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Rendido ante Carla (RELATO EROTICO)



Rendido ante Carla (RELATO EROTICO) - Literatura

Relato Erótico: CARLA
No hace falta escribir prefacios, Carla es de las mujeres más importantes en mi vida. A ella la amo como tenga que amarla, si tengo que amarla como amiga, la amaré como amiga, si tengo que amarla como pareja, la amaré como pareja. Incluso si algún día dejamos de relacionarnos, que espero con mi alma que eso jamás suceda, la seguiré amando con locura.

Es una bella mujer no sólo en lo físico, que también; hay que decirlo. Carla está buenísima. Al menos a mí, me parece una de las mujeres más sensuales que conozco. Es una morena con un sabor caribeño muy característica y su personalidad acompaña su tez y su cuerpo a la perfección.

Carla siempre ha representado para mí una figura imperante e incluso algo maternal. La parte imperante es la que me hace desearla con intensidad, la parte maternal es la que me hace amarla con ternura.

Carla y yo lamentablemente no nos vemos con frecuencia. Mucho menos ahora que vivimos a cuatro horas de distancia, con lo cual cada que nos vemos disfruto cada segundo junto a ella. Carla y yo nos tenemos una confianza tal que le he contado cosas que no le cuento ni a la voz de mis pensamientos.

Hace poco fui a su ciudad. Evidentemente le dejé saber porque no podía irme de allá sin verla. En esa ciudad vive mi padre en una casa espaciosa situada en el este. Mi padre conoce a Carla y le tiene cierto aprecio, así que no tiene problema con recibirla de visita. Le pedí a Carla que se quedara a dormir conmigo y dijo que no. Supongo que sabe cuánto la deseo y se sintió en peligro pero me pareció una tontería porque ella sabe que antes de desearla e incluso antes de quererla; la respeto.

Aún así fue a visitarme y cuando la vi, estaba un poco diferente. Estaba más grande. Quizá un poquito más robusta, pero me gustaba mucho esa nueva Carla. Vestía una blusa y un jean largo y sandalias. Sus pies me llamaron preferentemente la atención. Había caído en cuenta de que la gran mayoría de las veces que veía a Carla ella utilizaba calzado cerrado. Bueno, claro. En la escuela no permitían sandalias.

— Me gustan tus cholas, Carla. Dije en tónica de gracia, ya que en mi ciudad a las chanclas les dicen cholas pero donde vive Carla chola es el pene, de modo coloquialmente vulgar.

— Gracias. Respondió Carla entre risas.

Hago reír tanto a Carla que a veces siento que es algo totalmente espontáneo, no siempre la hago reír con intención de hacerla reír. Pero cada vez que escucho la vida de su risa, me da vida a mí. Me hace infinitamente feliz. Estoy absolutamente seguro de que podría pasar el resto de mis tardes conversando con Carla y jamás me aburriría de hacerla reír.

Estuvimos un buen rato hablando de cosas del pasado, lo típico que haces cuando te reencuentros con alguien después de mucho tiempo. Hablamos de personas que teníamos en común, de cosas que sucedieron, etc. También hablamos mucho de sexo. Sin duda alguna creo que nuestra prematura curiosidad por el sexo fortaleció nuestra relación durante la secundaria ya que hablábamos contínuamente al respecto. Irónicamente nunca he tenido sexo con Carla. Nos besamos un par de veces, incluso llegamos a ser «novios». Pero nunca funcionó. Me hubiese gustado que funcionara, pero reitero: A Carla la amaré como la tenga que amar.

Luego de un buen rato hablando en la sala de la casa de mi padre, nos dirigimos a la habitación en la que yo solía dormir cuando vivía allí. Donde por cierto, Carla tuvo sexo por primera vez. Ella no lo sabía hasta hace poco que se lo confesé pero imaginarla teniendo sexo ahí es una de las cosas que más recurrían mi mente cuando me masturbaba. Hasta que un día Carla me comentó que no fue gran cosa y quizá ese hecho perdió un poco la magia. Aún así me seguía calentando el hecho de que ella haya utilizado mi habitación para tener sexo y no haya sido conmigo.

