pobre sollozaba.

Como Bertha llegó a hurtadillas, ellos no repararon en la presencia de la misma, así que la joven madre tuvo todo el tiempo para escuchar los planes mezquinos de su suegra.

Fingió que apenas iba entrando y avisó a los niños de su llegada, trató de aguanterse el coraje y no irse encima a golpes a la abusiva de su suegra.

Los niños llegaron corriendo y la abrazaron -¡Mami, mami! ¡Que bueno que llegaste! ¡Tenemos mucha hambre!-

-Pero… ¿Acaso su abuela no les ha dado de comer?- Preguntó Bertha con una mueca de indignación y llena de rabia, mientras la anciana se asomó desde la cocina fingiendo estar enferma y agarrándose la cadera le dijo -Ay hija… Berthita, vieras que mal me siento-

Con la rabia apretada en los puños les dijo a sus pequeños que se pusieran una chamarra por que los iba a llevar a cenar unas hamburguesas.

La anciana mostrando una mejoria casi milagrosa le preguntó -¿Vamos a cenar en la calle hija?-

Bertha le contestó con un rotundo no, -Sólo me llevo a mis hijos para que coman lo que usted no les dió, me mato todas las noches cocinando para no molestarla ¿y con que me sale? ¿que se le olvidó darle de comer a mis hijos? ¿Tan siquiera le dió de comer a su marido?-

Y la anciana hipócritamente comenzó a llorar.

Los pequeños salieron ya provistos de sus chamarras y los tres salieron de ese lugar, que antes era un recinto sagrado para ellos, ahora convertido en un verdadero infierno.

Ya cuando Bertha y sus pequeños se fueron a cenar a una pequeña lonchería se encontraba más serena y más tranquila.

Abrazó y besó a sus pequeños, mientras les contaba un pequeño secreto…

-Mis amores- les dijo llena de ternura -¿Recuerdan a mi tía Edith? ¿La que vive en la playa?-

Los chiquillos intrigados le contestaron que si.

-Ah, pues he estado juntando un dinerito para irnos unos días con ella, allá en Acapulco- Y llena de regocijo abrazó y llenó de besos a sus hijos.

-¿Mis abuelos también van a ir?- Preguntó en un tono inocente Toñito.

-No hijo, ellos se van a quedar aquí, con tu papá- Dijo Bertha en un tono más que sombrío.

Al terminar de cenar, regresaron a casa; la joven sintió un fuerte dolor de estómago, cuando al entrar vió a su esposo sentado junto a su madre en la sala, la anciana se veía que había llorado mucho y aún suspiraba lastimeramente como una pequeña chiquilla que acababa de tener una crisis llena de berrinches.

Bertha miró angustiada a su esposo y este con una mirada de reclamo y resentimiento le preguntó -¿Por qué le has gritado a mi madre? ¿Acaso no te das cuenta que ella está enferma? Tiene diabetes y es hipertensa ¿Y así te atreves a gritarle? Eres una inconsciente Bertha ¡No chingues! Un día de estos vas a matar a mi madre de un coraje- Gritó Toño mientras aventaba de la mesa del comedor un pequeño salero.

Bertha mandó a los niños a su habitación y le replicó a su marido -¿Como no quieres que le grite si no les dió de comer a los niños y tampoco a tu papá?

Bertha sintió la pesada mano de Antonio estrellarse contra su delicada mejilla, ella sólo retrocedió tocándose la cara para tratar de mitigar el dolor.

Su esposo se dió cuenta de su error y tardíamente trató de disculparse, tratando de acercarse y pedirle lo perdonara, mientras doña Lupe sonreía cínicamente al ver la violenta escena que ella misma había suscitado.

Bertha entró a su recámara y sacó su ropa y sus escasas pertenencias de ahí, su lazo matrimonial con Toño ya estaba muy desgastado y esa escena tan dolorosa y vergonzosa, fue la gota que derramó el vaso.

Llegó con sus cosas a la recámara de sus hijos, los pequeños estaban muy asustados y de inmediato la abrazaron.

A partir de ahí se dijo ella misma, todo iba a ser diferente…

Al siguiente día le anunciaron que tenía que cubrir horas extras, por lo cual le pidió a su amiga Perla si iba por sus pequeños y les daba de comer, más tarde le iba a explicar lo que estaba sucediendo en su casa.

