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Reflexión: la razón por la que mientras más conozco a la gente más quiero al perro que no tengo



Reflexión: la razón por la que mientras más conozco a la gente más quiero al perro que no tengo - Sociedad

Este cuento no pertenece a “Échame un cuento y te escribo una historia”. Es acerca de algo que me sucedió el domingo pasado y que me ha puesto a reflexionar sobre muchas cosas, comenzando por lo acertado del dicho: “mientras más conozco a la gente más quiero a mi perro”.
 
Y yo, que solo tuve perro una vez, por el más puro acto de amor (complacer a Diego cuando tenía 5 años), sufrí tanto su partida -la del perro- que me dije a mi misma que era mejor no volver a pasar por esa experiencia. Sin embargo, no sé si esa promesa será definitiva o la romperé, nuevamente por puro amor (porque Santi ya lleva rato pidiendo un compañero de cuatro patas).
 
Hablando de perros, todavía me pregunto cómo puede haber personas tan malas, capaces de hacerle daño a un ser indefenso -como lo son esos animalitos – si no, veamos el caso de los adolescentes en Valencia (Venezuela) que creyeron que se la estaban “comiendo” mientras lanzaban a un pobre cachorrito en un tobo de agua y luego lo ponían a centrifugarse en una lavadora.
 
¡Que lamentable! que esos sean lo videos que se viralizan, esos y los de tetas, culos y alguna que otra sacada de moco de los “celebrity”. Lo peor es que a estas alturas la gente aun no entiende que todo trae un libreto detrás y que genera ganancias a costa del vouyerismo de otros.
 
Siempre he tenido la posición de que “sin espectador no hay show”. De eso estaban conscientes los adolescentes (de 12, 13 y 17 años) cuando maltrataron al perrito y quisieron hacerse famosos haciéndole semejante tortura a un ser vivo indefenso, sobre todo porque no tiene la peor arma con la que podemos contar los seres humanos: la palabra.
 
Ya los presentaron ante la fiscalía y por supuesto que, por su edad, solo quedarán bajo régimen de presentación. El show no solo les sirvió a ellos para viralizar su “hazaña”, sino a Lacava, el gobernador “drac” de Carabobo (Venezuela) y no por “Queen”, sino por monstro, por algo se autodenomina: “drácula”, quien fue que terminó adoptando al perrito, también con un show mediático de por medio ante sus 451 mil seguidores en Instagram.
 
Volviendo a lo de “sin espectador no hay show”, y tocando otro tema de actualidad, son ellos (los mirones) los que hacen que un sinnúmero de niños sea expuesto a la pornografía infantil por las dos vías: tanto de espectadores como de protagonistas. Asco, asco y más asco todo esto, y vuelvo a lo de la razón del por qué hay que querer más al perro.
 
Esta semana quedé abrumada ante dos hilos de Twitter relacionados con el tema y es que resulta que las siglas “CP” de “Child Porn” las disfrazan de “Club Penguin” o “Caldo de Pollo”, con esta “clave” hay un millón de abominaciones en ese mundo llamado la “wes”: Telegram, WhatsApp y hasta Youtube que se jacta de no permitir pornografía en su plataforma y que se lava las manos ante la existencia de otras como PornHub, Youporn y Xvideos por mencionar las más conocidas. Y es que detrás de la pantalla existe un submundo al que todos criticamos, pero que seguimos alimentando a través del vouyerismo.
 
En este caso, como padres solo nos queda dar un acompañamiento extremo a nuestros hijos. Más allá del “control parental” debemos orientarlos a través de conversaciones transparentes, por supuesto que acordes con su edad.
 
Acabo de notar que este cuento se desvió de la temática inicial, así que es hora de retomarla. En varias de mis historias o por lo menos en las que formo parte de ellas he hablado de que no soy “monedita de oro”, así lo dije en Destino, en Matriarcado y no recuerdo en cuál otra. Es muy cierto que si algo no me caracteriza es ser la más amigable del planeta, soy de pocos amigos pero los que tengo son de toda la vida y cuando me entrego lo hago de corazón.
 