Nos acostamos en la cama a seguir hablando. Hablamos, hablamos y hablamos durante horas. En un dado momento, le pregunté a Carla si podía darle un beso, con un vértigo en mi pecho, una sensación cálida en mi pene y mis ojos mirando fijamente a sus labios. Carla acercó su mejilla a mí boca para que yo le diera un beso, ella sabía que yo no me refería a eso, pero yo sabía que debía obedecer. Sin embargo, mi deseo por Carla brotaba. Así que agarré su cintura, cerré mis ojos y le di un beso extenso y fuerte en su mejilla intentando comunicar que yo quería ir más allá. De nada sirvió, pues ella lo sabía pero no estaba dispuesta.

Después de haberle dado ese beso en la mejilla, ya no había vuelta atrás, comencé a pensar que si me regresaba a mí ciudad no vería a Carla durante mucho tiempo y tenía que aprovechar esa oportunidad.

Mi mano de manera traviesa comenzaba a inmiscuirse bajo la blusa de Carla, ella me permitía seguir con el juego. Creía que ya había conseguido mi objetivo, así que aproximé todo mi cuerpo hacia ella de manera tal de que pudiera sentir la dureza que me provocaba la tensión del momento. Respiraba con un poco de desesperación y no podía disimularlo. Carla no es tonta, ella sabía lo que yo estaba intentando hacer, pero me permitía hacer todo sólo para frenarme en el instante en el que quisiera salirme del margen.

Mi mano ya había llegado hasta sus costillas, le seguía dando besos en la mejilla y ya sentía que podía hacer lo que yo quería, así que mi mano llegó a uno de sus senos y fue ahí cuando Carla, me detuvo. Empuñó con fuerza mi antebrazo y dirigió mi irrespetuosa mano hacia su cadera una vez más. Lo peor fue eso, que dejó mi mano en su cintura y a mí interpretación era un semáforo con los tres colores encendidos.

Bajé un poco la intensidad y para salir de dudas pregunté:

—¿No quieres que te toque?

— Ahí donde está tu mano está bien. Respondió Carla con autoridad.

Esa sensación de que me estaba dejando tocar su piel pero con un claro límite, sólo logró excitarme más. De hecho, sólo de recordarlo quisiera repetir ese momento. Admiro a Carla cuando es autoritaria, podría ella hacer lo que quiera conmigo cuando estoy excitado y ella adopta esa actitud de jefa.

— ¿Me dejas al menos besar tus pies? Pregunté arriesgándome a cualquier reacción.

— ¿Besar mis pies? Respondió Carla con una pregunta que demostraba sorpresa y desacuerdo.

— Me gustan tus pies, creo que ni siquiera los había visto antes. Quiero besarlos.

— Bueno. Respondió Carla con actitud no tan permisiva pero parecía darle curiosidad mi propuesta.

Carla estaba acostada en la cama con la cabeza en la almohada y los pies hacia el borde inferior del colchón. Yo me levanté de la cama para arrodillarme en el piso de manera tal de que mi cara quedará situada frente a sus pies y con sutileza le quité la sandalia de su pie izquierdo y comencé a llenarlo de tiernos besos, agarrándolo con mi mano izquierda mientras que con la derecha, saqué también de su pie derecho su sandalia y masajeaba con propiedad su pie derecho y seguía besando el izquierdo.

Ella no podía observar más allá de mi rostro y mi pecho, pero con mi mano izquierda acariciaba mi pene mientras llenaba de besitos cariñosos ambos de sus pies.

En ese momento la autoridad que ejercía Carla fue más clara que nunca. Estaba muy excitado de verme arrodillado ante ella besando sus pies como un plebeyo ante la reina.

Cuando terminé de besar sus pies, me acosté de nuevo con ella y ella pudo notar que me estaba masturbando. Hizo un gesto que no fue exactamente de disgusto pero tampoco de gusto. Creo que intentó comunicar algo así como diciendo: «Bueno, si ya te estás masturbando no puedo hacer más nada».

