Literatura

Relatos De Tiempos Convulsos

Relatos De Tiempos Convulsos - Literatura

QUE DIOS NOS PERDONE

Agosto de 1945. Tras casi seis años de guerra, y después de que el ejército alemán capitulara tras su derrota final y la muerte de Adolf Hitler, la guerra está a punto de acabar en el frente del Pacífico. Los japoneses no están dispuestos a capitular, pero los americanos pretenden acabar esta maldita guerra con una nueva y poderosa arma que pondrá en tensión nuevamente a toda la humanidad.”

Lunes; 6 de agosto de 1945.

Hora: 08:45.

El coronel Paul Tibbets accionó el mecanismo que abría la trampilla, dejando escapar toda la furia que contenía el pequeño chico (Little Boy). El retoño de Oppenheimer y estrella principal del Proyecto Manhattan, saltó del avión en busca de sus víctimas. Hiroshima se convertiría en el objetivo, un final de trayecto que segaría la vida de miles de ciudadanos japoneses.
Segundos después del lanzamiento, el capitán Robert Lewis, copiloto del bombardero Boeing B-29 Superfortress, exclamó:”¡Dios mío, que hemos hecho!” No obtuvo ninguna respuesta.
El Enola Gay, nombre con el cual fue bautizado el avión, se sumió en el silencio más asfixiante que jamás sintieran sus protagonistas. A pesar de todo, habían cumplido su misión. De regreso a la base, Paul Tibbets (piloto), Robert Lewis (copiloto), Bob Caron (artillero de cola y fotógrafo), y los otros nueve miembros de la tripulación, rezaron en silencio a su Dios, con la esperanza de que Este, pudiera perdonarles algún día. Pero a pesar de todas las plegarías, Dios no quería participar de la barbarie de los hombres, inmersos en una cruel y fratricida guerra sin sentido.
Tres días después, el 9 de agosto de 1945, otra bella ciudad, Nagasaki, sería consumida por otra bomba nuclear (Fat Man), perversa creación de los hombres de paz. Semanas después, el 2 de septiembre, Japón se rendiría oficialmente, dando así por terminada la lucha sobre el terreno. La Segunda Guerra Mundial había durado seis años, acabando con la vida de millones de personas.

 

 

CARTAS DESDE STALINGRADO

Stalingrado, Segunda Guerra Mundial. Miles de hombres luchan por sobrevivir, y a pesar del odio que se profesan sus naciones, no son tan diferentes unos de otros.”

9 de Septiembre de 1942.

Queridísima Sveta:
El día ha amanecido frio y lluvioso, y en el aire se respira el aroma de la sangre y la muerte. Apenas he podido conciliar el sueño debido a los continuos bombardeos de la aviación enemiga que han hecho temblar el cielo y la tierra con su fantasmal sonido. Llevamos tres días atascados en la misma posición, y apenas nos quedan víveres para subsistir un día más. Más de la mitad de nuestra unidad ha caído, y hemos perdido toda conexión por radio con el exterior. Si hoy no llegan los refuerzos, mañana nos jugaremos el todo por el todo.
Nadie ha venido en nuestra ayuda. Ya no nos queda otra opción; si continuamos en esta posición moriremos de hambre o congelados por las heladas de la noche. Debemos ser rápidos y no mirar atrás. La ciudad está completamente destruida, y la lucha es infernal por la conquista de cada palmo de terreno. Nuestra única posibilidad es cruzar la posición enemiga por su flanco derecho, atravesando la vieja fábrica de tractores. Solo de esta manera podremos romper el cerco y reunirnos con los camaradas de nuestra compañía para reorganizarnos y contraatacar con todas nuestras fuerzas.
Espero poder volver a escribirte y a tenerte de nuevo entre mis brazos. Dale un beso al pequeño Kolia de mi parte.

Yaroslav Nóvikov.

22 de Noviembre de 1942.

