Literatura

Recuerdos de familia II



Recuerdos de familia II - Literatura

Cuando a mí se me metía algo en la cabeza, no paraba hasta que lo conseguía (¡ojalá hubiera conservado esa perseverancia en mi vida adulta!), y así fue que, viendo los episodios de “El Gran Chaparral”, una serie americana que versaba sobre una familia mitad tejana, mitad mexicana, puesto que el patriarca era tejano y la matriarca mexicana, que poseía un rancho y que siempre estaba metida en problemas (lógico, porque, de lo contrario, no hubiera habido serie), creció en mí la admiración por uno de sus personajes, Manolito Montoya, que era hermano de la matriarca y que era tan hábil con el revólver como simpático. Y, entonces, se me metió entre ceja y ceja, que tenía que tener un revólver de apariencia mexicana, con filigranas en el cañón y la culata; y, quiso el destino, que en una juguetería que había próxima a mi casa, precisamente, poco antes de llegar al parque que mencioné en mi relato anterior, viera, en su escaparate, un revólver como los que aparecían en los “western”, una reproducción, de plástico,  de un Colt-45, de color negro, con las cachas (que son las piezas que cubren el mango, o la culata de un arma de fuego) en marrón.

¡Para qué fue aquello!…volví loca a mi madre para que me comprara aquella pistola, y mi madre se resistía porque yo ya tenía un par de decenas de pistolas de todos los tipos, de todas las épocas y “de todos los colores”, y no entendía que yo estuviera tan empeñado en aquella, y tampoco estaba dispuesta a ceder a mis caprichos “porque sí”. En mi descargo he de decir que, si había acumulado tal cantidad de juguetes, casi todos bélicos, fue debido a que era muy cuidadoso con ellos, y, después de jugar, a algunos de ellos, incluso, acostumbraba hasta a guardarlos en sus cajas originales, si había sido posible conservarlas tras la emoción que me supuso el abrirlas, cuando me hicieron el regalo; jamás rompía un juguete por tratarlo con descuido, sino por el normal deterioro que su uso continuado llevara aparejado o por algún desgraciado accidente.

Bueno, pues, una vez aclarado este extremo, les cuento que, por espacio de dos semanas, sometí a mi madre a una tortura sicológica importante; le apliqué lo que, en términos baloncestísticos, se conoce como “presión en toda la pista”, porque le hablaba, mañana, tarde y noche, de la dichosa pistolita;  además, apremiándola a que me la comprara lo antes posible, porque si no lo hacía, desaparecería, pues estaba seguro de que había un montón de niños, que, como yo, trataban de convencer a sus madres para que se la compraran, y el que fuera más persistente, tendría su recompensa.

Al final, volví a mi madre tan “loca” con el tema, que accedió a comprarme la dichosa pistolita, sólo por hacer que, por fin, me callara, la dejara en paz y volviera a ser el niño acostumbrado a jugar solo con sus juguetes, sin molestar a nadie y sin que, apenas, se notara su presencia.

Todos los domingos, mi padre me daba una paga semanal que, en la época de la que estoy hablando, era de veinticinco pesetas y que yo, invariablemente, solía destinar, íntegramente, a la compra de un cochecito. Ya tenía una colección importante de aquellos cochecitos de los que llegué a acumular más de ciento cincuenta, teniendo repetidos algunos modelos que me habían gustado especialmente. Los cochecitos eran una maravilla, pues eran reproducciones a escala de coches reales y, en algunos casos, podían abrirse las portezuelas, el capó, el maletero…Eran de la marca “Matchbox”, la más popular del momento,  y, en todas las jugueterías, se vendían unos maletines que contenían varias decenas de esos cochecitos, pero a mí nunca me gustaron esos maletines porque en ellos te incluían muchos vehículos que a mí no me gustaban; yo prefería elegir los coches que quería adquirir. Y, entonces, mi madre me propuso adelantarme el dinero para comprar la pistola, y que, cada domingo, yo le devolviera parte de ese préstamo, dándole a ella el dinero que mi padre me daba en concepto de “dinero del domingo”, a lo que yo accedí, de inmediato. Así pues, esa misma tarde, después de que mi madre me recogiera en el colegio, de camino a casa, pasamos por la juguetería, y mi madre me compró “el objeto de mis sueños”, pagando por él la cantidad de ciento veinticinco pesetas, con lo que, al final, pudo respirar tranquila y yo quedé contento a pesar de saber que tendría que esperar por espacio de mes y medio para continuar haciendo crecer mi colección de cochecitos.

Yo estuve, durante algunos días, muy emocionado, jugando con mi nueva pistola que, en realidad, era para ser utilizada con unos mixtos, que hacía que sonara como si, de verdad, disparara, pero a nuestra perrita, “Lunita”, le asustaban, mucho, los petardos y todo tipo de pirotecnia, así que yo nunca llegué a utilizar los mixtos que me vinieron con la pistola, porque, de hecho, a mí tampoco me resultaba agradable el sonido, ni se parecía, en nada, al sonido que producían las pistolas de verdad.