No soy la mejor samaritana del mundo, pero cuando puedo ayudar lo hago desde el alma. No soy la que llama o escribe todos los días a sus amigos, pero eso no significa que haya dejado de quererlos.
 
Ahora, lo que sí me caracteriza es que en mi vida personal no sé aplicar mi profesión de “relacionista pública”, eso solo lo he dejado para aspectos laborales. De hecho, no solo como comunicadora social me ha tocado regalar más de una sonrisa falsa y tragar grueso. Lo hago desde que comencé a trabajar a los 14 años en la heladería Baskin Robbins de Las Mercedes y me enseñaron ese cliché de que “el cliente siempre tiene la razón”. Y de verdad lo internalicé y lo apliqué, pero decidí dejarlo a las relaciones comerciales y no aplicarlo a mi vida personal. Es más, cuando lo hago, las cosas me salen mal, como el domingo pasado.
 
Hace poco más de un año una prima de mi “ex” -el segundo-, llegó a vivir a Bogotá. Una con la que en Venezuela no había tenido mucha relación durante nuestro tiempo de filiación política ¿la razón? Solo nos veíamos en reuniones familiares esporádicas y además insisto yo no soy tan simpática.
 
Sin embargo, desde la perspectiva de inmigrante uno aprende a ser más solidario con la gente que está en nuestra misma posición y ojo, recalco solidario, no hipócrita. Y si luego de ahí se forma una relación de amistad o hermandad ¡estupendo!
 
Hice lo que siempre hago cuando me entero que un paisano “conocido” o “referido” llega a la ciudad; lo llamo, me pongo a la orden, lo invito a mi casa a desayunar, almorzar, merendar o cenar y aprovecho la ocasión para orientarlo, decirle cómo es la ciudad, qué transporte puede tomar, y hasta recomendarle alguno que otro restaurant para cuando el tiempo le haya hecho añorar la comida de su tierra.
 
Y así lo hice. Por eso y porque finalmente ella y su hijita son primas en segundo y tercer grado de Santi. Pasó el tiempo y hasta se convirtió en mi vecina. Tomó la decisión de arrendar ahí porque estaba cerca de su trabajo y finalmente siempre era bueno tener algún conocido cerca, además los primos podrían jugar en el parque (cosa que nunca sucedió porque más tardaban en bajar que en comenzar a pelear -cosa normal en los niños-).
 
Si creen que por ahí vino la situación que voy a contar pues no. A esta edad uno es lo suficiente maduro para no dejarse afectar por esas cosas. Tampoco lo hizo que al tiempo, cuando el amor tocó a su puerta, más nunca hubiera aparecido por sus nuevos múltiples compromisos. Ni siquiera porque hace unos dos meses vino su mamá a visitarla y le trajo un regalito a Santiago que le enviaban su abuelos y tíos paternos.
 
En esa ocasión me la encontré en la recepción del edificio mientras esperábamos que llegara la ruta de Santi (como se le llama acá en Colombia al transporte escolar) y me dijo: “¿el sábado me lo puedo llevar que le voy a dar un regalito que le mandaron mis tíos?”, a lo que por supuesto accedí porque estoy consciente que Santi es súper familiar. Y resulta que el regalo eran 100 dólares que ella cambió y en el que dejó que la decisión de Santi fuera gastarlos íntegros en un par de muñecos a los que más nunca les paró. Y yo, que entiendo perfectamente no ser santo de la devoción de esa familia -porque tomé la decisión de separarme -y bueno igual tampoco lo era antes de eso, hasta entendí que dejaran la administración del regalo en alguien de su confianza.
 
Tanto es así que no la juzgué por no haber orientado a un niño de 8 años en una mejor escogencia.
 
