Literatura

¡SALTO!

¡SALTO! - Literatura

Ayer, tuve el placer de volver a escucharte. Miré hacia mi derecha para encontrar tu figura de dama bailarina, con esa postura correctisima y esos lentes tan grandes como tus años de experiencia. Un escalofrío en todo mi cuerpo me dijo que no estabas. Pero algo mas importante que un escalofrío me anunció que estarías.
Hay tantas cosas que me encantaría preguntarte. También creo que nunca pude agradecerte por todos los años que me regalaste. Aunque también entiendo que el mejor agradecimiento fue quedarme. Pocas lo hacían, no todas resistían tu arte.
Existe tanta critica y tanta historia con respecto a la danza clásica. Y es tan cierta como placentera.
Duele y duele mucho. Y no hablo sólo de los músculos. Duele enfrentarse a la frustración desde tan pequeña, duele el error, mas que las piernas.
No es un juego, es una forma de vida.
Pero aquel que se queda con los ojos abiertos, y escupe maldiciones porque la danza es tan estricta, tan cerrada, tan solemne, y masoquista. Es porque no ha tenido el valor de lograrla.
Luego de una clase frustrada, con disciplina, con horas y horas intentandolo en casa, con rabia, con lágrimas, con pasión…llega ese bendito día, en el que ése maldito paso sale. Y sale bien, y cada vez mejor. Desde ese mismo dia, el ballet deja de ser una condena para convertirse en una resurrección.
Lo sabías, siempre sabías quien se iba a ir la primer clase, y quien se iba a quedar un tiempo mas, intentándolo. Sabías todas las cosas que hablaban de vos los padres. Pero sólo te importaba el baile.
Nos corregiste las puntas de los pies hasta tu último respiro. Hoy no sé donde estás, aunque podría adivinar que, a ángeles y demonios les estas corrigiendo las posturas, los empeines, las puntas, ¡Puntas!
A uno que otro querubin le habrás enseñado que los moñitos de las zapatillas de media punta se esconden, porque no somos regalos para andar llevando moños.
Que la barra de danza es para apoyar sutilmente los dedos y no para volcar todo el peso del cuerpo sobre ella. Años después vine a entender que con éso nos enseñaste la independencia.
¡Que terrible mujer formadora de ideas!
Que monstruo mas grande eras, enseñarme a mí en ése tiempo, una niña tímida, que apenas le conocían la voz sus padres, a que podía estar frente a un teatro con cientos de personas observandome. Enseñarme que esa sensación podía ser mas placentera que mi silencio de iglesia ¿Cómo se te ocurre? ¿Cómo tuviste el atrevimiento de valorarme?
Hoy por tu culpa entiendo, que puedo ser ambas cosas, que puedo ser silencio y grito, calma y baile.
Tengo que decirte algo, pero creo que ya lo sabes, hoy estoy del otro lado de la clase. Soy la profesora de ballet de unas niñas tan pequeñas como lo eramos nosotras. Trato de ser tan monstruosa como vos, sobre todo cuando logran hacer ésos pasos que vos ya conoces, que no salen hasta luego de hacerlos por milésima vez.
Trato de ser muy monstruosa cuando veo esas caritas de fortaleza luego de haber resistido 5 segundos con la pierna extendida. Tan monstruosa que se me llenan los ojos de lágrimas.

Como te decía al principio, te escuché ayer, en una de mis clases, la clase de las niñas mas grandes.
Estabamos practicando un salto, y luego de mi aplauso marcándoles el ritmo vino tu grito ¡SALTO!
Y luego otra vez… ¡SALTO!
Y por tercera vez…¡SALTO!

Para tu cuarto grito, entendí que no te encontraría en ningún recoveco del salón.
Para tu cuarto grito supe que era yo, quien estaba gritando. Las cuatro veces, después del aplauso. Era yo.
Y eras vos también.
Fue un viaje en el tiempo, no sé si yo viajé hacia el pasado o si vos estuviste en mi presente. O quizás ambas estabamos viajando y nos encontramos en ése preciso momento.
Fueron gritos monstruosos, de esos que alimentan de valentía.
No pude evitar dejar caer una lágrima monstruosa. Mientras cambiaba la música para la próxima rutina.

 

 

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Acerca del autor

Noel Fosster

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