Literatura

Recuerdos de familia IV



Recuerdos de familia IV - Literatura

Las Navidades siempre fueron las fiestas favoritas en mi casa, pues acostumbraban a ser las fechas en las que nos reuníamos todos los miembros de la familia; todos hacían el esfuerzo de adaptar sus agendas laborales, estudiantiles y demás obligaciones para intentar pasar estas fiestas en familia.

Como todos sabemos, oficialmente estas fiestas comienzan la noche del 24 de Diciembre, con la cena de celebración de la Nochebuena, pero en mi casa, comenzábamos a celebrarlas algunos días antes, pues dos, e incluso tres, de mis hermanos llegaron a estar viviendo, simultáneamente,  fuera de la isla, en la península, o en el extranjero, y acostumbraban a comenzar sus vacaciones algunos días antes; así pues, nuestras fiestas comenzaban desde el mismo momento en el que teníamos que ir a recoger al primero de ellos al aeropuerto, ya que este hecho en sí  era un motivo de celebración, pues, normalmente, no los habíamos visto en varios meses.

Mi hermana Rosi estudiaba Arquitectura en Barcelona y mi hermano Jorge, Ciencias Económicas en la misma ciudad, mientras que Carlos llevó una vida algo bohemia durante un par de años, a lo largo de los cuales vivió en Dinamarca, Noruega, Alemania y Reino Unido, desempeñando los más variados oficios (lavaplatos, obrero de la construcción, profesor de tenis, operario en una fábrica de componentes de automóvil…).Y, aparte de lo agradable que era para mí el reencontrarme con mis hermanos, después de tiempo sin verlos, todos los 22 de Diciembre, en el colegio, me daban  las vacaciones, lo que también para mí era motivo de alegría.

Eran unas fiestas preciosas y mi madre las vivía con una intensidad fuera de lo común, con pasión diría, pues yo no he conocido a ninguna otra persona que hubiera empezado a comprar los regalos de Reyes desde el mes de Febrero, y ella lo hacía; y no compraba durante las rebajas de Enero, inmediatamente después de terminadas las Navidades precedentes, porque corría el riesgo de que las cosas hubieran quedado pasadas de moda casi doce meses más tarde, de no haber sido así, lo hubiera hecho.

Ella, desde principios del mes de Diciembre comenzaba a colocar los adornos de Navidad, con los cuales llenaba toda la planta baja de nuestro hogar, y a mí me encantaba llegar a mi casa y ver la corona hecha con hojas de pino, con las setitas y los elfos de cerámica diseminados por ella, colocada en la puerta de la entrada; y, en un arco que había, una vez se hubiera cruzado esta, un adorno suspendido del mismo,  que constaba de una especie de figuras con formas elípticas que, en tamaño creciente y hechas en una especie de papel de aluminio de diferentes colores, giraban con la más tenue corriente de aire. Luego, en todos los marcos de las puertas había guirnaldas de diferentes tipos, y de las propias puertas pendían unos adornos que mi madre fijaba a las mismas con cinta adhesiva, que solían ser dos campanitas con dos hojitas de arce, o dos bolitas…En el comedor había un mueble bajo, y largo, que denominábamos “trinchante”, que constaba de varias gavetas y armaritos, que servía para guardar en él,  la vajilla, la cubertería y la mantelería que solía utilizarse en las ocasiones especiales, y sobre dicho mueble, en el centro, mi madre armaba el más grande, y frondoso, de los dos arbolitos de Navidad que acostumbraba a montar. Alrededor de este arbolito, y durante todas las Navidades, solía colocar un montón de fuentes, y platos, conteniendo todo tipo de golosinas navideñas, tales como polvorones, mazapanes, trozos de turrón de los tres tipos que, en ese entonces existían (el duro, “de Alicante”; el blando, de yema, y el de “de jijona”, que también era blando y que era de almendras; luego, andando el tiempo, surgirían muchos más), fruta cristalizada, almendras garrapiñadas, peladillas, piñones,  alfajores…; frutos secos  tales como almendras saladas, anacardos, manises…, y, por último,  embutidos  tales como lomo embuchado, jamón serrano, chorizo ibérico…cortados en lonchas. Y ella se ocupaba de que ambos, las fuentes y los platos, estuvieran, siempre, llenos.

