Literatura

Reconciliación

Reconciliación - Literatura

Había llenado la bañera para meterme dentro, con el agua muy, muy caliente. Me relaja. A ella nunca le ha gustado, cosa que no entiendo, pero a mí me encanta, sudar sin apenas notarlo porque se diluye, sentir ese calor húmedo que no me llega a molestar.

Me encontraba tumbada boca arriba, con la cabeza sumergida, exceptuando la cara que sobresalía ligeramente. Escuchaba los latidos de mi corazón retumbar en mis oídos anegados, cuando de repente me llegó el sonido de la puerta.

No podía creerlo, después de la discusión que tuvimos anoche, se fue a dormir a casa de su hermana. Nunca se había enfadado hasta ese punto y desde entonces no había sabido nada de ella. Eché en falta, principalmente, esa llamada de teléfono, habitual a media mañana, para preguntarme cómo va el día y qué estoy haciendo. Sentir su aroma en mi cama sin poder saber si ella habría conseguido dormir lejos de mí, también fue insoportable.

Me incorporé levemente, más que para observar qué sucedía, para darle pistas con el sonido del agua de donde me encontraba. En menos de dos segundos la tenía delante de mí. Reflejaba una tristeza en sus ojos que me dejaba claro que no estaba mucho mejor que yo.

No sé cuánto tiempo estuvimos sin hablar, sólo mirándonos, hasta que por fin soltó un “hola” al que respondí haciendo lo propio.

Totalmente absorta en su cuerpo, observé cómo se iba desprendiendo de su ropa poco a poco, sin dejar de mirarme, seguramente buscando mi aprobación o un posible reproche, pero lo único que yo sentía era deseo. Deseo de tenerla en mis brazos, de abrazarla, de pedirle que no se fuera nunca más, de gritarle cuanto la quiero, de amarla hasta la saciedad, porque sólo de ese modo me siento viva.

Entró en la bañera con cuidado, se recostó en mi pecho y, de este modo, quedó de espaldas a mí y fue como encontrar un oasis después de interminables días vagando por el desierto.

“Tenemos que hablar”, me dijo mientras se giraba levemente para mirarme. “Sí, y mucho”, respondí yo, pero no en ese momento. Ya habría tiempo, de hecho, lo ha habido, después de dejarle claro con mis caricias cuánto la amo, de hacerle ver con mis besos que es mi vida, de calmar el calor de su piel con mis labios, de saciar mi sed con su cuerpo.

Ahora duerme y su respiración acompasada me parece música celestial. ¡Cuántas vueltas debió de dar anoche en la cama! Aunque no más que yo. Sin embargo, ahora está aquí, conmigo, y me ha dicho que no tiene intención de irse de nuevo, que ya no sabe vivir sin mí.

¡Quédate mi amor! Quédate.

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maytane

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