Toda la queja sobre el tema la llevó el padre de la criatura (de Santi) que a su vez es el primo del personaje del que estoy hablando y que nada tenía que ver en este tema (en el de la escogencia del regalo). Y bueno, siiiii, en realidad si me molestó el tema.
 
Pasaron los días y llegó el cumpleaños de la niña, es decir su hija o la prima tercera de Santi. Le escribí un mensaje de cumpleaños al celular que enseguida la niña me contestó. Todo bien hasta ahí.
 
Llegó Santi del colegio y le dije que le enviara desde mi celular un mensaje a su primita (el cual fue escuchado y nunca contestado) … Todo normal, le puede pasar a cualquiera, eso de no aplicar el Manual de Carreño como lo explico en Cortesía.
 
Se hizo de noche y yo para variar estaba escribiendo mis post para la Escuela Constructores, mi escritorio queda enfrente de la habitación de Santiago. Yo tengo la manía de subir la persiana y abrir la ventana de su cuarto cuando se va al colegio, para que circule el aire y porque si de algo no me he acostumbrado en esta ciudad es a mantener las ventanas cerradas por el frío.
 
No sé por qué a Santi se le dio por mirar por la ventana y ver hacia el balcón de sus primas que queda diagonal y desde su cuarto me dice: “mami creo que están haciendo una fiesta porque mira hacia allá, están los globos en el techo”, me habló con una especie de tristeza que más que eso era nostalgia, vuelvo a citarlo: “debe ser que solo invitaron a los más cercanos, bueno a los que viven más cerca (se referí a la torre, porque vivimos en torres distintas)”. Me levanté de la silla, me asomé, vi los globos, y le dije que seguro estaba confundido y solo habían puesto esos globos para que ella los viera en la mañana al despertarse. Y él insistía: “pero están todas las luces prendidas”.
 
No puedo asegurar si hubo fiesta o no, tampoco cuál sería la razón para que Santi no estuviera ahí.
 
En medio de mi molestia ante la cara de tristeza de mi hijo, de nuevo apelé a mi desahogo a través del WhatsApp y le conté el episodio de tristeza de su hijo (a mi “ex”). Me dijo que no había visto nada en sus redes, pero que si era así: ¡que bolas tenía su prima!
 
Haya sido lo que haya sido cada quien con sus razones. Igual nunca entendí por qué tampoco fue respondido, ni ese día, ni los sucesivos, la nota de voz de Santi deseándole un feliz cumpleaños.
 
Un par de semanas después el turno sería para nosotros. Así que el pasado sábado le escribí para invitarla este martes a cantarle cumpleaños a Santi, la primera razón porque él es muy familiar y acá solo nos tiene a nosotros y a ella por parte de su familia paterna, y la segunda porque la descortersía se combate con cortesía. En realidad, sería algo muy sencillo para no pasar el cumple por debajo de la mesa y teniendo en cuenta que el único traslado era salir de un edificio y entrar en el de enfrente no requeriría mucho esfuerzo de su parte.
 
Ese mismo día también invité a otra vecina paisana, que vive justo debajo del apartamento de ella y que tiene tres hijos, uno de ellos contemporáneo con Santi y con el que ha hecho una bonita amistad.
 
La confirmación de la vecina la recibí el mismo día, la de la prima nanai, nanai.
 
Yo seguía extrañada por su actitud. De verdad no entendía qué sucedía. Por una parte, desde que se había mudado a Bogotá había visitado mi casa en varias oportunidades, tan es así que le gustó el conjunto y terminó mudándose a los pocos meses y aunque nunca nos veíamos muy seguido, al menos de vez en cuando nos escribíamos para saber que todo estaba bien.
 
Entiendo eso del inicio de las relaciones amorosas y de como uno quiere dedicar mucho tiempo a su nueva pareja, nunca pretendí tenerla metida en mi casa ni yo estar en la de ella, vuelvo a mi tema de que no soy tan amigable. De hecho, de enero (momento en el que se convirtió en mi vecina) a la fecha he ido a su casa un par de veces, la primera aceptando la invitación a un café y un postre y la segunda a buscar a Santi un día que le pedí que lo recibiera mientras nosotros llegábamos de una reunión de trabajo.
 