Yo estaba bastante flaquito porque “era muy malo para comer”; casi nada me gustaba y para mi madre era una tortura, cada vez que llegaba la hora del desayuno, del almuerzo o de la cena, porque sabía que habría pelea conmigo. La pobrecita no quedaba lo que no hacía para hacer que comiera, de modo que me contaba historias mientras almorzaba, metiéndome la comida por la boca, intercalando los consabidos “¡abre la boca!”, con las frases propias de las historias de indios y vaqueros que luchaban persiguiendo tesoros, que me contaba. Por las tardes, cuando regresaba del colegio, lo tenía más fácil, porque ya la televisión estaba funcionando (creo recordar que, en esa época, las emisiones empezaban a partir del mediodía), y ponían algunas de mis series favoritas, como eran “Furia” (cuyo protagonista era un precioso caballo negro,  muy inteligente); “Rin Tin Tin” (cuyos protagonistas eran un perro pastor alemán y su dueño, el cabo Rusty, que era un niño, sirviendo ambos en la caballería del ejército de los EEUU, en tiempos del salvaje oeste); “Tarzán” (que poco hay que explicar al respecto); “Meteoro” (que era una serie de dibujos animados que versaba sobre un piloto de carreras)…y mi madre aprovechaba para darme una sustanciosa merienda a base de proteínas “a lo bestia”, pues me daba lo que, en mi tierra, se conoce como “huevos mole” y que, creo, no era otra cosa que yemas de huevo batidas con azúcar; de esta forma, mi madre quería compensar el hecho de que comiera poco en las demás comidas. Ella me ponía frente al televisor y, una vez que empezaba la serie en cuestión, yo “caía en trance” y ella podía hacer de mí lo que quisiera, mientras yo pudiera mantener la vista fija en la pantalla.

Pues bien, una tarde, poco tiempo después de que mi madre me hubiera comprado la pistola, la tenía en la mano, y miraba la televisión, después de que me hubiera dado de merendar; ella se había ido a alguno de los pisos de arriba, para continuar con sus labores domésticas (vivíamos en una casa de tres plantas, aunque no se trataba de una casa grande), en eso que apareció mi hermana, Rosi, y se quedó a ver la televisión conmigo. En esos tiempos solo había una cadena de televisión, así que no había posibilidad de que nos peleáramos por lo que habríamos de ver. En esos momentos, estaban emitiendo un programa que trataba sobre perros y sobre su adiestramiento, y el adiestrador, en un momento dado, abre la boca del perro y le escupe dentro, explicando, acto seguido, que eso dejaba claro, al perro, quién era su dueño; quien era el que mandaba, creando unos lazos más estrechos entre perro y amo (algo absurdo hoy en día, pero era una creencia propia de aquellos tiempos) y, entonces, mi hermana se giró y me miró, con esa mirada maligna que solía poner cuando pensaba hacerme objeto de alguna de sus fechorías;  yo, de inmediato, comprendí qué era lo que pensaba hacer, pero cuando iba a emprender la huida para buscar la protección de mi madre,  Rosi fue más rápida que yo,  y me atrapó, poco después de que me levantara del sofá, en el que habíamos estado sentados; me tiró al suelo y me inmovilizó sobre la alfombra, situándose a horcajadas sobre mí y poniendo sus rodillas sobre mis brazos, extendidos, de modo que los suyos quedaron libres para, haciéndome cosquillas, conseguir que abriera la boca, aprovechando para meter sus dedos en la misma para, acto seguido, escupir dentro de ella, hecho lo cual se levantó, riéndose y diciéndome que, a partir de ese momento, ella era mi dueña. Yo me levanté, con un enfado monumental, llorando y escupiendo, tratando de hacer que cualquier mínima gota de su saliva desapareciera de mi boca, y no solo por el asco que ello me infundía, pues yo era bastante escrupuloso, sino por la sensación de impotencia, y de humillación que había sentido por el abuso al que había sido sometido por el ser al que, en esos momentos, más detestaba en el mundo (y ese sentimiento se repetiría con cierta frecuencia en el tiempo, durante mi más tierna infancia; sentimiento que, de cuando en cuando, se alternaría con el del más grande afecto que sentiría por nadie; ¡cosas de hermanos!).

Una vez que me hube levantado del suelo, evalué, rápidamente, la situación y decidí que si le contaba a mi madre lo que realmente había pasado, mi madre, como mucho, reprendería a mi hermana, o le impondría un castigo “venial”, que no vendría a reparar, ni de lejos, la profunda humillación que yo había sentido, acompañado de su habitual comentario de: “¡lo que no se le ocurra a esta niña!”, que a mí se sonaba a una mezcla de asombro y admiración ante las demoniacas ocurrencias del pequeño monstruo que estaba creando (y criando). En ese momento, miré hacia el sofá y vi, sobre él, la pistola que mi madre me había comprado hacia solo unos días y me vino a la mente la idea que llevaría a la práctica instantes más tarde;  y así fue que me fui hacia el sofá y cogí la pistola ante la expectante mirada de mi hermana:

-¿Me vas a disparar?-me preguntó, con sorna.