Pero donde ella más se esforzaba, por lo que a la decoración navideña  de la casa se refería, era en un portal de belén, enorme, que solía hacer en el tercer piso, en el que era el cuarto de mi hermano Carlos, al lado de la azotea. El portal de belén mediría dos por dos y mi pobre madre, que no era muy alta, tenía que servirse de una escalera, para poder hacerlo, antes de que se le ocurriera la idea de hacerlo en dos fases, utilizando cuatro burras, dos en la primera fase, sobre las cuales situaba un panel de madera contrachapada, montando sobre él la primera fase del portal y, una vez que esta parte estaba terminada, situaba las otras dos burras sobre las que hacía descansar otro panel de contrachapado y sobre el cual montaba la segunda fase del portal; y le quedaba siempre precioso, incluyendo hasta un río, hecho a base de papel de aluminio y cristal.

Ella empezaba situando a los Reyes y a sus pajes, lejos de la cueva en la que había situado el pesebre con el niño Jesús y, a medida que iban pasando los días y se acercaba la fecha del día 6 de Enero, los iba acercando, poniéndolos más y más cerca; aunque no fueron pocas las veces en las que tuvo que atrasarlos, porque yo, en la creencia de que si los adelantaba, quizá vendrían antes a traerme los juguetes que les había pedido, los adelantaba, una y otra vez. Y mi madre, cuando teníamos una de las comidas de celebración señaladas, y estábamos todos, aprovechaba para sacar el tema, haciéndose la que no imaginaba quién podría haberlo hecho, y preguntaba en voz alta:

-¿Quién ha ido al portal y ha adelantado a los Reyes Magos?-y nadie contestaba, pero todos me miraban a mí, sonriendo. Yo, por mi parte, “me hacía el loco” y no aceptaba ser el autor de los hechos que todos me imputaban, guardando silencio y acogiéndome a la presunción de inocencia que la ley me reconocía.

El día correspondiente a la noche de Reyes, es decir, el 5 de Enero, era una locura, pues todo el mundo salía a la calle, por su cuenta, para comprar los últimos detalles, y, a veces, nos encontrábamos y “nos hacíamos los locos”, como si no nos hubiéramos visto, escurriendo el bulto para evitar que el otro supiera que  había sido descubierto comprando algo. Mi madre solía llegar temprano, pues a ella le quedaba una noche de arduo trabajo por delante, a lo largo de la cual estaría subiendo y bajando escaleras de forma continua, para bajar todo lo que había comprado y dejarlo en el cuarto de estar, pues, a lo largo de muchos meses, lo había ido guardando todo, como la “hormiguita” que era, en el enorme armario de su dormitorio, que estaba situado en el segundo piso, y en los armarios del cuarto de costura, que estaba situado en el tercer piso, para lo cual tenía que salir a la azotea, pues el único acceso a este cuarto era a través de esta. Esa noche nos pedía que nos fuéramos a acostar  pronto, porque ella tendría que hacerlo todo sola, pues no podía recabar la ayuda de nadie; no quería que nadie supiera nada, absolutamente, de lo que le esperaba al día siguiente, y si alguien le hubiera ayudado a bajar cajas, o bolsas, podría haber visto marcas que delataran lo que había en su interior. Una vez que lo había bajado todo, una vez que todas las cajas, y bolsas, estaban en el cuarto de estar, se encerraba con llave, por dentro, y empezaba a colocar los regalos de cada uno en el sitio asignado, para lo cual cada uno de nosotros habíamos dejado uno de nuestros zapatos; de todas formas, el sitio de cada uno solía coincidir con aquel en el que acostumbrábamos a sentarnos a ver la televisión. Incluso “Lunita” tenía sus regalos, siendo uno de sus  preferidos una enorme caja de Maltesers, que solíamos turnarnos para dárselos, y que devoraba ese mismo día (en esos tiempos no se sabía que el chocolate era malo para la salud de los perros); pero, además de eso, siempre solían comprarle más cosas, como champú y colonia especiales para perros, que los utilizaría a lo largo del año que recién había comenzado, algún cepillo para el pelo, algún platito nuevo para el agua o para la comida…y el caso era que ella parecía entender, perfectamente, de qué iba todo aquello, porque, cada año, se sentaba al lado de su sitio, olisqueando sus regalos y contentísima.