Perla, sin chistar le dijo que no se preocupara, que ella se haría cargo de sus pequeños hasta que regresara de la fábrica.

Toñito y Fanny entraron a la casa con gesto solemne, a pesar de que eran muy pequeños, se dieron cuenta del conflicto que se había armado la noche anterior; no saludaron ni a su abuela ni a su padre; sólo se acercaron a darle un tierno beso a su abuelo Rafael.

Bertha se fue a la cocina para prepararse un café.

Antonio se acercó a ella para poder hablar, ésta  amenazante le dijo -Acércate a mi o a mis hijos y te destripo con este cuchillo desgraciado y a tu madre también- mientras la ya cansada mujer empuñaba un afilado cuchillo filetero que brillaba amenazante dispuesto a enterrarse en cualquier parte blanda del cuerpo de Antonio o de su patética madre.

Antonio retrocedió lleno de temor y salió de inmediato de la cocina.

Al siguiente día y como era de esperarse, ante el ajetreo de la escuela y del trabajo, Bertha les preparaba el desayudo a los niños y no se percató que Toñito le dijo a su abuela que su mamá tenía un dinero ahorrado, que se los iba a llevar de vacaciones a Acapulco.

-Mi mami está juntando dinero para llevarnos de vacaciones a la playa, pero dice que ni mi papá ni ustedes van a ir, por que tú eres muy mala abuela- dijo el pequeño, en lo que se tomaba su vaso de leche con chocolate.

la anciana le miró sorprendida y le dijo0 al chiquillo -Que gusto me da hijito, que se vayan a divertir, nosotros ya estamos viejos y somos ya una carga para ustedes, oye Toñito ¿Y a poco tu mamá juntó ya mucho dinero?-

El pequeño le dijo -Si abuela, lo tiene guardado en el ropero de Fanny, en un bote de chocolate-

La anciana sólo se sonrió, en lo que comenzaba a recoger los trastes del comedor.

Tanto doña Lupe como su esposo Rafael, se pasaban horas dentro de la pequeña casa.

-Oye Lupe ¿quieres ir a dar una vuelta al parque? Le preguntó su cansado esposo a la anciana, la misma que se negó a salir con él, argumentando que le dolía la cabeza, a causa de su hipertensión.

Cayó la tarde y el bullicio de los niños llenó de nuevo la casa, era ya un viernes de quincena y Bertha llevó a sus pequeños al cine, todo fué alegría y carcajadas ese día.

En la noche se había prometido a ella misma consentirse con una mascarilla en la recámara de su hijos, mientras hacían planes para su viaje a la playa.

Ni siquiera se percató de que Antonio ya había llegado y la anciana se dirponía a calentarle la cena.

-¿Está Bertha con los niños mamá?Le preguntó a la decrépita vieja, a lo que ella le contestó en voz muy baja -Si, ahí está encerrada con los niños, no han querido salir, se los llevó al cine-

El, con un gesto más que apesadumbrado por lo que pasó la noche anterior, bajó la mirada y siguió comiendo.

Al siguiente día, temprano de ese sábado, Perla pasó por los pequeños para llevarlos al parque, junto con los hijos de ésta misma, los cuales se llevaban de maravilla; entre gritos y brincos se fueron haciendo tremenda alharaca.

Antonio se fué a trabajar, el viejo Rafael había salido a su partido de ajedrez, sólo Bertha y su suegra quedaban solas en la casa.

Hubo un silencio pesado, ahora la joven se había dado cuenta de cuanto odiaba a la madre de su débil y manipulado esposo.

Entró para hacer la recámara de sus hijos y recordó guardar otro tanto de su quincena en los ahorros que tenía para llevarse a los niños a la playa.

Abrió satisfecha el ropero de Fanny para poder contar el dinero que ya llevaba ahorrado.

Sintió un leve escalofrío al no encontrar el botecito dónde tenía los ahorros.

