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Recuerdos

Recuerdos - Literatura

Ocurría cada mañana. Sin importar a qué hora nos hubiésemos acostado la noche anterior, se hizo rutina despertarnos temprano para aprovechar el día en la playa. Pero cada jornada estaba precedida de un silencioso ritual matutino que nos lavaba el sueño remanente. Ella cruzaba sus ojos con los míos y yo entendía que ya era hora de irnos. Salíamos de la casa que hubiésemos alquilado y caminábamos hasta el río. Los demás se quedaban aún acostados o apenas estirándose frente a la primera taza de café. No se trataba de un ritual secreto, pero preferíamos irnos solos porque nos gustaba el silencio de aquellos paseos. El río quedaba cerca, bordeando un costado del pueblo; y a esa hora rara vez nos conseguimos con otras personas. A mí me gustaba la sensación de soledad que emanaba de ese entorno salvaje, como si el resto del mundo se mantuviera en suspenso, en pausa, mientras duraba nuestro baño matinal. Significaba levantar la vista y saberse diminuto entre aquellos árboles tan altos. O cerrar los ojos y oír. Respirar profundo y llenarse los pulmones con una sustancia limpia y energizante. Saberse en medio de un paréntesis exquisito de camaradería e inmediatez, como mirar de frente un momento vivo justo antes de que se convirtiera en un recuerdo entre muchos otros.
Ella solía meterse con una rápida zambullida, porque así era como un solo dolor. Yo alargaba el momento de sumergirme por completo; me entretenía en la orilla, jugaba con algunas piedras pequeñas, levantaba las hojas que arrastraba la corriente, hacía una profunda inhalación y ensanchaba mis pulmones con un aire tan fresco y tan frío como el agua que se arremolinaba entre mis muslos. Pero siempre terminaba metiéndome bajo aquella superficie espejada que me arrancaba la flojera a través de millones de diminutas punzadas por todo mi cuerpo. Tenía 25 o 26 años, era feliz y estábamos en Cuyagua.

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sirius150

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