Literatura

RELATOS ERÓTICOS 12 – UNA PACIENTE CON MUCHAS CALENTURAS REPRIMIDAS



RELATOS ERÓTICOS 12 – UNA PACIENTE CON MUCHAS CALENTURAS REPRIMIDAS - Literatura

Una tarde me llama una paciente habitual para pedirme que
atienda a su hija, le pregunto por qué el interés especial de ella, y si quería
adelantarme algo de la problemática de su hija. Me cuenta que la niña tiene
diecisiete años, y si bien menstrúa desde los doce, nunca se ha hecho un examen
ginecológico completo. Indago más, porque lo que me dijo no justificaba que la
madre se preocupara por hablar conmigo previamente, bastaba con pedir un turno y
enviar a la hija, sola o acompañada. Me cuenta que desde hace un tiempo la
encuentra extraña en su conducta, y que a veces se queja de dolores en la zona
ovárica. Agrega que la hija quiere concurrir sola al consultorio porque le daría
vergüenza que alguien la acompañara. Así es que le ofrezco un turno para unos
días después, me pide si puedo atenderla antes, porque estaba próxima a la fecha
de menstruación, entonces le propongo que su hija pase por el consultorio al día
siguiente luego del último turno, que por tratarse de la hija de una paciente la
atendería fuera de horario.
Llega el día, cuando despido a la última paciente veo a la
chica en la sala de espera, le pido que aguarde un momento mientras me lavo las
manos y la hago ingresar.
La niña en cuestión era un monumento femenino, alta de 1,70
aproximadamente, llevaba un vaquero ajustado que enmarcaba un bellísimo culo y
unos HERMOSOS muslos, una blusa también ajustada alrededor de un magnífico
par de tetas, rostro muy agradable en el que se destacaban sus labios gruesos y
sus ojos claros, el pelo a los hombros, poco maquillaje.
Se sentó frente a mí, escritorio por medio, le tomé sus datos
personales, se llamaba Florencia pero me dijo que le decían Flor, fecha de su
primera regla (menarca), y le pedí que antes de examinarla me contara sus
dolencias.
Bueno Doctor, me dijo, siempre fui muy sana pero desde
hace un tiempo siento frecuentes dolores de cabeza y dolores en la zona
ovárica, ando muy nerviosa e irritable, todo me molesta, y no se a qué
causas atribuir ese estado.
Allí empecé mi interrogatorio (anamnesis). Le pregunté si
estudiaba, respondió que estaba en el último año de la secundaria y que pensaba
estudiar medicina, a partir de eso empecé a tratarla de “colega”, tanto como
para distender el diálogo, seguí averiguando cosas de su vida, me contó que
hacía dos años que tenía un novio, que había tenidos dos novios anteriores, que
jugaba tenis, que escribía versos de amor, todo lo imaginable en una chica de su
edad. Cuando noté que había entrado en confianza (consejo para los médicos de
cualquier especialidad: si ganan la confianza del paciente tienen la mitad de la
curación hecha) inicié la parte comprometida de la anamnesis.
¿Has tenido relaciones sexuales?

Sí Doctor.
Bueno contame algo, o mejor contame todo lo que
quieras, desde cuando quieras.

Bueno, con mi primer novio, a los trece años, sólo
fueron caricias apenas más que inocentes, yo estaba empezando a
desarrollarme, casi no tenía busto y mis piernas eran dos palitos. Con el
segundo, a los catorce, ya mi cuerpo tenía forma, y él me tocaba toda
entera, yo sentía mi excitación, me mojaba toda, pero no me animaba a ir
más allá de tocarle la verga por sobre su pantalón, lo que me hacía sentir
cosas extrañas. La cosa empezó con el 3ero, el actual, nos pusimos de
novios cuando yo tenía 15 y ya estaba casi como ahora, él tiene un año
más que yo y es un hermoso chico. Mis padres le permiten verme en mi casa,
pero no nos pierden de vista, siempre en el mejor beso aparece mi mamá, o
mi papá o alguno de mis hermanos; pero el año pasado en un picnic de
primavera nos ingeniamos para irnos a un lugar apartado, entre árboles que
nos ocultaban de las miradas no deseadas, y allí me besó como nunca, me
acarició a sus anchas, me sacó el short y la tanga, se bajó sus pantalones
y me tocó justo en la vulva, yo estaba empapada, y él lo notó, se puso un
preservativo y me penetró. Sólo sentí dolor y vi mi sangre, perdí mi
virginidad de la forma más tonta, sin el placer que esperaba; yo no sabía
nada de eso y él sabía muy poco. A partir de eso tratamos de hacerlo cada
vez que podemos, pero no tenemos un lugar apropiado, en mi casa lo hemos
intentado varias veces, casi vestidos, y siempre cuando ha logrado
penetrarme algo nos interumpe y nos obliga a recomponernos la ropa y
disimular; en la casa de él nos pasa algo parecido, siempre estamos al
borde de que nos descubran, y usted que conoce a mi madre sabe cómo es de
estricta.
Bueno hija, le dije, ahora andá detrás de ese biombo,
sacate toda la ropa, ponete la bata que está ahí y vení que te voy a
examinar.