— Me excitas mucho. Dije de manera nada conveniente.

— Pero yo no he hecho nada. Respondió.

Tenía razón, ni siquiera llegué a ver la mitad de uno de sus senos.

Me acerqué a su oído y le dije:

— Me excita humillarme ante ti, me arrodillaría a besarte los pies cada vez que me lo pidas, me excita obedecerte, me enciende sentir esas ínfulas de jefa que tienes. Amo tu autoridad, amo que me dejes acariciar tu piel y luego me pongas un límite, que me provoques, que sepas que te deseo y que disfrutes hacerme sufrir al no permitirme tener sexo contigo. Sé que somos amigos, Carla. Pero me enloquece el poderío que emanas.

Todo este discurso lo dije a ojos cerrados y con mi mano masturbando fervientemente mi pene, el cual estaba endurecido a venas prensadas y el líquido pre-seminal era una cantidad descomunal. Lo sorprendente de ese hecho era que realmente Carla seguía con toda su ropa puesta, a excepción de sus sandalias y no había dicho ni hecho absolutamente nada con la intención de excitarme. O eso creo, sólo había sido cruel y mandona, pero al mismo tiempo permisiva y sensual. Si hay alguien que sabe qué es lo que me descontrola, esa definitivamente es Carla. O quizá no lo sabe, o no lo sabía hasta ese momento. Pero definitivamente me descontrolé.

Puse mi mano en la entrepierna de Carla y Carla no objetó, sin embargo le pregunté entre sumisos pero varoniles gemidos:

— ¿Quieres que quité mi mano de ahí?

— Sí. Respondió Carla con seguridad.

— Pégame. Repliqué poniendo como condición que si ella quería que yo quitara la mano de ahí, iba a tener que darme una bofetada con el peso de su mano.

Lo hizo. No era la primera vez que Carla me bofeteaba, pero sí era la primera vez que lo hacía en un contexto sexual.

Emití un fuerte gemido proveniente de mi diafragma, regresando mi mano a mí pene para seguirme masturbando, mientras a ojos cerrados y con el rostro viendo hacia el otro lado gracias al bofetón que me había propiciado Carla. Continué hasta que eyaculé y mientras lo hacía, emití otro fuerte gemido también proveniente de mi diafragma pero este fue más extenso, tuvo una duración de al menos 11 segundos ya que hasta no terminar de eyacular no paraba de gemir.

Fui al baño a lavarme y entre de nuevo a la habitación con la cara caída de la vergüenza y le pedí disculpas a Carla.

— Tranquilo nené. Respondió Carla a mis disculpas

Ese «nené». Fue lo que sacó nuevamente su lado maternal y para mí fue sorpresivo, pues sospechaba que sintió que estaba siendo abusivo con ella.

— ¿Te gustó? Pregunté con honestidad, pues parecía no haberle incomodado en lo absoluto lo sucedido.

— Sí, es rico sentirme dominante y que te doblegues ante mi.

Mi reacción fue darle nuevamente ese extenso y fuerte beso en la mejilla a ojos cerrados pero esta vez se lo di con amor y no con deseo. Se lo di con amor porque no me esperaba que compartiera ese placer conmigo asumiendo su rol dominante.

Seguimos hablando después de eso y como dije anteriormente, el sexo siempre fue algo que nos unió, así que comenzó a preguntarme por qué me gusta el sexo de esa índole y mientras hablaba con ella, explicándole todo, yo mismo comenzaba a explorarme y ella parecía darse cuenta de que también era ese el rol que más le gustaba durante el acto sexual.

Se hizo de noche y fuimos a hacer una humilde cena antes de que Carla se retirara. Comimos y cuando vinieron por ella, le di fuerte abrazo y le recordé que la amo, añadiendo que desde ese día la amaba un poco más. Planté mi último beso en su mejilla y al siguiente día por la tarde, regresé a mi ciudad con la esperanza de seguir explorando junto a ella la próxima vez que nos veamos.

 

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BenditasProsas

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