Espero que sepan disculpar este lapso, y, siendo así, retomo la historia que  había dejado en que mi madre ya había colocado todos los regalos en el lugar que correspondía a  cada uno y, una vez que había terminado de hacer todo esto, normalmente  ya bien entrada la madrugada del día 6, salía del cuarto de estar, cerraba con llave la puerta del mismo, y  escondía esta en algún lugar del comedor, que era la estancia contigua a dicho cuarto. Cuando yo era pequeño, y creía en los Reyes Magos, no había acabado ahí su trabajo, pues todavía tendría que poner, sobre la mesa del comedor, tres tazas de café con restos del mismo, así como con algunos cisquitos de galletas, como si los Reyes hubieran hecho una breve pausa en su trabajo para dar cuenta el pequeño refrigerio que mi madre les había dejado, y, en el zaguán de acceso a la casa, había puesto algo de paja, como si también hubiera dispuesto un tentempié para los camellos.

Hecho todo esto, la pobrecita, agotada pero satisfecha,  seguro que feliz, se iba a la cama para descansar, a lo sumo, un par de horas antes de que un vecino, como hacía todos los años, despertara a todo el barrio, a eso de  las seis de la mañana, tocando una trompeta, y era entonces cuando, alguno de nosotros, generalmente mi hermano Jorge, que era un “novelero” al que le gustaba mucho la fiesta, empezaba a gritar:

-¡Los reyes!, ¡que han venido los Reyes!-y todos bajábamos, en pijama o en bata, en tropel, al piso de abajo, esperando por mi madre a la que, lógicamente, le había costado levantarse, pues a pesar de que no era, para nada, dormilona, ese día le debiera de haber parecido que acababa de hacer descansar su cabeza sobre la almohada, en el instante en el que había oído sonar la trompeta. Una vez, la pobrecita hubiera vencido su cansancio, más que nada  por la ilusión que le hacía vernos a nosotros felices,  bajaba y se sentaba en una silla, en una esquina del comedor,  mientras todos los demás, nerviosísimos, nos dedicábamos a buscar la llave que abría el cuarto de estar; ella, desde su silla, nos iba indicando con los consabidos “frío, frío” y “caliente, caliente”, si nos alejábamos, o nos aproximábamos, al lugar en el que había escondido la misma. Pero el caso era que, una vez que alguno hubiera encontrado la llave, no terminaba ahí nuestra “tortura”, pues teníamos que dársela a nuestro padre y, entonces, este entraba en el cuarto de estar, cuidando de hacerlo a oscuras y de que viéramos lo menos posible a través del hueco de la puerta; hecho esto, volvía a cerrar la puerta desde dentro, y se preparaba, con la cámara fotográfica, para captar el instante en el que entrábamos; también era verdad que  se demoraba un poco más del tiempo necesario en hacer esto, buscando que nuestro nerviosismo fuera en aumento, en la suposición de que así, nuestros rostros reflejarían, mejor, la emoción del momento. Debo de reconocer que, en aquellos momentos, a todos nos fastidiaba esta costumbre de nuestro padre, pero con los años, agradecimos que lo hiciera pues esas fotos nos parecen de lo más entrañables.