La chica salió de atrás del biombo vistiendo sólo la bata
de examen, que yo mismo diseñé y patenté, con tres lazos por delante. Le
indiqué la camilla y se tendió allí, me preguntó si ponía las piernas en los
estribos y le dije que aún no. Desaté el lazo superior y comencé el examen
de mamas. Ver y palpar esas tetas fabulosas me ocasionó una tremenda
erección, a pesar de mi deformación profesional que me hace ver a las
mujeres apenas como un objeto de estudio; las tetas eran redondas, bien
conformadas, paradas y turgentes. Durante esa parte del examen pude notar la
erección de sus pezones, y creció la mía. Continué desprendiendo el segundo
lazo para palpar su abdomen, la piel era suave y cálida, sin nada de vello
hasta donde alcanzaban mis manos; cuando hundí mis dedos a la altura de sus
ovarios se quejó, allí era donde solía dolerle; ya casi tenía mi diagnóstico
hecho.

Desaté el tercer lazo y le pedí que ahora sí calzara sus
piernas en los estribos de la camilla, en posición ginecológica. Los muslos
eran exactamente lo que prometían sus vaqueros: dos columnas de mármol, pero
vivas y palpitantes, ni Praxiteles las hubiera hecho más bellas para su
mejor Venus; y en la unión de esas columnas una concha sin depilar que se
ofrecía a mi vista mostrando apenas sus labios mayores entreabiertos. Cuando
las pacientes son de mi confianza no utilizo guantes para los tactos
vaginales, me quitan sensibilidad en los dedos, además siempre cuido mucho
mis manos para que ninguna herida por donde pueda colarse
alguna infección, incluído el célebre y temido HIV. Me aproximé al tesoro e
introduje mi dedo mayor con cuidado. Palpé colgajos de himen que denotaban
una imperfecta primera vez y poco contacto posterior, tal como ella me lo
había contado, pero también palpé unos jugos demasiado abundantes para un
examen médico. Eso me animó a seguir explorando, y hallé un clítoris
hinchado y colorido que masajeé con fruición. Flor se estremecía y hacía
ruiditos muy sugerentes.
-¿Te molesta algo? Pregunté.

No Doctor, haga su examen como usted sabe, mi madre
dice que Usted es el mejor ginecólogo que la ha atendido.

Continué entonces con mis atenciones a ese clítoris que
se me ofrecía tan gentilmente, mientras notaba que Flor tenía la concha cada
vez más mojada.
Mi diagnóstico ya estaba completo, el mal de Flor era una
terrible calentura, exacerbada por los intentos de coger con su novio que
nunca habían podido consumar en forma satisfactoria.
En mi interior pugnaban mis sentimientos contradictorios;
la ética profesional que me impedía aprovecharme de mis pacientes, el
juramento de Hipócrates que me imponía hacer lo mejor para el bien de
quienes acudían a mí. La decisión partió de mi calentura. Esa chica
necesitaba un buen polvazo para curarse de sus dolores de cabeza, de
ovarios, de sus nervios y de todos los males que la aquejaban. Me lo hacía
saber gimiendo y retorciéndose ante mi inocente examen.
Me incliné y puse mi lengua sobre su concha, mientras con
las dos manos libres me iba quitando el ambo, el slip y todo. Le mamaba la
concha con ahinco, deteniendo mi lengua sobre su clítoris hasta que sentí su
primer orgasmo, quizás el primero de su vida.

por favor, cógeme, quiero sentir tu
pija bien adentro, quiero que me llenes de leche, hazme todo lo que
quieras pero cógeme.

La camilla de un ginecólogo no es lo más cómodo para
coger con una belleza como la que se me ofrecía; así que la bajé y la puse
en el piso, le acaricié las piernas y los senos, le abrí las piernas y le
apoyé mi verga en la puerta de su concha, tuvo otro orgasmo.