Ni siquiera la juzgué por pasar corriendo en las mañanas hacia el estacionamiento, desde que se va al trabajo en el carro de su novio que se mudó a su apartamento. ¡Ojo! No le estoy averiguando la vida, sino que la recepción es transparente y las escaleras están enfrente (todas las mañanas estoy ahí esperando la ruta con Santi.
 
Al fin llegamos al domingo y a lo que pasó…
 
Confieso que no estaba de muy buen humor ese día. Lamentablemente mi desayuno no fue el mejor (no por los alimentos sino por una conversación de sobremesa) y así nos fuimos a la cancha a trabajar.
 
Como a eso de las 9:45 a.m. fui a acompañar a mi mamá hasta una iglesia cristiana que estaba cerca, en la que había quedado en encontrarse con la abuela de uno de nuestros alumnos que había conocido la semana pasada en el cumpleaños del niño. Y es que mi mamá no es como yo, mi mamá si es amigable…
 
Mientras caminábamos buscando la dirección de la iglesia recibí un mensaje de mi “ex” saludándome y respondiéndome a una pregunta que yo le había hecho esa mañana:
 
Chat del WhatsApp:
Vane:
¿Cómo está?
¿Usted me echó al agua diciéndole algo de tu prima a tu hermana o a alguien más?
Cuando le pregunté si me había echado al agua me refería a si le había contado a alguien mi molestia ante la falta de orientación de la compra de un par de muñecos en US$ 100 o del episodio de la fiesta.
Ex:
¡Hola!
No, para nada, ¿Por qué?
Vane:
Captura de pantalla del envío del mensaje no respondido (cual recomendación de programa de TV NO LO INTENTEN EN CASA).
Es que fíjate que le envié este mensaje y estaba en línea y no lo leyó.
Sabes qué, que se mam… (piiiiiiiiiiiiiiiiii) un cerro de guev…. (piiiiiiiiiiiiii).
 
Sí lo sé, fui muy grosera, pero todavía recordaba la escena en la ventana de mi hijo viendo los globos y preguntándose por qué no lo habían invitado al agapé (que no sabemos si existió, pero que él lo creyó así).
 
Siiiiii, ya sé que metí la pata porque no sé si lo imaginaron pero la captura de pantalla y el mensaje no fueron al chat de mi ex sino de su prima.
¿Quéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee?
 
Pues así fue y me di cuenta cuando era muy tarde.
 
Borré el mensaje pero el mal ya estaba hecho, no sé mentir y lo que le dije fue que no era para ella, que me había confundido.
 
Lo que vino después me hizo arrepentirme, no del “que se mam… (piiiiiiiiiiiiiiiiii) un cerro de guev…. (piiiiiiiiiiiiii)”, sino de no haber enfrentado la situación y decirle de una vez por todas que no entendía qué carajo le pasaba y todas las cosas que me tenían incómoda.
 
Pero de lo que más me arrepentí es de no haberla mandado a la mierrrrrrrrr con el cerro de guev… después de escuchar sus tres notas de voz sucesivas…
 
Antes de compartírselas debo describir al personaje.
 
Mujer de 38 años con perfil europeo (muy linda), licenciada en educación de la UCAB, que ha desarrollado su profesión en dos prestigiosos colegios del Opus Dei (tanto en Venezuela como en Colombia), razón por la cual es fiel creyente de novenas y rosarios, y no falta a misa los domingos.
 