Contando lo que acostumbrábamos a hacer durante los días 5 y 6 de Enero me he adelantado algo a los acontecimientos, pero me justifico diciendo que, en parte, me he dejado llevar por la nostalgia y, en parte, he creído interesante compartir con ustedes algunas de nuestras tradiciones familiares que, creo, son dignas de ser conocidas, como esta última de cerrar la puerta con llave y hacerla buscar, porque era divertidísimo.

En la actualidad, desde el mes de Noviembre, en muchas ciudades españolas, los servicios municipales comienzan a colocar la iluminación navideña, pero como en aquellos tiempos éramos más pobres, los presupuestos de los ayuntamientos para tal fin eran bastante más exiguos y bastaban unos pocos días para dejarla lista, y era por eso que lo hacían en el mismo mes de Diciembre. Sin embargo, el ambiente en la calle era de gran actividad, al igual que ahora, pues los más previsores empezaban a efectuar las compras de Reyes desde los primeros días de ese mes y así era que las calles más comerciales de la ciudad registraban un trasiego de gente inusual en otras épocas del año. Todo el mundo estaba de buen humor y, como la mía no era una ciudad muy grande, era habitual encontrarte, por la calle, en esas fechas, a gente a la que, quizá, no habías visto en muchos meses.

Mi madre, como ya he explicado, estaba a “otro nivel”, en cuanto a previsión se refiere, y, cuando llegaba el mes de Diciembre, ya lo había comprado casi todo, dejando solo una pequeña cantidad de dinero destinada para cada uno de nosotros, en previsión de alguna novedad que se lanzara al mercado a última hora, y con la que, alguno nos encapricháramos. Aún asi, le gustaba salir a la calle para disfrutar del ambiente navideño que se vivía en la ciudad, y alguna que otra vez la acompañé yo; y cuando regresábamos a casa, yo estaba agotado y ella “tan campante”, continuaba con sus tareas domésticas. A pesar de que yo he hecho deporte toda mi vida, eso de andar unos pocos metros, pararte delante de un escaparate, volver a andar otros pocos metros, volver a pararte…entrar en una tienda, hablar con el dependiente, salir, volver a andar unos pocos metros, volver a detenerte…era un ejercicio al que no estaba habituado y terminaba con la sensación de haber corrido una etapa del Tour de Francia.

Volviendo hacia atrás en el orden de los acontecimientos, durante la tarde que precedía a la cena de Nochebuena, la actividad en la cocina de mi casa era frenética, con mi madre y mis dos hermanas elaborando comida como si de una cocina industrial se tratara; con una de mis hermanas rellenando pastelitos de hojaldre con salsa rosa y cangrejo ruso; la otra rellenando unas conchas de Santiago con cóctel de aguacate y con mi madre llevando el peso de “las operaciones”, horneando el pavo, elaborando la salsa para el mismo y, mientras tanto, vigilando el caldo de gallina con fideos, y, a todas estas, “Lunita” dejándose ver, por si había suerte y podía “pescar” algo; ni que decir tiene que acababa las fiestas que parecía un balón. Ya sé que, con toda la comida que he mencionado, esto podrá sonar un poco escandaloso, pero le solíamos pedir, a nuestra madre, que hiciera ensaladilla rusa, porque nunca llegamos a  probar una ensaladilla rusa tan rica como la que ella preparaba y es que el secreto estaba en la mayonesa; mi madre se podía pasar una hora, tranquilamente, elaborando la mayonesa  que cabía en un tazón de leche, y lo hacía, siempre, con el mismo, que era de cerámica, y utilizando, siempre, la misma cuchara de madera para mezclar  los huevos con el aceite, el vinagre y la sal; se le cortaba, volvía a “recuperarla”; se le volvía a cortar, la volvía a “recuperar”…y así hasta que el resultado era sublime, con una mayonesa de un color amarillo como nunca hemos vuelto a ver, y con un sabor que era, en sí, una delicia. Pero le costaba mucho trabajo hacerla y acababa con el brazo acalambrado. Con el tiempo, empezaron a venir las mayonesas industriales y aún recuerdo la cara de desagrado de todos nosotros cuando probamos la mahonesa Hellmans por vez primera; de entrada, aquel color “blancuzco” no nos gustó; con el tiempo, nos acostumbramos a la misma, pero ni comparación con la que hacía nuestra madre.