Queridísima Sveta:
Por fin puedo volver a escribirte. Durante nuestro repliegue conseguimos reunirnos con el grueso del ejército, aunque hemos perdido cinco hombres más. Me han ascendido a Sargento 1º, y ahora comando mi propio batallón. Nuestra ofensiva parece hacer efecto, y hemos roto el avance enemigo. La situación comienza a ser favorable a nosotros. El ejército alemán y sus aliados no podrán soportar en frio invierno, y nuestro frente se mantiene compacto con el continuo envió de refuerzos. Mi batallón defiende la posición de la vieja acería (Fábrica Octubre Rojo), y a pesar de los continuos ataques, nuestra resistencia se mantiene firme. Las ordenes del camarada Stalin son ¡NI UN PASO ATRÁS!, y así se hará.
Si vencemos al ejército alemán en Stalingrado, el alto mando nos ha prometido unos días de permiso. Solo volver a verte y abrazar por primera vez al pequeño Kolia me da fuerzas para aguantar cualquier cosa. No pienso morir a no ser que lo haga en tus brazos.

Yaroslav Nóvikov.

2 de Febrero de 1943.

Queridísima Freya:
La guerra ha acabado para nosotros. Esta lucha parece no tener sentido, y han sido el hambre, el frio y la disentería los que ha precipitado todo esto. Hemos recibido noticias de que nuestro general (Friedrich von Paulus) ha capitulado ante el asedio del ejército rojo. Ya no sirve pelear en esta guerra de locos, cuando solo unos pocos lo continuamos haciendo. Nuestra unidad, que luchaba incansable entre los escombros de la fábrica de acero, se ha rendido ante los soviéticos. Como responsable de mi unidad he depuesto las armas ante un sargento ruso de nombre Yaroslav. No había odio en su mirada, tan solo alegría. Me ha dicho en un alemán muy simple que se alegraba, porque ahora podría reunirse con su mujer y con su hijo. Le he pedido poder escribir una carta, tanto yo como mis hombres, para hacer saber a nuestras familias que estamos vivos. Te echo tanto de menos, amor.
Hoy me he dado cuenta de que no somos tan diferentes. Lo único que queremos tanto rusos como alemanes es poder vivir en paz con nuestras familias. No sé que será ahora de nosotros. Espero que acabe esta maldita guerra y poder regresar a Alemania. Deseo casarme contigo, tener hijos, y olvidar este infierno para siempre. Eternamente tuyo:

Matthias Leitner.

 

 

TÚ DE ROJO Y YO DE AZUL

Madrid, mayo de 1939. Un mes después de que las tropas del general Franco tomasen la capital y se diera por finalizada la guerra en España, la vida debe continuar para los vencedores y para los vencidos.”

Mayo de 1939. Hacía ya un mes que había caído Madrid, y las tropas nacionales controlaban definitivamente toda la ciudad. El sargento Andrés García, un convencido fascista desde hacía años había entrado en una cantina situada en la planta baja de un deteriorado y viejo edificio que había resistido a duras penas los terribles combates. Seguido de algunos de sus hombres se sentó en una mesa y pidió en voz alta que le atendieran. El tabernero, un viejo medio sordo llamó a alguien. Detrás de la barra apareció una mujer de singular belleza. No era mayor, pero tampoco una jovenzuela. Su larga melena castaña combinaba místicamente con sus grandes ojos color azabache, que su blanca piel resaltaba todavía más en ese fino rostro de nariz respingona. En su mirada pudo notarse la indignación y el dolor de la guerra al acercarse a la mesa de los militares. Andrés la miraba con disimulo mientras alguno de sus hombres hacía comentarios obscenos que el sargento detuvo inmediatamente. Una vez servido el vino, los hombres comenzaron a beber y a fantasear con un mejor destino. El sargento García se levantó y se dirigió a la barra. Allí quiso hablar con la chica, pero en la mirada de esta evidenciaba un miedo teñido del más absoluto de los desprecios.

-¡Hola!- saludó educadamente el sargento mientras se despojaba de su gorra.- Me llamo Andrés, ¿y Tú?

– ¿Por qué quiere saber mi nombre?- contestó ella sin mirar a la cara a su interlocutor- ¿Acaso piensa detenerme?

– No quisiera ser descortés la próxima vez que me dirija a ti. –rio el sargento.- ¿Entonces, puedo saber cuál es tu nombre?

Agatha!- dijo secamente la mujer.

– Encantado señorita Agatha. Ha sido un placer. Ahora debo marcharme.