Chat de la prima (que tenía toda la razón a estar molesta ante mi burrada)
 
Mensaje 1:
Para que lo borras si ya lo acabo de ver, que bonito no, quien se tiene que mam… un cerro de guev… eres tú…
…¿qué coño te pasa mija? ¿tienes problemas o qué?
Mensaje 2:
¿Con quién es, me estás mandando el mensaje a mí y no sé a quién coño de la madre se lo estás mandando?
¡Ah te equivocaste! …
Y yo, confieso que hasta ahí todo iba bien, es más, hasta me lo merecía. Yo le hubiera agregado la frase: “eres una hipócrita y chao”, o también: “Ni se te ocurra volverme a escribir”.
Se detuvo unos segundos y agarró aliento para decir lo siguiente:
… ¡que perra eres!…
 
Yo por mi parte insistía que había sido una equivocación que había tenido mientras caminaba porque yo realmente estaba hablando con mi hermana, acerca de mi hermano y había copiado el chat equivocado. Y ¡ojo! aunque sé que no me creyó eso puede pasar, yo veces estoy en un chat y con mover un dedo me voy a otro por equivocación, no es algo inverosímil.
 
Y de verdad hasta ahí la respeté porque ella tenía razón de estar molesta ante mi semejante cagada. Sin embargo, mi posición cambió ante su último mensaje:
Mira, me sabe a mierd… (piiiiiiiiiiii), eres una guev…. ona (piiiiiiii), a mí me respetas. Ningún cerro de gueeev…(piiiiiiiiiiii), cabrona, ningún cerro de gueeeeevv… (piiiiiiiiii), yo no tengo que andar pendiente de mi puto teléfono, y cuando te responda, te respondo, es más ubícate, te ubicas. Que no fue tu intención de que quieres pelear un put….a mierrrrr…a (piiiiiiiiiii), lo que acabas de hacer fue bien bajo, que poca mujer eres, porque eres incapaz de mandarme un mensaje y decirme las vainas como son (ahí tenía razón, no en que soy “poca mujer”, sino que tenía que decirle las cosas como son). Yo no tengo que andar pendiente de mi teléfono, es más estoy pendiente y te respondo cuando a mí me dé la maldita puta gana, perra de mierda, porque así te lo estoy diciendo, ¿no fue tu intención pelear?
Pero aquí estoy y cuando quieras nos enfrentamos guevon….a, todo por un puto chisme, cuándo te he fallado yo a ti o a Santiago, para que tú andes mandando esos putos mensajes (tenía razón en las últimas 6 palabras).
Fin del chat.
 
Luego de este episodio llegué a la cancha un poco alterada preguntándome qué guardado me tendría esa mujer, porque es la única razón por la que pudo haberse puesto así.
 
Y como la vida se trata de aprender de los errores, aprendí que más nunca debo compartir la conversación que estoy teniendo con alguien con un tercero, que simplemente debí dejar pasar por alto su ausencia de respuesta. Es más, si finalmente mi “ex” le hubiera dicho algo a su hermana (cosa que estoy segura que no sucedió) y ella por retruque se hubiera enterado, debí esperar la siguiente oportunidad en la que nos viéramos para aclarar el tema y manifestar mi incomodidad.
 
Pero es que de verdad hasta para manifestar alguna molestia yo necesito sentir afecto hacia la persona, si no para mí es un ser completamente nulo en el que no merezco gastar energía con reclamos.
 
Ya hoy es miércoles y el arrepentimiento ha ido cesando, de hecho, ya no me siento tan culpable, mucho menos ahora que acabo de escuchar de nuevo sus mensajes para escribirlos acá.
 
También acabo de reflexionar acerca de que si algún día Santiago vuelve a estudiar en colegio católico voy evitar en lo posible que sea del Opus Dei… porque sin meter a todos en el mismo saco, sin con esa misma boca con la que me dijo eso reza el rosario: ¡madre mía!
 
Y yo, aunque ahorita no tengo perro y de hecho no sé si vuelva a tener alguno, sigo convencida de que mientras más conozco a la gente…
 

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Acerca del autor

Vanessa Elena Zambrano Moreno

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