Comenzó a sudar frío, un frío lleno de rabia, al sacar y remover todas las cosas de su hija, no vió por ningún lado sus ahorros, aún esperanzada fué al ropero de Toñito, sacó toda la ropa y juguetes que en él había, no encontró nada, removió todo desesperada; eran cerca de veite mil pesos que no encontraba por ningún lado y que por más de cuatro años había estado ahorrando tras muchos sacrificios, Bertha comenzó a sentirse muy mal y un fuerte dolor en el estómago la invadió, fué al baño a vomitar y aún se preguntaba que había pasado, donde habían quedado esos ahorros que tenía guardados para sus hijos.

Se sintió mareada y tambaleante salió de su casa… Con la vista nublada y con las manos temblorosas, como pudo abrió la puerta; sus brazos le dolían intensamente, su espalda la sentía partida en dos, perdió la noción de todo, del lugar, de la hora, de ella misma.

Sus ojos se nublaron y perdió el conocimiento a mitad de la calle.

Cuando recuperó el sentido, su esposo y su suegro estaban en urgencias del hospital, una enfermera la llevó con ellos en una silla de ruedas, la chica amablemente les dijo que Bertha se encontraba ya estabilizada, pues a causa de una fuerte impresión, su presión arterial se había disparado, a punto de causarle casi la muerte.

Ya habían pasado tres días del suceso tan lamentable que había sufrido la pobre mujer.

Debilmente le preguntó a Toño como estaban sus hijos y él con la mirada perdida le contestó -Los niños están bien, los está cuidando Perla- Bertha sintió un gran alivio; mientras miraba el rostro apesadumbrado de su suegro.

-Don Rafa ¿que le sucede?- le preguntó Bertha al desvalido anciano…

-Ay hija, yo no te quería decir, pero tu suegra está desaparecida; la hemos buscado y no la encontramos por ningún lado, desapareció el día en que te encontraron a mitad de la calle- empezó a sollozar el pobre anciano, mientras su hijo le extendía un pañuelo para que se limpiara las lágrimas.

Bertha volvió a sentir como ese escalofrío le recorría de nuevo el cuerpo, el dolor de su espalda y de sus manos, poco a poco todo iba tomando para ella sentido.

Al llegar a su casa, los niños corrieron a abrazarla, los llenó de besos aunque aún se sentía débil, pero respiraba en su casa una paz inusitada; entró a la recámara de sus hijos, todo estaba desordenado, como cuando ella trataba de encontrar el botecito con todos sus ahorros, de repente… El bote estaba ahí, intacto, con todos su ahorros ahí dentro, Toñito entró y le dijo -Mami ¿si nos vamos a ir a la playa? recuerda que la abuela está extraviada, ella volteó a ver a su amado hijo y le acarició la cabeza -Claro que si mi niño, nada ni nadie va a cambier nuestros planes- Y se sentó en la cama, suspirando aliviada.

A pocos días para irse de viaje con sus hijos, dieron la noticia que habían encontrado los restos de doña Lupe en completo estado de putrefacción, cerca de ahí, que había sido estrangulada con una de sus medias y había sospechas de un ataque sexual.

La gente indignada se preguntaba qué clase de degenerado sexual la habría atacado, era difícil saberlo de acuerdo al estado de descomposición en el cual se encontraba.

Ella y los niños se fueron con la tía Edith, nada ni nadie iba a entorpecer ese viaje maravilloso, estaba decidida a divirciarse de Antonio, en cuanto regresara con sus hijos de aquel viaje.

Bertha, jamás olvidará el placer inusitado que sintió cuando apretaba fuertemente el cuello de su suegra con su propia media, sólo ella sabe de dónde sacó tantas fuerzas para asesinarla y arrastrar envuelto en una cobija aquel pesado cuerpo ya inherte.

Ella no estaba en sus cabales cuando se percató que la misma suegra le había robado el dinero y cuando encontró el bote con todos sus ahorros en el cuarto que se les había habilitado a los padres de Antonio, ella lo recuerda como algo muy lejano, como una escena de una tétrica película, donde se siente la sed de venganza de aquel que fue humillado tantas veces y cada que recuerda el rictur de dolor de doña Lupe, ella sonríe sutilmente, después de todo, también le ayudó a don Rafael de librarse de una mujer tan tóxica.

una anciana le hace la vida imposible a la esposa de su hijo

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Acerca del autor

María Elena Fernánde Quezada

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