En ese instante, cogiendo la pistola por el cañón y el tambor, con ambas manos, le contesté:

-No, voy a hacer algo mejor que, eso; la voy a romper y le voy a decir a mamá que lo hiciste tú.

-No te creo; llevabas semanas “dándole la tabarra”, a mamá, para que te comprara la dichosa pistolita y estas todo el santo día jugando con ella. Estás “como Mateo” con la pistolita-dijo ella, con una sonrisita que ponía de manifiesto su autocomplacencia por lo inteligente de sus conclusiones.

En ese momento, sin querer darme más tiempo para recapacitar, y no tener la posibilidad de arrepentirme y así cambiar de idea, comencé a hacer fuerza para romper el cañón de la pistolita, mientras ella se abalanzaba hacia mí, para impedirme que lo hiciera, quitándomela de las manos, pero antes de que pudiera hacerlo, se oyó el crujir del plástico al romperse.

Cuando vi el cañón de la pistolita en mi mano izquierda y el resto en mi mano derecha, empecé a llorar desconsolada, y sinceramente, pues, tal y como había dicho mi hermana, momentos antes, “estaba como loco” de felicidad con aquel juguete. Mi madre no se creería, nunca, que lo habría podido hacer yo mismo y así fue que “berreando” a todo lo que daban mis pulmones, salí corriendo, escaleras arriba, para localizar a mi madre y enseñarle “el fruto de la última maldad de mi hermana”.

Desde luego que mi madre no se “tragó” la versión de mi hermana, de que había sido yo el que,  de motu proprio, había roto la pistola; versión en la que, por supuesto, “olvidó” mencionar que había escupido en el interior de mi boca para hacer que le perteneciera. Tampoco yo lo mencioné porque intuía, que si lo hacía,  mi versión de los hechos perdería “fuerza”.

A mi madre le molestaba, y mucho, la maldad gratuita, aquel tipo de maldad que se comete sin que el actor (el malo) perciba ningún beneficio por ello; es decir, aquel tipo de maldad que tiene como único propósito el hacer daño a la víctima de la misma. Y, en este caso, para ella, que tenía que “juzgar” siempre, basándose en suposiciones y en presunciones, porque estaba claro que cuando estábamos en su presencia, todos nos portábamos bien, estaba claro que el romper la pistolita no le habría de traer ningún beneficio a mi hermana, sino que,  simplemente, lo había hecho para hacerme daño a mí. Por ese motivo, castigó a mi hermana a la pena máxima dentro de su particular “código penal”: me tuvo que dar el dinero que había costado la pistola; la dejó sin salir durante un mes y le prohibió acercarse al tercer piso de la casa en donde estaba mi lugar habitual de juegos, procurando tenernos vigilados en aquellos momentos inevitables en los que fuera necesario que compartiésemos espacio. Ni que decir tiene que esta última medida tuvo una vida bastante efímera, dadas las dificultades que comportaba su aplicación. Y, lo que no fue un detalle baladí: me ahorró el tener que escuchar la consabida frase de “¡lo que no se le ocurra a esta niña!”, que a mí me resultaba tan humillante en sus “sentencias”, pues denotaban, según mi leal entender, cierto tributo hacia la mente “criminal” de Rosi,  que había sido capaz de urdir la fechoría de la que yo había sido víctima.

En la juguetería no tenían más pistolas como aquella, así fue que yo traté de recomponer la mía, pegándola con pegamento;  pero el pegamento más habitual en aquella época era el Imedio, que venía en dos versiones, una en tubo, y que era transparente, pudiendo ser utilizada, en teoría, para pegar plásticos y otra que lo hacía en una especie de potitos, que era una pasta  de color blanco y que servía para trabajos escolares, en papel y cartulina; pero la verdad era que a aquel pegamento el plástico duro ya le quedaba “algo grande”; si se trataba de pegar un adorno que no fueras a tocar, bien, pero como fuera algo que fueras a estar cogiendo, con cierta frecuencia, se te descomponía a cada rato; nada que ver con los actuales “La Gotita” o “Super Glue”.

Sin embargo, eso sirvió para ganarme el respeto de mi hermana que, a partir de ese momento, empezó a verme como un adversario al que había que tenerle cierta consideración.

 

 

 

 

 

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spanish10

2 comentarios

  • Está claro que estamos hechos de recuerdos, de experiencias y vivencias que edifican lo que somos hoy. Además, dejar que la nostalgia nos acaricie de vez en cuando con su aire evocador es siempre algo agradable. Me abre usted muchos y muy agradables recuerdos de ese álbum particular del pasado que guardo con tanto cariño. Evocar estas situaciones, emociones y acontecimientos se convierte con sus escritos en un acto que me sumerge en un estado de alegría y reflexión al mismo tiempo. No sé si éramos diferentes los niños de entonces a los de ahora, pero creo que teníamos más sintonía, cuando menos a la hora de crear nuevos y maravillosos momentos. Le leo y me veo a mí mismo…, hasta en lo de comer mal y que mi madre me metiera la yema de huevo en el Cola Cao o en el puré, sin que lo detectara por estar embobado viendo en la televisión esos «minutos animados» tan esperados… Gracias por estos ratos.

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