Bueno, pues volviendo, a lo que era el ambiente propio de la tarde del día de Nochebuena,  en mi  casa, nosotros, mis hermanos, mi padre y yo, solíamos quitarnos de en medio, y evitábamos aparecer por el comedor y, mucho menos, por la cocina, pero como también se nos hubiera recriminado el que no hubiéramos estado allí, sino que hubiéramos aparecido justo antes de iniciarse la cena (“¿qué?, ¿de vacilón con los amigos y, cuando entra el hambre, a cenar al “restaurante”?”), pues esperábamos en el cuarto de estar, viendo el “tostón” que quisiera que estuvieran emitiendo por televisión, por el único canal existente (algún partido de baloncesto del Torneo de Navidad organizado por el Real Madrid, supongo), mientras charlábamos, para pasar el rato. En esto que a mi padre, un año de aquellos,  le dio por sacar unos álbumes de fotos antiguos, y empezamos a verlos, mientras él nos comentaba cada una de ellas, y respondía  a nuestras preguntas. Una foto llamó, de inmediato,  nuestra atención; era  una foto en la que se veía a una niña pequeña, que tendría un añito, o algo así, sentada sobre un cojín y, a su lado, un impresionante perro pastor alemán que era completamente negro; parecía, más bien, un pastor belga.

-¿Quiénes son esta niña y este perro, papá?-pregunté yo.

Mi padre sonrió y me contestó:

-Ahora no se me ocurre hacerlo, porque me puede caer un “rapapolvo” importante, pero, luego, cuando estemos sentados a la mesa, le preguntaré a tu madre por la foto en la que aparece este perro, que te adelanto que se llamaba “Lun”,  con esa niña.

Ni que decir tiene que, después de esta enigmática respuesta por parte de nuestro padre, nuestro interés en conocer los detalles de aquella foto fueron en aumento, y no veíamos el momento de sentarnos a la mesa, no ya por degustar todas las exquisiteces que íbamos a comer, ni por disfrutar de las agradables conversaciones que mantendríamos, sino por ver satisfecha nuestra curiosidad por lo que se refería a la foto en cuestión. Y así fue que, unas dos, o tres, horas más tarde, cuando todos nos habíamos vestido convenientemente para la ocasión; la mesa estaba dispuesta que daba gusto verla y las mujeres de la casa se encontraban más relajadas, viendo que su trabajo había dado el fruto apetecido, nos sentamos a la mesa, y yo, por lo bajo, le recordé, a mi padre, lo de la foto.

-Conchita, los niños quieren que les expliques quién era la niña que aparecía sentada en la foto, al lado de “Lun” y quién era el propio “Lun”. Sabes a qué foto me refiero, ¿no?-dijo mi padre.

-¿De qué foto están hablando?-preguntó mi hermana Rosi.

-Es verdad que ustedes no la han visto-dijo mi padre, levantándose, para dirigirse al cuarto de estar, a buscar el álbum que contenía a la foto en cuestión.

A los pocos minutos, reapareció mi padre, con el álbum abierto por la hoja que contenía la foto, para entregárselo a mi madre, que, tras echarle un vistazo, esbozó una sonrisa y se lo pasó a mis hermanas. Una vez que ellas hubieron visto la foto en cuestión, mi madre comenzó su explicación, al tiempo que iba llenando platos hondos con el caldo de gallina que había en la sopera que tenía frente a sí:

-“Pues la niña de la foto soy yo. En ese entonces tenía poco más de un año y el perro que está  a mi lado, como ya saben, se llamaba “Lun”. Esa foto fue tomada en Melilla, en donde mi padre estuvo destinado varios años y en donde yo nací.

