Literatura

Relatos De Un Corazón Atormentado.



Relatos De Un Corazón Atormentado. - Literatura

Cuando eres estudiante el mundo parece lleno de posibilidades, posibilidades que al salir de una carrera, especialmente de artes o humanidades, se convierten en ínfimas, inexistentes. Así que la Docencia se convierte la única área donde compartir tus saberes, los cuales, al llegar a dar clases se convierten tan ínfimos como tus posibilidades laborales. He de decir que todo tiene sus altos y bajos, sin embargo entiendes, lamentablemente, más a tus adultos. Mis alumnos de los cuales les llevó 10 años, a los más pequeños, resultan un cumulo de tedio y desdén por la vida máximo. Como si en el fondo supieran que han encontrado el Santo Grial, así que la belleza de la cuál crees ser parte se vuelve una barrera comunicativa. El motivo de esta entrada no es para compartir mis desgracias docentes, sino para compartir lo que para mi respecta un escrito excepcional de una chica de tercer grado. ¿El motivo? fue la luz al final del camino de mi propio tedio. Todo surgió cuando pedí una creación literaria a mis alumnos, había buenos, malos, y los que solo cumplieron, pero solo uno fue el que me regreso la esperanza, así que sin más rodeos se los comparto.

Relatos de un Corazón Atormentado.
por: Cuatzo Sandoval Ximena

La oscuridad me consumía. Era asfixiante la manera en que la lúgubre avenida se avistaba imperiosa frente a mí; ancha y desierta. Sólo había una farola mal puesta que desprendía un hedor asqueroso, la fantasmal luz amarillenta que se entremezclaba con la neblina jugada por el viento, creando siluetas.

 

El sudor frío y perlado me recorrió la espina dorsal, el sabor a bilis me obstruye la garganta y un ligero atisbo de dolor se me asentó en el fondo del estómago. La sensación la conocía, era aquella que te niega la respiración cada que retienen las lágrimas que escuecen, que arden y queman. Era la sensación que más conocía. Extrañamente era en presencia de alguien, porque así, me obligaba a mantenerme imposible. Con la actitud de no-me-importa-un-carajo, pero jamás sola, mientras mis pesadillas se hacen cada vez más reales, dónde mis mentiras y temores cobran la forma de una bestia sedienta a la espera de encontrarme en un estado de vulnerabilidad pura, en el momento adecuado para atacarme y resumirme a nada.

 

Mi mente me estaba jugando una mala pasada. Otra vez. Aunque esta no es la común pesadilla, no, esto era… ahora… ahora todo era diferente, nada a lo que me haya enfrentado antes.

 

Tú mismo creas inmunidad a ciertas circunstancias que azotan tu existencia; las palabras dejan de doler, las miradas ya no se te marcan a fuego en la piel y las situaciones ya no te perforan el corazón creando un daño irreparable.

 

Poco a poco, te conviertes en un ser vano que solo respira porque es una función predeterminada, innata, necesaria; que solo despierta, come y sale a aparentar una fresca, ancha y sumamente falsa sonrisa porque la monotonía se convirtió en tu mejor aliada. Ahora lo entiendo, las sombras que se proyectan tras la neblina son yo en diferentes facetas, ¡soy yo!: Triste, vacía, oscura. Una lamentable estela de lo que alguna vez fui, ilusiones de lo que alguna vez quise ser, simples espectros que no me dejan tranquila, apariciones que que me torturan en las noches de desolación y pesar, que se mofan y me miran con la picardía de quien sabe todo sobre ti y no dudaría en soltarlo con la única intención de dañarte.

 

Sin embargo, en aquella catastrófica reunión, donde nadie me prometía salir ilesa, había alguien más. Un ser que con un solo resuello podría desarmar la inmensa muralla que bloque a bloque fue construida para salvaguardar mi salud mental. Una caricia de aquella pobre imitación de mi más grande perdición sería suficiente para hacerme caer, fue entonces que con todo el valor que pude reunir en esa parte de mi subconsciente… le miré. Miré al hueco donde deberían estar un par de ojos castaños tan puros como el café, no obstante, nublosos recovecos me atravesaron la pupila; un montón de púas enrollaron mi corazón hasta hacerle sangrar.

 

Mi músculo cardíaco colapsaba con una agonía efervescente y aquella nube tan negra como el azabache tomó la forma de aquél maldito ser que logró filtrarse en mi piel, descubriendo cada parte de mí. Los demás borrones también adquirieron forma, transformándose hasta obtener réplicas exactas de mí, en situaciones alternas, yo sabía de qué se trataba porque aún entre los borbotones de sangre que me salían de la boca, del pitido intenso que me martilleaba los oídos, y el punzante dolor que se precipitaba sobre mis sienes, reconocía las carcajadas. Mis papilas se estaban recreando en el sabor metálico de la muerte.

 

El beso más duradero.

 

Era un hecho que me robaría hasta el último gemido, pero no temí, un escalofrío me recorrió para envalentonarme, y entonces, en un efímero y escurridizo movimiento, besé al recuerdo, procurando alargar la agonía de mi corazón en tanta medida me fue posible, fue un casto beso que dejó entrever las emociones y sentires, que, aún en mis pesadillas, me dominaban el alma, fue cuando me arrojó al vacío de mi inconsciencia casi mortecina.

 

Y, entonces, todo volvió a comenzar.

 

Imagen: Diego Manuel Rodríguez (https://diegomanuel.wordpress.com/2013/07/26/corazon-atormentado-acrylic-on-canvas-25-x-34-cm-2008/)

 

 

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De La Rosa

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