Día tras día el sargento aparecía en la pequeña cantina para poder hablar con esa mujer que lo tenía fascinado. Agatha poco a poco le fue tomando confianza, y al final, se pasaban un buen rato hablando. Uno de esos días, la mujer contó a Andrés su fatal perdida. Su padre y su hermano habían caído defendiendo la República, muertos por las balas de los fascistas, y ella, tenía que hacerse cargo de su pobre madre enferma y de su hermana de catorce años.

– ¿Comprende ahora por qué os odio tanto?- dijo ella con lágrimas en sus preciosos ojos.

Había perdido el miedo, ya que apreciaba un halo de bondad en ese hombre. Andrés no pudo articular palabra. La historia de la chica le había atravesado de lleno el corazón, devolviéndole a la memoria tiempos felices vividos con compañeros que ahora se habían convertido en enemigos de la patria, y que quizá yacían muertos en alguna cuneta. Nunca se habría imaginado que las palabras de una chica fueran más letales que la más fatal de las balas que arrasan cientos de almas en cada batalla. Todos sus ideales, sus convicciones, su manera de entender esta guerra, habían caído como fichas de dominó en un gran efecto mariposa. Intentó disimular las lágrimas que le brotaban de sus enrojecidos ojos, pero Agatha se había dado cuenta. A pesar de su siniestro uniforme, el sargento Andrés García tenía un buen corazón.

– Mañana no podré venir a la hora de siempre- dijo de repente Andrés.-Espérame a la hora de cerrar. Quiero enseñarte algo.

Agatha y el sargento se despidieron hasta el día siguiente. La bella cantinera sentía curiosidad, y tal y como le había dicho el militar, a la siguiente jornada ella le esperó en la puerta de la tasca a la hora acordada. Andrés apareció con un gran petate militar a sus espaldas, saludó a la chica con un beso en la mejilla y la cogió de la mano haciéndole ademán para que le siguiera. Unos doscientos metros después, llegaron a un descampado rodeado de ruinas, las cuales, años atrás habían sido las paredes de un colegio. Allí abrió la bolsa. Agatha se quedó confusa con lo que vio. El sargento esparció una pila de ropa por el suelo: el uniforme de campaña, el traje de gala, las botas, la gorra, su camisa de falangista y algunas medallas que meses atrás lucia con orgullo, conseguidas durante la guerra. Sin decir nada roció todo con gasolina, sacó una caja de cerillas de su chaqueta, encendió una de ellas, y prendió fuego a ese montón ropa.

He renunciado a mi carrera y grado militar-habló Andrés mientras las llamas se reflejaban en su cara.- Después de escuchar tu historia por fin he despertado de esta pesadilla. Esta noche he soñado con algunos amigos que al igual que tu padre y tu hermano habían decidido luchar por la República, los cuales no sé si viven o están muertos. Pero eso ya no importa, porque no hay vuelta atrás. Lo único que uno puede hacer es volver a empezar de nuevo, pero esta vez haciendo las cosas de manera correcta.

Andrés sacó de su bolsillo un sobre repleto de billetes expedidos por el nuevo Gobierno y se lo acercó a la mujer. Luego continuó hablando.

– Estos son algunos de mis ahorros. Son para ti. Estoy en deuda contigo por abrirme los ojos. Ayuda a tu madre y a tu hermanita, y perdóname por todo el daño que he podido causar en esta miserable guerra. No te pido que me des las gracias, porqué soy yo quien te las debo. Solo querría pedirte un favor. Quisiera poder continuar viéndote. Tengo pensado abrir un taller de carpintería en la calle Mayor, ya que el oficio lo aprendí de mi padre. Hay mucho trabajo ahora que Madrid necesita ser reconstruida, y el Estado necesitará la ayuda de todos los obreros y artesanos cualificados para ello.
Agatha lo observó con sus grandes y profundos ojos color azabache. Ya no existía el miedo en su mirada, y mucho menos el odio, tan solo la compasión y el amor por aquel sargento que había renunciado a todo por ella. El ahora ex sargento Andrés García, tampoco imaginó nunca que encontraría el amor en aquel dantesco lugar llamado Madrid.

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miquelangelo

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