Por aquel entonces, les hablo de los años de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, Melilla no era un lugar muy seguro, pues había continuas refriegas fronterizas con los marroquíes. Los oficiales de alta graduación del ejército solían vivir fuera de los cuarteles, y más si estaban acompañados por sus familias, como era el caso de mi padre, vuestro abuelo y como, en ocasiones, los suministros que llegaban desde la península no lo hacían con la regularidad deseada, esos militares, en sus casas, solían tener gallineros, conejeras, pequeños huertos…para asegurarse el tener comida para sus familias. Pero el caso era que, muy frecuentemente,   marroquíes que residían en la misma Melilla, entraban en esas casas y robaran todo lo que podían. Mi padre, cansado de que esto sucediera con tanta frecuencia, decidió hacerse con un buen perro que vigilara el patio en el que estaba situado su gallinero y alguien le comentó que sabía de un criador alemán que también era adiestrador y que tenía perros que solían ser estupendos como guardianes.

Y así fue que mi abuelo contactó con este señor,  que le dijo que, en ese momento, solo disponía de un perro y que si lo quería tendría que pagarlo algo más caro, porque se trataba de un perro que no solo había sido adiestrado para tareas de guarda y defensa, sino también como socorrista, habiendo sido condecorado por el ayuntamiento de la ciudad, al haber salvado a dos personas de morir ahogadas. Mi padre no estaba interesado en el perro por sus aptitudes como socorrista, pues, como ya he dicho, lo quería para tenerlo en un patio vigilando que los moros no entraran a robar las gallinas, pero de haber querido esperar por otro perro tendría que haberlo hecho durante meses, o años, para que el criador tuviera tiempo de entrenar a los cachorritos que, en ese momento, tenía, pero como mi padre no estaba dispuesto a seguir siendo víctima de aquellos robos, le pagó al criador la cantidad que aquél le pidió y se trajo a “Lun”, que así se llemaba el perro que el criador tenía disponible en ese entonces, consigo.

El perro, de inmediato, se vio que era un perro con carácter, inteligentísimo y muy bueno con los niños, pues me adoraba a mí que, cuando él llegó a la casa, yo no tenía siquiera el año. Y prueba de ello fue lo siguiente: mis padres tenían plena confianza en “Lun” y, a veces, cuando ya fui capaz de caminar, me dejaban al cuidado de él, en el patio, en donde yo me ponía a jugar con la tierra y a observar a las gallinas. El único temor que podía haber era que yo abriera la puerta del gallinero y que el perro pudiera entrar en él, porque, a pesar de que estaba allí para cuidar de que no las robaran, gallina a la que él podía “echar el guante”, gallina a la que mataba; ese era su único defecto: le encantaba matar gallinas; no sabíamos la razón por la cual las odiaba, pero el caso es que, si hubiera tenido la oportunidad de entrar en el gallinero, no hubiera dejado una con vida, pero eso lo solucionó uno de los “asistentes” de mi padre (un “asistente” era un soldado que estaba al servicio de un oficial, haciéndole recados; ayudándole a vestirse; haciéndole de chófer; sirviéndole como escolta; llevando a sus hijos al colegio…y, como contrapartida, solían tener un servicio militar mejor que los soldados normales, pues gozaba de un trato de favor en cuanto a los servicios; en cuanto a los permisos, etc.); bueno, pues ese “asistente”, que era un “manitas”  que servía para todo,  puso unos fechillos en la puerta del gallinero a los que yo, por mi altura, no podía llegar.

