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RECUERDOS DE DOY



RECUERDOS DE DOY - Literatura

RECUERDOS DE DOY

Lo conocí en una isla, la Gran Isla, también llamada la isla de los secretos olvidados.

Mi destino era Nairobi, base durante dos días sin conocer mi destino, y al fin, con el cuerpo roto y mucha hambre visualicé la cima de una palmera y nadé mucho más deprisa y mucho más dolorida hacia la conquista de aquellos dátiles que pendían mecidos por el viento y que para mí constituían el mayor de los tesoros.

Lo vi acercarse a la orilla, acercarse hacia mí. Su tez morena contrastaba con ese cabello rubio que caía indiscriminadamente sobre sus hombros. Calculé que tendría unos diez años.

Salí del mar y fui a su encuentro. Me miró. Me cogió la mano izquierda y depositó sobre ella dos pequeños dientes, diminutos dientes, dos dientecitos que parecían dos granitos de arena que apenas se vislumbraban en mi mano.

Me miró de nuevo. Sonreía. Yo no sabía qué pensar. Me pregunté si querría un regalo del ratoncito Pérez. Debió adivinar mi desconcierto porque me dijo:
– Es por si quieres irte de la isla.

Le hubiera contestado:
– ¿En serio me das esta mierda de dientes en este momento? ¿Te imaginas el hambre y el frío que tengo y lo cansada que estoy?

Pero me contuve y creo que fui correcta al preguntarle cómo me iban a servir esos dientecillos para salir de la isla.
– Estos dientes te servirán para pagar al encargado del embarcadero. No están hechos de mierda y ya sé qué tienes hambre, frío y cansancio.

Mi estupefacción no tenía límites pero esto no impidió que me zampara con ávidez los dátiles que me ofreció.

Fue una decisión demasiado rápida. Le dije que quería quedarme mientras le devolvía los dientes y le daba las gracias por los dátiles. Lo hice por curiosidad. Algo muy atrayente me conducía a quedarme en aquel lugar.

– Vale, pero quedátelos, me contestó negándose a coger los dientes.
– No tengo nada para guardarlos.
-Toma, dijo colgándome un pequeño bolso en el cuello. Ven.

Mientras le seguía pensé muchas cosas, por ejemplo, que me llevaba ante su tribu y que me rechazaban, que me obligaban a
abandonar la isla o que me asaban en un pincho gigante porque ellos comían algo más que dátiles…

– ¿Cómo te llamas?- le pregunté
– Doy
– Sí, ya sé que das. Me has dado dos dientes, un bolsito y unos dátiles.
– Que me llamo Doy
– Vale, vale.

Pasé tres semanas junto a Doy. Comíamos dátiles, unos frutos secos llamados nurros, coco y leche de coco.
Por la noche dormíamos juntos y muy acurrucados arropados por varias hojas de palmera. Por el día poníamos nombre a cualquier animal que nos encontrábamos de camino a la playa o de camino al bosque como Cuqui, Churri, Bello, Lorry y hasta Cornelia o Pazguato.

Así pasaban los días: dátiles, coco, bosque-playa, leche de coco,
playa-, bosque, nurros, más leche de coco y al despertar de nuevo lo mismo.
No vi a ningún ser humano más.

Doy parecía feliz. No quería hablar de su pasado. Y yo no hablaba del mío porque no creo que a él le hubiera interesado en absoluto. Además, mi sensación es que allí se vivía en una relación espacio – tiempo muy distinta a lo que yo conocía. Era como si sólo se pudiera vivir un presente de cocos, nurros, baños en el mar, nombramiento de animales y observancia de las estrellas.

Un día me desperté y decidí que me marcharía.

Me colgué el bolsito con los dos dientes y le pregunté dónde estaba el embarcadero.
Sin un mínimo gesto de sorpresa me dijo:

-Yo te acompaño

Caminamos varias horas por la orilla de la playa y de pronto divisé a dos personas a lo lejos, un hombre y una mujer.

-Hola, Doy
-Hola, Ana quiere ir a casa. Adiós, Ana.
Y sin decir nada más, se alejó nadando.

Les di mi bolsito con los dientes a la pareja del embarcadero y me llevaron a una lancha. La mujer se quedó con el bolso y el hombre me llevó a la ciudad más cercana, a la que llegamos después de dos días de travesía marina.

Mientras divisaba los edificios en la lejanía pensé cuánto echaba menos un buen café con leche y galletas. En aquella ciudad me esperaban los supermercados, los cines y por supuesto Twitter, Facebook e Instagram.

Los años pasaron con prisa desde que abandoné aquella inquietante isla. A mi hijo y a mí nos gustaba mucho ir a la playa. Una mañana estábamos construyendo un castillo de arena cuando de repente, Marcos dejó la pala y el rastrillo y se dirigió hacia el mar.

-Marcos, no. ¡Cuidado!

Me levanté y me dirigí con él a la orilla.
De pronto se giró hacia mí y extendiendo su manita bronceada y colocó en mi mano izquierda dos trocitos muy pequeños de alguna caracola que la erosión había destruido. Y con su deliciosa voz de niño me dijo:

-Mamá, mamá, recuerdos de Doy.

Mariarques

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MARIARQUES

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