_ Quiero más, la quiero toda adentro. –

Empujé con prudencia, y le fue entrando toda mi verga, de
buenas dimensiones. Tenía una concha apretada, casi virgen; yo sentía que me
la tomaba como un guante. Era una adolescente, pero con un cuerpo de
vedette, abundante por todos lados, carne en donde debía haber carne, y
estaba muy excitada, muy caliente, se movía a mi compás como si fuera una
experta cogedora, tenía un orgasmo tras otro, sin solución de continuidad.
No pude aguantar más de diez minutos sin soltarle mi leche bien adentro,
sentir la leche que le golpeaba en el fondo de su vagina la hizo acabar tres
veces seguidas, y al fin se relajó. Me quedé tendido a su lado acariciándole
los muslos y el culo, mientras la besaba en la boca, lengua a lengua.

Quiero más – me dijo de pronto.

Fui al baño a lavarme la verga que chorreaba los jugos de
ambos, y al regresar le acerqué mi pija a la boca, no necesité decirle nada,
se la metió en la boca y empezó a darme una excelente mamada (luego supe que
era la forma en la que tranquilizaba a su novio). Le avisé que me venía y
redobló su esfuerzo; se le llenó la boca con mi leche y se la tragó toda, me
dejó la poronga limpia a lengüetazos.

¿Hay más? Me preguntó.
Sí Flor, hay más si vos querés, quiero cogerte el culo,
porque es un culo divino.

Dicen que por ahí duele.- me consultó.
Si no te lo saben hacer puede que duela.- le contesté.

Pero vos sos médico y sabés.-

La llevé al baño, le hice una buena enema para limpiarle
el recto, y volví a ponerla en el piso del consultorio. Busqué el frasco de
gel, me unté los dedos y comencé a dilatarle el ano, ella se dejaba hacer
muy confiada. muchos sabemos que la resistencia mayor en un culo es el
esfínter anal; un anillo de músculos muy fuertes que son los que no permiten
que nos caguemos por más ganas de cagar que tengamos si no tenemos el sitio
adecuado para hacerlo. Dedo a dedo y con la excitación correspondiente ese
anillo se dilata un tanto. Eso fue lo que le hice a Flor, el gel
lubricante ayuda. Cuando juzgué que ya era suficiente la tendí boca abajo,
con un almohadón bajo su vientre para que el culito le quedara en posición,
y le puse la punta de mi verga en la entrada del ano. Se revolvió un poco
pero lo aceptó.

Sergio, me va a doler.-
Es sólo al principio, después te va a gustar, relajate
bien.-

Empujé la verga suavemente y fue entrando, Flor se quejó
y me dijo que le dolía, la calmé diciéndole que era sólo un momento. Cuando
la cabeza de mi poronga atravesó el anillito y entró en su culo dilatado ya
no se quejó más. Centímetro a centímetro se la puse entera. Yo aliviaba mi
peso apoyando la cabeza en el suelo, y me tendí entero sobre ella, con las
manos libres le acariciaba las tetas y le estimulaba el clítoris. La
bombeaba suave. Flor empezó a sentir que le gustaba, y con una maestría
inesperada me apretaba la verga con los músculos de su culo. Aunque ya había
acabado dos veces antes me costó contener mi eyaculación, era tanto el
placer que me daba ese culo virgen. Cuando empecé a sentir sus orgasmos ya
no me pude contener y le volqué toda mi leche en su culo.

Nos quedamos un rato con mi verga dentro de su culo que
estaba contrayéndose con algunos movimientos espasmódicos y apretando y aflojando mi
pija que seguía erecta, hasta que me hizo eyacular otra vez.

Allí miramos la hora, ella ya debía estar de vuelta en su
casa. Nos duchamos en el baño del consultorio, y mientras la jabonaba me
dieron ganas de intentar otro polvo, pero sabía que mi verga ya no iba a
responder.
Flor, el próximo examen te lo hago en mi casa.

¿Me vas a coger igual que hoy?
Mucho mejor.-

Sergio, no se qué hacer con mi novio,-
Esperá que aprenda y se busque un lugar adecuado,
después seguro que vas a coger muy bien con él.-

Ya no me duele la cabeza, ni los ovarios, ni estoy
ansiosa.-
Mi Nena, te faltaban diez orgasmos, ese fue el
tratamiento que te hice.

Le receté unas pastillas, para dejar conforme a su madre;
la llevé en mi auto hasta su casa, nos despedimos con un hermoso beso de
lengua, prometiéndonos repetir la experiencia, el tratamiento.
Y estas son las cosas que a veces pasan en el consultorio
de un ginecólogo.

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Kmy

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