Un día, mi madre me llevó a una joyería, que regentaba un matrimonio, para que me hicieran los agujeros en los lóbulos de las orejas, que no me habían hecho al nacer,  y que me pusieran mis primeros pendientes. De regreso en mi casa, esa misma tarde, mis padres recibieron la visita de un matrimonio amigo, y yo me fui al patio, a jugar con la tierra y con “Lun”. Al rato, empezaron a oír al perro quejarse, pero no hicieron caso porque, muchas veces, hacía lo mismo, mirando al gallinero y quejándose del hecho de que no pudiera entrar en él, hasta que, de pronto, oyeron un quejido algo más lastimero que los demás, seguido de un ladrido y, a continuación, oyeron como yo empezaba a llorar; en ese momento, como era lógico, todos salieron al patio, alarmados, a ver qué era lo que había sucedido y entonces, pudieron ver a “Lun” con un imperdible que pendía de una de sus orejas, mientras que yo no tenía el más mínimo rasguño, llegando mis padres a la siguiente conclusión: después de que a mí me abrieran los agujeros en las orejas, yo decidí hacer lo mismo con “Lun”, así fue que encontré un imperdible y empecé a clavárselo, con la intención de abrírselos; el pobre perro lloró hasta que ya no pudo aguantar más el dolor, y me ladró, para asustarme y conseguir, así, que dejara de hacerle daño; pero yo llegué a clavarle el imperdible del todo.

Ni que decir tiene que, desde que “Lun” vino a nuestra casa, nunca más los moros volvieron a robar una sola gallina,  y a pesar de que, como ya dije, con nosotros, y sobre todo conmigo, era buenísimo, era un perro con mucho carácter.

Todas las mañanas, y también por las tardes, uno de los “asistentes” de mi padre lo sacaba de paseo, porque no era vida para el pobre perro que pasara toda su vida encerrado en el patio; incluso, de vez en cuando, mi padre lo sacaba a pasear. El “asistente” solía descolgar la correa que estaba colgada de un perchero, a la entrada de la casa y, entonces, “Lun” se sentaba, dejaba que el muchacho enganchara la correa a su collar y salían a la calle.

Nuestra casa estaba situada en un barrio de la ciudad en el  que estaban situados los consulados de varios países, siendo lo más frecuente que los mismos tuvieran su sede en los domicilios particulares de los cónsules, que destinaban parte de los mismos como oficinas consulares. El “asistente”, de ese entonces, tenía por costumbre pasear a “Lun” por una calle en la que estaban situados dos de estos consulados, siendo uno de ellos el de Bélgica, en el que había un perro pastor escocés (al  que, coloquialmente, se conoce como “collie”) que solía estar en un jardín situado en el frente de la casa,  la cual estaba rodeada por una reja en la que había una puerta, a través de la cual, cuando se abría ,  se permitía el acceso a vehículos. Este perro estaba, casi siempre, en esa puerta, distrayéndose viendo a la gente pasar y cuando pasaba “Lun” se ponía histérico, ladrándole como si lo odiara; como si, de  haber tenido la oportunidad, lo hubiera destrozado. A todas estas, “Lun” se limitaba a mirarlo, fijamente, sin emitir ladrido alguno; y esta situación se repitió durante meses, mañana y tarde: “Lun”, llevado por el “asistente”, pasaba por delante del consulado de Bélgica, y el pastor escocés se volvía loco, ladrándole, mientras que “Lun” se limitaba a mirarlo, fijamente.

Una mañana, el “asistente” abrió la puerta de la calle, antes de poder poderle la correa a “Lun”,  y este “salió disparado”;  salió corriendo como si lo persiguiera el diablo, y a pesar de que el “asistente” era un muchacho joven y acostumbrado al ejercicio físico, el perro puso tierra de por medio rápidamente. A pesar de ello, el “asistente” continuó corriendo, siguiendo el mismo itinerario que acostumbraban a seguir siempre, pensando que el perro, acostumbrado a él, seguiría el mismo. Y tuvo razón, porque, en la lejanía, volvió a verlo; y lo volvió a ver en la calle en la que estaba situado el consulado de Bélgica, pero, esta vez, hizo algo completamente inusual: cruzó la calle y, cuando estaba a pocos metros de la reja a través de la cual el pastor escocés solía sacar el hocico, se puso a reptar de modo similar a como hacen los lobos cuando se aproximan a una presa a la que van a atacar,  y, acto seguido, eso fue lo que hizo: ante la mirada horrorizada del “asistente” de mi abuelo, “Lun” saltó y, de un mordisco, le arrancó el hocico al pastor escocés que, instantes después, moriría desangrado allí mismo”.

Todos nos quedamos helados con lo que nos había contado nuestra madre, que no quiso disimular el afecto que había sentido por aquel perro, disculpando lo que hizo:

-“Lun” nunca se había metido con aquel perro, nunca la había atacado, ni siquiera le había ladrado y, todos los días, tenía que soportar que el dichoso perrito le ladrara, amenazante, cada vez que él pasaba por delante de su casa; hasta que ya no pudo aguantar más, se cansó de la situación y decidió poner fin a la misma”.

-¿Y qué fue de él, mamá?-preguntó mi hermano Jorge.

-“Pues esa fue otra, porque “Lun” era, para mí, un perro único, para lo bueno y para lo malo. Cuando ya contaba con unos trece años, una edad muy avanzada para esa raza de perros, empezó a tener achaques, pues perdió movilidad en sus patas traseras; estaba claro que había perdido audición…y, un triste día, empezó a dejar de comer, cosa que nunca había hecho, pues era un perro con un apetito voraz, y, según le dijo el veterinario militar que lo atendía, a mi padre, eso era debido a que, por la edad, los riñones ya no le estaban funcionando bien y no podían cumplir, adecuadamente, con su función de limpiar de impurezas su organismo. A los pocos días de haber tenido esta conversación, “Lun” se echó en el lugar del patio en el que solía hacerlo con más frecuencia, debajo de un arbolito, al fresco, y ya no quiso levantarse, a pesar de que todos estábamos a su alrededor, frecuentemente, dándole ánimo. Como estaba claro que estaba viviendo sus últimas horas, decidimos no estarlo importunando con nuestra presencia, y dejarlo tranquilo, visitándolo, de cuando en cuando, y de uno en uno, para que  no se sintiera solo en el momento de su muerte. En esto que, de repente, se puso en pie, y comenzó a olisquear todos los rincones del patio, como tenía por costumbre hacer y así fue que yo, y mis hermanos, vuestros tíos, que ya por entonces habían nacido todos, nos fuimos al colegio; vuestro abuelo se fue al cuartel y mi madre se fue a comprar algunas cosas que necesitaba,  mientras que el “asistente” se dedicó a limpiar el gallinero, para estar cerca del perro. En esto que este se derrumbó, otra vez, en el lugar en el que había estado postrado un par de horas antes, y comenzó a convulsionar; dado que no teníamos teléfono, el “asistente” decidió salir corriendo hacia el cuartel, para avisar a mi abuelo sobre el empeoramiento de “Lun” y, cuando iba a mitad de camino, recordó que había dejado la puerta del gallinero abierto, pero no le dio importancia a este hecho  pues pensó que, dado lo grave que estaba “Lun”, no iba a ser capaz de levantarse y, mucho menos, meterse en el gallinero, así que continuó corriendo hacia el cuartel.

Cuando, aproximadamente, unos cuarenta y cinco minutos más tarde, regresaron él y mi padre, vuestro abuelo, se encontraron a “Lun” dentro del gallinero y a todas las gallinas muertas. Antes de morir decidió no irse solo”.

 

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Acerca del autor

spanish10

1 comentario

  • Qué Navidades las de entonces…, era muy común también, recuerdo, que los trabajadores de diferentes oficios de la ciudad se ganasen un extra pidiendo el aguinaldo a sus clientes. Para ello traían sus tarjetas de felicitación personalizadas. Ha conseguido nuevamente transportarme a mi añorada infancia. Reflejando los usos y costumbres de la sociedad con tanto acierto, no me cabe duda de que es usted una persona muy observadora, inteligente ya se lo he dicho en alguna otra ocasión, por eso aún tengo la esperanza de que políticamente se acerque a posiciones más coherentes… Estoy seguro que disfrutaría con ello. Un saludo. Le debo un segundo relato de mi infancia…

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